Valeria Castillo tiene una vida clara y ordenada: es periodista deportiva, ama su trabajo y sabe perfectamente cómo manejar a los hombres arrogantes del mundo del boxeo. Al menos… eso creía.
Todo cambia cuando conoce a Adrián Vega, el boxeador más prometedor del campeonato nacional. Talentoso, peligroso dentro del ring, insoportablemente seguro de sí mismo fuera de él… y con una sonrisa capaz de arruinarle la paciencia a cualquiera.
Lo que empieza como simples entrevistas pronto se convierte en algo más complicado: miradas demasiado largas, discusiones cargadas de tensión y una atracción imposible de ignorar. Adrián está acostumbrado a ganar todas sus peleas, pero nunca ha tenido que luchar por el corazón de una mujer que no piensa caer fácilmente.
Entre entrenamientos brutales, campeonatos que pueden cambiar una carrera, celos inesperados y momentos tan caóticos como románticos, Valeria descubrirá que amar a un boxeador significa vivir al borde del nocaut emocional.
Porque Adrián Vega puede derrotar a cualquiera en el ring…
pero con Valeria Castillo cada día es una pelea nueva.
Y tal vez la más difícil de todas.
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Capítulo 4: Preguntas sospechosas
La mañana en la redacción del periódico comenzó con relativa normalidad.
Teléfonos sonando con insistencia, como si el mundo entero hubiera decidido llamar al mismo tiempo. Teclados golpeando con rapidez, cada periodista en su propia batalla contra el reloj. Voces elevadas discutiendo titulares como si el destino del mundo dependiera de la puntuación correcta en una frase. El olor a café recién hecho —y a café de horas— flotaba en el aire, mezclado con el papel de los impresores y el estrés de los que entregaban notas de última hora.
Valeria Castillo estaba concentrada revisando un artículo cuando una carpeta de cartón grueso aterrizó en su escritorio.
No tuvo que levantar la mirada para saber quién era.
—Castillo.
La voz de su jefe sonó por encima del ruido de fondo. Ese tono que usaba cuando tenía una misión especial. O una misión imposible.
Valeria suspiró. Un suspiro silencioso, de los que ya se han vuelto automáticos.
—Buenos días, jefe.
—Necesito que hagas otra entrevista.
Valeria levantó lentamente la cabeza. Sus ojos verdes se encontraron con la mirada cansada de su superior.
—¿Otra?
—Sí.
—¿Con quién?
El jefe la miró como si la respuesta fuera obvia. Como si estuviera preguntando el nombre del presidente o el del sol.
—Adrián Vega.
Valeria se quedó inmóvil unos segundos. La mano que sostenía el bolígrafo se tensó ligeramente.
—No.
—No es una pregunta, Castillo. Es una orden.
—Acabo de entrevistarlo hace unos días. La gente va a pensar que tenemos un acuerdo exclusivo.
—Exactamente.
—¿Exactamente? —repitió ella, incrédula.
El jefe asintió con satisfacción.
—Ya tenemos material, sí. Pero él pidió otra.
Valeria frunció el ceño. El entrecejo se le marcó profundamente.
—¿Él pidió otra entrevista? ¿Personalmente?
—Su manager vino esta mañana. Muy temprano. Dijo que el campeón quería profundizar en algunos temas.
El jefe dejó la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco. El plástico de la carpeta contra la madera.
—Quiere un artículo más profundo. Algo con más… sustancia.
Valeria abrió la carpeta lentamente, como si esperara que algo saltara de su interior.
Dentro había varias hojas impresas. Preguntas ya redactadas. En orden. Numeradas.
Eso le pareció extraño.
Normalmente ella preparaba sus propias entrevistas. Cada periodista conoce sus preguntas, las lleva en la cabeza, las ajusta según las respuestas. Pero esto… esto parecía un cuestionario prefabricado.
—¿Quién escribió esto? —preguntó, pasando las hojas.
—Supongo que su equipo. O tal vez él mismo. Qué importa, mientras las respuestas sean buenas.
Valeria no dijo nada más.
