Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 5 El frío que no se ve
Lo que se hace en silencio
Caelan salió del ala principal del ducado sin rumbo fijo.
No había decidido “hacer algo”. Solo sabía que quedarse quieto le hacía sentir que estaba aceptando, sin decirlo, todo lo que había escuchado en esa sala de mapas. El norte no necesitaba discursos; necesitaba manos. Y si no podía mover estructuras, al menos podía mover su propio cuerpo.
El aire estaba cargado de humedad cuando cruzó el portón lateral. No llevaba escolta. No quería ojos encima. Caminó por el sendero que se estrechaba hacia el valle bajo, siguiendo la lógica simple de que los lugares que más sufren suelen quedar fuera del camino principal.
El primer pueblo apareció como una mancha de madera oscura entre la bruma. Casas bajas, un granero con una pared reforzada a medias, humo débil saliendo de chimeneas cansadas. No era miseria absoluta, pero estaba cerca de volverse costumbre.
La gente lo miró con cautela. No con hostilidad, sino con esa prudencia que nace de no esperar demasiado de los forasteros.
—No vengo en nombre del ducado —dijo Caelan, levantando las manos en un gesto torpe de paz—. Solo… quería saber cómo están.
Un hombre de barba rala lo observó un segundo más de lo necesario.
—Eso dicen los que vienen a contar lo que no tenemos.
—No vengo a contar nada —respondió Caelan—. Vengo a escuchar.
No era una frase elegante. Pero era honesta.
Las palabras salieron de a poco. Cosechas pobres. Herramientas que se rompían y no se reemplazaban. Enfermos que se levantaban a trabajar igual. Caelan escuchó sin interrumpir, sintiendo cómo el peso de cada frase se le acomodaba en el pecho.
No tenía soluciones. Tenía presencia.
Ayudó a cargar sacos, sostuvo una venda mientras una curandera improvisaba un vendaje, compartió el pan que llevaba consigo. Nada heroico. Nada que cambiara el mundo. Pero, por unas horas, nadie se sintió invisible.
Cuando regresó al ducado, el cielo estaba gris y la ropa le pesaba con el cansancio.
Lo esperaba una reprimenda.
—No tenía autorización para sacar provisiones del almacén menor —dijo uno de los administradores, con voz seca—. Ha creado un precedente que no podemos permitir.
—No saqué del almacén principal —respondió Caelan—. Y no creé un precedente. Llevé mantas y algo de comida a un lugar que las necesitaba hoy.
—Las decisiones no se toman así —insistió el hombre—. Se toman con cabeza fría.
—La cabeza fría no abriga —replicó Caelan—. Las mantas sí.
No ganó la discusión. Lo sabía. Pero tampoco se retractó.
Esa noche, de vuelta en su habitación, el cansancio le pesaba en los hombros. Se sentó junto al ventanal y miró el camino que llevaba al valle bajo. No se sentía un héroe. Se sentía… menos inútil.
Y, en algún punto incómodo del pecho, se preguntó qué diría Blaise cuando se enterara.
No quería aprobación.
Pero la idea de decepcionarlo le dolía más de lo que quería admitir.
El norte seguía siendo frío.
Y Caelan empezaba a entender que no todo el frío venía del clima.