Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.
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Capítulo 6
Más tarde, cuando la casa grande ya estaba en su ritmo lento de la tarde, Elías se sentó a la mesa de la cocina. El sol entraba inclinado por la ventana, dibujando franjas claras en el suelo de piedra. Rosalía estaba escribiendo la lista de la compra cuando percibió el silencio diferente de su nieto.
—Estás demasiado callado, muchacho —comentó, sin quitar el ojo del trozo de papel.
Elías apoyó los brazos en la mesa, balanceando las piernas despacio.
—Abuela… —empezó, vacilante—. Dentro de dos meses es el cumpleaños de mamá, ¿verdad?
Rosalía paró lo que estaba haciendo. No suspiró, no demostró sorpresa. Apenas levantó la cabeza mirando a su querido nieto, como si aquel asunto mereciese tiempo y cuidado.
—Sí, lo es —respondió—. El tiempo pasa, pero esas fechas quedan marcadas como un rasguño en la madera.
Elías bajó los ojos por un instante.
—Casi no me acuerdo de ella… —dijo bajito.
Rosalía extendió la mano y la posó sobre la de él, caliente y firme.
—Pero yo me acuerdo por los dos.
Una leve sonrisa surgió en el rostro de la abuela, de aquellas que mezclan añoranza y cariño.
—Tu madre era una niña traviesa —empezó—. Vivía corriendo por la finca, subía a los árboles, desaparecía todo el día y volvía solo cuando el sol ya se estaba yendo. Nunca se quedaba quieta.
Elías alzó la mirada, atento.
—Ella tenía ese aire ligero… —continuó Rosalía—. Se tomaba la vida como una brisa. No le daba importancia a las cosas malas. Incluso cuando todo parecía difícil, ella se las ingeniaba para reír. Decía que la tristeza no podía vivir mucho tiempo donde uno da cariño.
Elías imaginó a aquella niña corriendo por los campos, la risa suelta, los pies sucios de tierra. Le gustó la imagen.
—Creo que tú has sacado eso de ella —dijo Rosalía, apretando levemente la mano del nieto—. Esa sonrisa fácil… ese buen talante.
Elías sonrió, medio tímido, sintiendo un calor tranquilo en el pecho.
—Quería haberla conocido mejor —murmuró.
—En cierto modo, la conoces —respondió la abuela—. Ella vive en ti. En cada gesto tuyo que es demasiado ligero para este mundo pesado.
Elías se quedó en silencio por algunos segundos después de las palabras de la abuela. Los dedos jugaban con el borde de la mesa, dibujando círculos invisibles en la madera. Había un nombre que le atravesaba el pensamiento, insistente, casi escapando por la boca.
—Abuela… y mi padre… —empezó, con cuidado.
Rosalía cambió ligeramente la expresión. No era dureza, sino un cansancio antiguo, de esos que no piden discusión. Elías lo percibió al instante. Sabía que aquel nombre —Bruno— no era bienvenido entre ellos. Se tragó el resto de la frase antes de que se formase por completo.
Fue entonces que la puerta de la cocina se abrió de repente.
—¡Doña Rosalíaaa! —cantó una voz animada.
Mallory entró dando saltitos, el pelo recogido de cualquier manera y el vestido sencillo girando con el movimiento. Antes de que Rosalía pudiese reaccionar, la niña ya estaba abrazando a la abuela con fuerza.
—Mi niña eléctrica —rió Rosalía, correspondiendo al abrazo—. Vas a acabar derrumbando esta casa todavía.
Mallory se alejó solo lo suficiente para sonreír ampliamente.
—¡He venido a buscar a Elías! —anunció, volviéndose hacia él—. El río está perfecto hoy. ¡El agua está fría de la manera buena!
Elías abrió una sonrisa inmediata, el peso del asunto anterior disolviéndose en el aire.
—¿Ahora? —preguntó, ya levantándose de la silla.
Rosalía cruzó los brazos, fingiendo severidad.
—Ahora nada. Dentro de poco oscurece, ustedes lo saben.