Pero algo en aquellas preguntas le pareció… raro.
Demasiado específico.
Demasiado personal.
Preguntas que no tenían nada que ver con el boxeo. Nada que ver con su carrera. Nada que ver con nada profesional.
Aun así cerró la carpeta. El cartón hizo un ruido sordo.
—Está bien.
Su jefe sonrió. Esa sonrisa de satisfacción que tanto odiaba.
—Sabía que podía confiar en ti.
Una hora después Valeria estaba frente al mismo gimnasio donde había estado días antes.
El edificio era igual de gris, igual de ruidoso desde fuera. Se escuchaban los golpes apagados contra los sacos, el chirrido de las cuerdas, las voces de los entrenadores.
Respiró hondo antes de entrar.
—Solo trabajo —se dijo en voz baja, apretando la carpeta contra su pecho—. Solo trabajo.
Empujó la puerta.
El sonido familiar la envolvió inmediatamente. Los golpes rítmicos, el olor a sudor y desinfectante, el calor húmedo del interior.
Lucas Herrera estaba junto al ring, como siempre. Los brazos cruzados, la expresión cansada.
—Periodista.
Valeria asintió.
—Buenos días.
—El idiota está entrenando.
Señaló con la barbilla hacia el ring.
Adrián estaba saltando cuerda con una energía absurda. La soga giraba a una velocidad impresionante, sus pies descalzos apenas tocaban la lona. El torso descubierto brillaba con una fina capa de sudor, los músculos marcados bajo la piel.
Cuando la vio entrar…
sonrió inmediatamente.
Dejó de saltar, enrolló la cuerda con una mano y saltó del ring con la agilidad de un gato.
—¡Periodista!
Valeria suspiró. Otro suspiro. Ya llevaba varios en lo que iba de día.
—Buenos días, Vega.
—No esperaba verte tan pronto —dijo él, acercándose con una toalla al hombro—. ¿Tan irresistible resulté?
Valeria levantó la carpeta como si fuera un escudo.
—Su manager pidió otra entrevista. Al parecer quiere que profundicemos.
Adrián inclinó la cabeza. Ese gesto de pájaro curioso otra vez.
—¿Mi manager?
—Sí.
—Interesante.
La miró con una expresión que Valeria no supo interpretar. Como si supiera algo que ella no.
Valeria abrió su libreta y se sentó en una de las sillas junto al ring. La misma silla de la vez anterior. El metal estaba frío.
Adrián se sentó frente a ella. La misma silla. La misma mesa. La misma distancia.
—Supongo que empezamos.
Valeria encendió la grabadora. La lucecita roja se encendió.
—Segunda entrevista con Adrián Vega, campeón nacional de peso medio. Fecha: —
Luego levantó la mirada.
—Primera pregunta.
Adrián sonrió. Se acomodó en la silla, cruzó una pierna sobre la otra.
—Dispara.
Valeria leyó la hoja. Las palabras estaban impresas en tinta negra, claras, nítidas. Demasiado claras.
—¿Cuál considera que es su cualidad más atractiva?
Adrián parpadeó.
Una, dos veces.
Luego sonrió lentamente. Una sonrisa que fue creciendo hasta iluminarle toda la cara.
—¿Perdón?
Valeria levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los de él.
—Eso dice aquí. Pregunta número uno.
Adrián apoyó los codos en la mesa. Se inclinó un poco más cerca. El olor a su sudor —limpio, masculino— llegó hasta ella.
—Bueno…
Fingió pensar. Se tocó la barbilla con los dedos vendados.
—Probablemente mi sonrisa. Ha derribado a más rivales que mis puños.
Valeria escribió la respuesta con cara completamente neutral. La pluma raspaba el papel. Trazos rápidos, profesionales.
—Siguiente pregunta.
—¿Cree que su fama ha aumentado su éxito con las mujeres?
Adrián soltó una pequeña risa. Un sonido cálido, auténtico.
—Esto se está poniendo interesante.
Valeria levantó la mirada sin mover la cabeza.
—¿Quiere responder?
—Claro. Para eso estoy aquí.
