Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 15: El Sacrificio en la Tormenta
El cielo sobre la costa de Mirthalia ya no era cielo; era una masa hirviente de nubes negras y relámpagos de color verde esmeralda. El mar se alzaba en muros de agua de diez metros, golpeando los acantilados con la fuerza de mil martillos. La tormenta definitiva había llegado, y con ella, el fin de la era del silencio.
Selene nadaba a una velocidad cegadora, seguida por sus amigas y un pequeño grupo de desertores de la Guardia Real que se habían unido a ellas tras la caída de Aquilos. El poder que emanaba de ella creaba un túnel de aguas tranquilas en medio del caos, permitiéndoles avanzar hacia la caleta donde Marinus estaba prisionero.
—¡Mirad allí! —gritó Ariel, señalando hacia la superficie.
La flota de Pelagios había emergido. Los barcos de guerra de las sirenas, impulsados por magia oscura, flotaban entre las olas, lanzando proyectiles de energía contra el puerto humano. En tierra, los humanos disparaban cañones y mosquetes, pero sus armas eran inútiles contra la barrera mágica del Rey.
—¡Coralia, Ariel, llevad a la resistencia hacia los barcos! —ordenó Selene—. Destruid las lentes de enfoque que mantienen la tormenta. ¡Ondina, busca a Sebastián y ayúdale a evacuar a los humanos de la costa!
—¿Y tú qué harás? —preguntó Coralia, preocupada.
—Yo voy por Marinus. Y por Pelagios.
Selene saltó desde una ola gigante directamente hacia los muelles en llamas. Al tocar tierra, no perdió el tiempo. El Prisma brilló en su pecho y sus piernas humanas se movieron con una fuerza sobrenatural. Se abrió paso entre los soldados de Lord Delmar, que corrían despavoridos ante la invasión marina.
Llegó a la mansión de los Deep justo cuando una parte del techo colapsaba bajo el impacto de un rayo. En el gran salón, encontró a Lord Delmar, encogido de miedo frente a una figura que parecía hecha de sombras y odio: el Rey Pelagios en persona.
Pelagios estaba allí, flotando en un orbe de agua, con su tridente apuntando al cuello del anciano humano.
—Me prometiste el Corazón, pequeño gusano —siseaba Pelagios—. Y en su lugar, me das la traición de tu hijo.
—¡Él lo robó! ¡Yo no tuve nada que ver! —suplicaba Delmar, mostrando la verdadera bajeza de su alma.
—¡Déjalo, Pelagios! —la voz de Selene resonó como un trueno dentro de la habitación.
El Rey se giró lentamente, una sonrisa cruel dibujándose en su rostro pálido.
—Ah, la pequeña Blue Mist. Has crecido. Tienes el brillo de tu madre... y su estupidez.
—Mi madre murió para proteger al mundo de seres como tú —dijo Selene, alzando el Corazón de la Tierra, que latía con una luz roja peligrosa—. Tuviste tu oportunidad de ser un gran rey, pero elegiste ser un parásito del Abismo.
—¡Entrégame la piedra, Selene! —rugió Pelagios—. Con ella, puedo cerrar el Abismo y gobernar ambos mundos como un dios. ¡Es la única forma de detener esta tormenta!
—¡No es la única forma! —gritó una voz desde el piso superior.
Marinus, herido y sangrando, apareció en el balcón interno, sostenido por Sebastián. Había logrado liberarse durante el caos.
—Selene, no lo escuches —dijo Marinus, su voz débil pero firme—. El Corazón no cierra el Abismo; solo lo contiene dentro de quien lo usa. Si se lo das, él se convertirá en el Abismo.
Pelagios perdió la paciencia. Lanzó una ráfaga de energía oscura contra Marinus, pero Selene se interpuso, usando el Prisma para absorber el golpe. El choque fue tan violento que las paredes de la mansión comenzaron a desmoronarse.
—¡Basta de juegos! —Pelagios golpeó el suelo con su tridente y una ola de agua negra inundó la habitación, arrastrando a todos hacia el exterior, hacia la playa, donde la tormenta rugía con toda su furia.
En la arena empapada, el enfrentamiento final comenzó. Selene luchaba con cada gramo de su voluntad, pero Pelagios tenía milenios de experiencia y el poder de las almas que había devorado. Cada vez que Selene intentaba usar el Corazón, el dolor era tan intenso que la hacía flaquear.
