"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 9
La medianoche en la casa de los Martínez no era silenciosa; era un coro de crujidos, de viento golpeando las persianas y del eco lejano de una ciudad que se negaba a dormir. Pero para mí, el único sonido que importaba era el de mi propio corazón, un tambor desbocado que golpeaba contra mis costillas con una violencia que me dolía. Estaba sentada en el borde de la cama, vestida únicamente con un camisón de raso negro que se resbalaba por mis hombros como una caricia líquida.
Había dejado la puerta sin el pestillo.
Ese pequeño gesto, el simple acto de no girar la llave, se sentía como la traición definitiva. Era una invitación al lobo para que entrara en el redil. Miré la rendija de luz bajo la puerta de mi habitación, esperando, temiendo, deseando que la sombra de Julián la oscureciera. La culpa seguía ahí, un sabor amargo en el fondo de mi garganta, pero el deseo era una marea que lo inundaba todo, una fuerza de la naturaleza que no entendía de lutos ni de lealtades.
Pasaron los minutos. O quizás fueron horas. El tiempo se dilata cuando esperas a que tu mundo se acabe o empiece de nuevo. De repente, el pomo de la puerta giró. No hubo aviso, ni susurro, ni duda. La puerta se abrió con una lentitud tortuosa y Julián entró en la habitación.
No encendió la luz. No hacía falta. La luna, filtrada por las cortinas entreabiertas, bañaba su figura con una claridad plateada y espectral. Llevaba solo unos pantalones de pijama oscuros, dejando al descubierto su torso ancho, marcado por el trabajo y el tiempo. Se detuvo en el centro del cuarto, con los brazos cruzados, mirándome como si fuera la primera vez que me veía de verdad.
—Sabía que no echarías el cierre —dijo él, su voz era un murmullo profundo que pareció vibrar en el aire estancado del cuarto.
—No sabía si vendrías —mentí, mi voz sonando apenas como un hilo de aire.
Julián se acercó a la cama con pasos felinos, sin hacer ruido sobre la alfombra. Se sentó a mi lado y el colchón se hundió bajo su peso, inclinándome inevitablemente hacia él. Podía olerlo: jabón, sándalo y ese aroma metálico que desprende la piel de un hombre cuando está al límite de su control. Extendió una mano y me tomó de la barbilla, obligándome a levantar la cabeza.
—Mírame, Elena. Deja de mirar las sombras y mírame a mí.
Lo hice. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad absoluta, pero en el centro brillaba una chispa de triunfo. No era el protector que me consolaba en el funeral; era el hombre que venía a reclamar lo que consideraba suyo. Su pulgar recorrió mi labio inferior, presionando con una firmeza que me hizo soltar un jadeo.
—Estás temblando —observó él, su mano bajando por mi cuello, trazando el camino de mi pulso acelerado.
—Tengo miedo, Julián. Esto... esto lo va a cambiar todo.
—Ya ha cambiado —respondió él, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron—. Cambió el día que me miraste en el funeral y yo vi que en tus ojos no solo había lágrimas, sino hambre. Cambió el día que saltaste al balcón. No intentes convencerme de que esto es una sorpresa. Llevas años preparándote para esta noche.
Se inclinó y me besó. No fue un beso dulce, ni una exploración tentativa. Fue una invasión. Sus labios reclamaron los míos con una autoridad que me dejó sin aliento, y su lengua buscó la mía con una urgencia que me hizo arquear la espalda. Sus manos bajaron por mis hombros, apartando los tirantes de mi camisón, dejando que la seda cayera hasta mi cintura. El contacto de sus palmas calientes y un poco ásperas contra mi piel desnuda fue como una descarga eléctrica que me recorrió la columna.
Me empujó suavemente hacia atrás hasta que mi espalda golpeó el colchón. Él se posicionó sobre mí, apoyando su peso en los codos para no aplastarme, pero manteniéndome atrapada bajo su cuerpo. La diferencia de tamaño, de fuerza, de madurez, se sentía más real que nunca en esa penumbra.
—Eres tan perfecta, Elena —gruñó él contra mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes que me hacían soltar gemidos involuntarios—. Tan joven, tan prohibida... y tan mía.
