NovelToon NovelToon
La Cura No Es El Olvido.

La Cura No Es El Olvido.

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:964
Nilai: 5
nombre de autor: Jakelyn Arevalo

En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.

NovelToon tiene autorización de Jakelyn Arevalo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: El aviso de la sangre

El amanecer en San José no trajo claridad, sino una neblina espesa que se filtraba por las rendijas del consultorio como un presagio maloliente. Isaí se levantó de la silla donde había pasado la noche en vela, con los ojos ardidos de tanto buscar sombras en el patio. El eco de las palabras de Antonio —esas acusaciones cargadas de barro y celos— seguía vibrando en las paredes. El miedo no era una emoción nueva para ella, pero esa mañana tenía un peso distinto, una densidad que le oprimía el pecho.

Al intentar ponerse en pie para preparar el café, el mundo decidió traicionarla. Un vértigo repentino la obligó a sostenerse del borde de la camilla —la misma camilla de sus pecados y sus glorias—. La habitación giró violentamente; las paredes blancas se fundieron en un torbellino gris y un sabor metálico, amargo, inundó su boca.

—No ahora... por favor, ahora no —susurró, cerrando los ojos con fuerza.

Atribuyó el mareo a la falta de sueño, al hambre que la guerra le había impuesto y a la angustia de ser el centro de un triángulo mortal. Se obligó a respirar hondo, ignorando esa punzada extraña en el bajo vientre y la sensibilidad inusual en su pecho que el roce de la bata blanca le provocaba. Como doctora, su mente analítica intentó conectar los puntos, pero como mujer aterrada, se prohibió a sí misma llegar a la conclusión lógica.

—No puede ser. No en este infierno. Se susurro Isaí.

No cuando el hombre que amaba estaba a un paso de convertirse en un asesino serial por su causa.

El día transcurrió bajo una presión insoportable. El Capitán Néstor, apareció puntualmente a las diez de la mañana, escoltado por dos soldados. Traía consigo una caja de penicilina y una sonrisa que pretendía ser reconfortante, pero que para Isaí se sentía como una red cerrándose.

—Doctora, la veo pálida —dijo Néstor, dando un paso hacia el espacio personal de ella—.

Estos días de asedio están pasando factura. He ordenado que le traigan raciones dobles de la cocina de oficiales. No quiero que la mujer más valiosa de este pueblo se me desmaye en mitad de una consulta.

—Estoy bien, Capitán. Es solo el cansancio —respondió Isaí, evitando su mirada. Cada vez que Néstor se acercaba, Isaí sentía que el fantasma de Antonio la observaba desde algún rincón oscuro del techo.

—Usted nunca está "bien", Isaí. Usted está resistiendo —corrigió Néstor con una suavidad peligrosa—. Y yo estoy aquí para que deje de tener que resistir sola.

Néstor estiró la mano para tomarle el pulso bajo el pretexto de una revisión médica improvisada. Al sentir el contacto de la piel tibia del capitán, Isaí sintió una oleada de náuseas que casi la hace doblarse. Se soltó con brusquedad, fingiendo que necesitaba buscar un estetoscopio. Néstor frunció el ceño; su instinto de cazador detectaba que algo más profundo que el simple rechazo estaba ocurriendo en ese cuerpo menudo.

Las horas de la tarde fueron una tortura de lentitud. El sol se ocultó tras las montañas como si tuviera prisa por dejar paso a la tragedia. Isaí limpió el consultorio tres veces. Ordenó los frascos por color, por tamaño, por utilidad, solo para mantener sus manos ocupadas y no pensar en el "aviso" que su salud le estaba dando. Se sentía hinchada, vulnerable, como una fruta a punto de estallar bajo el sol.

Finalmente, la noche cayó. Y con la noche, el silencio volvió a ser denso, solo interrumpido por el relevo de la guardia en la esquina y el ladrido lejano de un perro.

Isaí apagó todas las luces, excepto una pequeña lámpara de aceite en el rincón más alejado de la ventana. Se sentó a esperar. El corazón le daba saltos erráticos contra las costillas. "¿Qué pasará cuando llegue?", se preguntaba. Si Antonio veía a Néstor de nuevo, o si simplemente el veneno de la sospecha seguía fluyendo en sus venas, el consultorio se convertiría en un matadero.

