Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 12
Saori observó cómo Naoko envolvía con torpeza a la pequeña en un suéter viejo de Yuuta. El búnker, a pesar de su tecnología y sus muros reforzados, se sentía de repente insuficiente frente a la fragilidad de un recién nacido.
—No tenemos casi nada para ella —murmuró Sora, pasando una mano por su cabello con un gesto de frustración contenida—. Ni siquiera un biberón o leche de fórmula. Esto no estaba en nuestros planes de suministros.
—¿Quieres que salga ahora mismo a buscar...? —Saori no pudo terminar la frase.
—¡No! —intervino Sora de inmediato, suavizando el tono al ver la sorpresa en el rostro de su hermana—. No es necesario que te expongas otra vez bajo la lluvia, Saori. Por ahora, improvisaremos. Usaré una jeringa esterilizada para alimentarla con un poco de agua con azúcar hasta que amanezca.
Naoko asintió mientras acomodaba el improvisado pañal hecho con retazos de tela limpia.
—Tampoco hay ropa adecuada ni pañales desechables —añadió Naoko, suspirando—. Este suéter de Yuuta le queda enorme, pero al menos la mantendrá caliente por unas horas.
Saori se cruzó de brazos, mirando de reojo a Near, quien intentaba pasar desapercibido en una esquina del laboratorio.
—Mañana puedo ir con Near —sentenció Saori—. Ya habíamos quedado en que saldríamos a buscar comida, pero podemos desviarnos a una farmacia o una tienda de artículos para bebés.
—¡¿Eh?! —exclamó Near, dando un respingo.
—Quedamos en que tú y yo saldríamos juntos —reiteró Saori, fijando su mirada en él—. Necesito a alguien que me ayude a cargar el peso si encontramos un buen botín.
Near tragó saliva, sintiendo el peso de la mirada de Sora clavada en su nuca. Sora, sin embargo, forzó una sonrisa que no llegaba a sus ojos, aunque su voz sonaba extrañamente conciliadora.
—No te preocupes por eso, Saori —dijo Sora, apoyando una mano en el hombro de Near con una presión que solo el chico pudo sentir—. Near es fuerte y conoce bien los atajos del vecindario. Estoy seguro de que él se encargará de todo; podría ir solo para que tú descanses un poco más.
Saori inclinó un poco la cabeza, confundida por la repentina "generosidad" de su hermano hacia su amigo. Había algo en la atmósfera, una tensión eléctrica entre ellos que no lograba descifrar del todo.
—Está bien... —respondió Saori, recuperando su tono de mando—. Yo fui la que estableció las prioridades de este búnker, así que yo iré a la cabeza de la expedición. No dejaré que nadie asuma riesgos que yo no esté dispuesta a tomar.
Sora dejó escapar un largo suspiro, derrotado por la terquedad de su hermana, pero sus ojos brillaron con una preocupación genuina.
—Está bien, tienes razón —cedió Sora, dándole un apretón suave en el brazo—. Pero prométeme que no te separarás de Near ni un segundo. Si algo sale mal, quiero que vuelvan de inmediato.
Near asintió rápidamente, casi mecánicamente, mientras Saori se preparaba para revisar el inventario una última vez antes del amanecer. En un rincón, Max soltó un ladrido corto y profundo, como si él también estuviera de acuerdo con el plan.
El búnker se sumergió en una penumbra azulada cuando Sora atenuó las luces principales. El espacio, que horas antes parecía una proeza de la ingeniería, ahora se sentía asfixiante y estrecho con tantas respiraciones compartiendo el mismo aire reciclado. El frío del concreto se filtraba a través de las mantas, recordándoles que, aunque estuvieran a salvo de los zombies, seguían enterrados bajo tierra.
La organización de las camas fue un ejercicio de resignación y silencio. Nadie se quejó; el cansancio era un peso muerto que los obligaba a aceptar cualquier rincón para cerrar los ojos.
