Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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El sello de la inocencia
El silencio en la habitación de la cabaña era tan denso que parecía tener peso propio. Arturo estaba frente a mí, y por un segundo, su figura recortada contra la luz de la ventana me recordó a los antiguos dioses que exigían sacrificios para calmar su ira. Yo era ese sacrificio. Mis piernas aún vibraban por el esfuerzo de subir las escaleras, y el nudo en mi garganta era una barrera física que me impedía incluso suplicar por piedad.
Él no esperó a que yo diera el primer paso. Acortó la distancia con una zancada decidida, una que desprendía la seguridad de quien sabe que posee todo lo que pisa. Sus manos, grandes y cálidas, se cerraron sobre mi rostro con una firmeza que me obligó a mirarlo. Sus ojos oscuros, antes cargados de sospecha y desprecio, ahora brillaban con una urgencia que me quitó el aliento. Sin mediar palabra, reclamó mis labios.
El beso fue, en un principio, una invasión. Era brusco, exigente, impregnado de la furia que Arturo arrastraba desde que vio aquel hematoma en mi brazo. Era el beso de un hombre que creía estar reclamando un territorio ya explorado por otro, un hombre que quería borrar cualquier rastro de su primo de mi piel. Sus labios presionaban los míos con una fuerza que rozaba el dolor, y yo cerré los ojos con fuerza, apretando los puños, esperando que la tormenta pasara rápido.
Sin embargo, algo cambió en el aire.
Arturo, siempre tan analítico y observador, pareció detenerse ante mi rigidez. Al sentir mi falta de respuesta, mi torpeza absoluta y el temblor involuntario de mis labios que no sabían cómo encajar con los suyos, su ritmo comenzó a vacilar. La agresión se evaporó, siendo reemplazada por una vacilación que nunca antes había visto en él. Sus manos, que antes me sujetaban como si fuera a escapar, se deslizaron hacia mi nuca con una suavidad desconcertante. Sus dedos se enredaron en mi cabello, y el beso se transformó.
Lo que empezó como un incendio forestal se convirtió en una brasa lenta y exploratoria. Sus labios se volvieron suaves, casi protectores, pidiéndome permiso en lugar de dar una orden. Esa inesperada ternura fue mi perdición. Sentí cómo la armadura de hielo que había construido alrededor de mi corazón empezaba a agrietarse. Por primera vez en mi vida, no me sentí como la "hija del sótano" de los Stevens, ni como una moneda de cambio. Por un instante efímero, el contrato, la enfermedad de mi madre y la traición de Erika desaparecieron en el fondo de mi mente.
Me relajé contra él, dejando que mis manos, por voluntad propia, buscaran apoyo en sus hombros firmes. Arturo soltó un gruñido bajo, un sonido que no era de ira, sino de algo parecido a la derrota. Se estaba dejando llevar por la misma corriente que yo.
Cuando finalmente nos movimos hacia la cama, el mundo exterior dejó de existir. Pero el momento de la verdad llegó de forma inevitable.
En el instante en que Arturo intentó consumar nuestra unión, su cuerpo se tensó de una manera violenta. Se detuvo abruptamente, apoyando sus brazos a ambos lados de mi cabeza, obligándome a abrir los ojos. Su respiración era errática y su rostro era una máscara de puro asombro. La evidencia física, el dolor punzante y la resistencia de mi cuerpo le gritaron la verdad que él se había negado a creer.
Él era el primero. No había habido nadie más. Ni Alan, ni ningún otro fantasma de su imaginación.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito. Arturo me miró fijamente, y vi cómo sus ojos se dilataban mientras procesaba la magnitud de su error. Todas las mentiras que Guillermo Stevens le había susurrado al oído, todo el veneno que Erika había vertido sobre mi reputación, se desvanecieron. En ese lecho, entre las sábanas blancas, la pureza que él creía perdida para siempre estaba allí, entregada a él por una mujer que él había tratado como a una mercancía.
—Daniela… —susurró mi nombre por primera vez con una nota de reverencia, casi de disculpa.
Su actitud cambió radicalmente. Ya no era el demonio que reclamaba una deuda; ya no era el empresario cerrando un trato de fertilidad. Sus movimientos se volvieron increíblemente cuidadosos, casi sagrados. Cada caricia suya parecía un intento mudo de curar las heridas que él mismo había infligido con sus palabras horas antes. Se tomó su tiempo, asegurándose de que cada roce fuera bienvenido, transformando un acto de contrato en algo que se sentía peligrosamente cercano a la entrega total.
Consumamos el matrimonio bajo la luz dorada que entraba por las cortinas, en un acto que me dejó marcada no solo físicamente, sino en lo más profundo de mi alma. Cuando todo terminó, Arturo no se levantó para vestirse y marcharse. Se quedó allí, estrechándome contra su pecho, su corazón latiendo con fuerza contra mi espalda.
Yo me quedé inmóvil, mirando hacia la nada. Había cumplido. Mi madre estaba a salvo. Pero al sentir el brazo de Arturo rodeándome con una protección que nunca había conocido, me invadió un miedo nuevo. Había entregado mi inocencia a un hombre que me odiaba por mi apellido, y ahora que él sabía la verdad, ya no había vuelta atrás. Arturo Villegas ya no solo era mi dueño legal; ahora era el guardián de un secreto que me hacía infinitamente más vulnerable ante él.
Él había ganado la carrera por el heredero, pero en el proceso, ambos habíamos perdido la barrera que nos mantenía a salvo del otro. El silencio de la cabaña ya no era de terror, sino de una nueva y complicada realidad que apenas comenzaba.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades