Sofía y Nathan siempre fueron mejores amigos… hasta que una noche de impulso lo cambió todo. Ahora, atrapados entre secretos, rumores y un contrato absurdo que los obliga a casarse, deberán enfrentar emociones que nunca imaginaron.
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La Paz antes de la tormenta
...CAPÍTULO 6...
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...SOFÍA RÍOS...
El sonido de las risas, la música y las botellas chocando llenaban el apartamento de Franco.
Era una de esas noches en las que todo parecía perfecto. Los chicos de ASTRA habían vuelto después de meses de gira y, por primera vez en mucho tiempo, todos parecían relajados… felices.
Nathan, como siempre, era el centro de atención. Estaba con una cerveza en la mano, rodeado de sus compañeros y algunos amigos del medio. Dylan contaba anécdotas ridículas de la gira, Alex reía a carcajadas, y Franco hacía de anfitrión, asegurándose de que nadie tuviera el vaso vacío.
Había luces cálidas, música en vivo, y esa energía contagiosa de cuando algo grande acaba de terminar. Yo, en cambio, trataba de mantener la sonrisa mientras mi corazón latía a mil por hora.
Apenas unas semanas atrás había descubierto el secreto que llevaba dentro… y ahora tenía que fingir que todo seguía igual.
Alex me abrazó por la cintura, atrayéndome hacia él con una sonrisa suave.
—Te extrañé más de lo que imaginas, preciosa —susurró cerca de mi oído, su voz con ese tono ronco que siempre me derretía.
—Yo también te extrañé —dije, aunque una punzada de culpa me recorrió el pecho.
Alex sacó una pequeña caja de su chaqueta. Era negra, elegante, con un lazo plateado.
—Traje algo para ti —dijo, con esa sonrisa que siempre me hacía sentir como si el mundo fuera menos complicado.
La abrí. Dentro había una cadenita de plata con un dije diminuto: una luna con una estrella.
—Alex… —susurré, tocando el dije con cuidado—. Es preciosa.
—La vi en una tienda de Japón y pensé en ti —respondió—. Porque eres mi lunita.
Me reí bajito, tratando de ignorar cómo las palabras se me clavaban en el pecho.
—Eres un cursi.
—Tu adoras que lo sea —contestó, besándome la mejilla.
Y lo hacía.
Dios, cómo lo hacía.
Por eso dolía tanto.
Pasamos buena parte de la noche así: riendo, bailando un poco, entre caricias que parecían un intento desesperado por recuperar el tiempo perdido. Alex me rodeó con sus brazos, bailamos lento mientras la música se volvía más suave. Sus manos se movieron por mi espalda, bajando con lentitud, hasta que el mundo se volvió más pequeño, más íntimo.
Yo cerré los ojos y por unos minutos quise olvidar. Olvidar los errores, las dudas, y todo lo que vendría.
—Te amo, Sofi —susurró Alex, con la voz algo pastosa por el alcohol, pero con esa dulzura que lo caracterizaba.
Lo miré, intentando grabar su rostro, la manera en que me sonreía sin saber nada.
—Yo también te amo —respondí.
Nathan pasó cerca, riendo con Dylan, y por un instante nuestros ojos se cruzaron. Fue un segundo, apenas un destello, pero bastó para que la culpa me atravesara de nuevo. Él sostuvo mi mirada un momento, serio, y luego se alejó sin decir nada.
Yo respiré hondo, intentando recomponerme.
Alex besó mi frente y me abrazó más fuerte.
—Por cierto, a mitad de mes tengo que ir a Corea —dijo con tranquilidad—. Mamá está cuidando a mi abuelita, y quiero pasar unos días con ellas. Pensé que podrías venir conmigo, así cambiamos de aire un rato.
—¿Corea? —pregunté, sorprendida.
—Sí —dijo, acariciando mi rostro—. Sería lindo que la conocieras y también conozcas a mi familia materna.
