En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 22
Narrado por: Aura
Ignoré el horror que se cernía a mis espaldas.
Tenía mi bota aplastando el hombro destrozado de Elian y la punta de Deshielo acariciando su yugular.
—¡Aura, muévete! —gritó Caelum desde el suelo, intentando ponerse en pie mientras una Sombra con forma de lobo le arrancaba un trozo de su capa de escarcha—. ¡Vienen por el calor! ¡Suéltalo y corre al conducto!
—¡No voy a soltarlo! —rugí, sin apartar la vista de los ojos de Elian—. ¡Él me fabricó! ¡Él mató a mi padre!
Elian soltó una carcajada húmeda, ahogándose con su propia sangre. Sus manos arañaban el hielo, buscando inútilmente un fragmento de su espada rota.
—¡Hazlo, pequeña batería! —siseó Elian, con los ojos desorbitados por la agonía y la locura—. ¡Mátame y conviértete en lo que tu padre siempre quiso! ¡Sé el incendio que consuma el Norte! ¡Libérame de este frío!
—Con gusto —respondí.
Levanté a Deshielo con ambas manos. El fuego negro de la hoja se intensificó hasta volverse una columna de oscuridad incandescente que llegaba al techo. Las cicatrices de mis brazos no solo brillaban; se abrieron, supurando luz esmeralda que se mezclaba con el acero de la espada.
—¡AURA, NO! —el grito de Caelum fue una súplica—. ¡La energía de un Primigenio al morir destruirá este nivel! ¡Nos matarás a todos!
—¡Que arda todo! —bramé.
Descargué el golpe.
No fue un tajo limpio. El fuego negro de la espada no solo cortó la carne y el hueso; desintegró la esencia misma de la Primavera en el cuello de Elian. Hubo un instante de silencio absoluto, un vacío en el aire donde el sonido mismo pareció ser succionado.
Y luego, el mundo estalló.
La cabeza de Elian se separó del cuerpo, pero no cayó al suelo. Se convirtió en una supernova de energía dorada y verde.
—¡CUIDADO! —Caelum se lanzó hacia adelante, creando una cúpula de hielo translúcido alrededor de nosotros en el último microsegundo.
La explosión de la muerte de un Príncipe Primigenio golpeó la cámara con la fuerza de un meteorito. La onda de choque de pura luz solar y polen tóxico vaporizó instantáneamente a las primeras tres filas de Sombras Antiguas, convirtiéndolas en jirones de niebla inofensiva. El Pilar Central de la Fortaleza emitió un tañido metálico que hizo que mis oídos sangraran.
Yo estaba en el centro del epicentro.
Sentí cómo el calor de la explosión buscaba un ancla. Como si fuera un imán, la energía desatada de Elian reconoció la chispa del Solsticio en mi interior.
—¡Ahhhhhhh! —mi grito se perdió en el rugido de la energía.
La empuñadura de Deshielo se puso blanca. El metal de la espada comenzó a fundirse, pero no goteó al suelo. El líquido negro y ardiente fluyó hacia arriba, envolviendo mis manos, fundiéndose con mi piel, subiendo por mis muñecas.
El dolor era inenarrable. Era como si me estuvieran cosiendo los huesos con hilos de sol líquido.
Caí de rodillas sobre lo que quedaba del cadáver de Elian, que se desintegraba en pétalos de flores marchitas y ceniza.
—¡Suelta la espada, Aura! ¡Suéltala ahora! —Caelum estaba a mi lado, golpeando mis brazos con ráfagas de escarcha para intentar enfriar el metal fundido.
—¡No... no puedo! —jadeé, apretando los dientes hasta que uno se partió—. ¡Está... pegada!
Miré mis manos.
El cuero de mis guantes había desaparecido. El metal de la empuñadura de Deshielo se había fusionado con mis metacarpos. La obsidiana de la hoja ahora parecía nacer directamente de mis palmas. Ya no era una mujer sosteniendo una espada; era una mujer cuyo brazo derecho terminaba en un colmillo de cristal negro y fuego eterno.