—Ven aquí, Azami —susurró Saori, acomodándose en la litera inferior—. Estarás segura conmigo.
La pequeña se acurrucó contra ella, buscando el calor humano que el búnker no podía ofrecer. Saori sentía el cuerpo menudo de la niña temblar levemente antes de quedarse dormida. Justo encima de ellas, el somier chirrió cuando Sora y Yuuta se acomodaron. Saori podía escuchar el ritmo pausado de la respiración de su hermano, una presencia protectora que se alzaba sobre su cabeza.
En la litera de al lado, la logística era más complicada. Naoko se había instalado en la cama inferior, manteniendo a la bebé protegida entre su cuerpo y la pared. A sus pies, Max se echó con un suspiro profundo, su enorme cuerpo sirviendo como una manta de piel viva que les proporcionaba un calor vital.
—Si necesita algo la pequeña, avísame —murmuró Naoko en la oscuridad, aunque sus ojos ya se cerraban por el agotamiento.
En la parte superior de esa segunda litera, Near y Yair compartían el espacio limitado. Saori notó que Near se mantenía lo más pegado posible al borde, evitando invadir el espacio del niño, pero también manteniendo una distancia prudente de la mirada de Sora, que incluso dormido parecía vigilarlo desde la otra litera.
El silencio del búnker no era absoluto. Se escuchaba el zumbido constante de los ventiladores, el goteo lejano del sistema de condensación y el eco de los ronquidos suaves que empezaban a llenar la habitación. No había privacidad; cada movimiento, cada suspiro y cada pesadilla se compartía en ese refugio apretado.
Saori miró hacia el techo de hormigón, a solo unos centímetros de su rostro. Sabía que mañana el mundo exterior sería un caos de barro y sangre, pero por ahora, en este rincón oscuro y gélido, eran solo un grupo de extraños y hermanos intentando sobrevivir a la primera noche del fin del mundo.
Esa noche, el búnker no solo filtraba aire, sino también memorias. Saori se encontró sumergida en un sueño que no pertenecía a este cuerpo, sino a una vida que parecía de otra dimensión.
—¿Sheila...? —murmuró en la oscuridad del sueño.
Se vio a sí misma, pero no era la Saori de cabello cuidado y manos firmes. Era Sheila Roy, una joven cuya piel aún guardaba el rastro del cansancio de años de carencias. El recuerdo la golpeó con la fuerza de una marea: la pérdida de sus padres siendo apenas una niña, el frío de las noches en casa de unos tíos que devoraron el dinero del seguro mientras los obligaban a trabajar por un mendrugo de pan. Recordó las manos ásperas de su hermano mayor, quien se partió la espalda hasta que, seis meses antes del desastre, logró rescatarlos de aquel infierno legal.
La escena cambió. El sol brillaba con una intensidad dolorosa sobre el asfalto del paso peatonal. Sheila caminaba hacia su primer día de universidad, con el corazón saltando de emoción y los dedos pegados a la pantalla del celular. Una notificación brilló: «Capítulo final disponible». Fue un segundo. El brillo del cristal, el rugido de un motor que no frenó y luego... la nada.
Pero el sueño no terminó con el accidente.
De pronto, las páginas de la novela que Sheila estaba leyendo empezaron a flotar en el vacío, mezclándose con la realidad de los zombies. El sudor frío le recorrió la espalda a Saori al recordar la segunda trama, aquella que nunca quiso que se cruzara con esta.
—No... la Ola de Espinas no —susurró entre sueños, mientras sentía un miedo físico que le oprimía los pulmones.
En esa otra novela, el virus no solo reanimaba a los muertos. El virus mutaba con la naturaleza. Si ambas historias se habían fusionado, los zombies eran solo el principio. Visualizó con horror cómo las paredes de concreto de su búnker, que tanto la habían tranquilizado, eran pulverizadas por raíces negras y espinosas que buscaban carne fresca. En ese mundo, las plantas se alimentaban de la sangre derramada por los caminantes, y los edificios se convertían en trampas mortales de vegetación carnívora.
