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3: la segunda reclamación
En un almacén húmedo y mal iluminado en las afueras de Osaka, al otro extremo de Japón, tres hombres fumaban en silencio alrededor de una mesa metálica oxidada. El aire olía a cigarrillos baratos, sudor y ramen recalentado. El de la cicatriz en la ceja —el mismo que había apuntado al Bentley de Sauching dos noches atrás— golpeaba el teléfono contra la palma de su mano con nerviosismo.
—Todavía nada —gruñó el fornido, escupiendo chicle al suelo—. Ese cabrón del chico se nos escapó y ahora el jefe nos va a despellejar vivos. Cincuenta millones no aparecen así como así.
El más bajo, el de la cadena de oro, soltó una risa amarga.
—Le dijimos que la próxima vez lo íbamos a cobrar en carne. Y el muy hijo de puta se mete en el auto de un rico. ¿Quién coño era ese tipo?
El teléfono vibró de repente sobre la mesa. Todos se quedaron quietos. El jefe del clan —un hombre calvo con tatuajes baratos que apenas cubrían sus brazos— contestó en altavoz.
—¿Qué?
La voz al otro lado era fría, profesional.
—La deuda del chico Yougmin está saldada. Transferencia completa. Cincuenta millones exactos. El pagador es Sauching Lee. Propietario de la cadena de hoteles “Eclipse”. Y… hay más. Es el hermano menor de Taeyong Lee.
Silencio absoluto.
El jefe palideció. Hasta la cicatriz del hombre alto pareció ponerse más blanca.
—¿Taeyong Lee? ¿El Taeyong que controla todo el extremo norte? ¿El que tiene Osaka y Fukuoka en su lista negra desde el último ajuste de cuentas?
—Exacto —confirmó la voz—. El dinero llegó limpio, con mensaje adjunto: “La deuda queda cancelada. El chico ahora es intocable. Si alguien lo mira mal, Taeyong sabrá quién y dónde encontrarlos”. No es una amenaza. Es un hecho.
El de la cadena de oro soltó el cigarrillo como si quemara.
—Mierda… Ese clan no es como nosotros. Nosotros somos basura de barrio comparados con ellos. Taeyong domina el otro extremo del país con puño de hierro. Hoteles, puertos, todo lo que toca se vuelve suyo. Y el hermanito… el hermanito acaba de comprar al chico por cincuenta millones como si fuera un puto juguete.
El jefe colgó sin decir adiós. Se pasó la mano por la cara sudorosa.
—Olvídense del chico. Olvídense de la deuda. Si Taeyong está detrás… no quiero que mi cabeza termine decorando el muelle de Kobe. Cerramos el asunto. Para siempre.
Los tres hombres se miraron. El miedo era palpable. El mismo miedo que Yougmin había sentido noches atrás. Ahora era suyo.
En Tokio, Sauching recibió la confirmación en su teléfono mientras revisaba contratos en su oficina del último piso del hotel Eclipse Tower. Un mensaje corto de su hermano:
*Taeyong:*
Transferencia confirmada. Los idiotas de Osaka ya saben quién soy. No volverán a molestar al chico. ¿Estás seguro de que vale la pena, Sauching-ah? Cincuenta millones por un cuerpo es mucho hasta para ti.
Sauching respondió con dos palabras:
*Sauching:*
Es mío ahora.
Guardó el teléfono. Por primera vez en años sintió algo parecido a satisfacción. No era ternura. Era posesión pura.
A las 21:58 Yougmin llegó al edificio en Roppongi. El portero ya tenía órdenes. Lo dejó subir sin preguntas. El ascensor privado lo dejó directamente en el penthouse. Llevaba la misma ropa sencilla de siempre: jeans negros y una sudadera gris que le quedaba grande. El cuerpo aún le dolía de la primera noche, pero había venido. Porque el mensaje había sido claro:
*Sauching:*
22:00. Sin excusas.
Sauching lo esperaba de pie junto al ventanal, con una copa de whisky en la mano. Traje negro abierto, sin corbata, camisa blanca desabotonada hasta el tercer botón. No sonrió. No saludó. Solo lo miró de arriba abajo como quien evalúa una propiedad.
—Quítate la ropa —ordenó sin preámbulos—. Toda.
Yougmin tragó saliva. El corazón le latía fuerte, pero no era solo miedo. Había algo más. Algo oscuro que había empezado a despertar la noche anterior. Se desnudó allí mismo, bajo la luz tenue de la ciudad que entraba por los cristales. La ropa cayó al suelo. Quedó expuesto, vulnerable, con las marcas todavía visibles en las caderas.
