Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 4: El primer mensaje
El aroma del café recién molido llenaba el pequeño apartamento de Laura, una fragancia terrosa y reconfortante que contrastaba con el olor a antiséptico y soledad que Valeria asociaba con sus últimos recuerdos de la otra vida. Estaban en la segunda taza, sentadas en esa cocina diminuta donde los muebles mostraban las cicatrices de años de uso, pero donde también se respiraba una autenticidad que la mansión de mármol nunca tuvo.
La conversación había fluido con una naturalidad sorprendente después del tenso comienzo. Hablaban de cosas triviales: cambios en el barrio, la muerte del perro de un vecino, la nueva tienda de ropa que había abierto en la esquina. Pero debajo de esa capa superficial, ambas estaban reconstruyendo puentes, probando la solidez del terreno después de años de abandono. Valeria se encontró estudiando el rostro de su prima con una atención nueva, notando las líneas de expresión que no recordaba, las canas prematuras en sus sienes, la forma en que sus manos rodeaban la taza buscando calor.
Fue entonces cuando sonó el teléfono.
El timbre cortó el aire como una hoja afilada, un sonido agudo y estridente que parecía fuera de lugar en la atmósfera de reconciliación que habían logrado construir. Valeria se sobresaltó, derramando un poco de café sobre la mesa.
Era un número desconocido, con una numeración que no reconoció pero que le provocó un escalofrío inmediato, una reacción visceral que su cuerpo recordaba aunque su mente racional todavía no procesara el peligro. Lo ignoró, pensando que sería spam, una de esas llamadas automáticas que siempre interrumpen en el peor momento, vendiendo seguros o prometiendo premios inexistentes.
El teléfono se calló.
El silencio volvió a la cocina, pero ahora era diferente. Tenía una cualidad expectante, como el aire antes de una tormenta de verano.
Volvió a sonar. Lo ignoró otra vez, apartando la vista del dispositivo como si no mirarlo pudiera hacer desaparecer la incomodidad que le producía.
Al tercer intento, Laura levantó una ceja, con esa expresión interrogante que tantas veces había usado cuando eran adolescentes y Valeria intentaba ocultar algo.
—¿Alguien importante? ¿Deberías contestar?
—No. Seguramente spam. Últimamente no paran de llamar. Es irritante.
Pero cuando llegó el mensaje de texto, supo con una certeza absoluta y terrorífica que no era spam. El corazón le dio un vuelco tan violento que por un momento pensó que iba a desmayarse, que el suelo se abriría bajo sus pies y la tragaría. El aire se volvió denso, difícil de respirar.
"Sé que me evitas. Nos veremos pronto. De A."
Alejandro.
No. No podía ser. Todavía no lo había conocido en esta vida. No había ido a la universidad a buscarlo. No se habían cruzado en ningún lado, no había fiestas de presentación, ni encuentros casuales en cafeterías elegantes. ¿Cómo demonios había dado con su número personal? ¿Cómo sabía siquiera que existía, que valía la pena ser observada?
Las letras en la pantalla parecían vibrar, parpadeando con un mensaje oculto que iba más allá de las palabras. "A." Solo una inicial. Como si su nombre fuera tan poderoso, tan reconocible, que no necesitaba más identificación. Como si el mundo entero supiera quién era "A."
—¿Valeria? ¿Estás bien? —la voz de Laura la trajo de vuelta, pero sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un túnel, filtrada a través del zumbido que llenaba los oídos de Valeria—. Te pusiste blanca de repente. Parece que has visto un fantasma.
Valeria intentó responder, pero las palabras se atascaron en su garganta. Su mente corría a una velocidad vertiginosa, calculando posibilidades, recordando la otra vida. ¿Cuándo la había conocido? ¿Cómo la había encontrado la primera vez? En la línea temporal anterior, él apareció en una exposición de arte donde ella trabajaba como guía temporal. Fue casual, o eso pareció. Pero ahora... ahora todo era diferente.
—Sí. Sí, perdón. Solo... un mensaje de trabajo. Nada importante.
Laura no se lo creyó. Valeria lo vio en el estrechamiento de sus ojos, en la forma en que sus dedos dejaron de jugar con el asa de la taza. Conocía a su prima lo suficiente como para saber que Laura tenía un radar para la mentira, desarrollado por años de lidiar con personas que decían una cosa y sentían otra.
—No parece "nada importante". Parece que alguien acaba de caminar sobre tu tumba. ¿Segura que está todo bien?
Valeria dudó. Acababa de empezar a reparar su relación con Laura después de tres años de silencio, de frialdad, de orgullo malentendido. ¿Merecía la pena contarle? ¿Meterla en algo que quizás solo existía en su mente paranoica? ¿Arriesgarse a que todo el progreso que habían hecho se desmoronara, a que Laura la mirara como si estuviera loca?
Pero recordó la otra vida. Recordó haberse quedado sola precisamente por no confiar en nadie, por creer que podía manejar todo ella misma, por no querer ser una carga o parecer débil. Recordó el suelo frío, la sangre, la soledad absoluta de esos últimos minutos cuando solo había una persona cuyo nombre susurro, pero él no estaba allí. No quería volver a pasar por eso. No quería ser esa mujer aislada otra vez.
