Todo gira entorno a ;__"Ariana White: y su primer amor.
Amor a primera vista , algo que cambiara su vida de golpe y le demostrará que la madurez no está en los años que tienes, si no en como afrontas los problemas que se te presentan, tendrá la ayuda de su mejor amiga y cuñada, como ella la llama desde el inicio.
Acompañenme en esta nueva historia, espero que les guste
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Estoy frente a un ángel
Mi nombre es Ariana White, y nací en la ciudad más vibrante del mundo:Nueva York. La verdad es que siempre me ha encantado esta enorme ciudad, su ritmo frenético y, por supuesto, sus rascacielos. Son como gigantes de cristal que tocan el cielo, recordándome que todo es posible.
Mi mejor amiga se llama Fabiana Thompson. Es más que mi amiga, es como una hermana para mí, algo vital considerando que soy hija única.
Tengo quince años, y como le gusta decir a mi papá, estoy en "proceso de convertirme en señorita". Mi familia es, sí, muy acaudalada. Mi padre es lo que llaman un "tiburón empresarial", un hombre que podría comprar y vender Wall Street con una sonrisa encantadora. A pesar de la opulencia que nos rodea, la esencia de mi vida siempre ha sido la felicidad, la calidez y el sentido de pertenencia.
Es cierto que a veces mis padres discuten por alguna tontería —siempre por cosas triviales, como si la calefacción está muy alta o si papá se comió el último cupcake—, pero después se reconcilian con la misma facilidad. Siempre he admirado su relación; son novios desde la escuela secundaria. Esa es mi vara de medir el amor verdadero.
Mi propia historia de cuento, creía yo, era con Fabrizzio. Llevamos siendo pareja casi dos años y todos en mi círculo insisten en que debemos "dar el siguiente paso". Pero la verdad es que aún no estoy segura. No es que sea mojigata, en absoluto. Más bien, creo que es una cuestión de valores. Quiero que al entregarme, física y emocionalmente, al hombre que esté a mi lado, sea por amor inquebrantable y certeza.
El problema era Fabrizzio. Había notado su creciente insistencia y a veces sentía que me estaba condicionando. Todo en mi vida era perfecto hasta que llegó este horrible fin de semana.
Era sábado por la mañana. El sol de otoño entraba por las ventanas del Penthouse, iluminando el periódico que mi padre devoraba con la misma intensidad con la que negocia acciones.
—Papá, ¿hoy no saldrás con mamá a pasear? —pregunté, mientras él, sin levantar la vista del papel, murmuraba un "no".
Al segundo siguiente, el periódico se bajó lentamente. Sus ojos, idénticos a los míos, se clavaron en mí con esa mezcla de seriedad y cariño que solo él domina.
—Si quieres salir con ese noviecito tuyo, tienes permiso —dijo, doblando cuidadosamente el papel. Su voz se volvió grave—. Pero no llegues tarde. Confío en ti; sé que eres una niña de principios. Así que no vayas a pensar que nos quedamos en casa, a propósito, para que tú no salgas y puedas escabullirte.
"¡Me descubrió!", pensé, aunque no pude evitar sonreír y lanzarle un beso al aire. La confianza entre nosotros es realmente de otro planeta. Siento que a mis padres les puedo contar todo, hasta la locura más grande, porque jamás me juzgarían.
Con el permiso de mi padre, me dirigí a casa de Fabrizzio. Habíamos quedado en ir por un helado a mi lugar favorito cerca de Central Park. Al llegar, lo llamé.
—Aguarda un minuto, ya salgo —dijo con la voz ronca.
No pasaron ni dos minutos cuando ya estaba abriéndome la puerta. Estaba descalzo y, para mi horror, sin camisa. Yo, con mis vaqueros de tiro alto y mi crop top perfectamente combinados, lo miré y negué con la cabeza, sintiendo un leve cosquilleo de irritación.
—Me dijiste a las tres, Fabri. No estás listo.
—Vamos, nena, entra mientras me termino de cambiar, ¿sí? —me dijo, haciendo un puchero que normalmente se me hacía adorable, pero que hoy solo lograba que mi ceño se frunciera.
Aun así, asentí e ingresé. ¡Gran error! Apenas puse un pie dentro, él se abalanzó sobre mí. Me dio uno de esos besos que te quitan el aire, y de repente se convirtió en un pulpo desesperado. Sus manos recorrían mi cuerpo con una prisa que me hizo sentir incómoda, violada en mi espacio personal.
Tomando todo el impulso que mi diminuta anatomía podía reunir, lo aparté con firmeza.
—¡Fabrizzio! Vístete.
Él solo negó, volviendo a insistir en besarme con más fuerza. Fue en ese momento cuando la irritación se convirtió en una furia fría que rara vez me permitía sentir.
—¡Basta, Fabrizzio! —grité. Me llevé una mano al pecho, tratando de recuperar el aliento—. No vine a esto.
Sus ojos, normalmente llenos de un cariño despreocupado, se oscurecieron.
—Basta tú, Ariana. ¡Somos novios! ¿Qué tiene de malo que tengamos relaciones? Después de todo, ¡todos lo hacen! ¿Acaso eres tan mojigata que no ves cómo todos se burlan de ti?
Ahí estaba. El patán que había estado esperando pacientemente bajo la máscara del novio atento.
—¿Estás hablando en serio? —Sentí que mis ojos se encendían. Mis valores no eran negociables—. Te dije que aún no estaba lista y me juraste que esperarías. Pero siempre, a la primera oportunidad, ahí estás tú, como siempre, metiéndome mano. ¿Acaso no puedes aceptar mi decisión, aún no estoy lista?
