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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:53.5k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22: Lo que pasa en Jersey se queda en Jersey.

El auto cruzó el puente de vuelta a Manhattan con la lentitud de un funeral motorizado. Vincent iba con la chaqueta de Antonov sobre los hombros, las muñecas en carne viva y olor a pólvora en los dedos. Antonov iba a su lado con el teléfono pegado a la oreja dando instrucciones que sonaban a limpieza general pero que significaban desaparecer un cadáver, borrar huellas y sobornar a quien hubiera que sobornar.

En sus tiempos, Vincent hacía lo mismo pero con menos tecnología y más cal viva.

—La bodega se quema esta noche —dijo Antonov al teléfono—. Todo. No quiero ni los cimientos.

Colgó. Guardó el teléfono. Silencio.

Vincent miraba sus manos. Las manos de Emilia. Gordas, suaves, con las uñas rojas de Sofía todavía intactas a pesar de las esposas, el colchón podrido y el disparo que le vibró hasta el codo. Manos que no parecían capaces de matar a nadie, y esa era exactamente su ventaja.

Segundo muerto en esta vida. Primero con lámpara, segundo con pistola. Estoy mejorando la técnica.

—¿Dónde aprendiste a disparar así?

La misma pregunta. Segunda vez. Antonov no la miraba pero la pregunta llenó el auto como humo.

—En la televisión —dijo Vincent.

—Un disparo en el centro del pecho a tres metros. Sin dudar. Sin cerrar los ojos. Sin temblar hasta después. Eso no se aprende en la televisión.

—Tuve un buen día.

—Emilia.

—Vicente.

Se miraron. Tres segundos. Él buscando la verdad. Ella cerrándole la puerta en la cara con la misma expresión con la que le cerró la puerta a todo el que intentó conocerla en dos vidas.

—Hay cosas que no te puedo contar —dijo Vincent—. No porque no quiera. Porque no me creerías.

—Ponme a prueba.

—No.

Antonov apretó la mandíbula. Vincent vio el músculo moverse debajo de la piel, ese tic que ya conocía, el de un hombre conteniendo algo que quiere salir. Pero no insistió. Guardó la pregunta como se guarda una bala en el cargador: sin prisa, pero sin olvidar que está ahí.

Bien. No insistas. Porque el día que te cuente la verdad vas a llamar al psiquiátrico y no al investigador.

Llegaron a la mansión a las dos de la tarde. El sol entraba por los ventanales del recibidor como si fuera un día normal, como si tres horas antes su esposa no hubiera matado a un hombre en una bodega de Jersey con su propia pistola.

Dimitri estaba en la sala con un whisky. Los miró entrar y algo le cruzó la cara, algo que olía a sospecha y a oportunidad.

—Qué cara traen. ¿Problemas en el paraíso?

—Tráfico —dijo Antonov sin detenerse.

—Tu esposa tiene sangre en la manga —observó Dimitri levantando la copa.

Vincent se miró el brazo. Un manchón oscuro donde las esposas le habían abierto la piel de la muñeca. Pequeño pero visible. Malditas camisas de manga corta.

—Me corté cocinando —dijo Vincent.

Dimitri soltó una risa corta.

—¿Tú cocinas? ¿Qué preparaste, un enemigo al horno?

Si supieras, cuñadito. Si supieras.

Subió las escaleras sin contestar. Entró a la habitación. Cerró la puerta. Se quitó la ropa con movimientos mecánicos: blusa manchada al cesto, pantalón al cesto, zapatos al rincón. Se metió a la ducha y dejó que el agua caliente le cayera encima durante veinte minutos sin moverse, sin pensar, sin hacer nada más que estar de pie bajo un chorro que se llevaba el sudor, la sangre seca de las muñecas y el olor a bodega podrida que se le había pegado al pelo como un recuerdo que no quería irse.

Harold está muerto. De verdad esta vez. No hay lámpara, no hay duda, no hay viejo levantándose con una cicatriz en la sien y un plan de venganza. Un disparo en el pecho. Limpio. Definitivo.

Se tocó la mano derecha con la izquierda. Le dolía. No del golpe sino de algo más profundo, como si los huesos supieran lo que los músculos habían hecho y estuvieran procesando la información con retraso.

Maté gente toda mi vida anterior y nunca me tembló nada. ¿Por qué ahora? ¿Qué tiene este cuerpo que convierte todo en sentimiento?

Hormonas. Tiene hormonas. Malditas hormonas que convierten a un gángster en una fuente pública.

Salió de la ducha. Se secó. Se miró en el espejo: una mujer gorda con ojeras, muñecas vendadas y ojos que habían visto demasiado para una sola vida, y mucho más para dos.

La puerta de la habitación se abrió. Antonov entró con dos tazas de café, le puso una en la mesita de noche y se sentó en el borde de la cama con la suya. Sin preguntar. Sin hablar. Solo estando ahí, que era algo que hacía cada vez más seguido y que a Vincent le molestaba cada vez menos, lo cual le molestaba muchísimo.

—Está limpio —dijo Antonov mirando su café—. La bodega se quema esta noche. Los dos que trabajaban para Harold ya están comprados. El chofer sale del hospital mañana. No hay rastro.

—Bien.

—El certificado de defunción de Harold sigue vigente. Nadie va a buscar a un muerto.

—Bien.

—Disparaste como alguien que ha disparado antes. Muchas veces antes.

—Creí que no ibas a insistir.

—No estoy insistiendo. Estoy observando en voz alta.

Hijo de puta astuto. Es exactamente lo que yo habría hecho.

