Esmeralda "La Dama de Hierro" Durán. Con una mente tan afilada como sus tacones de aguja, Esmeralda es la jefa indiscutible del "Casino del Mal" y de todo el submundo criminal que lo rodea. Elegante, astuta y con un sentido del humor tan negro como su café matutino, no teme ensuciarse las manos, aunque prefiere que sus guardaespaldas lo hagan. Su dominación no se basa en la fuerza bruta, sino en la inteligencia, la manipulación psicológica y una habilidad innata para hacer que la gente haga exactamente lo que ella quiere, a menudo sin que se den cuenta. Es una maestra del disfraz emocional, capaz de pasar de un encanto desarmante a una frialdad glacial en cuestión de segundos. Su único punto débil... si es que se le puede llamar así, es su adoración por Señor Bigotes.
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Capítulo 10: La Jaula de Oro se Abre y el Rescate Inesperado
El plan de Esmeralda para desenmascarar a Maximilian Blackwood y utilizar a Don Fabrizio como un aliado reacio estaba en marcha. Marco trabajaba sin descanso, compilando el expediente más incriminatorio que jamás hubiera existido contra un magnate. Sofía sembraba semillas de duda en el ecosistema mediático de Blackwood, mientras Leonardo preparaba el rescate de Don Fabrizio de su jaula de oro. La tensión en el Casino del Mal era palpable, pero también había una energía electrizante, la de un equipo que se preparaba para asestar un golpe maestro.
Leonardo había establecido contacto regular con Don Fabrizio. Sus conversaciones, cuidadosamente monitoreadas por Marco para evitar trampas, revelaban un hombre al borde del colapso. La mansión remota de Blackwood, aunque lujosa, se había convertido en una prisión. Los guardias, implacables e inexpresivos, eran un recordatorio constante de su cautiverio. Don Fabrizio, con su ego herido y su libertad restringida, anhelaba la vieja y ruidosa vida, incluso si eso significaba volver a enfrentarse a Esmeralda.
"Está listo para salir, jefa", informó Leonardo a Esmeralda. "Lo he convencido de que Blackwood planea culparlo de todas sus operaciones ilegales una vez que haya adquirido los casinos. Le he prometido un lugar seguro y la oportunidad de limpiar su nombre... o al menos de vengarse de Blackwood."
"Y la parte de los gnomos de jardín, ¿se la creyó?", preguntó Esmeralda con una sonrisa.
"Le dije que usted sentía una profunda empatía por su... pasión secreta, y que creía que todo el mundo merecía tener una colección de gnomos en paz", respondió Leonardo, conteniendo una carcajada. "Fue la única vez que vi un destello de esperanza genuina en sus ojos."
El día del rescate de Don Fabrizio fue elegido estratégicamente. Blackwood estaría en una importante conferencia de prensa, anunciando su próxima gran adquisición (los casinos que pensaba comprar a través de Don Fabrizio). Sería el momento perfecto para asestar el golpe, cuando su atención estuviera dividida.
La "Operación Llama Gemela" (llamada así por la similitud física que, según Sofía, había entre Don Fabrizio y un gnomo de jardín particularmente pomposo) se puso en marcha al anochecer. Leonardo, acompañado de dos de los hombres más discretos de Esmeralda, se infiltró en la mansión de Blackwood.
Marco, desde el Casino del Mal, había deshabilitado temporalmente las cámaras de seguridad perimetrales y los sistemas de alarma internos de la mansión. Sofía, por su parte, había creado un "distractor digital": una serie de correos electrónicos falsos y llamadas telefónicas con información confidencial, que desviaron la atención de los guardias de Blackwood hacia otros sectores de la propiedad.
Leonardo y su equipo se movían como sombras por los lujosos pasillos. Encontraron a Don Fabrizio en su habitación, intentando, con una desesperación cómica, comunicarse con el exterior a través de un viejo radioreceptor.
"¡Don Fabrizio!", susurró Leonardo.
Don Fabrizio, sobresaltado, casi tira el radioreceptor. "¡Leonardo! ¿Qué haces aquí? ¡Creí que Esmeralda me había abandonado a mi suerte!"
"La jefa nunca abandona a un aliado... ni a un buen peón de ajedrez", respondió Leonardo. "Estamos aquí para sacarlo de aquí. Blackwood planea traicionarlo."
Don Fabrizio, con una expresión de pánico genuino, asintió. "Lo sé. Lo he escuchado en la radio. Habla de mí como de un 'activo prescindible'. ¡Ese traidor!"
La huida de la mansión fue un ejercicio de precisión y nervios de acero. Leonardo y su equipo guiaron a Don Fabrizio a través de pasillos ocultos y salidas de servicio, mientras Marco creaba interferencias digitales que hacían que los guardias de Blackwood corrieran en círculos. Don Fabrizio, aunque torpe y propenso a los tropiezos, colaboraba sorprendentemente bien, impulsado por el miedo y el deseo de venganza.
"¡Rápido, por aquí!", susurró Leonardo, mientras esquivaban a un guardia que pasaba.
Don Fabrizio, que había estado relativamente callado, de repente se detuvo. "¡Esperen! ¡No puedo irme sin ella!"