Se encogió de hombros con fingida modestia.
—Creo que mi encanto natural ya hacía ese trabajo antes de la fama. La fama solo lo hizo más… evidente.
Valeria escribió otra vez. Pero su mandíbula comenzaba a tensarse.
Algo empezó a molestarle. Una sospecha que crecía en su estómago como una planta trepadora.
Pasó a la siguiente pregunta.
—¿Le gustan las mujeres serias o las que se enojan fácilmente?
Adrián dejó de sonreír por un segundo.
Solo un segundo.
Luego la sonrisa volvió… más amplia. Más peligrosa. Más consciente.
—Definitivamente las que se enojan. Las serias son un reto, pero las que se enojan… las que se enojan son divertidas.
Valeria dejó de escribir.
Levantó la mirada lentamente. Muy lentamente.
—Un momento.
Adrián la observó con inocencia exagerada. Los ojos muy abiertos, las cejas levantadas.
—¿Sí?
Valeria tomó la hoja de preguntas. La sostuvo en el aire.
—Estas preguntas…
—¿Qué pasa con ellas?
—No parecen escritas por un periodista. Ni por un manager. Ni por nadie que haya hecho una entrevista en su vida.
Adrián cruzó los brazos. El gesto era relajado, pero había un brillo de diversión en sus ojos.
—Tal vez tu jefe tiene curiosidad. Tal vez quiere conocer a su entrevistador estrella.
Valeria lo miró fijamente. Sus ojos verdes escudriñaban los de él.
—¿Las escribiste tú?
Adrián levantó ambas manos en gesto de rendición.
—Yo no. No tengo pruebas. No me acuses sin evidencias.
—Son absurdas. Preguntas sobre su atractivo, sobre su éxito con mujeres…
—No lo niego.
—Son personales. Demasiado personales. Como si alguien quisiera saber…
Valeria se detuvo.
La planta trepadora en su estómago floreció.
Adrián esperaba. Con esa sonrisa. Siempre con esa sonrisa.
Valeria lo señaló con el bolígrafo. La punta del boli a centímetros de su pecho.
—Tú escribiste esto.
Adrián negó con total tranquilidad.
—No tengo pruebas —repitió—. Pero tampoco tengo coartada.
—Increíble.
Adrián sonrió.
—¿Seguimos con la entrevista? Faltan varias preguntas. La número siete es muy buena.
Valeria apretó los labios. Una línea fina, tensa.
—Siguiente pregunta.
—¿Alguna vez ha considerado salir con una periodista?
Adrián se inclinó hacia ella. El movimiento acortó la distancia entre sus rostros. Valeria pudo ver sus propias facciones reflejadas en sus pupilas oscuras.
—Depende de la periodista.
Valeria cerró la libreta con un golpe seco. El sonido resonó en el gimnasio.
—Esta entrevista terminó.
Adrián se rió. Una carcajada genuina, que sacudió sus hombros.
—Admito que estuvo cerca de descubrirme.
—Así que sí fuiste tú.
—No lo dije.
—Lo insinuaste.
—Eso no cuenta en un juicio.
Valeria estaba a punto de responder —con algo afilado, con algo que lo pusiera en su lugar— cuando una voz fuerte interrumpió la conversación.
—¡VEGA!
Ambos miraron hacia la puerta del gimnasio.
Diego Fuentes estaba entrando.
El mismo rival al que Adrián había noqueado en la final. El hombre de la mandíbula apretada y la mirada furiosa.
Pero hoy su expresión era diferente.
Era más seria.
Más determinada.
—Quiero una revancha.
Lucas suspiró desde el ring. Un suspiro hondo, cansado, de hombre que ha visto demasiadas peleas dentro y fuera del cuadrilátero.
—No otra vez, Fuentes. La pelea ya terminó.
Diego caminó hacia ellos ignorando por completo a Lucas. Sus ojos estaban fijos en Adrián.
—Sabes que esa pelea fue suerte. Un golpe de suerte. Eso no define quién es mejor.
Adrián se levantó con calma. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Fue un golpe. Directo a la mandíbula. Bien colocado.
