Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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El Perdón En La Cárcel
CAPÍTULO 23: El Perdón en la Cárcel
La prisión de Oxford en Wisconsin, olía a desinfectante barato y a desesperación. Era un olor denso, que se pegaba en la ropa y en la garganta, como si el edificio mismo estuviera enfermo. Laura caminó por el pasillo de visitas con las manos sudorosas, sintiendo el peso de la mirada de los guardias. Cada paso que daba hacía eco en el suelo de cemento pulido, y cada eco le recordaba por qué estaba allí.
No había venido sola. Alfred la esperaba sentado en el auto con el motor encendido, por si acaso. Antes de bajar, él había tomado su mano entre las suyas y la había mirado a los ojos, con una mezcla de preocupación y respeto, que Laura supo captar de inmediato.
— ¿Estás segura? —le había preguntado en un tono, que no era ni un mandato ni una súplica, sino una pregunta honesta.
Laura había bajado la mirada hacia sus propias manos, que descansaban apoyadas sobre sus muslos. Y aunque no hacía frío dentro del auto, las notó temblorosas. Respiró hondo y volvió a levantar la cabeza.
—No —respondió ella, con la voz firme mirando a su marido a los ojos—. Pero voy a hacerlo de todas maneras, porque este fantasma que me persigue desde Cuba, me lo tengo que quitar de encima. ¡Si no lo hago hoy, no lo haré nunca!
Alfred asintió sin decir nada más, porque sabía cuándo callar. Laura abrió la puerta del auto y el aire frío de Wisconsin en su rostro, le recordó el día en que Michel la botó de su casa. Y por la necesidad de exorcizar los demonios que la atormentaban, caminó hacia la entrada de la prisión sin mirar atrás, sintiendo los ojos de Alfred clavados en su espalda.
Ahora, sentada en una de las mesas metálicas de la sala de visitas, esperaba a que Michel apareciera recostada sobre una mesa, que tenía rayones y marcas circulares dejadas por incontables cafés, derramados a lo largo de los años. Era tanta la presión de la espera que el corazón le latía con fuerza, pero no de miedo sino de rabia contenida. Una rabia que había cocinado a fuego lento durante años, y que ahora, frente a frente con el hombre que la había abandonado, amenazaba con desbordarse y eso no se lo podía permitir.
La sala de espera era pequeña, con paredes pintadas de un gris enfermizo, que le recordó la decoración de las funerarias. Dentro de la habitación había otras mesas vacías empotradas al piso de losetas, y una ventana blindada que dejaba pasar una luz opaca y mortecina. En la esquina, un guardia con cara de pocos amigos observaba lo que sucedía sin parpadear. Entonces Laura pensó, este lugar es el reflejo exacto de lo que fue mi relación con Michel: Frío, gris y sin ninguna salida.
La puerta de la sala de visitas se abrió con un chirrido metálico, y Michel, escoltado por otro guardia entró en la reducida habitación, esbozando una sonrisa forzada que se convirtió en una mueca. Vestía el uniforme naranja de los reclusos, ese color chillón que parece diseñado para borrar cualquier rastro de dignidad, en quienes lo llevan sobre su cuerpo
Michel estaba más delgado que la última vez que ella lo vio. Tenía las mejillas hundidas, ojeras profundas como cicatrices, y una barba descuidada de varios días. En ese momento Laura tuvo la certeza, de que ya no quedaba nada del hombre arreglado y atractivo que ella había conocido en Cuba.
Cuando sus ojos se posaron en Laura, se iluminaron durante un segundo. Fue un destello breve, casi imperceptible, como una cerilla que se enciende y se apaga en la oscuridad. Al sentir la frialdad de la mirada de Laura, sus ojos parpadearon un instante. Y Michel bajó la cabeza un momento como si necesitara recomponerse. Luego, se sentó frente a ella con un movimiento lento, con el típico semblante de un hombre derrotado por las circunstancias.
—Laura —dijo, y su voz sonó más ronca de lo que ella recordaba—. Gracias por venir. En serio. No imaginé que aceptarías.