Sauching dejó la copa. Avanzó despacio, como un depredador que ya sabe que la presa no escapará. Lo tomó por la nuca con fuerza, sin besarlo. Solo lo giró y lo empujó contra el cristal frío del ventanal. Yougmin jadeó cuando su pecho desnudo tocó el vidrio helado. Abajo, Tokio brillaba indiferente.
—No grites demasiado fuerte —susurró Sauching contra su oído—. Los vecinos podrían oír.
No hubo preliminares largos. No hubo palabras dulces. Solo manos firmes que separaron sus piernas, un cuerpo duro que se pegó a su espalda y un ritmo brutal que empezó sin aviso. Yougmin sintió la invasión profunda, implacable, y un grito ahogado se le escapó de la garganta. Dolor. Mucho dolor. Pero también algo más caliente, más salvaje, que le subía por la columna como electricidad. Cada embestida era precisa, dura, sin piedad. Sauching lo sujetaba por las caderas con dedos que dejarían moretones nuevos sobre los viejos, entrando y saliendo con un control absoluto, como si estuviera cobrando una deuda con intereses.
Yougmin se mordió el labio. Las rodillas le temblaban. El cristal se empañaba con su respiración agitada. Sentía cada centímetro, cada golpe profundo que lo hacía arquearse y gemir sin control. No era romántico. No había caricias suaves ni susurros de cariño. Era puro poder. Sauching lo usaba como quería, cambiando el ángulo cuando le placía, acelerando cuando quería oírlo quebrarse, ralentizando solo para hacerlo suplicar en silencio.
Y aun así… Yougmin disfrutaba.
Lo odiaba y lo disfrutaba al mismo tiempo. El placer se mezclaba con el dolor de una forma tan intensa que la cabeza le daba vueltas. Sentía cómo su propio cuerpo respondía, traicionero, tensándose alrededor de Sauching, buscando más a pesar del ardor. Cada vez que Sauching lo empujaba más contra el vidrio, cada vez que le tiraba del cabello para arquearle la espalda, un gemido ronco se le escapaba. No fingía. Lo sentía de verdad. Un fuego oscuro que le recorría las venas y lo hacía apretar los puños contra el cristal.
Sauching no hablaba. Solo respiraba pesado contra su nuca, gruñidos bajos que vibraban en su pecho. Lo giró de repente, lo levantó como si no pesara nada y lo llevó al sofá. Esta vez cara a cara, pero sin miradas tiernas. Solo ojos negros, fríos, clavados en los suyos mientras volvía a entrar con una sola embestida brutal que arrancó un grito verdadero de Yougmin.
El ritmo se volvió aún más salvaje. Más profundo. Más largo. Sauching lo follaba como si quisiera marcarlo por dentro, como si cada movimiento fuera una firma de propiedad. Yougmin se aferraba a sus hombros, uñas clavándose en la tela de la camisa cara, el cuerpo entero temblando de placer y agonía mezclados. Llegó al límite dos veces, temblando, derramándose entre los dos sin que Sauching lo tocara siquiera allí. Y aun así Sauching no paraba. Seguía. Más duro. Más profundo. Hasta que finalmente se tensó, gruñó contra su cuello y se derramó dentro de él con una última embestida que dejó a Yougmin sin aire.
Se quedaron así unos segundos. Sudor. Respiraciones entrecortadas. El olor a sexo flotando en el aire.
Sauching salió de él sin cuidado, se levantó y se ajustó la ropa como si nada hubiera pasado. Yougmin quedó tirado en el sofá, piernas abiertas, cuerpo temblando, entrepiernas palpitando con un dolor delicioso y brutal al mismo tiempo. No podía moverse. No quería.
Sauching encendió un cigarrillo y miró la ciudad.
—Puedes quedarte a dormir —dijo con voz calmada—. Mañana tienes llave. Úsala cuando te llame.
Yougmin cerró los ojos. El pecho le subía y bajaba rápido. Sentía el sem3n caliente deslizándose entre sus muslos, las marcas frescas ardiendo en la piel, el placer todavía latiendo dentro de él como un segundo pulso.
No había ternura. No había promesas.
Solo esto.
Y por primera vez en su vida, Yougmin se dio cuenta de que lo quería así.
Crudo. Duro. Suyo.
En Osaka, el jefe del clan bajo nivel apagó la luz del almacén con manos temblorosas. Sabía que nunca volverían a acercarse al chico. Taeyong Lee era un nombre que nadie pronunciaba en voz alta en su mundo. Y ahora ese nombre protegía a Yougmin.
La deuda estaba saldada.
Pero el precio… el precio lo estaba pagando otro.