Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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UNA LLAMADA.
...GABRIELA:...
Cuando desperté, el sol ya entraba por la ventana. Creí que iba a dormir mucho, lo necesitaba para reponerme, pero no fue así. Increíblemente, me sentía bien. Había dormido profundo.
—¿Qué vamos a desayunar?
Me asusté y di un salto en la cama.
—Zoé, deja de hacer eso, carajo.
Zoé estaba muy adormilada, apenas podía abrir los ojos.
—Relájate. Quería estar aquí cuando despertaras para que me contaras todo.
—¿No podías esperar siquiera un poco? —dije mientras salía de la cama.
—No tengo vida, mi única vida eres tú. Ya deberías saberlo —bostezó, estirándose.
—¿Y qué hay de esas personas que conociste en el trabajo?
—Idiotas.
—Zoé, para ti todos son idiotas —respondí desde el baño.
—No, tú no. Por eso estoy aquí.
La escuché ir directo a la cocina.
Cuando salí del baño, la vi poniendo café.
—¿Ya me vas a contar? — preguntó; ya se veía más despierta.
—Solo si tú haces el desayuno.
Entrecerró los ojos.
—Manipuladora maldita.
Tomó una liga y se ató su hermoso y largo cabello negro. Aveces me recordaba a mi prima Cora. Luego empezó a sacar sartenes y comida del refrigerador.
—Bueno, empieza ya.
Y así lo hice. Empecé a contarlo todo, con lujo de detalle, de principio a fin. Me dio café mientras preparaba el desayuno; estaba tan ansiosa que no dejaba de hacer preguntas.
Le ayudé con los platos y sirvió huevos con pancakes y fruta.
—Espera… ¿él cómo supo que te gustaría ir a ese domo o cosa abandonada a la que te llevó?
Di un sorbo al café y me encogí de hombros.
—No lo sé… puede que… —me detuve, como si de pronto lo entendiera.
—¿Qué? —Zoé se impacientó, todavía con comida en la boca.
—En la cafetería, cuando nos conocimos, se mostró interesado en lo que hacía en la portátil. Le dije que estaba trabajando.
—O sea que en esos dos minutos puso tanta atención que dedujo que eras astrofísica y decidió llevarte ahí.
—Sí —murmuré, cayendo en cuenta.
—Y yo diciéndote que no hablaras de tu trabajo.
Me quedé un momento absorta, recordando el domo y esa vista imposible.
—Bueno, ¿y qué más? —agitó los cubiertos, desesperada, sacándome de la ensoñación.
—Estuvimos ahí un rato, y luego volvimos a casa y…
—¿Y qué? —sufría.
—Bueno… mientras me hablaba de su mejor amigo, me quedé dormida.
—No es posible —dijo, como si hubiera cometido un crimen.
—Bueno, tú tuviste la culpa. Me mandaste a esa cita sumamente cansada.
—A ver —contó con los dedos—: te conoció, oliendo a rayos, hiciste que escupiera vino por la nariz, lo acusaste de querer matarte al llegar a la cosa esa, luego te quedaste dormida… ¿y aun así no salió corriendo?
Negué despacio.
—¿Y todavía te atreves a decir que mi amarre no funcionó?. Yo diría que sí, y muy bien. De otro modo ese hombre habría huido. Ahora sigue.
Me reí. Tenía un punto.
—Luego me trajo hasta aquí y, cuando nos despedíamos… —la miré; estaba expectante—. Me besó.
Zoé se removió feliz en su asiento y yo me cubrí el rostro.
—¿Qué sentiste?
Suspiré, bajando la mano lentamente.
—Fue… —busqué las palabras— me que de casi paralizada. No fue un beso desesperado ni rápido… fue lento, como si me acariciara. Me sentí tranquila. Segura. Y, al mismo tiempo, completamente consciente de él. Yo temblaba Zoé y no por el frío.
Zoé chilló en silencio, apretando los puños.
—Ay, sí voy a tener sobrinos.
—Zoé, apenas nos estamos conociendo.
—No me importa. Escúchame bien: — Me apunto cuchillo— va a ser tu futuro esposo. Dime, ¿se van a volver a ver?
—No se… no me ha enviado mensaje —dije mirando mi teléfono.
—Bueno, pues mándale uno.
—No. No quiero verme intensa. Además, le dije que si quería salir otra vez, él debía llamarme.
—Entonces tocará esperar —frunció la boca.
Seguimos disfrutando el desayuno, pero yo ya no tenía tanta hambre.
Solo podía pensar en una cosa:
“si me iba a llamar”.
Después de eso, Zoé se marchó a trabajar y yo me quedé en casa, revisando los datos del telescopio.
De vez en cuando miraba el teléfono.
Qué ridículo, pensé. Ni siquiera puedo concentrarme por estar al pendiente.
Aunque me llegue el mensaje ya no lo veré, ha tardado demasiado.
Dejé el teléfono sobre la mesa, boca abajo, como si así pudiera dejar de pensar en él.
La notificación de un mensaje sonó y lo tomé de inmediato.
Era Zoé.