Laura no le devolvió el saludo. No sonrió. No movió ni un músculo de su rostro. Lo miró fijamente, como quien mira a un fantasma que ya ha decidido exorcizar.
—No vine por ti —respondió ella sin rodeos, cortando cualquier intento de falsa calidez—. Vine por mí.
Michel bajó la mirada hacia la mesa metálica. Sus dedos flacos con las uñas mordidas, se rozaron entre sí sin saber qué hacer. El captó el mensaje oculto en esa frase aparentemente inofensiva. Lo entendió perfectamente. Porque Laura no necesitaba gritar para herir. Ella siempre había sido así: precisa, quirúrgica.
—Lo sé —susurró él, tragando saliva—. Y tienes toda la razón.
—Dijiste que querías pedirme perdón —continuó Laura, sin darle tregua—. Pues pídelo, porque no tengo mucho tiempo. Alfred me espera fuera, y no quiero demorarme más de lo necesario.
El nombre de Alfred hizo un pequeño daño en los ojos de Michel. Ella Lo notó. Y una parte de Laura, esa parte que aún guardaba rencor, sintió un breve placer en ese pequeño golpe. Michel levantó la vista hacia ella, y cuando habló tenía los ojos húmedos. No lloraba, pero estaba a punto de hacerlo. Ella conocía esa mirada. La había visto años atrás, cuando él le prometía cosas que nunca cumplía.
—Te pido perdón —dijo Michel, con la voz quebrada— por no haberte defendido de mi madre. Por haberte dejado sola. Por haberte echado de mi casa en un día invernal, sabiendo que no tenías a dónde ir. Por haber sido un cobarde. ¡Un maldito cobarde!
Laura lo miró largamente sin mover un solo músculo de su rostro. Dentro de ella, algo se removía. No era lástima, tampoco era alegría. Era esa especie de alivio pesado que se experimenta, cuando logras sacar una espina que llevabas clavada en la garganta.
— ¿Eso era todo? —preguntó ella, con voz plana.
Michel parpadeó desconcertado.
— ¿Qué más quieres que diga?
—Quiero que me digas por qué lo hiciste —respondió Laura, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Por qué permitiste que tu madre me humillara delante de toda tu familia. Por qué me dejaste ir aquella tarde, sabiendo que no tenía dinero, ni trabajo, ni a nadie a quien acudir para salvar mi vida. Quiero entenderlo, Michel. No para justificarte, sino para enterrar esto de una vez.
Michel pasó una mano por su rostro barbudo, y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no llorar. Su mandíbula tembló, y tuvo que respirar hondo dos veces antes de responder.
—Aunque no lo creas —dijo al fin—, actué así porque tenía miedo. Miedo de quedarme solo. Miedo de que si me ponía de tu lado, mi madre me abandonaría. Y en aquel entonces pensaba que sin ella no era nadie. Que su dinero, su casa, su apellido… era todo lo que tenía.
Laura negó lentamente con la cabeza.
—Eso no es cierto —dijo, con voz firme pero sin alterarse—. Tú eras alguien muy importante para mí, pero nunca quisiste descubrirlo. O mejor dicho, nunca te interesaste por descubrirlo. Preferiste quedarte con lo fácil, con lo que no te exigía crecer. Y al final, mira por el camino que tu madre te condujo. Una prisión en Wisconsin. Un uniforme naranja. Una vida rota. De verdad que siento mucha lástima por ti, Michel. Y por ella también.
Él asintió, con la mirada perdida en un punto fijo de la mesa.
—Lo sé. Pero ya es tarde para arrepentirse. Hay cosas que no se pueden deshacer.
—En eso te equivocas —cortó Laura—. Porque aún puedes salir de aquí y hacer algo con tu vida. Aún tienes tiempo. Pero si quieres triunfar y lograr lo que deseas, aléjate de tu madre. Ustedes tienen una relación muy tóxica. Ella te destruye y tú lo permites. Eso no es amor, Michel. Es una cárcel dentro de otra cárcel.