Cerca de la medianoche, el crujido familiar de la madera en la ventana trasera la hizo saltar.

Antonio entró como una exhalación de frío y humedad. Esta vez no traía el fusil al hombro, sino un cuchillo de monte sujeto al cinto y los ojos inyectados en una mezcla de insomnio y rabia contenida. Se detuvo en seco al verla. Ella estaba allí, blanca como un espectro, con las ojeras marcadas y una mano protegiéndose instintivamente el vientre.

—Has estado llorando —dijo él, sin acercarse. Su voz no era una caricia, era un juicio.

—He estado esperándote, que es distinto —respondió Isaí con una firmeza que no sentía—. Antonio, tienes que escucharme. Lo que viste ayer...

—Lo que vi ayer fue a un hombre que tiene el derecho de caminar por la luz del día tocando lo que me pertenece en la oscuridad —la interrumpió él, dando un paso adelante—. He pasado tres semanas comiendo raíces y durmiendo segundos ideando un plan para volver a ti, y me encuentro con que el enemigo duerme en tu puerta.

—Él no duerme en mi puerta, él la custodia para que nadie más entre. ¡Él es mi escudo contra los suyos! —gritó ella en un susurro desesperado.

Antonio la tomó por los brazos, sacudiéndola apenas un poco, buscando en su rostro la verdad que su mente enferma de guerra le negaba. Pero al hacerlo, notó algo. Isaí cerró los ojos y un quejido de dolor real, físico, escapó de sus labios. Se puso pálida, más de lo normal, y sus rodillas flaquearon.

Antonio la sostuvo antes de que cayera al suelo, su instinto de protección ganándole por un segundo a sus celos.

—¿Qué tienes? Isaí, mírame. ¿Te han hecho algo? Si ese capitán te puso una mano encima para lastimarte, juro por mi vida que...

—Nadie me ha tocado, Antonio —logró decir ella, recuperando el aliento mientras se apoyaba en su pecho manchado de selva—. Es solo que... no me he sentido bien.

Mareos, desmayos. Creo que la guerra por fin me alcanzó el cuerpo.

Antonio la cargó y la sentó en la camilla. Por un momento, el tiempo se detuvo. Él volvió a ser el hombre que la amaba con locura y ella la doctora que le salvó la vida. Pero la sombra de Néstor y el secreto de lo que estaba creciendo en el vientre de Isaí flotaban en el aire como ceniza. Antonio le acarició la frente, notando una calidez que no era fiebre, sino algo más vital, más primitivo.

—Mañana me voy a llevar a ese hombre de este mundo —susurró Antonio al oído de ella, volviendo a su obsesión—. Si él es el motivo de tu estrés, si él es quien te quita el sueño, lo eliminaré. Así podré llevarte conmigo a la selva, donde nadie te toque, donde solo seas mía.

Isaí sintió un terror gélido. Sabía que Antonio no estaba bromeando. El amor de Antonio se había vuelto una "dura obsesión", una fuerza destructiva que no aceptaba rivales, ni siquiera la realidad de la supervivencia.

—Si lo matas, nos matas a todos —dijo ella, agarrando la camisa de él con fuerzas renovadas—.

¡Hay algo que tienes que saber, Antonio!. Algo que cambia todo.

En ese momento, pasos pesados se escucharon en el porche delantero. Alguien golpeó la puerta principal con la empuñadura de una pistola.

—¡Doctora Isaí! —era la voz de Néstor, autoritaria—. He visto una sombra entrar por atrás. Abra la puerta o la echamos abajo.

Antonio sacó el cuchillo, sus ojos brillando con una luz salvaje. Isaí miró la puerta y luego a Antonio. El juicio final había llegado a las cuatro paredes del consultorio de San José.

1
Elizabeth Medina
que fuerte decisión de Antonio pero tiene que proteger a la doctora
Elizabeth Medina
bueno veremos que pasa con esta doctora y ese desconocido
Jakelyn Arevalo
Los invito a ver parte de mi historia, en 25 capítulos que continuará 😘😘😘
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play