Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPÍTULO 8 - CONVIRTIÉNDOME EN ELLA
—No puedo quedarme.
Mi voz sonó más firme de lo que realmente me sentía.
Mi mamá estaba sentada en el sofá, envuelta en su manta, más delgada que nunca. La luz tenue del apartamento hacía que sus ojeras se vieran más profundas.
—Es solo… un trabajo —añadí rápidamente—. La abuela nos quiere ayudar.
La palabra ayudar me quemó en la garganta. Lucía frunció el ceño desde la mesa.
—¿Desde cuándo ella ayuda?
No supe qué responder, porque no era ayuda.
Era un trato.
Un intercambio.
Una mentira.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Te vas a ir mucho tiempo?
Me agaché frente a él y le acomodé el cabello.
—Un tiempo… pero voy a estar bien.
—¿Y nosotros?
Sentí el corazón apretarse.
—También.
Le sonreí, aunque dolía.
—Voy a enviar dinero. Vamos a estar mejor, ¿Sí?
Mi mamá me observaba en silencio, como si estuviera tratando de leer algo que yo no quería decir.
—Valeria…
Su voz era débil.
—¿Qué te pidió realmente?
El aire se volvió pesado. Por un segundo… estuve a punto de decir la verdad.
Todo.
El contrato.
El matrimonio.
La mentira.
Pero no podía, no debía.
—Solo… trabajar para ella —respondí bajando la mirada—. En la casa.
El silencio se hizo largo.
Doloroso.
Mi mamá suspiró.
—Esa mujer nunca hace nada sin un motivo.
Sentí un nudo en el estómago.
—Lo sé.
Pero no había opción.
—Confía en mí… —susurré.
Ella me miró por un largo momento. Luego asintió lentamente.
—Siempre lo hago.
Eso fue lo que más dolió, porque no sabía si lo que estaba haciendo… merecía su confianza.
La abracé con cuidado. Sintiendo lo frágil que estaba.
—Voy a volver… —le prometí.
Aunque no sabía si eso sería verdad.
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El primer día fue el peor…
—Camina otra vez.
La voz de la instructora resonó en el amplio salón.
—Más recta. Más elegante. Eres una Alvarenne, no una sirvienta.
Apreté los dientes.
Volví a caminar.
Un paso.
Otro.
Otro.
—¡No! —Dijo ella con desaprobación—. Estás arrastrando los pies.
Sentí la frustración subir por mi pecho.
—Lo estoy intentando.
—Intentar no es suficiente.
Sus palabras fueron frías.
—Debes ser perfecta.
Perfecta.
Esa palabra me perseguía ahora. Todos los días. A todas horas.
—Otra vez.
Caminé de nuevo.
Espalda recta.
Mentón en alto.
Como me habían enseñado.
Como ella lo haría.
Como Isabella.
—Mejor.
Pero no fue suficiente.
Nunca lo era.
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Las semanas comenzaron a mezclarse.
Días largos.
Noches aún más largas.
Clases de etiqueta.
—El tenedor se sostiene así.
—No mastiques tan rápido.
—No bajes la mirada.
—Sonríe, pero no demasiado.
—Habla, pero no mucho.
—Respira, pero sin que se note.
Me sentía como un muñeco que alguien intentaba moldear.
Una versión falsa de algo que ya existía, una copia, una mentira.
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—Tu postura es incorrecta.
—Tu acento no es el mismo.
—Tu risa es demasiado natural.
—Debes parecer… superior.
Superior… otra palabra que odiaba.
—No soy ella… —murmuré un día, cansada.
La mujer que me enseñaba me miró con frialdad.
—Lo serás.
Sentí un escalofrío.
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Aprendí a caminar con tacones altos, aunque al principio mis pies sangraban.
Aprendí a sostener una copa de vino sin temblar. Aprendí a hablar de cosas que nunca me importaron.
Arte.
Negocios.
Apellidos importantes.
Personas que jamás conocería… o eso pensaba.
—Isabella no se disculpa tanto.
—Isabella no duda.
—Isabella no se encoge.
Cada corrección era un recordatorio.
Yo no era suficiente.
Tenía que desaparecer para que ella existiera.
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A veces, por las noches, me encerraba en la habitación que me habían dado. Una habitación enorme, con una cama que parecía demasiado grande para mí.
Y ahí… sola… me permitía ser Valeria otra vez. Lloraba en silencio, pensando en mi mamá, en Daniel, en Lucía. En el pequeño apartamento, en el ruido del refrigerador, en las paredes agrietadas. En lo real.
Porque aquí… todo era falso.
Incluso yo.
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—Han pasado tres meses.
La voz de Doña Aurelia rompió el silencio del salón.
Me giré lentamente.
Ella me observaba con detenimiento.
—Has mejorado.
No era un cumplido, era una evaluación.
—Aún falta… —añadió.
Claro que faltaba. Siempre faltaba.
—Pero es suficiente.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Suficiente… para qué?
Ella dio un paso hacia mí.
—Para presentarte.
Mi corazón se detuvo por un segundo.
—¿Qué…?
—Es hora de que Isabella vuelva.
El aire se volvió pesado.
—Pero Isabella…
No estaba. Y las dos lo sabíamos.
Doña Aurelia me miró fijamente.
—Desde este momento…
Su voz fue firme.
—Tú eres Isabella.
El silencio me envolvió.
—No Valeria, no la mesera, no la nieta olvidada.
Cada palabra borraba algo.
—Eres mi nieta. La heredera. La futura esposa de Adrián Valcari.
Mi respiración se volvió inestable.
—Y no puedes fallar.
Nunca había tenido tanto miedo.
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Esa noche… me llevaron a una habitación distinta. Más grande, más elegante. Llena de vestidos, zapatos, joyas.
Todo perfectamente ordenado. Todo perfecto. Como ella.
Una mujer entró sin decir palabra y comenzó a prepararme:
Mi cabello fue arreglado y mi rostro maquillado con precisión.
Mis manos temblaban, pero nadie parecía notarlo. O tal vez no les importaba.
—Ponte esto.
Me entregaron un vestido: Rojo, elegante, brillante y hermoso.
Lo sostuve entre mis manos. Y por un momento… no me reconocí.
Cuando terminé de vestirme… me llevaron frente a un espejo. Y entonces… la vi. No era Valeria. No era la chica cansada con ropa vieja. No era la mesera.
Era… ella. Isabella.
Mi reflejo me devolvía la mirada con una elegancia que no sentía, con una seguridad que no era mía, con una vida que no me pertenecía.
Lentamente… levanté la mano.
El reflejo hizo lo mismo.
—Perfecta.
La voz de Doña Aurelia sonó detrás de mí. Sentí un escalofrío.
—Nadie notará la diferencia.
Pero yo sí. Yo la notaba. En cada latido, en cada pensamiento, en cada mentira.
—Recuerda quién eres ahora.
Cerré los ojos por un segundo.
Y cuando los abrí… ya no había vuelta atrás. Porque la chica del reflejo… ya no era yo.
Y aunque todavía podía sentir a Valeria dentro de mí… sabía que pronto… iba a desaparecer.
Para siempre.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