—Hay alguien —dijo lentamente, sopesando cada palabra, buscando la forma de explicarlo sin sonar completamente demente—. Un hombre. No lo conozco, no realmente, pero me busca. Me envía mensajes. Aparece donde estoy. No sé cómo sabe de mí, pero lo sabe. Y hay algo en él... algo que me asusta más de lo que debería.
Laura se inclinó hacia adelante, y toda la ligereza de la conversación anterior desapareció de su rostro, reemplazada por una gravedad que le dio a Valeria una medida de cuánto su prima todavía la quería, a pesar de todo.
—¿Lo has denunciado? ¿Has ido a la policía? ¿Tienes pruebas?
—No tengo pruebas suficientes. Solo mensajes de números que cambian constantemente, apariciones que podrían ser casualidad si no supiera que no lo son. Es... complicado. Mucho más complicado de lo que puedo explicar.
—¿Cómo se llama?
Valeria respiró hondo, y el nombre salió de sus labios como una sentencia, dándole una realidad que hasta ahora había mantenido a raya, confirmando que esto estaba sucediendo, que no era solo una pesadilla residual de su otra vida.
—Alejandro Rivas.
Laura se quedó en silencio. Sus ojos se abrieron ligeramente, y soltó un silbido bajo, de esos que indican que algo es infinitamente más grave de lo que parecía en un principio.
—¿El empresario? ¿El que sale en las revistas de negocios? ¿El de la foto con el presidente en esa cena de gala el año pasado?
—Sí. Ese mismo.
—Valeria, eso es serio. Muy, muy serio. Ese tipo tiene poder real. Dinero a montones. Gente que trabaja para él, que hace cosas por él que probablemente no quieren saber. Abogados, contactos en el gobierno, influencias en todos los niveles. No es un acosador cualquiera que puedas espantar con una orden de alejamiento que probablemente ignoraría igual.
—Lo sé. Créeme que lo sé mejor de lo que puedas imaginar.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé todavía. No tengo un plan. Solo sé que no voy a dejar que me controle. No otra vez.
Laura frunció el ceño, captando el matiz en las palabras de Valeria.
—¿Otra vez? ¿Qué quieres decir con "otra vez"?
Valeria se dio cuenta del error, del desliz en su lengua que revelaba más de lo que pretendía. Demasiado tarde.
—Es una forma de hablar. Quiero decir, no voy a dejar que esto arruine mi vida como otras cosas lo han hecho. Como mis propios errores.
Laura la miró fijamente, con esa mirada penetrante que siempre la hizo sentir transparente, como si sospechara que había mucho más de lo que estaba contando, capas enteras de verdad ocultas bajo la superficie de sus palabras. Pero no presionó. No exigió explicaciones que Valeria claramente no estaba lista para dar.
—Si necesitas ayuda, cuenta conmigo —dijo en cambio, con una sencillez que hizo que los ojos de Valeria se humedecieran—. Para lo que sea. Para investigar, para acompañarte a algún lado, para hacer de campana si necesitas evitarlo. Lo que necesites. No tienes que pasar por esto sola.
—¿Después de lo que te hice? ¿Después de tres años de silencio, de ignorarte, de tratarte como si fueras menos importante que mi propia vanidad?
—Eso fue hace años, Valeria. Y acabas de venir a pedir perdón, a reconocer que te equivocaste. Eso significa algo. Más de lo que crees. Significa que todavía eres la persona que conocí, la que compartía su almuerzo conmigo en el colegio cuando se me olvidaba traerlo, la que me defendía cuando los chicos se burlaban de mi pelo.
Por primera vez en mucho tiempo, quizás desde que despertó en esta nueva realidad, Valeria sintió que no estaba sola. Que había una red bajo ella, alguien que la atraparía si caía.
Y eso, pensó, era más valioso que cualquier cosa que Alejandro pudiera ofrecerle. Más que el dinero, más que el estatus, más que la falsa seguridad de una vida de lujos que escondía espinas venenosas.
—Gracias, prima. De verdad. No sabes cuánto significa esto para mí.
—No me des las gracias todavía. Primero tenemos que pensar cómo enfrentar esto. Porque si Alejandro Rivas tiene interés en ti, no se va a detener solo porque tú quieras. Los hombres como él no entienden la palabra "no". No están acostumbrados a escucharla.
—¿Tú... sabes algo de hombres así?
Laura desvió la mirada hacia la ventana, donde la tarde empezaba a declinar.
—Algo. Pero esa es otra historia. Por ahora, concentrémonos en ti.
El café se enfrió en las tazas mientras hablaban, mientras trazaban planes incipientes, mientras reconstruían años de silencio con palabras y promesas y la determinación compartida de no repetir los errores del pasado.
Y cuando Valeria salió del edificio, horas después, el sol ya se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos morados y naranjas que parecían prometer un nuevo comienzo. Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo de la noche que se aproximaba.
Sentía que tenía armas para enfrentarla.