La onda de choque terminó de disiparse, dejando la cámara en un silencio sepulcral, iluminada solo por el brillo enfermizo de mis brazos.
Caelum retrocedió un paso, con los ojos fijos en mi mano derecha. Su rostro, habitualmente de piedra, mostraba un rastro de horror puro.
—¿Qué... qué me ha pasado? —pregunté, intentando abrir la mano. Los dedos no respondían. El metal y la carne eran uno solo.
—El Estigma de la Ceniza —susurró Caelum, su voz temblando—. Absorbió la muerte de Elian para estabilizar el fuego. Has dejado de ser una portadora, Aura. Ahora eres la encarnación física de la magia.
—¡Quítamelo! —le exigí, levantándome a trompicones. El peso de la espada fundida en mi brazo me desequilibraba—. ¡Caelum, usa tu hielo! ¡Arráncame esta cosa!
—Si intento congelar ese metal ahora, tu brazo estallará en mil pedazos —dijo él, acercándose con cautela—. La magia de Elian ha sellado el vínculo. Eres un arma viviente.
Un siseo a nuestras espaldas nos recordó que no estábamos solos.
Las Sombras Antiguas que no habían sido vaporizadas por la explosión se estaban reagrupando. Eran menos, quizás unas veinte, pero eran las más grandes, las que habían sobrevivido mil años en las celdas más profundas. Se deslizaban por las paredes, rodeándonos.
—¡Vienen por más! —dijo Aura, girándose hacia ellas.
Al girar el brazo derecho, la hoja de Deshielo emitió un latigazo de fuego negro que cortó el aire, dejando una estela de brasas flotantes.
—Aura, escúchame —Caelum se colocó a mi espalda, hombro con hombro—. Tu mente está bajo presión. Esa energía... te va a susurrar cosas. No dejes que el odio de Elian se filtre en tu juicio.
—El odio es lo único que me mantiene de pie, Caelum —respondí. Mi voz sonaba diferente, más profunda, con un eco metálico—. Él tenía razón. Mi padre me vendió. Mi vida entera ha sido una mentira diseñada por un herrero y un príncipe loco.
—Tu padre te protegió de la única forma que sabía —dijo Caelum, invocando una lanza de hielo—. Y yo te saqué de esa nieve porque vi algo más que una batería.
—¡Viste una herramienta! —le grité, girándome hacia él. La punta de mi brazo-espada rozó su pecho, derritiendo la escarcha de su túnica—. ¡No me mientas más! ¡Todos me habéis usado!
—¡CUIDADO! —Caelum me empujó a un lado.
Una Sombra colosal, con forma de verdugo encapuchado, saltó desde el techo. Su hacha de sombra golpeó el suelo donde yo estaba, abriendo una zanja en el hielo del núcleo.
Me levanté con una agilidad que no era mía. Sentí el poder de Elian fluyendo por mis piernas, dándome una fuerza explosiva.
—¡Fuera de mi vista, escoria! —rugí.
No necesité balancear el brazo con cuidado. Simplemente señalé a la Sombra con mi mano-espada. Un rayo de fuego negro y verde brotó de la punta de la obsidiana, atravesando el pecho de la Sombra y clavándola contra la pared del fondo. La criatura se disolvió en un grito silencioso.
—Aura, controla el flujo —advirtió Caelum, luchando contra dos sombras con forma de lobo—. ¡Si sigues disparando así, derretirás el Pilar Central!
—¡Que se derrita! —repliqué.
Sentía una euforia salvaje. El dolor de la fusión se había convertido en un zumbido eléctrico que me recorría la columna vertebral. Cada vez que mataba a una Sombra, sentía un pequeño destello de placer, una recompensa química que inundaba mi cerebro.
—¡Aura, detente! —Caelum se interpuso entre una Sombra y yo, bloqueando mi línea de tiro—. ¡Mira el Pilar!
Me detuve, jadeando.
El Pilar Central de la Fortaleza, el corazón del Norte, estaba goteando. El calor irradiado por mi nuevo brazo estaba afectando la estructura milenaria. Grandes bloques de hielo primigenio se estaban desprendiendo, revelando el mecanismo rúnico que latía en el interior.