“¿Aún no te ha llamado?”
“No, aún no.”
Respondí.
Volví a dejar el teléfono y traté de seguir trabajando.
Pasaron horas. Revisé gráficos, corregí datos, hice anotaciones que después tuve que releer porque no recordaba haberlas escrito. Vinieron arreglar el agua caliente. Incluso Zoé ya estaba de vuelta en el departamento cuando por fin cerré la portátil.
—¿Ya te llamó? —preguntó apenas me vio.
Negué con la cabeza, un poco decepcionada.
Zoé soltó un suspiro exagerado, se dejó caer en el sillón y se llevó el dorso de la mano a la frente como actriz de telenovela.
—No lo puedo creer… —murmuró—. Yo confié en ese hombre.
—Zoé…
—¡Le prendí velas, Gaby! —se incorporó de golpe—. ¡Velas reales! ¡Con incienso caro!
—Eso no garantiza nada.
—Garantiza intención — argumentó dolida —. Y aun así, mira… —señaló el aire con dramatismo—. Silencio absoluto.
Se levantó y empezó a caminar de un lado a otro.
—Tal vez deberías llamarlo tú.
—No —negué de inmediato—. No quiero verme intensa.
—Intensa es mandar diecisiete mensajes seguidos —dijo—. Llamar una vez es ser una mujer segura de sí misma.
—Le dije que si quería salir otra vez, él debía llamarme.
Zoé chasqueó la lengua, se sentó a mi lado y frotó mis hombros.
— Creí que el iba a querer salir de nuevo.
—Tranquila —intentó consolarme, —. Si no lo hace, él se lo pierde.
Justo entonces, el teléfono vibró sobre la mesa. Nos miramos.
Yo no lo tomé.
—No —dije rápido—. Tú revisa quién es.
Zoé lo tomó con cuidado exagerado, como si sostuviera una reliquia sagrada. Miró la pantalla y abrió los ojos de par en par.
—Respira —dijo en voz baja—. Respira porque…
—¿Qué? —pregunté, el corazón acelerado.
—Es el —Me extendió el teléfono—. Responde.
Lo tomé y contesté sin dudar.
—Hola.
—Hola, hermosa nebulosa.
Sentí cómo la emoción me explotaba en el pecho.
— Gonzalo — dije.
— Siento no haberte llamado antes. Pensé en hacerlo todo el día… pero preferí hacerlo cuando pudieramos hablar con calma.
— Entonces valió la pena esperar.
Zoé abrió mucho los ojos, como si no pudiera creer quién era la mujer que tenía enfrente.
—¿Ah, o sea que ya me esperabas?
—Un poco, sí… debo admitirlo.
—Bien, entonces —dijo—, para compensar tu paciencia, me gustaría llevarte hoy a un lugar especial.
—Mmm… tengo que pensarlo un poco —bromeé—. Está bien, me convenciste.
Escuché una pequeña risa del otro lado.
—Bien, paso por ti en un par de horas.
—Está bien, aquí te espero.
Zoé me ayudó a escoger lo que me pondría.
Optamos por un abrigo de color azul pastel, con un cinturón a juego que se anuda en la cintura. El abrigo tiene detalles de pelaje en el cuello y en los puños color blanco. Hoy hacía especial frío, así que llevaba un gorro de lana tejido color crema, adornado con un pompón de piel en la parte superior, guantes blancos y una bufanda clara que me rodeaba el cuello. También llevaba unas botas altas de color beige claro.
Tocaron el timbre justo cuando terminaba de acomodarme la bufanda.
No sabía que subiría.
Zoé me pasó el bolso.
—Diviértete —dijo antes de abrazarme.
Asentí.
Caminé hacia la puerta rota y ella se quedó en un ángulo donde él no pudiera verla. Abrí.
Tan hermoso, con su abrigo y su bufanda.
—Hola, prometí pasar por ti…
—Hola, justo estaba lista… ya podemos irnos.
—Muy bien.
Caminamos hacia el ascensor. Un espacio tan cerrado debería ser un crimen.
—Te ves muy linda.
Sonreí.
—Gracias, tú también te ves muy bien.
Cómo sería si me tomara justo aquí.
No empieces, Gabriela.
El elevador se detuvo.
Qué bueno, porque empezaba a darme calor.
Salimos del edificio y subimos a su auto.
La charla en el camino fue tranquila y casual, sobre nuestro día.
El auto se detuvo, pero no logré ubicar el lugar.
—Tendremos que caminar un poco, pero vale la pena, te lo prometo.
—Está bien —asentí.
Salió del auto para abrirme la puerta. Bajé.
Estaba helando. El vapor salía de nuestras respiraciones.
A pesar de llevar guantes, metí las manos en los bolsillos del abrigo.
Cuando estuvo frente a mí, en un gesto que me pareció muy dulce, me ajustó la bufanda y acomodó un poco mi gorro.
—Quiero que estés bien abrigada. No será mucho lo que caminemos, cuando mucho cinco minutos.
—De acuerdo.
Una llamada entró a su teléfono.