Sonreí con ternura, aunque por dentro algo se me encogió. No sabía cuánto tiempo podía seguir fingiendo que todo estaba bien…
Pero esa noche no quería pensar en el caos que vendría.
Solo quería, por un momento, aferrarme a él.
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No recuerdo a qué hora exactamente decidimos irnos, solo sé que Alex insistió en acompañarme hasta el apartamento. “Por si acaso”, dijo con esa sonrisa suya que era imposible rechazar.
Y yo no tuve fuerzas para decirle que no.
El aire estaba helado cuando entramos. Cerré la puerta, y antes de que pudiera quitarme los zapatos, Alex me sujetó por la cintura y me besó.
Una mezcla de deseo y cariño sincero que me hizo olvidar por un segundo todo lo que cargaba dentro.
No hubo palabras, solo nuestras respiraciones entrecortadas y susurros que se mezclaban con el ruido de la lluvia afuera.
Aunque cada caricia dolía por la culpa que escondía, me aferré a él como si con eso pudiera borrar el pasado.
A la mañana siguiente, el aroma a café recién hecho me despertó y el silencio del apartamento se sentía cálido, casi familiar.
Me senté en la cama, envuelta en la sábana, observando cómo Alex se movía por la pequeña cocina. Tenía el cabello despeinado y estaba sin camiseta, tarareando una de sus canciones mientras revolvía los huevos en la sartén.
—Buenos días, dormilona —dijo sin voltear, con una sonrisa en la voz.
—Buenos días —respondí, tratando de sonar normal.
Él se giró con dos platos en la mano, dejando ver esa mirada dulce que siempre me hacía sentir pequeña.
—Hice desayuno para los dos. No es nada gourmet, pero… —dijo, riendo.
Me reí bajito, aceptando el plato que me pasó.
—Está perfecto, chef.
—Sabes —empezó a decir mientras se sentaba frente a mí—, anoche, mientras venía para acá, estuve pensando en los planes que tengo para cuando termine el descanso de la gira.
—¿Ah sí? —pregunté, probando un bocado para disimular mi nerviosismo.
—Sí. Cómo ya te había comentado, quiero que vengas conmigo a Corea —dijo con entusiasmo—Mi madre está cuidando a mi abuelita y muere por conocerte. De hecho, ya te adora, Sof. Me pregunta por ti cada vez que la llamo.
Sonreí con ternura, aunque por dentro me dolió el pecho.
—¿De verdad te pregunta por mí?
—Claro —dijo riendo—. Dice que por fin elegí bien, que te ves educada, con carácter… y bonita.
—Educada, con carácter y bonita —repetí, fingiendo una sonrisa—. Me suena a descripción de manual.
—Tal vez —dijo él, encogiéndose de hombros—, pero es cierto y quiero que la conozcas. Nos haría bien salir un poco, alejarnos del ruido y de todo lo demás.
Asentí en silencio.
Alex estaba hablando de futuro, de “nosotros”, de algo más grande y yo solo podía pensar en los dos test que aún estaban escondidos en el cajón de mi baño.
Mientras él se levantaba para lavar los platos, lo observé en silencio. Era dulce, atento, todo lo que siempre quise… y aún así, había algo dentro de mí que no podía ignorar.
Una parte de mí seguía temblando por culpa.
Por miedo y por la certeza de que ese amor tan bonito, tarde o temprano, iba a romperse.
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...Franco Torres...
De veintiún años, es el baterista vibrante y caótico de ASTRA, conocido por su energía arrolladora y su humor que rompe cualquier tensión dentro del grupo.
Aunque se muestra despreocupado y siempre tiene un chiste listo, es sorprendentemente leal y atento con las personas que considera su familia. Mantiene una relación estable —aunque algo tormentosa— con Daniela Rivera, con quien forma una pareja intensa y apasionada que todos en el entorno de la banda reconocen.
Franco es el alivio cómico del team, el que convierte los problemas en risas, pero detrás de su actitud ligera se esconde alguien profundamente observador, capaz de notar cosas que los demás pasan por alto.