—¡No puedes controlarlo! —reía Pelagios, golpeándola una y otra vez—. ¡Nadie puede! ¡Se necesita un sacrificio de sangre pura para estabilizarlo!
De repente, Selene comprendió el significado de las palabras de Delphine. El Corazón de la Tierra y el Prisma de Étermar eran dos polos de una misma batería. Para que funcionaran y detuvieran la tormenta, debían estar unidos permanentemente en un solo recipiente. Pero ningún cuerpo físico, ya fuera humano o sirena, podía soportar esa unión sin consumirse.
—Selene... —Marinus llegó a su lado, arrastrándose por la arena. Se miraron a los ojos y, en ese momento, supieron lo que había que hacer.
—Hay una forma —susurró Selene, las lágrimas mezclándose con la lluvia—. Pero nos costará todo.
—Dime qué hacer —dijo Marinus, tomando su mano. No había miedo en él, solo un amor que desafiaba a la tormenta.
—El Corazón necesita un ancla humana. El Prisma necesita una fuente de magia de sirena. Si los unimos mientras nuestras manos están entrelazadas... la energía fluirá a través de nosotros hacia el océano, sellando la grieta. Pero la descarga... Marinus, no sobrevivirás como humano, y yo... yo perderé mi esencia.
—Si el mundo sobrevive, vale la pena —dijo él, apretando su mano.
Pelagios se lanzó hacia ellos, gritando una maldición, pero era tarde. Selene colocó el Prisma sobre el Corazón y ambos objetos entre sus manos unidas.
—¡POR MIRTHALIA! ¡POR LA TIERRA! —gritó Selene.
Una columna de luz blanca y dorada se disparó hacia el cielo, perforando las nubes negras. La onda expansiva fue tan poderosa que la flota de Pelagios fue empujada mar adentro y el propio Rey fue lanzado contra los acantilados, su magia oscura desintegrándose ante la pureza de la luz.
El dolor fue indescriptible. Selene sintió cómo cada fibra de su ser era desgarrada y vuelta a tejer. Vio la cara de Marinus desvanecerse en la blancura, oyó sus gritos convertirse en un suspiro. Sintió cómo su cola y sus piernas desaparecían, cómo su memoria se fragmentaba en un millón de gotas de agua.
Era el sacrificio desgarrador. Para salvar a los dos mundos, Selene tuvo que renunciar a su identidad.
Cuando la luz finalmente se apagó, la tormenta había desaparecido. El cielo estaba despejado, revelando una luna llena que bañaba el mar en plata. La playa estaba en silencio.
Coralia, Ariel y Ondina corrieron hacia el centro del cráter que la explosión había dejado en la arena. Allí, encontraron a dos figuras.
Marinus estaba tendido en el suelo, respirando entrecortadamente, pero su piel tenía un brillo extraño, casi nacarado. Sus ojos, al abrirse, ya no eran puramente humanos; eran del color del mar profundo. El sacrificio lo había transformado, dándole una longevidad y una conexión con el agua que ningún humano había tenido jamás.
Y junto a él, estaba Selene.
Pero no era la Selene de antes. Estaba pálida, sus marcas mágicas habían desaparecido y sus ojos estaban vacíos de reconocimiento. Respiraba, vivía, pero la chispa de la Guardiana, su magia y sus recuerdos de los últimos meses se habían ido con la tormenta. Había entregado su mente para salvar el alma del mundo.
—¿Selene? —susurró Marinus, acercándose a ella con dolor—. ¿Me conoces?
Ella lo miró, ladeando la cabeza con una curiosidad infantil. Tocó su rostro con dedos temblorosos, pero no hubo amor en su mirada, solo una extrañeza infinita.
—El mar... es bonito —dijo ella con una voz que parecía un eco lejano.
Coralia cayó de rodillas, llorando desconsoladamente. Habían ganado la guerra, habían detenido a Pelagios y salvado Mirthalia, pero el precio había sido el alma de su mejor amiga. El sacrificio en la tormenta había cambiado las reglas del juego para siempre: la paz había llegado, pero con el sabor amargo de una pérdida que ninguna magia podría reparar.
El horizonte comenzaba a teñirse de rosa con el primer amanecer de una nueva era, pero para Marinus y las sirenas, la noche apenas estaba empezando a mostrar sus verdaderas cicatrices.