Después de una noche entera terminando el arreglo de un traje de exhibición, Julia se fue a la cama por la madrugada. Su cabeza apenas había tocado la almohada cuando su alarma sonó, y se dió cuenta de que no estaba en su habitación, ¡y alguien se había llevado el traje que tanto se había esforzado en reparar!
Un momento... ¿Quién, en nombre de su santo internet, era esa persona en el espejo?
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5.
Respirando hondo, Julia pasó por la recepción hasta llegar a la sala de estar.
En el sofá estaba un joven trajeado de aspecto serio, bebiendo una taza de café negro. A un lado estaba la madre de Julia, agarrando la mano del hombre entre las suyas y dándole pequeñas palmadas.
—¿Has vuelto? —El joven bajó la taza y enderezó su postura.
—Bueno, he vuelto —respondió sin ninguna emoción en su voz. La mujer mayor, quien no se había dado la vuelta para ver a su hija, chasqueó la lengua.
—¿Así es cómo le hablas a tu hermano? —se volteó a verla con un regaño en la lengua, enojada por una ofensa imaginaria. Luego la miró de arriba a abajo, juzgando su aspecto descuidado. —¿Acaso fuiste así vestida a tu cita? Que vergüenza que traes a esta familia.
Desde que llegó a este mundo, la señora Dolce la había tratado con una actitud de quien busca fallas deliberadamente. Por alguna razón, la mujer detestaba a su propia carne y sangre, manteniendo un trato brusco y lleno de derechos hacia ella.
A Julia obviamente no le gustaba esta madre que había conseguido de la nada. Hacía años que no tenía que responderle cuentas a nadie, y ella misma estaba más cerca de la edad de la madre que de la hija. Para alguien que había sido adulta por mucho tiempo, ser confrontada por una persona que con esa actitud era molesto y desgastante. No sabía lo que la original había hecho para que la madre se sintiera tan disgustada, pero la obvia preferencia y el sesgo hacia el hermano mayor y ella, casi sospechaba que era un típico caso de favorecer a los niños sobre las niñas.
Por supuesto, de no ser por:
—Mamá, hermano mayor, ya llegué —canturreó una voz juvenil y femenina.
Por la entrada de la sala de estar, una adolescente llegó dando saltitos con sus talones y dejando un bolso lleno de brillantes en uno de los sofás individuales. Enseguida, saltó cerca de la mujer y le dio un beso y un abrazo, antes de volver a saltar sobre el hombre joven.
La niña se veía de unos 14 o 15 años, vestida de colores pasteles y accesorios con brillos por todos lados. Actuó como un bebé frente a su madre y se robó la atención que iba dirigida a Julia, cambiando completamente la naturaleza de la misma. Frente al cuadro familiar, Julia revisó las vías de escape mientras la madre le preguntaba a la niña por qué había llegado temprano de la salida con sus amigos. La respuesta de la niña se perdió cuando subió las escaleras hacia el segundo piso.
Si Julia no hubiera despertado dentro del dormitorio la primera vez, posiblemente no habría adivinado dónde estaba su habitación. Por suerte, ahora había memorizado la mayoría de los lugares comunes a los que tenía permitido ir durante sus paseos de madrugada.
Abrió la puerta de su habitación con una llave y se escabulló dentro, cerrándola con seguro cuando no escuchó los pasos de nadie detrás de las puertas.
Por fin, dejó que toda la tensión cayera. Se quitó toda la ropa y la colocó en el cesto. Se sentía toda sudada y sucia por toda la aventura del día.
Se bañó con agua tibia, le puso a su cabello un tratamiento para el frizz y luego le pasó la secadora con aire frío. De hecho, le llevó un poco de tiempo y una búsqueda por Internet para entender la mitad de la cantidad de productos de aseo y maquillaje que había en el tocador.
Después de ponerse una muda de ropa suave y cómoda, sacó una libreta de un cajón del escritorio y comenzó a anotar las cosas que sucedieron ese día. Desde el encuentro con la vecina hasta lo que encontró en el celular. Anotó incluso algunas cosas que había dicho Andrew durante su conversación, para estar segura de que podía consultar la información más tarde si llegaba a haber una oportunidad.
Cuando terminó el recuento del día, siguió peinando la habitación en busca de cualquier cosa escondida o que pidiera ayudarla a entender su situación actual.
Había revisado cada compartimiento del escritorio, incluso revisó todas las juntas de madera y metal por su podía ocultarse algo por dentro. Revisó la cama y cada costura del colchón y las cortinas. No se salvó la alfombra ni la mesita de luz, incluso descolgó todos los cuadros y sacó todos los libros del estante. Encontró nada más que un collar con un dije de llave dentro de la funda de una almohada y un papel con una fila de números en la parte de abajo del cajón de la mesita de luz.
Una vez que descartó encontrar más cosas en la habitación, quiso seguir con el clóset. El baño ya había sido revisado por ella ayer, y no había encontrado nada, solo un montón de cosméticos sin abrir, cremas, tratamientos faciales, capilares y para la piel. En ese momento, pensó en algo y volvió al baño. Revisó todo lo que había allí, separando lo usado de lo nuevo y llegó a la misma conclusión; las fechas de elaboración de los productos no superaban un año, y la mitad tenían al menos medio año de su elaboración, nada de allí superaba el mínimo de seis meses, lo que le dijo que no se había comprado nada nuevo antes ni después de una fecha aproximada.
Anotó ese dato en la libreta y se dio cuenta de que los productos más usados eran los que tenían una gran cobertura y cosas más sutiles ni siquiera estaban abiertas. Julia suspiró, en su vida pasada se habría despertado riendo por tener la mitad de estos productos para ella. Nunca había podido comprarse más de uno a la vez por falta de dinero.
—Parece como si hubiera empezado esta vida hace unos seis meses. Eso o la otra Julia tiró todo por alguna razón. —Julia no sabía qué pensar. No podía pedirle a nadie instrucciones o favores, como si de la nada hubiera perdido información importante de su vida. Por primera vez, sintió lo pesado que era andar a tientas en la oscuridad.