El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 16
Sofía
Había compartido mi número de teléfono con Ricardo.
Y, siendo completamente honesta conmigo misma… era un hombre encantador.
Tenía ese tipo de carisma natural que hacía que cualquier conversación se volviera interesante. Era sociable, divertido, elegante sin esfuerzo… y además sabía de arte.
Mucho.
Ese día iba a almorzar con nosotros.
Santiago, por otro lado, no estaba de muy buen humor.
Desde la mañana había estado tenso. Había discutido con la junta de una de sus empresas porque no estaban de acuerdo con la reorganización del presupuesto. Y como si eso no fuera suficiente, después del almuerzo tenía que reunirse con Luciano para tratar temas de seguridad e investigaciones.
En otras palabras…
Era el peor día para que estuviera de mal genio.
Llegamos al restaurante.
Ricardo ya estaba allí.
—Sofía —dijo con una sonrisa cálida—, te ves encantadora.
—Gracias —respondí sonriendo.
—Santiago —saludó con cortesía.
—Tío.
Nos sentamos.
Desde el primer momento, Ricardo empezó a contar historias.
Anécdotas de viajes, de negocios, de exposiciones de arte en diferentes países. Tenía una forma particular de narrar, con un toque de humor elegante que hacía que todo fuera más interesante.
—Una vez en Florencia —decía—, terminé en una galería privada donde tenían una copia atribuida a Botticelli…
Mis ojos brillaron.
—¿En serio?
—Sí —respondió—. No estaba abierta al público, pero el dueño era un coleccionista excéntrico.
Me incliné un poco hacia adelante.
—Botticelli tiene una sensibilidad única —dije—. La forma en que representa la feminidad es casi… etérea.
Ricardo sonrió con interés.
—Exactamente. No es solo belleza, es una idealización de lo humano.
—Y el uso de la línea —continué—, es delicado pero firme. No es exagerado como en otros artistas del Renacimiento.
—La Primavera —dijo él—, es una obra que nunca termina de decir todo lo que tiene.
Sonreí.
—Siempre encuentras algo nuevo.
Santiago permanecía en silencio, escuchando.
—Aunque —continuó Ricardo—, hay quienes dicen que Botticelli pintaba más para la élite que para el arte en sí.
Negué suavemente.
—Todos los artistas del Renacimiento dependían de mecenas. Eso no le quita valor a su obra.
Ricardo levantó ligeramente su copa.
—Totalmente de acuerdo.
Nos sonreímos.
Y aunque no lo diría en voz alta…
Tenía más temas de conversación con el tío de mi esposo… que con mi esposo.
El almuerzo transcurrió entre risas.
Ricardo contaba historias cómicas y yo no podía evitar reírme con facilidad.
Santiago apenas participaba.
Cuando terminamos, él se levantó.
—Tengo que irme.
Asentí.
—Lo sé.
Se acercó un poco más.
—Ten cuidado.
—Siempre.
Se fue.
Ricardo me miró con una sonrisa.
—Hay un lugar de postres cerca. ¿Quieres ir?
—Claro.
Caminamos por la ciudad hablando de arte, de viajes, de libros.
Entramos a una pequeña cafetería.
—Botticelli tenía una obsesión con la belleza ideal —dijo Ricardo mientras mirábamos el menú—. Pero nunca pintó desde lo grotesco.
—Porque su enfoque no era la realidad —respondí—. Era la aspiración.
—¿Y tú qué prefieres? —preguntó.
—La mezcla.
Lo miré.
—La belleza sin imperfección es aburrida.
Ricardo sonrió.
—Interesante.
Después de los postres, caminamos entre librerías y tiendas antiguas.
Entramos a una tienda vintage.
—Estoy buscando un teléfono antiguo para la casa nueva —le dije.
—Entonces este lugar es perfecto.
Caminé entre los estantes observando objetos antiguos.
Teléfonos, lámparas, relojes.
Todo tenía historia.
Tomé uno de los teléfonos.
—Este es hermoso.
—Década del cincuenta —dijo Ricardo acercándose—. Buen gusto.
Sonreí.
Y en ese momento…
Los vidrios estallaron.
El sonido fue ensordecedor.
—¡Al suelo! —gritó alguien.
Ricardo reaccionó antes que yo.
Me tomó del brazo y me lanzó hacia el piso, cubriéndome con su cuerpo.
Los disparos comenzaron.
Mi corazón latía con fuerza.
Nuestro equipo de seguridad respondió de inmediato.
El sonido de las balas rebotando contra las paredes, los objetos cayendo, los gritos…
Todo era caos.
Nos movimos detrás de un mostrador volcado.
—Tranquila —dijo Ricardo en voz baja.
Respiré con dificultad.
Los disparos continuaron durante lo que parecieron minutos eternos.
Hasta que finalmente…
Silencio.
—¡Limpio! —gritó uno de los escoltas.
Nos ayudaron a levantarnos rápidamente.
—Tenemos que salir ya.
Nos sacaron de la tienda hacia vehículos blindados.
Mis manos temblaban.
Saqué el teléfono.
Llamé a Santiago.
—¿Sofía?
—Nos atacaron.
Hubo un silencio tenso.
—¿Estás bien?
—Sí… sí.
—Te envío ubicación. Ven ya.
Colgué.
Nos dirigimos al lugar que nos indicó.
A las afueras de la ciudad.
Cuando llegamos, vi varias camionetas, hombres armados… y a todas las grandes familias reunidas.
Luciano y Santiago estaban discutiendo con varios de ellos.
Cuando Santiago me vio, caminó directamente hacia mí.
Su mirada recorrió todo mi cuerpo.
Revisando.
Buscando heridas.
—¿Estás bien?
—Sí.
Me tomó del brazo.
—Ven.
Me llevó a una habitación contigua y cerró la puerta.
Me dio una aromática.
—Toma.
La sostuve entre mis manos aún temblorosas.
Santiago me abrazó.
Besó mi cabeza.
—Te voy a poner un orangután de escolta.
No pude evitar sonreír un poco.
—Tu tío me salvó.
—Después le doy las gracias.
Rodeé su cuerpo con mis brazos.
Santiago era cálido.
Firme.
Seguro.
Apoyé mi rostro en su pecho.
—Hueles bien.
—Huelo normal.
Sonreí levemente.
Nos quedamos así…
En silencio.
Por unos minutos.
Y en medio del caos, los disparos y la guerra que se acercaba…
Ese pequeño momento de calma…
Se sintió más necesario de lo que estaba dispuesta a admitir.