—No, ya estoy cansado —dijo, cruzándose de brazos, con esa arrogancia que tanto detestaba
—. Estoy cansado de que mis amigos se burlen de mí porque siempre me rechazas. Así que tú decides, Ariana. O me das la mayor prueba de tu amor, o aquí la dejamos.
Oírlo decir eso... en lugar de quebrarme oentristecerme, me molestó hasta el tuétano. ¿Una prueba de amor? ¿Acaso creía que yo era una mercancía que él podía reclamar para alimentar su ego con sus amigos? Jamás nadie me había condicionado a nada. Y por mucho que me hubiera gustado Fabri —en el pasado—, no iba a hacer algo que no quisiera.
Lo miré fijamente, levantando la barbilla, sintiendo el peso de la decisión.
—Está bien... —murmuré.
Su sonrisa de victoria fue inmediata, amplia y repugnante. Se inclinó, pensando que había ganado, hasta que terminé de hablar.
—... Terminamos.
Después de decir aquello, no esperé a ver su reacción. Me di media vuelta y salí a la calle. Corrí hasta donde había dejado mi bicicleta. Sí, tenía chofer y vehículos de lujo a mi disposición, pero la realidad es que quería la vida de una adolescente común. Por eso amaba a Fabiana; pensábamos casi lo mismo.
Me subí a mi bicicleta, pedaleando con una rabia que alimentaba mis piernas. Estaba pensando en lo idiota que era Fabrizzio y en lo tonta que había sido yo por perder un año y medio a su lado.
Mientras más lo pensaba, más me enojaba. ¡El muy tarado! No quería tener intimidad conmigo; les había dicho a sus amigos que era yo quien se la negaba para que se burlaran de mí y así él pudiera justificar su inmadurez.
Iba tan inmersa en mi enojo y en el estruendo de mis propios pensamientos que no lo vi venir.
De repente, un claxon ensordecedor perforó mi burbuja de ira. Ya era tarde. Sentí un impacto lateral, una fuerza descomunal que me lanzó por los aires como si fuera un frisbee. Todo se convirtió en una dolorosa, desordenada mezcla de asfalto y aire. Aterricé en el suelo, golpeándome la rodilla y el codo.
Mi primera reacción no fue el dolor, sino la vergüenza.
—¡Oh, por Dios! —gemí, intentando ponerme de pie. La gente se había aglomerado alrededor, y yo sentía mi rostro arder.
Estaba a punto de levantarme cuando una sombra se cernió sobre mí. Era el conductor.
—¡Espera, espera! No te muevas. ¿Estás bien? —preguntó.
En ese momento, vi al dueño de la voz. Mi mente, que segundos antes estaba hirviendo de ira, se congeló por completo.
Estaba arrodillado frente a mí, bajo el cielo azul de Nueva York, con un sol tímido iluminando su rostro. Morí pensé de inmediato, (estoy frente a un ángel).
Era la persona más hermosa que había visto en mis quince años. Tenía el cabello castaño desordenado que caía sobre una frente perfecta, unos ojos de color verde esmeralda que me miraban con genuina preocupación, y unos pómulos altos que hacían de su rostro una obra de arte.
¡Dios mío, es perfecto!
Morí o ...
Me atropello un semidiós griego. Definitivamente, este es el tipo de trauma que te cambia la vida. Es posible que tenga una conmoción cerebral, pero, sinceramente, si lo que veo es el cielo, estoy bien.
Intenté responder, intenté decir: "Sí, estoy bien, solo un poco agitada", pero mi boca solo produjo un sonido ininteligible, algo entre un gorjeo de pájaro y el ruido de una aspiradora averiada.
Pensé para mí misma:
Ariana White, la chica que puede debatir con su padre que es un rey empresarial, la que acaba de cortar a su novio sin pestañear, ¡está muda! ¿Es este el momento de declararle mi amor eterno?
No. Es el momento de no parecer una babosa golpeada.
Mi corazón latía tan rápido que pensé que podría perforar mi costilla y salir volando. Jamás me había quedado muda. Jamás.
Él, al ver mi expresión de pez fuera del agua, se inclinó más, susurrando:
—Quédate quieta. Llamaré a emergencias.
—¡No, no! —logré articular, pero era demasiado tarde. Él ya estaba tecleando en su teléfono.
—No te preocupes. Te prometo que te compensaré por esto. Fui un completo idiota. Estaba distraído. ¿Puedes decirme tu nombre? —me preguntó, con esa voz que sonaba como terciopelo.
Mi nombre... ¡Es mi nombre! ¿Por qué no lo recuerdo? Mi nombre es Ariana, pero ahora que estoy a un metro de esta perfección, mi nombre debería ser: 'Cualquier cosa que me haga digna de tu atención'.
—A-Ariana —tartamudeé.
Él sonrió, una sonrisa pequeña y dulce que hizo que el sol brillara más fuerte solo para él.
—Soy Liam. Quédate conmigo, Ariana. Todo va a estar bien.
Justo en ese momento, su mano se posó suavemente sobre mi frente, verificando si tenía un golpe. El contacto fue ligero, pero envió una descarga eléctrica tan intensa que mi cerebro simplemente se rindió.
Liam. El nombre resonó en mi cabeza. Era el chico que acababa de atropellarme en un fin de semana, pero que, de alguna manera inexplicable, parecía haber iluminado todo mi futuro.
Solo vi que de un momento a otro, los ojos verdes de Liam se acercaron, llenos de pánico, y luego, todo se volvió una negrura absoluta. La dulce, romántica, y cómica oscuridad.