—Un golpe de suerte —repitió Diego, más fuerte.
Adrián inclinó la cabeza.
—Si eso te hace dormir mejor por las noches, sí, fue suerte. Lo que tú digas.
Diego apretó los puños. Los nudillos se le blanquearon.
Entonces vio a Valeria.
Sentada en la silla, con la libreta en la mano, observando la escena.
—¿Otra periodista? —preguntó con desprecio.
Adrián respondió antes que ella.
—Sí. La misma, de hecho.
—¿Otra entrevista sobre lo increíble que eres? ¿Sobre cómo conquistas el mundo con tu sonrisa?
Adrián sonrió. Justo lo que Diego pedía.
—Algo así. Estamos hablando de mis cualidades atractivas.
Diego miró a Valeria. Sus ojos la recorrieron con desdén.
—Deberías escribir sobre cómo huye de la revancha. Eso sí sería una noticia.
Adrián se rió. Una risa corta, sin humor.
—No estoy huyendo. Solo no tengo interés en darte otra paliza.
—Entonces pelea conmigo. Demuéstralo.
—Hoy no.
Diego dio un paso más cerca. Ahora estaba a menos de un metro de Adrián.
—¿Por qué?
Adrián señaló la libreta de Valeria con un movimiento de barbilla.
—Estoy ocupado impresionando a la periodista. ¿No ves que estoy trabajando?
Valeria abrió los ojos. Los verdes se agrandaron.
—¡Yo no—!
Pero Diego ya estaba mirando a Adrián con rabia. La vena del cuello se le marcaba.
—¿Prefieres coquetear que pelear? ¿Eso es lo que eres ahora, un payaso de circo?
Adrián se encogió de hombros.
—Prioridades.
Diego estaba claramente irritado. Respiraba con fuerza, los puños apretados a los costados.
—Eres un payaso.
Adrián sonrió. Esa sonrisa eterna.
—Y tú sigues enojado. Eso es malo para la salud, ¿lo sabías? La hipertensión, el estrés...
Lucas bajó del ring rápidamente. Sus pasos sonaron en el cemento.
—¡Se acabó!
Se colocó entre ambos, separándolos con su cuerpo robusto.
—No habrá pelea hoy. Fuentes, lárgate. Vega, cállate.
Diego respiró con fuerza. Inflaba y desinflaba el pecho como un toro.
—Esto no termina aquí.
Adrián levantó la mano en un gesto de despedida.
—Claro que no. Nada termina nunca.
Diego se fue.
La puerta del gimnasio se cerró tras él con un golpe metálico.
El gimnasio quedó en silencio.
Solo se escuchaba el respirar de los boxeadores que habían detenido su entrenamiento para observar.
Valeria miró a Adrián.
—Provocas a todos.
Adrián volvió a sentarse frente a ella. Como si nada hubiera pasado.
—Funciona.
—¿Funciona? Casi te golpea.
—Pero no lo hizo. Porque está enojado y los enojados cometen errores.
Valeria negó con la cabeza. El gesto era de incredulidad, pero también de algo más. Algo que no quería reconocer.
—Eres imposible.
Adrián sonrió.
—Pero sigues viniendo.
Valeria cerró su libreta. El golpe fue menos fuerte que el anterior, pero igual de definitivo.
—Porque es mi trabajo.
Adrián apoyó la barbilla en la mano. El codo sobre la mesa, la cabeza ladeada.
—Claro.
Valeria lo miró.
—¿Qué?
Adrián sonrió lentamente. Una sonrisa diferente. Más suave. Más... íntima.
—Nada.
Pero en su expresión había algo evidente.
Algo que ella no podía ignorar.
Y por primera vez desde que comenzó todo —desde esa primera entrevista, desde la visita al periódico, desde las preguntas absurdas—
Valeria tuvo la incómoda sospecha de que ese boxeador bromista no estaba jugando solamente con sus rivales en el ring.
También estaba jugando…
con ella.
Y lo peor de todo…
empezaba a preguntarse si a ella le importaba.