Vincent agarró el café y le dio un sorbo largo. Estaba perfecto, porque Antonov ya sabía cómo le gustaba el café a su esposa y eso era información que un hombre de negocios no necesitaba tener pero que un hombre enamorado sí.

No. No uses esa palabra. No la pienses siquiera.

—Gracias por venir a buscarme —dijo Vincent, y le costó decirlo como le cuesta a un muro de concreto doblarse: con un crujido que se escucha desde adentro.

Antonov la miró.

—Siempre voy a ir a buscarte.

No digas eso. No me digas eso. Tommy también decía cosas bonitas antes de apretar el gatillo.

Se terminó el café en silencio. Antonov se fue al baño. Vincent escuchó la ducha abrirse y se quedó sentada en la cama mirando la pared con la misma expresión que tenía cuando miraba el East River después de un trabajo: vacía por fuera, calculando por dentro.

Hoy maté a un hombre y mi marido limpió el desastre sin preguntarme por qué. Eso es más lealtad de la que Tommy me dio en tres años. Pero Tommy me disparó después de tres años de lealtad, así que la lealtad no vale nada si no la pruebas con el tiempo.

¿Cuánto tiempo necesito? ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Toda esta vida y la que sigue?

Abrió el armario. Las pijamas de animal estaban colgadas como siempre: la de vaca en la lavandería, la de dálmata manchada de café de la última pelea con Natasha, la de caballo que nunca usó porque le parecía ridícula incluso para sus estándares, y la de unicornio morado con el cuerno de peluche en la frente.

Se la puso. Le quedaba perfecta, como todas. Se miró en el espejo: una mujer gorda vestida de unicornio morado con ojos de asesina y muñecas vendadas.

Si en mis tiempos me hubieran dicho que dormiría con un hombre después de matar a otro, habría pedido más whisky y menos profecías.

Antonov salió del baño. Pantalón de pijama, camiseta, pelo húmedo. Vio el unicornio. La comisura de la boca le tembló en algo que no llegó a ser sonrisa pero que lo intentó.

Caminó hacia el sofá. La almohada y la cobija de siempre lo esperaban como viejas amigas.

—Duerme en la cama —dijo Vincent.

Las palabras salieron antes de que pudiera frenarlas, como un disparo involuntario, y Vincent se odió por decirlas casi tanto como se odiaría por no haberlas dicho.

Antonov se detuvo. La miró. Buscó la trampa, el sarcasmo, el chiste. No encontró nada.

—¿Segura?

—No me hagas repetirlo.

Se metió en la cama del lado derecho, se acomodó la capucha con el cuerno y se tapó hasta el cuello. Antonov dejó la almohada en el sofá, rodeó la cama y se acostó del lado izquierdo. El colchón se hundió bajo el peso de los dos. La distancia entre ellos era de medio metro, que era más de lo que tenían en el sofá pero menos de lo que necesitaba un unicornio para sentirse seguro.

Oscuridad. Silencio. La respiración de dos personas que acaban de compartir un asesinato y que ahora comparten una cama y que no saben cuál de las dos cosas es más peligrosa.

—Emilia.

—¿Qué?

—Gracias por matarlo.

Silencio.

—No lo maté por ti.

—Lo sé. Lo mataste por ti. Pero gracias igual.

Vincent cerró los ojos. El cuerno del unicornio apuntaba hacia el techo como una antena ridícula que captaba señales que no quería recibir: el calor de otro cuerpo a medio metro, el olor a jabón caro, la certeza incómoda de que esta noche no iba a necesitar la pijama como armadura porque el hombre al otro lado de la cama no iba a tocarla, y que eso, en lugar de aliviarla, le producía algo parecido a la decepción.

No. No es decepción. Es cansancio. Es el bajón de la adrenalina. Es que maté a un hombre hoy y el cuerpo necesita descansar.

No es decepción.

No.

Los ronquidos empezaron a los diez minutos. Suaves primero, como un motor calentándose, y después con toda la potencia de un cuerpo de cien kilos que dormía con la paz de los que no tienen nada que esconder, excepto que Vincent tenía más secretos que toda la familia Antonov junta y roncaba igual.

Al otro lado de la cama, Antonov no dormía. Miraba el techo con las manos cruzadas sobre el pecho escuchando los ronquidos del unicornio y pensando que hoy su esposa le pidió una pistola, mató a un hombre con la precisión de un profesional, y luego lo invitó a dormir en la cama con el mismo tono con el que pediría que le pasaran la sal.

¿Quién eres, Emilia Mendoza?

La pregunta seguía ahí. Como una bala en el cargador.

Sin prisa.

Pero sin olvido.

1
MarlingJCF
Al fin mija👏
MarlingJCF
Eso es correcto
MarlingJCF
Ohhhhh siii un bebê 🥰
Ahora se tiene que cuidar mucho mas!
MarlingJCF
Tu Bisabuelo Reencarnado!!🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
Oh si estaba vivo /Gosh//Gosh//Gosh/
MarlingJCF
Joda!!!! ya lo dijo! ☺️
MarlingJCF
Ja!, 🤣🤣🤣
MarlingJCF
Viejo buitre desgraciado /Smug/
MarlingJCF
Esta es la mejor opcion!, usa esa inteligencia tuya
Sabri Nahir Zapata Zini
Súper súper recomendable historia!! La ame
Sabri Nahir Zapata Zini
Aplausos 👏🏽 autora !!! Estuvo fascinante la historia!!! Gracias 😍
MarlingJCF
Tengo dos teorias:

Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.

El viejo Reencarno!
MarlingJCF
Hasta yo estaria en shock🤭🤭🤭
MarlingJCF
Mielga esto se puso de locos! osea que te casaste con tu bisnieto! ay Vicent no te enamores😂😂😂
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
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