Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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ECLIPSE
El club huele a humo, perfume caro y sudor de madrugada. Un olor que se mete en la ropa, en la piel, en la memoria. Las luces violetas destellan sobre el escenario central, todavía vacío, mientras los técnicos prueban sonido y los bajos vibran como un corazón gigante latiendo bajo el suelo.
Siempre me ha gustado este momento.
Antes del ruido. Antes de las miradas. Antes de convertirme en algo que no soy.
Me siento en uno de los sofás de terciopelo burdeos, estiro las piernas y cierro los ojos. El aire acondicionado golpea mi piel desnuda con una frialdad que me despierta los sentidos. Respiro profundo. Lento. Controlado.
Cinco minutos siendo solo yo.
—Milene, ¿piensas dormir ahí o qué?
La voz de Thesa rompe el silencio con esa risa suya que siempre suena a campanitas desafinadas.
Sonrío sin abrir los ojos. —Cinco minutos… y puede que sí.
—Ajá. Y luego dirás que las ojeras son parte del look misterioso.
Abro un ojo y la veo. Esta semana su cabello es morado intenso, casi eléctrico. Tiene purpurina en los párpados y ese tatuaje de mariposa en la clavícula que parece listo para alzar vuelo.
Se deja caer a mi lado sin pedir permiso, como siempre.
Huele a fresas y brillo labial barato. Huele a casa.
—Ross dice que hoy será noche llena —comenta, sacando un gloss del bolsillo y aplicándolo con concentración exagerada—. Despedida de soltero. Cumpleaños número cincuenta de un tipo que viene con complejo de juventud. Y un grupo de empresarios… de esos que creen que pueden comprar hasta el aire.
Abro ambos ojos ahora.
—Genial.
Mi voz suena neutra. Entrenada.
Pero sé lo que significa una noche llena. Más dinero. Más propinas. Más presión.
Más manos que se acercan demasiado. Más sonrisas que debo sostener aunque me duelan los labios. Más hombres intentando descifrar si mi mirada triste es parte del espectáculo o una invitación.
—Ven, ayúdame —dice Thesa, mostrándome dos tops diminutos—. Negro con plateado o plateado con negro.
Los observo un segundo.
—Plateado con negro. Resalta tus hombros. Y te hace ver más peligrosa.
—¿Más peligrosa? —se ríe—. Eso me gusta.
—Además, hace juego con tus ojos de bruja.
Me lanza un beso exagerado. —Milene… tú deberías ser estilista, no bailarina.
—Tú deberías ser cantante, pero el mundo es cruel —respondo.
Se ríe más fuerte y me empuja con el hombro.
—Aunque admitamos algo —añade, bajando la voz—. Cuando tú bailas… este lugar se queda en silencio.
—Eso es porque están borrachos.
—No —niega con suavidad—. Es porque tienes algo.
La miro.
—¿Algo?
—Sí… algo que quema. Algo triste. Como si cada movimiento dijera “mírenme”, pero tus ojos dijeran “no se acerquen”.
Sostengo su mirada unos segundos.
Ella siempre lo nota. Siempre.
Mi tristeza no es algo que cuente. Es algo que se filtra.
—Estás imaginando cosas.
—No. —Su voz se vuelve más seria—. Tú bailas como si estuvieras sobreviviendo.
Antes de que pueda responder, una voz firme corta el momento.
—Chicas. Reunión.
Ross.
Nos giramos al mismo tiempo.
Está en la entrada del backstage, impecable como siempre. Traje rojo, coleta alta, tacones que no hacen ruido pero imponen autoridad. No necesita levantar la voz para que todo el mundo la escuche.
La seguimos al camerino donde las demás ya esperan.
Ross cruza los brazos y nos observa una por una.
—Hoy es viernes. Eso significa dinero, caos y diversión. —Hace una pausa—. Y ustedes saben que el orden depende de nosotras.
Camina despacio frente al grupo.
—No quiero accidentes. No quiero drama. No quiero clientes que crean que el dinero compra su dignidad. Recuerden las reglas: ustedes deciden hasta dónde. Nadie toca sin permiso. Y si alguien insiste… me llaman.
—Entendido —respondemos casi al unísono.
Su mirada se detiene en mí.
Un segundo más largo que con las demás.
—Milene, tu show de medianoche va después del de Lía. Pista limpia. Luces ámbar. Tu playlist de siempre.
Asiento. —Perfecto.
—Y sonríe un poco más esta noche, ¿sí? —añade, suavizando el tono—. Te hace bien.
No respondo.
No sé cómo explicarle que algunas sonrisas pesan más que el silencio.
De camino al tocador, Thesa me pellizca el brazo.
—Traducción: deja de actuar como si el mundo te cayera encima.
—El mundo me cayó encima.
—Sí —dice, sin perder la sonrisa—. Pero ahora te ves divina sosteniéndolo.
Eso me arranca una pequeña risa.
En el camerino, me siento frente al espejo. Las bombillas amarillas iluminan cada detalle de mi rostro.
Cabello rojo cayendo en ondas suaves. Piel blanca, todavía desnuda de maquillaje. Ojos verdes… entrenados para no llorar.
Tomo la base. La extiendo con movimientos lentos. Me dibujo de nuevo.
El delineador negro marca mis ojos. El rubor da vida a mis mejillas. El labial profundo convierte mi boca en una promesa que no pienso cumplir.
Tomo el conjunto negro brillante. Ajustado. Elegante. Sugerente sin ser vulgar. Me lo pongo con la precisión de quien se coloca una armadura.
Porque eso es lo que es.
Una armadura hermosa.
—¿Alguna vez te imaginaste aquí? —pregunta Thesa, ya maquillada, observándome a través del espejo.
—No.
—¿Dónde te imaginabas?
Respiro hondo.
—Hace dos años me imaginaba muerta.
El silencio cae pesado.
Ella baja la mirada. —Lo sé.
Lo dice con esa suavidad que nunca juzga.
—Pero ahora estás viva —continúa—. Y bailas. Y tienes un futuro… aunque te cueste verlo.
—No tengo familia. No tengo pasado. No tengo nada más que este escenario. —Me encojo de hombros—. Aquí soy Milene. Y Milene sabe moverse sin que le tiemble la voz. Giselle…
El nombre pesa en mi lengua.
—…Giselle no habría podido.
Thesa me mira con firmeza.
—Pero sigues siendo tú.
—No. —Dejo el delineador sobre la mesa—. Milene es la versión que no se rompe. Y necesito seguir siendo ella.
Las luces del club se atenúan.
La música comienza a vibrar en las paredes como un latido eléctrico.
Las puertas se abren.
Murmullos. Risas. Copas chocando. El inicio de la noche.
Thesa se pone de pie y me extiende la mano.
—Vamos, reina. Hora de encender Eclipse.
Subo al escenario para el primer baile.
Los focos se encienden. La luz dorada me envuelve. El murmullo baja.
Respiro.
Y en ese instante exacto en que la música entra…
me transformo.
Mis caderas se mueven lentas. Mis brazos dibujan líneas en el aire. Mis dedos recorren mi propia piel como si contaran una historia que nadie más escucha.
El público observa. Hipnotizado. Silencioso.
Cada giro es control. Cada mirada es un arma. Cada paso es un recordatorio de que sigo aquí.
Allí arriba no soy Giselle.
No soy la chica que tuvo que huir. No soy la que lloró hasta quedarse sin voz. No soy la que perdió todo.
Allí arriba soy fuego contenido. Soy deseo inalcanzable. Soy libertad disfrazada de tentación.
Soy la mujer que sobrevivió.
Soy la que decidió no romperse.
Soy…
Milene.