Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 6: Entre Espadas y Seda
El anuncio llegó al amanecer.
—Su Alteza, el sastre real solicita la presencia del Santo de la Espada para la prueba del uniforme formal.
Victoria sonrió.
—Perfecto.
Rafael, que estaba de pie como siempre cerca de la puerta, no reaccionó.
Eso preocupaba a todos.
Pero divertía a Victoria.
—Vamos —ordenó ella.
—¿A dónde?
—A salvar tu reputación antes de que la arruines con ese uniforme de combate.
Rafael bajó la vista hacia su atuendo habitual.
—Está limpio.
—No es el punto.
El taller del sastre real era amplio, lleno de telas finas, hilos dorados y trajes en exhibición.
En cuanto Rafael entró, el anciano sastre casi dejó caer sus gafas.
—¡Ah! ¡El Santo de la Espada! ¡Qué honor!
Rafael inclinó ligeramente la cabeza.
Victoria caminó alrededor del lugar con naturalidad.
—Necesito que lo haga ver… imponente.
—Su Alteza —respondió el sastre emocionado—, eso no será difícil.
Rafael fue empujado suavemente detrás de un biombo.
Minutos después salió con el primer traje.
Negro.
Corte militar.
Detalles plateados.
Victoria lo miró de arriba abajo.
Silencio.
El sastre contuvo la respiración.
—Demasiado intimidante —declaró ella finalmente.
—¿Eso es malo? —preguntó Rafael.
—Sí. No quiero que parezca que vas a declarar la guerra en la cena.
El segundo traje fue azul oscuro con bordados dorados.
Victoria se acercó más esta vez.
Mucho más cerca.
Ajustó el cuello con sus propias manos.
Rafael se quedó completamente inmóvil.
—Este… —murmuró ella.
El sastre sonrió.
—Resalta sus hombros y postura.
—Eso ya lo hace solo —respondió Victoria sin pensar.
Rafael la miró ligeramente.
Ella lo ignoró.
—Gira.
Él obedeció.
—Otra vez.
Obedeció.
—Camina.
Caminó.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque necesito ver si pareces natural o si caminas como si fueras a ejecutar a alguien.
—Camino igual siempre.
—Ese es el problema.
El sastre tosió discretamente.
—Quizá algo más… suave.
El tercer traje fue blanco con detalles en plata.
Cuando Rafael salió…
El taller quedó en silencio.
Victoria no habló.
Y eso era raro.
El blanco contrastaba con su cabello oscuro.
La plata marcaba líneas limpias sobre su figura recta.
No parecía un arma.
Parecía…
Peligrosamente elegante.
Victoria se aclaró la garganta.
—Ese.
Rafael inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué ese?
Ella sostuvo su mirada.
—Porque no pareces un soldado.
—Soy un soldado.
—No esta vez.
Se acercó lo suficiente como para ajustar la manga.
—Esta vez eres mi caballero.
Silencio.
El sastre miró hacia otro lado con una sonrisa discreta.
Rafael habló en voz baja.
—Siempre lo soy.
Victoria fingió no escuchar.
—Bien. Ese será el traje para la recepción.
Comenzó a caminar hacia la salida, pero se detuvo.
Lo miró otra vez.
Y murmuró, casi para sí misma:
—Va a odiar esto.
—¿El príncipe?
—Sí.
Rafael preguntó con calma:
—¿Porque me veo presentable?
Victoria sonrió lentamente.
—Porque te ves mejor que él.
Y salió del taller con paso elegante.
Rafael la siguió.
Esta vez…
Con algo diferente en su mirada.
No era deber.
No era disciplina.
Era anticipación.
La cena se acercaba.
Y el juego cambiaría esa noche.
Capítulo 6
Parte 2 — Miradas que pesan
El carruaje avanzaba por las calles principales del reino de Victoria.
Rafael iba sentado frente a ella, ya con el traje blanco ajustado perfectamente a su figura. La tela plateada reflejaba la luz del atardecer que entraba por la ventanilla.
Victoria lo observaba sin disimular.
Él lo notaba.
Pero fingía no hacerlo.
—¿Qué? —preguntó Rafael finalmente, con su tono sereno.
—Nada.
Silencio.
—Su Alteza.
—Victoria.
Rafael levantó ligeramente la mirada.
—¿Perdón?
—No me llames “Su Alteza” cuando estemos solos.
—Es lo correcto.
—Y tú eres insoportable.
Rafael suspiró apenas.
—Lo tendré en cuenta… Victoria.
Ella sintió algo extraño al escucharlo decir su nombre sin título.
No le gustó.
Y al mismo tiempo…
Sí.
Al llegar al palacio, varios nobles ya estaban reunidos en el patio exterior. La noticia de la llegada del ex prometido se había esparcido como fuego.
Cuando Rafael descendió primero del carruaje y extendió su mano hacia Victoria, algunos murmullos comenzaron.
Ella dudó un segundo.
Pero tomó su mano.
Su agarre era firme.
Seguro.
No posesivo.
Solo… estable.
Y eso, extrañamente, le dio calma.
Los nobles susurraban.
—Ese es el Santo de la Espada…
—Dicen que es invencible…
—Pensé que sería más intimidante…
—Se ve… elegante.
Victoria escuchó eso último.
Y sonrió apenas.
Rafael soltó su mano apenas cruzaron la entrada principal.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella.
—¿Qué cosa?
—Tomar mi mano antes de que yo lo ordenara.
—Porque iban a mirarla como a una princesa sola.
Ella lo miró con sorpresa.
—Y ahora me miran como a una mujer respaldada.
Silencio.
—Es mi deber.
Victoria rodó los ojos.
—Siempre es tu deber.
El anuncio resonó en el salón principal.
—¡Su Alteza el Príncipe heredero del Reino de Astria!
Las puertas se abrieron.
Un hombre alto, de cabello dorado y sonrisa arrogante entró acompañado de dos mujeres vestidas con lujo exagerado.
Sus ojos recorrieron el salón.
Se detuvieron en Victoria.
Y luego…
En Rafael.
La sonrisa del príncipe vaciló apenas un segundo.
—Vaya… —dijo con tono burlón—. No sabía que Victoria necesitara escolta permanente.
Victoria estaba a punto de responder.
Pero Rafael dio un paso al frente.
No agresivo.
No desafiante.
Solo firme.
—Soy su prometido.
El salón quedó en silencio.
El príncipe arqueó una ceja.
—¿Prometido? Pensé que el reino de Valdoria enviaría un príncipe… no a su perro guardián.
El ambiente se tensó.
Victoria sintió el aire volverse pesado.
Varias miradas se dirigieron a Rafael esperando una reacción.
Cualquier otro hombre habría desenvainado.
Cualquier otro habría mostrado orgullo herido.
Rafael simplemente respondió:
—Tiene razón.
Victoria giró la cabeza bruscamente hacia él.
El príncipe sonrió.
—¿Ah, sí?
—No soy un príncipe.
Rafael sostuvo su mirada sin hostilidad.
—Soy un caballero. Y mi deber es proteger lo que se me ha confiado.
El príncipe soltó una risa baja.
—Entonces cumple tu deber y quédate en segundo plano.
Victoria dio un paso adelante.
—Cuidado con tu tono.
Pero Rafael habló antes que ella.
—No me ofende.
Sus ojos azul zafiro no mostraban ira.
Mostraban algo más peligroso.
Indiferencia.
Eso irritó más al príncipe que cualquier amenaza.
Las dos mujeres a su lado murmuraron algo burlón.
Victoria apretó los puños.
Pero Rafael murmuró apenas para ella:
—No vale la pena.
Ella lo miró de reojo.
—¿Nunca te enojas?
—Sí.
—¿Y ahora?
—No.
Silencio.
El príncipe dio media vuelta.
—Disfruta tu… caballero, Victoria. Espero que al menos sirva vino mejor que conversación.
Se alejó con su séquito.
El salón volvió a llenarse de murmullos.
Victoria se quedó quieta.
Luego susurró:
—Deberías haberle respondido.
—Lo hice.
—No lo humillaste.
—No era necesario.
Ella lo miró.
Él miraba al frente con expresión tranquila.
—¿Por qué no reaccionaste?
Rafael tardó unos segundos en contestar.
—Porque su opinión no cambia quién soy.
Victoria sintió un golpe silencioso en el pecho.
Y por primera vez…
No estaba molesta.
Estaba intrigada.
La noche apenas comenzaba.
Y el verdadero espectáculo todavía no había empezado.