Sus manos empezaron a explorar mi cuerpo con una curiosidad posesiva. Recorrieron mis costillas, se detuvieron en la curva de mis caderas y subieron hacia mis pechos, donde sus dedos jugaron con mis pezones endurecidos hasta que sentí que una humedad traicionera inundaba mis muslos. El placer era tan intenso que por un momento olvidé quién era, olvidé a mis padres, olvidé a Sofía. Solo existía el roce de Julián, el peso de su cuerpo sobre el mío y el sonido de nuestras respiraciones acompasadas.
—Dilo —ordenó él, deteniéndose para mirarme a los ojos, su rostro a milímetros del mío—. Di que me quieres aquí. Di que no quieres que pare.
—No... no puedo —susurré, tratando de luchar contra la marea que amenazaba con arrastrarme.
Julián se separó un poco, su mirada endureciéndose.
—Si no lo dices, me voy ahora mismo. No voy a ser el hombre que se aprovecha de una chica en duelo. Si te toco, es porque tú me lo pides. Porque tú lo necesitas tanto como yo.
El silencio que siguió fue atronador. Podía oír el tic-tac del reloj en la mesilla, el latido de mi propio corazón y la respiración contenida de Julián. Sabía que si lo dejaba irse, la fantasía moriría allí mismo. Y yo no podía permitirlo. Julián era mi único ancla en un mar de cenizas.
—No te vayas —dije finalmente, mi voz cobrando una fuerza que no sabía que tenía—. Quédate. Te quiero aquí, Julián. Te quiero conmigo.
Él sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y volvió a besarme con una ferocidad renovada. Sus manos bajaron por mis muslos, separándolos con una firmeza que no admitía réplicas. El contacto de sus dedos con mi intimidad fue como una explosión. Solté un grito ahogado que él se encargó de silenciar con su boca.
—Eso es, pequeña. Déjate llevar —susurró él entre beso y beso—. Olvida el resto del mundo. Aquí, en esta cama, solo existimos nosotros.
Las sombras de la habitación parecían bailar a nuestro alrededor, testigos mudos de una traición que se sentía como una redención. Julián se despojó de sus pantalones y volvió a cubrirme, esta vez piel contra piel. La sensación de su virilidad presionando contra mi muslo me hizo temblar de una forma nueva, una mezcla de terror y una anticipación salvaje.
—Mírame —repitió él, mientras se posicionaba entre mis piernas—. Quiero que veas quién te está haciendo esto. Quiero que veas que no es un sueño.
Lo miré. Sus ojos estaban fijos en los míos, cargados de una posesividad absoluta. Y cuando finalmente se hundió en mí, rompiendo la última barrera de mi inocencia, no hubo dolor, solo una sensación de plenitud que me hizo llorar. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de alguien que, después de caminar por el desierto de la pérdida, encontraba finalmente un oasis, aunque el agua estuviera envenenada.
Nos movimos juntos en un ritmo ancestral, una danza de sombras y susurros que llenó el cuarto de una electricidad casi sólida. Cada embestida de Julián era un reclamo, cada gemido mío era una confesión. La fantasía se había vuelto real, cruda, carnal. Y en el clímax, cuando el mundo pareció estallar en mil pedazos de luz y oscuridad, comprendí que ya no había vuelta atrás. Había cruzado el Rubicón. Había dejado que el hermano de mi mejor amiga colonizara mi cuerpo y mi alma.
Después, nos quedamos abrazados, con el sudor secándose en nuestra piel y el silencio de la madrugada envolviéndonos. Julián me rodeaba con sus brazos, su barbilla apoyada en mi cabeza, acariciando mi espalda con una ternura que me asustaba.
—Ahora eres mía, Elena —susurró él, su voz ronca de placer—. Pase lo que pase a partir de mañana, nunca olvides lo que ha pasado en esta habitación.
Me quedé dormida en sus brazos, sintiendo por primera vez en semanas que el vacío se había llenado. Pero al despertar, cuando las primeras luces del alba empezaron a iluminar la habitación vacía —porque él se había ido antes de que alguien lo viera—, la realidad volvió a golpearme. Las sombras se habían ido, pero el secreto seguía ahí, más pesado que nunca.
Había dejado que la fantasía se volviera real, y ahora tenía que aprender a vivir en las cenizas de mi propia traición.