Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Capitulo 16
Los demonios habían caído.
Uno tras otro, bajo la espada de fuego de Sakura, bajo los sellos del cuervo, bajo su poder imparable.
Pero cuando el último cayó, cuando el polvo se asentó, cuando el silencio volvió al pueblo...
Sakura no sonrió.
— Algo no cuadra — dijo, observando el horizonte.
— ¿Qué? — preguntó Tae, siempre atento.
— Los demonios... no tenían un líder. No seguían un patrón. Eran como... ¿desperdigados?
— ¿Eso es malo?
— Significa que alguien los está soltando a propósito. Pero no sabemos quién. Ni por qué.
El emperador, que había observado toda la batalla con admiración creciente, se acercó.
— ¿No está terminado?
— No — respondió Sakura, secándose el sudor de la frente —. Matamos a estos, pero mientras no encontremos la causa, seguirán viniendo. Más. Peores.
— ¿Y cómo encontramos la causa?
— Investigando. Rastreando. Buscando. Hasta que algo aparezca.
— Hiciste un trabajo increíble — dijo el emperador, con sinceridad.
Sakura lo miró.
— Muchas gracias, majestad.
— Bien — dijo él, recuperando su compostura —. Es hora de volver. Continuaremos luego.
Y emprendieron el regreso.
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EL PALACIO: LA ESPERA
La emperatriz no había podido dormir.
Había dado órdenes. Había enviado soldados. Había confiado en los demonios.
Y ahora, solo quedaba esperar.
Esperar que Sakura no volviera.
Esperar que los demonios hicieran su trabajo.
Esperar ganar.
Las horas pasaban lentas como cuchillos.
Y entonces, las puertas del palacio se abrieron.
Sakura entró.
Ilesa.
Con solo unos rasguños en la mejilla y la ropa ligeramente rasgada.
La emperatriz se quedó muda.
Pálida.
Paralizada.
— Su majestad — dijo Sakura al verla, con una sonrisa amable —. Qué alegría verla.
La emperatriz no respondió.
No podía.
Por dentro, algo se rompía.
LA HABITACIÓN DE LAS REUNIONES
El emperador no perdió el tiempo.
Apenas cruzaron las puertas, apenas dejaron a los sirvientes atrás, agarró a su madre del brazo con una fuerza que ella nunca había sentido.
— Madre. Tenemos que hablar.
— Hijo, ¿qué haces? ¡Me lastimas!
Él no respondió. La arrastró hasta la sala de reuniones y cerró la puerta con un golpe que retumbó en todo el pasillo.
— ¡Hijo!
— ¡¿TE VOLVISTE LOCA?!
La emperatriz retrocedió, sorprendida por el grito.
— No sé de qué hablas...
— ¡NO TE HAGAS!
El emperador caminaba de un lado a otro como bestia enjaulada. Su rostro, normalmente calmado, estaba desencajado por la furia.
— Mandaste soldados. Guardias reales. ¡MIS guardias! A matarla. ¿Creíste que no me iba a enterar?
— Esa mujer te ha llenado la cabeza de mentiras...
— ¡MENTIRAS? — se detuvo frente a ella —. ¿Esto también es mentira?
Sacó de su ropa el sello de madera.
La placa de identificación de los guardias reales.
La emperatriz palideció.
— Se les cayó — dijo el emperador, con una voz helada —. Mientras ella los masacraba. ¿Sabes qué hizo ella? Los enfrentó sola. Y los venció. Y ni siquiera se molestó en matarlos a todos. Dejó a algunos vivos. Cómo advertencia, no juegues con fuego
— Hijo, yo...
— ¿Realmente eres tan estúpida? ¿Creíste que podrías acabar con ella? ¿Con LA ELEGIDA DEL FUEGO? ¿Con la mujer que mata demonios de nivel 7 como quien espanta moscas?
— Yo solo quería protegerte...
— ¡PROTEGERME! ¡Mientes! ¡Querías protegerte a ti misma! ¡Tu orgullo! ¡Tu posición! ¡Tu maldita obsesión con la sangre y el linaje!
Silencio.
La emperatriz lo miró.
Y por primera vez, vio en los ojos de su hijo algo que nunca había visto.
Odio.
— Pensé que eras más inteligente — dijo él, más calmado pero con un filo que cortaba —. Pero veo que me equivoqué.
— Hijo...
— No vuelvas a intentar nada contra ella.
— Pero...
— NADA. ¿Me oyes? Si vuelves a tocarla, si vuelves a enviar a alguien, si vuelves siquiera a mirarla mal...
Se inclinó sobre ella.
— Te exiliaré. Personalmente. Lejos. Donde nadie recuerde que existes.
La emperatriz abrió la boca, pero no salió nada.
— ¿Queda claro?
Ella asintió.
Él dio media vuelta y salió.
La puerta se cerró.
Y la emperatriz, sola en la habitación, sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Había perdido.
Y lo peor...
Lo peor es que su hijo ya no la miraría igual nunca más.
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EN OTRA PARTE DEL PALACIO
Sakura descansaba en sus habitaciones.
Tae, apoyado contra la puerta, la observaba.
— ¿Sabes qué pasó? — preguntó él.
— Supongo que el emperador descubrió la verdad.
— Y la enfrentó.
— Bien.
— ¿No te molesta?
Sakura lo miró.
— ¿Que hayan intentado matarme? Me molesta. ¿Que el emperador la haya puesto en su lugar? Me alegra. Pero Tae...
— ¿Qué?
— Esto no termina aquí. La emperatriz no se rinde. Y los ancianos... los ancianos también se están moviendo.
Tae apretó la mandíbula.
— ¿Qué hacemos?
— Esperar. Prepararnos. Y cuando llegue el momento...
— ¿Qué?
Sakura sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
— Demostrarles por qué el fuego me eligió a mí.