—Ay, doña Rosalía… —Mallory hizo un puchero exagerado—. Prometo que volvemos antes de que el cielo se ponga naranja. Yo lo cuido, lo juro.
—¿Será que puedo confiar? Déjame pensar… creo que la última vez que escuché eso de ti, mi muchacho volvió todo raspado —respondió la abuela, pero ya con una sonrisa delatando la rendición.
Mallory se acercó más, sujetó la mano de Rosalía y la balanceó levemente.
—Solo un poquito… la tarde está tan bonita para quedarse dentro de casa.
Rosalía suspiró, vencida.
—Está bien. Pero nada de demorar. Y vuelve antes de que oscurezca, ¿oíste, Elías?
—Oí, abuela —respondió él, animado.
Mallory tiró de Elías por el brazo en dirección a la puerta.
—¡Anda, vamos! —dijo, riendo—. ¡El agua no va a esperar!
Mientras los dos salían corriendo, Rosalía se quedó observando desde la puerta. La sonrisa en su rostro era tranquila. Sabía que, a veces, la vida daba pequeños intervalos de ligereza, y era en esos momentos que Elías parecía más parecido a su madre.
Y la cocina, nuevamente silenciosa, guardó las palabras que aún no estaban listas para ser dichas.
…
El río quedaba en las cercanías de la finca, escondido entre grandes árboles y piedras montañosas. El agua era cristalina, se podía ver el fondo pedregoso incluso antes de llegar cerca de la orilla. El sonido de la corriente se mezclaba con el canto distante de los pájaros, anunciando el fin de la tarde.
Así que llegaron, ninguno de los dos lo pensó dos veces.
—¡Uno, dos, tres! —Mallory contó, ya corriendo.
Los dos saltaron vestidos y todo. El agua helada envolvió sus cuerpos de una vez, arrancando el aire de los pulmones. Cuando emergieron, temblaban, los cabellos pegados en la frente, el frío haciendo castañetear los dientes.
—¡Está helada de más! —Elías exclamó, jadeante.
Mallory apenas rió. Tomó agua con las dos manos y se la arrojó.
—¡Deja de quejarte!
—¡Oye! —él protestó, riendo a pesar del frío.
Elías respondió del mismo modo, salpicándola con agua. Luego estaban los dos riendo alto, arrojándose agua el uno al otro, como si el mundo fuese demasiado pequeño para cualquier preocupación.
—Estás loca —dijo Elías, aún temblando—. ¿Quién entra en un río de estos a esta hora?
—Gente valiente —Mallory respondió, fingiendo orgullo—. O gente sin juicio.
—Sin juicio mismo —él concordó, sonriendo.
Se quedaron allí un rato más, riendo, quejándose del frío y dejando el agua correr alrededor de las piernas. Para Elías, aquel momento simple —el río, la risa de la amiga, el fin de tarde acercándose— tenía algo de especial, incluso si él aún no supiese explicar exactamente qué.
Y, por ahora, eso bastaba.
Entre un chapuzón y otro, las risas resonaban por el río. Mallory salpicaba agua a Elías, se sumergía rápido y volvía a la superficie sacudiendo el cabello, como si el frío fuese apenas un detalle divertido. Elías reía, intentando acompañar el ritmo de ella, incluso ya sintiendo los brazos cansarse.
En un intervalo, los dos subieron a una gran piedra que hay en la orilla del río, respirando hondo.
—Elías… —Mallory empezó fingiendo desinterés mientras batía el pie en el agua—. ¿Alguna vez has pensado en salir con alguien?
Él giró el rostro al instante.
—Así… ¿de la nada? —preguntó, medio avergonzado.
—Ué —ella se encogió de hombros—. Curiosidad. ¿Vas a decir que nunca has pensado en eso?
Elías pensó por un segundo, con aquella sonrisa tímida de siempre surgiendo en la comisura de la boca.
—Ya he pensado… —respondió.
Mallory intentó parecer tranquila, pero los ojos atentos la delataban.
—¿Y con quién?
Él rió, como quien ya tenía la respuesta lista para provocar.
—Con Paloma.
—¿¡Qué!? —Mallory le dio un golpecito en el momento—. Solo puedes estar bromeando.
—¡Estoy vacilando! —Elías levantó las manos en defensa, riendo—. O no.
Mallory cruzó los brazos, fingiendo indignación.
—¿Después de todo?
Elías se encogió de hombros, aún sonriendo.
—Ué… después de aquel piquito robado, ella nunca más fue la misma con nosotros.
Mallory hizo una mueca.
—Piquito robado, no. Aquello fue traición —dijo, aunque una sonrisa se escapase—. Ella sabía que nuestra amistad era importante.
—Ustedes se pelearon feo —recordó Elías—. Y después de eso… ella desapareció de nuestro círculo.
—Mejor así —respondió Mallory, ahora haciendo cariño donde había dado el golpe, Elías es demasiado blanco, cualquier cosita ya .—. Amistad que causa confusión no dura.
Elías la observó por un instante, pensativo. Sabía que había dicho aquello solo para provocar, pero también percibió que Mallory se tomaba ciertas cosas más en serio que él.
—¿Y tú? —preguntó, intentando cambiar el foco—. ¿Nunca has pensado en salir con alguien?
Mallory sonrió de una manera diferente, corta, casi secreta.
—Ya —respondió—. Pero eso queda para otro chapuzón.
Antes de que Elías pudiese preguntar más, ella se sumergió de nuevo, dejando apenas las ondulaciones en el agua. Él se quedó allí por un instante, observando el lugar donde ella había desaparecido, sintiendo que aquella pregunta había dejado algo en el aire.
Algo que él aún no sabía nombrar.
Mallory
Yo reí, me sumergí y arrojé agua a Elías como si todo fuese solo una broma. Pero por dentro, algo en mí se cerraba siempre que el asunto escapaba de mi control.
Cuando él dijo el nombre de Paloma, incluso en tono de broma, sentí una incomodidad inmediata. No fue sorpresa, fue irritación. Aquella historia aún me incomodaba más de lo que quería admitir.
Él es mío, pensé, casi sin percibir el peso de la idea. Siempre lo ha sido.
Me gusta Elías hace demasiado tiempo para fingir que es solo amistad. Me gusta su manera tímida, la forma en que parece necesitar protección sin nunca pedirla. Siento que lo conozco mejor que cualquier otra persona. Sé cuándo está nervioso, cuándo se esconde tras la sonrisa, cuándo desvía la mirada porque siente demasiado.
Y quizás por eso no me guste la idea de dividirlo, ni siquiera en recuerdo.
Cuando saqué el tema sobre salir con alguien, no fue solo curiosidad. Fue prueba. Quería escuchar de su boca que no había espacio para otra persona. O, al menos, que ciertas historias ya habían quedado en el pasado.
Pero él respondió riendo, demasiado ligero, como si todo fuese igual.
Me sumergí rápido, el agua fría sirviendo para contener el calor que subía por mi rostro. Él no se da cuenta, pensé. O finge no darse cuenta.
Cuando volví a la superficie, lo miré con atención. Elías temblaba de frío, se quejaba, reía. Era exactamente allí donde yo sentía aquel impulso extraño de cuidar, y, al mismo tiempo, de alejar a cualquiera que se acercase demasiado.
Si alguien tiene el derecho de conocer ese lado de él, soy yo, pensé, firme.
—Hablas de Paloma como si fuese una broma —dije, en tono ligero, pero con algo por detrás—. Pero algunas cosas no son una broma.
Elías se encogió de hombros, sin entender completamente.
Suspiré, desviando la mirada. Yo sé que no puedo exigir nada. Aun así, la idea de Elías gustando de otra persona me deja inquieta. No por miedo de perderlo, sino por sentir que ya formo parte demasiado de su vida para ser colocada al margen.
Un día él se dará cuenta, pensé. Y cuando se dé cuenta, espero que no sea tarde.
Por ahora, continúo allí, entre risas y chapuzones, manteniendo a Elías cerca, como siempre he hecho. Porque, incluso sin decir en voz alta, siento que hay un espacio al lado de él que nadie más debería ocupar.
Y yo no pretendo renunciar a eso tan fácilmente.