Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 6
La noche era silenciosa, pesada.
Gabriel, aún en el suelo de la sala, con las rodillas recogidas al pecho, se sentía pequeño, como si se hubiera encogido hasta caber dentro del dolor.
Miguel lo observaba sin decir nada. No porque no tuviera nada que decir, sino porque sabía que ciertos dolores necesitan solo espacio para existir. Y pasar.
Hasta que Gabriel murmuró:
—No quería recordar… pero ahora no consigo parar.
Miguel frunció el ceño, pero no interrumpió.
Gabriel no lo miraba. Miraba sus propias manos. Como si cada línea en la piel escondiera una historia que pasó años evitando.
—Cuando era niño, yo creía que tenía algo malo —empezó—. Miraba a los chicos de la escuela y sentía… algo diferente. Y aquello me aterraba.
Tragó saliva.
—Una vez, con diez años, escribí el nombre de un compañero en el cuaderno con un corazón. La profesora lo vio. Se lo contó a mis padres.
Mi madre lloró. Mi padre… me encerró en el cuarto. Por horas.
Miguel permaneció inmóvil.
—Después de eso, todo se volvió culpa.
Cada vez que yo sonreía a alguien del mismo sexo, sentía como si estuviera pecando. Comencé a esconderme hasta de mí mismo.
La voz falló. Pero él continuó.
—En la escuela secundaria, me enamoré de un amigo. Él era gentil… y hetero. Yo lo sabía. Pero aun así… un día se lo conté.
Silencio.
—Él lo esparció. Toda la escuela se enteró. Me llamaban maricón, de sucio. Hasta los profesores me trataban diferente. Intenté quitarme la vida en aquella época. Me corté el brazo con un pedazo de vidrio en el baño.
Pero nadie se dio cuenta.
Miguel sintió el pecho oprimirse. Pero dejó que Gabriel siguiera.
—Mi familia… decía que era una fase. Oraba por mí. Me llevaban a la iglesia, para “curarme”.
¿Y yo?
Fingía estar curado. Porque dolía menos que ser rechazado.
Las lágrimas escurrían ahora. Calmadamente. Como si lloraran por años presos.
—Entonces decidí hacerme médico. Pensé: si cuido de los otros, tal vez nadie vea lo que estoy quebrado.
Un silencio largo se instaló.
Miguel, finalmente, habló:
—No estás quebrado, Gabriel.
Él rió, irónico, aún mirando al suelo.
—Me corto, Miguel. Me lastimo para no gritar. Y ni eso hago bien.
Miguel se arrodilló frente a él, en silencio.
Levantó despacio las mangas de la blusa de Gabriel, revelando marcas, nuevas y antiguas.
Toques leves.
Nada invasivo.
Solamente presencia.
—Eso no es flaqueza.
Es demasiado dolor en un solo cuerpo.
Gabriel cerró los ojos.
—¿Y si un día no aguanto más?
Miguel respondió bajo:
—Entonces yo voy a estar aquí. Para recordarte que no estás solo.
Gabriel levantó la mirada.
Miguel lo encaraba como nunca antes.
Sin frialdad.
Sin barreras.
Con miedo, tal vez.
Pero con verdad.
—No necesitas amarme, Miguel. Lo sé. Yo solo quería ser visto. Una vez en la vida.
Miguel no respondió.
Pero colocó la mano sobre el pecho de Gabriel, firme.
—Te estoy viendo ahora.
Todo tú.
Y aquello… fue más que cualquier “te amo” mal dicho.
Fue el inicio de algo nuevo.
De algo que aún dolía, pero no más solo.