Saori despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. El silencio del búnker ya no le pareció una garantía de seguridad, sino una tregua temporal. Miró las paredes de hormigón con desconfianza. Si la "Ola de Espinas" estaba comenzando, el búnker no sería una fortaleza, sino una tumba si no reforzaba las defensas contra lo que estaba por brotar de la tierra.
—Tengo que moverme más rápido —dijo para sí misma, bajando de la litera con las piernas temblorosas—. Ya no es solo sobrevivir a los muertos. Es sobrevivir a lo que viene después de ellos.
Sora, desde la litera de arriba, se removió inquieto al escucharla.
—¿Saori? ¿Otra pesadilla? —preguntó él con voz ronca.
—Peor que eso, Sora. Una advertencia.
Saori se incorporó en la litera, con el corazón martilleando violentamente contra sus costillas. El silencio del búnker, que hasta hace unas horas le parecía un santuario, ahora se sentía como una tumba de concreto. Miró a Azami, que dormía plácidamente a su lado, ajena a la pesadilla que acababa de invadir la mente de su protectora.
No era solo el recuerdo de su muerte en el asfalto, bajo un charco de sangre y el parpadeo de una pantalla rota. Era la revelación de que las reglas del juego habían cambiado de la forma más cruel posible.
—Maldita sea... —susurró, apretando las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon—. ¿Quién está jugando conmigo?
Un escalofrío eléctrico le recorrió la columna. En su vida pasada, como Sheila Roy, el misterio y lo paranormal eran su refugio, pero ahora esos géneros se habían convertido en su realidad. El pánico empezó a ganar terreno en su pecho al procesar la imagen de aquellas dos novelas favoritas fusionándose en su mente.
La primera era este drama de zombies y supervivencia social. Pero la segunda... la segunda era un descenso al horror biológico puro.
—Si las tramas se cruzaron, esto no ha hecho más que empezar —pensó, sintiendo una náusea gélida.
En la segunda novela no había lugar para el romance ni para la calma. Se basaba en "Olas de Mutación". Significaba que el virus no se quedaría estancado en los cadáveres humanos; pronto, el aire, el agua y la tierra misma se volverían hostiles. Recordó con terror las descripciones de plantas cuyas raíces perforaban el metal para buscar calcio en los huesos humanos y animales cuya carne se retorcía en formas imposibles, convirtiéndose en depredadores que los búnkeres convencionales no podrían detener.
Se levantó con cuidado, evitando que el somier chirriara para no despertar a Azami. Sus pies descalzos tocaron el suelo gélido, un recordatorio de que estaba viva, al menos por ahora. Se dirigió a la pequeña mesa de metal en el área de la cocina, buscando desesperadamente un cuaderno y un bolígrafo.
Sus manos temblaban mientras escribía: OLA 1: REANIMACIÓN (ACTUAL). OLA 2: DESPERTAR VEGETAL.
¿Por qué ahora? ¿Por qué su memoria le había devuelto su identidad anterior y la advertencia de la segunda novela justo en este momento? No podía ser una coincidencia. Alguien, o algo, la había arrojado a este escenario con piezas de información incompletas, como si estuviera observando su reacción ante un experimento macabro.
—Si las plantas empiezan a mutar, el sistema de ventilación del búnker se convertirá en nuestra debilidad —murmuró para sí misma, con la mirada fija en el cuaderno—. Entrarán por los ductos.
Miró hacia la litera donde Sora dormía. Él creía que estaban preparados para un apocalipsis de muertos vivientes, pero Saori sabía que estaban armando un fuerte de cartón contra un huracán biológico. Tenía que anotar cada detalle de esa segunda novela antes de que el miedo borrara sus recuerdos. La supervivencia ya no era una cuestión de muros, sino de anticipación.