—¿Me das un momento? Tengo que responder.
—Sí, adelante.
Él se apartó un poco para contestar.
Estábamos al inicio de lo que parecía un camino.
Observé a una pareja entrar, muy contentos, con una familiaridad que nosotros aún no teníamos.
Después, un hombre se acercaba para entrar por el camino.
Cuando me observó, se detuvo en seco. Pareció reconocerme, pero lo que vi en su mirada me hizo sentir incómoda.
—¿Arlet? —dijo, con el ceño fruncido.
Negué de inmediato.
—No… te equivocas.
Su expresión cambió. La incredulidad dio paso a una sonrisa tensa, casi burlona.
—¿Así que ahora finges que no me conoces?
Di un paso atrás.
—De verdad, yo no soy Arlet. Mi nombre es Gabriela. Arlet es mi hermana.
Me miró de arriba abajo, como buscando confirmar algo.
—Claro que eres tú —insistió—. ¿O también vas a decir que no te acuerdas de mí y de las noches que pasamos juntos?
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—No soy Arlet —repetí, más firme.
Se rió, pero no fue una risa amable.
—Qué conveniente —dijo—. ¿Eso también lo ensayaste cuando decidiste desaparecer?
—No sé de qué estás hablando —respondí, ya incómoda.
Intenté rodearlo para seguir el camino, pero se movió y me bloqueó el paso.
—No me dejaste explicación —continuó—. Me usaste, me prometiste cosas… y luego te volviste famosa y me borraste de tu vida.
—¡No fui yo! —exclamé—. Nunca te he visto.
Alargó la mano y me tomó del brazo. El apretón me lastimó.
El frío dejó de importarme.
—Suéltame —dije, tratando de mantener la calma, pero mi voz tembló.
Apreté los labios, intentando zafarme, pero su agarre se volvió más firme.
—Mírame a los ojos y dime que no estuviste conmigo —exigió.
—No lo estuve —respondí, ya asustada—. Te estás equivocando de persona. ¡Suéltame!
—¿Por qué te fuiste, eh? —comenzó a sacudirme, ya más enojado.
—¡Yo no hice nada! ¡Déjame!
—No te voy a soltar hasta que me expliques por qué me hiciste eso. ¿Por qué?
Estaba presa del pánico. Ya no sabía qué hacer.
—Te dijo que la soltaras.
Gonzalo lo apartó abruptamente y con su brazo me colocó detrás de él, como un escudo.
—Esto no es asunto tuyo —el tipo lo miró, amenazante.
—Ahora lo es… —respondió Gonzalo, sin alzar la voz, pero con una calma peligrosa.
—¿Quién demonios eres tú? —se burló—. Pregúntale quién soy yo. A ver si sigues defendiéndola.
Gonzalo no volteó a verme, pero habló con claridad.
—No necesito preguntarle nada. Ya te dijo que no es la persona que crees. Y aun si lo fuera, no tienes ningún derecho a tocarla.
El hombre rió, nervioso.
—Claro que lo es. Mírala. Es ella. Siempre fue buena mintiendo —me señaló—. ¿O ahora también vas a decirle que no me conoces?
—¡Ya basta! —dije desde detrás de Gonzalo, con la voz temblorosa—. No soy Arlet. Nunca he estado contigo. Estás cometiendo un error. Arlet es mi gemela.
—¿Un error? —sus ojos brillaban de rabia—. ¿También es un error haberme usado para subir, para volverte alguien? ¿Crees que no sé quién eres ahora? Tu esquizofrenia no tiene límites.
Gonzalo dio un paso al frente, acortando la distancia.
—Escúchame bien —dijo, ahora sí con dureza—. Te estás acercando peligrosamente a una línea que no te conviene cruzar.
El hombre rió seco.
—Mírenme nada más, peleando con un hombre por una mujer que no vale la pena.
Gonzalo lo miró atento, siempre alerta.
—Quédate con ella —dijo el hombre—. No digas que no te lo advertí.
Se dio la vuelta y se alejó por el camino, perdiéndose entre la nieve.
Gonzalo no le quitó los ojos de encima hasta que estuvo lo suficientemente lejos.
Yo no me había dado cuenta de que estaba temblando hasta que Gonzalo se giró hacia mí.
—¿Estás bien? —preguntó, ahora con una voz completamente distinta.
Asentí, aunque no estaba segura.
—Sí… creo que sí.
Me observó con atención, como asegurándose de que no estuviera lastimada.
—¿Te lastimó?
—Un poco —negué—. Estoy bien.
Su expresión se endureció, apretando la mandíbula.
—No debió tocarte.
Bajé la mirada, todavía alterada.
—Lo siento… ya lo arruiné.
Gonzalo negó de inmediato.
—No digas eso. Tú no hiciste nada mal.
Dudé un segundo antes de preguntar:
—¿Me crees… verdad?
Me levantó el mentón con suavidad para que lo mirara.
—Claro que te creo.
Quería retomar la cita pero solo podia pensar en que tenía una llamada que hacer.
“Arlet, me vas a explicar… ¿qué diablos hiciste?”