—Si el pilar cae, el Velo de Hielo que protege el continente se desvanecerá —dijo Caelum, sus ojos azules fijos en los míos, buscando a la chica que había rescatado de la nieve—. El ejército de la Primavera entrará sin resistencia. Miles de personas morirán en sus camas, quemadas por el sol del sur.
—¿Y por qué debería importarme? —pregunté, aunque una parte de mí, la pequeña Aura que aún quedaba debajo de la ceniza, sintió una punzada de culpa—. Ellos me habrían quemado en una pira si hubieran sabido lo que soy.
—Porque tú no eres ellos —Caelum dio un paso hacia mí, bajando su lanza—. Porque si te conviertes en el monstruo que Elian quería, él habrá ganado incluso desde la tumba.
Miré mi mano-espada. El fuego negro se calmó un poco, volviéndose un verde esmeralda más suave. Las cicatrices en mis brazos dejaron de sangrar luz.
—¿Cómo me quito esto, Caelum? —pregunté, mi voz volviendo a la normalidad, quebrada por el cansancio—. No quiero ser un arma.
—No podemos quitarlo aquí —dijo él, mirando hacia la puerta, donde más Sombras comenzaban a filtrarse—. Tenemos que llegar a la Cámara de la Forja Ancestral, en el nivel superior. Solo allí, con el martillo original del Primer Rey, podemos separar el metal de tu alma.
Un estruendo sacudió la cámara.
Las puertas de obsidiana, ya debilitadas por las Sombras, fueron golpeadas por algo masivo desde el otro lado.
—¡Príncipe Elian! —la voz de un general de la Primavera resonó desde el pasillo—. ¡Traemos los arietes de madera de sangre! ¡Resista!
—Creen que sigue vivo —susurré, mirando los pétalos marchitos que quedaban de mi enemigo.
—Usa eso a nuestro favor —Caelum agarró su capa y la desgarró, envolviendo mi mano-espada con la tela mágica para ocultar el brillo—. Si creen que tienen a su Príncipe, dudarán. Tenemos que atravesar sus líneas para subir a la Forja.
—Caelum... —lo detuve antes de que avanzara—. Lo que dijo Elian... sobre mi padre. ¿Tú lo sabías?
Caelum guardó silencio durante un segundo que pareció una eternidad. El sonido de los arietes golpeando la puerta era el único metrónomo de nuestra tensión.
—Sabía que tu padre no era un simple herrero —admitió Caelum sin mirarme—. Sabía que la chispa no apareció en el Norte por azar. Pero nunca supe que él te había vendido. Te lo juro por el hielo de mi núcleo, Aura: siempre creí que él murió intentando salvarte.
—Ya no sé qué creer —dije, apretando el brazo envuelto en tela contra mi pecho—. Pero sé qué hacer.
—¿Y qué es?
—Subir a esa Forja —dije, mis ojos encendiéndose con una determinación fría—. Y si no puedes separarme de esta espada, entonces me enseñarás a usarla para borrar a todo el ejército de la Primavera de mi mapa.
Las puertas de obsidiana cedieron con un estallido de astillas.
La luz de las antorchas doradas de la Primavera inundó la sala. Cientos de soldados entraron en formación de tortuga, con sus escudos en alto, esperando encontrar a su Príncipe victorioso sobre el cadáver del Dios del Invierno.
Caelum y yo nos colocamos en el centro de la cámara, frente al Pilar agrietado.
Él, el Dios traicionado por su propio hermano. Yo, la chica fabricada por un padre cobarde y un destino cruel.
—¡Alto! —gritó el general de la Primavera al vernos—. ¡¿Dónde está el Príncipe Elian?!
Levanté mi brazo derecho, envuelto en la capa de Caelum, y apunté hacia ellos. El calor que emanaba de la tela era tan intenso que el aire comenzó a distorsionarse.
—Vuestro Príncipe ha regresado a la tierra —dije, con una voz que hizo que los soldados de la primera fila retrocedieran—. Y ahora, os sugiero que os apartéis de nuestro camino.