Leonardo frunció el ceño. "¿Sin quién, Don Fabrizio? ¡No tenemos tiempo para esto!"
"¡Cleopatra!", exclamó Don Fabrizio. "¡Mi adorada Cleopatra! ¡Blackwood la retiene en su laboratorio de reptiles!"
Leonardo se golpeó la frente. Por supuesto. El amor de Don Fabrizio por su serpiente era tan grande como su ego. Y tan irracional.
"¡No hay tiempo para Cleopatra!", susurró Leonardo. "¡Tenemos que irnos!"
"¡No! ¡No la abandonaré!", dijo Don Fabrizio, su voz subiendo de volumen. "¡Blackwood la está usando para experimentos! ¡Vi sus gráficos! ¡Cables! ¡Electrodos! ¡Pobrecita mía!"
Leonardo sabía que no podía razonar con un mafioso enamorado de su serpiente. Miró a sus hombres, que suspiraban con resignación.
"¡Marco! ¡Necesito la ubicación del laboratorio de reptiles de Blackwood! ¡Ahora!", susurró Leonardo a su comunicador.
Marco, desde el Casino del Mal, tardó solo unos segundos en encontrar el plano. "Está en el sótano, al final de un pasillo con seguridad de nivel tres. Tendrán que sortear trampas de infrarrojos y un sistema de bloqueo con huella dactilar."
"Genial", murmuró Leonardo. "Más diversión."
La infiltración en el laboratorio de reptiles fue aún más complicada que la huida de la mansión. Leonardo tuvo que desactivar las trampas de infrarrojos con movimientos de contorsionista y Marco tuvo que hackear el sistema de huella dactilar, usando la huella digital que había extraído de una foto de Don Fabrizio (lo que ya era un nivel de intrusión digno de una película de espías).
Dentro del laboratorio, encontraron a Cleopatra. La pitón, que parecía haber engordado un poco desde su última aventura con diamantes y pasteles, estaba en un terrario climatizado, rodeada de sensores y monitores. Parecía estar escuchando música clásica.
"¡Cleopatra! ¡Mi amor!", exclamó Don Fabrizio, corriendo hacia el terrario.
Leonardo, con los ojos en blanco, abrió el terrario. Cleopatra, al ver a su dueño, se deslizó hacia él con una velocidad sorprendente, enroscándose alrededor de su cuello con una expresión de alivio. O quizás de hambre.
"¡Gracias, Leonardo! ¡Gracias!", dijo Don Fabrizio, abrazando a su serpiente. "¡Ahora sí podemos irnos!"
La salida de la mansión, esta vez con Don Fabrizio y Cleopatra a cuestas, fue aún más caótica. Marco tuvo que crear una distracción masiva, desactivando el sistema de alarma principal y activando todas las luces y sirenas de la mansión. Los guardias de Blackwood, finalmente alertados, corrieron en todas direcciones.
Leonardo, Don Fabrizio y Cleopatra escaparon por los pelos, subiendo a un helicóptero que los esperaba en una zona de aterrizaje oculta.
Mientras el helicóptero se elevaba en el cielo nocturno, Don Fabrizio, con Cleopatra enrollada alrededor de su cuello, miró a Leonardo. "Esmeralda... ¿realmente me está ayudando?"
"Ella cree en las segundas oportunidades, Don Fabrizio", respondió Leonardo, con una sonrisa. "Y en el poder de la redención. Sobre todo, si eso implica humillar a Blackwood."
Don Fabrizio miró por la ventana, la mansión de Blackwood cada vez más pequeña. "Maximilian Blackwood... pagará por esto. ¡Y yo, Don Fabrizio, me aseguraré de que lo haga!"
En el Casino del Mal, Esmeralda esperaba. El Señor Bigotes, sintiendo la cercanía de Cleopatra, soltó un pequeño gruñido.
"Han regresado", dijo Esmeralda, mirando la pantalla del rastreador.
El helicóptero aterrizó en el tejado del Casino del Mal. Leonardo, Don Fabrizio y Cleopatra desembarcaron. Don Fabrizio, aunque desaliñado y algo mareado, tenía una nueva chispa en los ojos: la chispa de la venganza.
"Esmeralda", dijo Don Fabrizio, acercándose a ella. "Gracias. Has salvado a mi Cleopatra... y quizás también a mí."
"No te precipites, Don Fabrizio", dijo Esmeralda, con una sonrisa. "Esto es solo el principio. Blackwood es un depredador mucho más peligroso de lo que imaginas. Pero tú, con tu conocimiento de sus operaciones, serás nuestra mejor arma. Y el Señor Bigotes se asegurará de que te mantengas en línea."
El Señor Bigotes ladró, como si estuviera dando su advertencia. Cleopatra, por su parte, se deslizó por el brazo de Don Fabrizio y se dirigió directamente al cojín favorito del Señor Bigotes, como si nada hubiera pasado.
La alianza impensable se había forjado. Un mafioso vanidoso, una pitón amante de los pasteles, un chihuahua con esmoquin y una Reina del Gángster con un plan. La batalla contra Maximilian Blackwood estaba a punto de volverse mucho más personal, y mucho más divertida.