Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 8: La Herida de Plata
El interior del coche de Kaito olía a cuero nuevo, sándalo y a esa calma gélida que solo el dinero y el poder pueden comprar. Haru estaba encogido en el asiento del copiloto, empapado, dejando un rastro de agua sobre la tapicería impecable. Sus dientes castañeaban, no solo por el frío de la lluvia de marzo, sino por el choque de adrenalina que estaba abandonando su cuerpo.
Kaito conducía en silencio, con una mano firme en el volante. Sus ojos ámbar estaban fijos en la carretera, pero su mandíbula seguía tensa. No activó la calefacción al máximo de inmediato para no agobiar al omega, pero el ambiente pronto se volvió cálido y acogedor.
Cuando llegaron al edificio de Minato, Kaito no se detuvo en la entrada principal; bajó directamente al estacionamiento privado de alta seguridad. Al apagar el motor, el silencio se volvió denso, casi asfixiante.
—Bájate —dijo Kaito con suavidad—. No puedes entrar a tu apartamento así. Estás temblando demasiado y ni siquiera tienes comida.
Haru lo miró con los ojos muy abiertos. El pánico volvió a punzarle el pecho. —Puedo... puedo subir solo. Gracias por... por lo de antes. Yo... le pagaré la tintorería del coche.
Kaito soltó un suspiro de frustración, pero se obligó a mantener la voz baja. —No me importa el coche, Mizushima. Me importa que si te dejo solo ahora, probablemente te desmayes en el pasillo. Ven a mi casa. Te daré algo seco y curarás mi mano. Es lo mínimo que puedes hacer, ¿no?
Esa última frase fue el anzuelo. Kaito sabía que Haru vivía bajo la lógica de la deuda y la culpa. Si sentía que le debía algo, se quedaría.
Subieron en el ascensor privado. Haru mantenía la cabeza gacha, mirando fijamente los nudillos de Kaito. Estaban hinchados y un rastro de sangre seca decoraba la piel. El omega sintió una punzada de culpa. Ese hombre, un desconocido, un alfa que no le debía nada, se había manchado las manos por él.
Al entrar al apartamento 12-A, Kaito se quitó la chaqueta y señaló el baño principal. —Hay toallas limpias y una bata de seda en el armario. Quítate esa ropa mojada. Yo pediré algo de cenar.
Haru obedeció mecánicamente. El baño de Kaito era más grande que su propia habitación. Se cambió con movimientos torpes, su cuerpo marcado por las sombras de los golpes de Ren. Al verse en el espejo, envuelto en la bata de seda negra de Kaito, se sintió pequeño, ridículo. La prenda le quedaba enorme, y el aroma del alfa lo envolvía por completo, reclamando sus sentidos.
Cuando salió, Kaito estaba sentado en el sofá de cuero, con un botiquín de primeros auxilios sobre la mesa de centro. Había servido dos tazas de té humeante.
—Siéntate —ordenó Kaito, señalando el espacio frente a él.
Haru se sentó en el borde del sofá, manteniendo una distancia prudencial. Tomó el algodón y el antiséptico con dedos temblorosos. Kaito le extendió la mano derecha. Era una mano grande, de dedos largos y elegantes, pero con callosidades que hablaban de un entrenamiento riguroso.
Lentamente, Haru empezó a limpiar la herida. El contacto de su piel contra la de Kaito fue como tocar un cable de alta tensión. Haru esperaba que el alfa se tensara, que gruñera o que aprovechara la cercanía para tocarlo de forma inapropiada, como hacía Ren. Pero Kaito se quedó inmóvil, observando con una intensidad abrasadora cómo Haru se concentraba en su tarea.
—Lo siento... —susurró Haru mientras aplicaba el desinfectante—. Le duele por mi culpa.
—Me duele más saber que ese tipo cree que puede tocar lo que no es suyo —respondió Kaito. Su voz vibró en el aire, cargada de una posesividad que hizo que el vello de la nuca de Haru se erizara—. Ese hombre, Tatsuya... ¿es amigo de tu exesposo?
Haru se tensó, deteniendo el movimiento del algodón. —Sí. Son todos iguales. Creen que el mundo es su patio de juegos y nosotros... nosotros somos los juguetes que pueden romper cuando se aburren.
Kaito cerró la mano suavemente, atrapando los dedos de Haru entre los suyos. El omega se quedó petrificado, dejando de respirar. Pero Kaito no apretó. Solo mantuvo el contacto, obligando a Haru a levantar la vista.
—Yo no soy como ellos, Haru —dijo Kaito, usando su nombre de pila por primera vez. El nombre sonó como una caricia y una promesa a la vez—. En mi familia, protegemos lo que valoramos. Y yo empiezo a valorar mucho el silencio de este pasillo. No voy a permitir que nadie vuelva a ponerte una mano encima. Ni Ren Ichijō, ni sus perros falderos.
Haru sintió que algo se rompía dentro de él. No era miedo, era una grieta en su muro de desconfianza. Por primera vez en tres años, alguien le hablaba como si tuviera valor por sí mismo, no como un objeto de contrato.
—¿Por qué? —preguntó Haru, con una lágrima traicionera rodando por su mejilla—. ¿Qué gana usted con esto? Soy un omega roto. No tengo dinero, ni familia, ni futuro. Mi arte está destruido. No tengo nada que darle a un hombre como usted.
Kaito se inclinó hacia delante, reduciendo la distancia. Su aroma a tormenta se volvió dulce, envolvente, calmando el instinto de huida de Haru.
—Quizás me gusta lo que está roto —susurró Kaito, su mirada fija en los labios temblorosos de Haru—. Porque solo lo que se rompe puede mostrar lo que hay dentro. Y lo que veo en ti, Mizushima, es mucho más interesante que cualquier omega perfecto de la alta sociedad.
Kaito soltó su mano y se levantó, dándole espacio para respirar. —La cena llegará en diez minutos. Quédate la bata. Mañana te compraré ropa nueva. Y no es una pregunta, es una orden de tu vecino ruidoso.
Haru se quedó solo en el sofá, mirando sus propias manos. Todavía sentía el calor de Kaito quemándole la piel. Por primera vez, el miedo no era el sentimiento dominante. Había algo más: una chispa de esperanza tan pequeña que le aterraba más que cualquier golpe. Porque si empezaba a confiar en Kaito Kuroda y él resultaba ser como los demás, Haru sabía que esta vez no sobreviviría a la caída.