Él levantó la vista hacia ella, y por un momento Laura volvió a ver un fugaz reflejo del hombre joven que ella se había enamorado. Pero fue solo por un instante. Luego volvió a ser el recluso derrotado de antes.
— ¿Y tú? —Preguntó él con la voz apagada—. ¿Vas a perdonarme algún día?
Laura se quedó en silencio un momento, como si estuviera buscando la frase adecuada, para no ser ofensiva en un momento tan delicado como ese. Afuera, un pájaro golpeó contra la ventana blindada y se fue. Ella lo miró, y luego volvió a concentrarse en Michel.
—Hace mucho tiempo que yo te perdoné —dijo al final—. No por ti, ni por mí. Sino porque guardar rencor por dentro es como beber veneno, y esperar que el otro se muera. No quiero vivir así. Ese tipo de sentimientos no me interesan.
Michel esbozó una sonrisa triste, de esas que duelen más que el llanto.
—Laura tu siempre fuiste más inteligente que yo.
—Eso no es un mérito mío —respondió ella, levantándose lentamente—. Fueron las circunstancias a las que tú y tu madre me empujaron, las que me obligaron a sacar lo mejor de mí. Así que en cierto modo, gracias por hacerme más fuerte.
Se quedaron en silencio, mirándose a través de la mesa fría. El guardia carraspeó para recordarles que el tiempo se acababa.
— ¿Y ahora qué? —preguntó él.
—Ahora, yo sigo con mi vida —dijo Laura, recogiendo su bolso—. Tú sigue con la tuya. Y ojalá que cuando salgas de aquí, encuentres un camino que no dependa de nadie.
¿Y si quiero volver a verte?
Laura lo miró por última vez y lo vio pequeño, frágil, perdido. Y sintió lástima, sí. Pero ya no amor.
—Eso no va a pasar —respondió con suavidad pero sin dudas—. Esto es un adiós, Michel. Un adiós definitivo.
Él asintió, como si lo hubiera sabido desde el principio. Como si ella hubiera viajado cientos de kilómetros, solo para decirle estas palabras.
—Cuídate, Laura.
—Tú también.
Se levantó y caminó hacia la puerta sin mirar atrás, porque allí no había nada que mereciera voltearse para ser visto. Afuera, el sol de Wisconsin iluminó su rostro con una luz limpia, dorada, que parecía irradiar luz sobre el oscuro capítulo de su vida, que ella acababa de cerrar. Mantuvo erguida la cabeza y respiró hondo. El aire olía a tierra mojada y a gasolina. Olía a libertad.
Más relajada, con los hombros sueltos y el pecho desahogado, subió al auto donde Alfred la esperaba con el motor aún encendido. Él la miró sin preguntar nada, solo leyó su rostro y sonrió.
— ¿Todo bien? —preguntó él, tomando su mano.
—Todo bien —respondió Laura, apretando sus dedos—. Por fin este capítulo de mi vida se cerró para siempre, hacía tiempo que lo estaba necesitando.
Alfred levantó la mano de Laura y la besó con suavidad, justo sobre los nudillos.
—Te quiero —dijo él.
—Yo también te quiero —respondió ella, y esta vez lo sintió en cada célula de su cuerpo.
Arrancó el auto y se perdieron en la carretera, dejando atrás la prisión, el pasado y al hombre que ya no importaba. Laura no sabía que al otro lado de la ciudad, Maritza acababa de recibir una llamada de Valeria.
—Necesito hablar contigo sobre una persona, que tiene varias cuentas pendientes con nosotras —dijo Valeria al otro lado de la línea, con una voz fría y afilada como un bisturí—. Tengo algunas ideas dándome vueltas en la cabeza, que si las combinamos con lo que tú sabes… vamos a hacerle mucho daño a la maldita esa.
Maritza sonrió frente al espejo del apartamento. Y acto seguido se pintó los labios de rojo oscuro, como si se preparara para una guerra.
—Ok —respondió, guardando el creyón de labios en su bolso—. Mañana ven por acá. ¡La maldita de Laura no tiene ni la más cabrona idea, de la sorpresa que nosotras le estamos preparando!.