"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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Cosechando humillación
El edificio de la Constructora Rossi se alzaba en el centro del distrito financiero como un obelisco de cristal y acero. Para mi padre, fue el símbolo de décadas de esfuerzo; para Julián, era su patio de recreo; para mí, hoy, era el escenario de un funeral necesario.
Llegué en mi coche privado diez minutos antes de la hora señalada para la ejecución judicial del embargo. Me bajé luciendo un conjunto de dos piezas en color crema, gafas de sol oscuras y una expresión de serenidad imperturbable. Quería que todos me vieran: la esposa devota que venía a estar al lado de su marido en su "momento más difícil". La ironía me sabía a miel.
Al entrar en el vestíbulo, el aire estaba cargado de una tensión eléctrica. Los empleados susurraban en los pasillos, las secretarias evitaban mirar a la oficina principal y el sonido de las impresoras parecía el de una cuenta regresiva.
Subí al último piso. Al abrirse las puertas del ascensor, me encontré con la escena que tanto había soñado en mis noches de insomnio. Cuatro oficiales de justicia, acompañados por dos policías uniformados, estaban colocando precintos en los archivadores.
—¡Esto es un atropello! ¡Llamen a mi abogado principal ahora mismo! —El grito de Julián se escuchó desde su despacho.
Caminé hacia allí. Julián estaba de pie tras su enorme escritorio de caoba, el mismo desde el que solía dar órdenes con la arrogancia de un emperador. A su lado, Mónica intentaba desesperadamente arrebatarle unos documentos a uno de los oficiales.
—Señorita, por favor, retírese. Todo el material contable está bajo custodia del comité de licitación y la fiscalía —dijo el oficial con voz monótona.
—¡Mónica, haz algo! —rugió Julián. Su rostro estaba rojo, el sudor le perlaba la frente y el nudo de su corbata estaba deshecho.
—¡Julián! —exclamé, entrando en la habitación con el tono exacto de angustia fingida—. ¿Qué está pasando? He visto a la policía abajo...
Julián se giró hacia mí, y por un segundo, vi en sus ojos una súplica de ayuda que me dio una satisfacción casi física. Me tomó de las manos, apretándolas con una fuerza que buscaba consuelo.
—Valeria, gracias a Dios que estás aquí. Estos imbéciles dicen que tienen una orden para congelar todos los activos de la empresa debido a la "irregularidad" de ayer. ¡Alguien les dio información falsa y ahora quieren cerrarlo todo!
—Es terrible, amor —susurré, poniendo una mano sobre su hombro mientras observaba cómo un oficial empezaba a etiquetar su silla presidencial para el inventario—. ¿Cómo ha podido pasar esto? ¿No estaban los papeles en orden?
Mónica, que estaba en un rincón hablando por teléfono, me lanzó una mirada que habría matado a cualquiera. Ella no estaba comprando mi actuación. Sus ojos recorrieron mi ropa, mis joyas y mi calma.
—Los papeles estaban en orden hasta que alguien decidió que ya no lo estaban —dijo Mónica, acercándose a nosotros—. Julián, tenemos que sacar los archivos personales de la caja fuerte antes de que sellen la puerta del despacho.
—Demasiado tarde, señorita —dijo un oficial, colocando una cinta adhesiva amarilla a través de la caja fuerte empotrada en la pared—. Todo lo que hay en este despacho queda bajo llave hasta que el perito contable termine su revisión.
Julián golpeó el escritorio con el puño.
—¡Ese escritorio es mío! ¡Este edificio lleva el nombre de mi prometida!
—Llevaba, señor Rossi —corrigió el oficial—. Según el requerimiento judicial, debido a las deudas cruzadas y el posible fraude al Estado, los activos de la Constructora Rossi entran en un fideicomiso de administración hasta que se aclaren las cuentas.
Me alejé un poco, fingiendo que necesitaba sentarme en el sofá de cuero debido a la impresión. Desde mi posición, podía ver a Mónica. Estaba pálida, sus dedos danzaban nerviosos sobre su bolso de marca. Ella sabía que si los auditores encontraban las facturas infladas que ella misma había autorizado, no solo Julián iría a la cárcel.
—Julián... —dijo Mónica en un susurro urgente, jalándolo hacia un rincón del despacho—. La cuenta de las Islas Caimán. Si no movemos los fondos hoy, la fiscalía los rastreará mañana. Necesito el sello de la empresa y la firma de Valeria. Como ella es la heredera mayoritaria, solo su firma puede autorizar una transferencia de emergencia sin levantar sospechas en el banco central.
Julián me miró. Era la trampa que yo estaba esperando.
—Valeria, amor —se acercó a mí, arrodillándose para quedar a mi altura, imitando el gesto que Damián había hecho la noche anterior, pero sin ninguna de la autenticidad de este—. Necesito que me hagas un favor. Un último trámite para salvar lo que queda del patrimonio de tu padre. Mónica tiene unos papeles... solo una firma rápida para proteger nuestros ahorros.
Miré a Mónica. Ella sostenía un bolígrafo y un documento que intentaba ocultar bajo una carpeta. Era mi oportunidad. Si firmaba eso, estaría cometiendo un delito; pero si me negaba de forma demasiado directa, confirmarían su sospecha de que los estoy traicionando.
—¿Papeles? ¿Ahora? —pregunté, fingiendo confusión—. Julián, el oficial nos está mirando. No creo que sea legal firmar nada mientras ellos están aquí.
—¡No importa la legalidad ahora, Valeria! ¡Importa nuestra supervivencia! —siseó Julián.
—Déjame ver qué es, Mónica —estiré la mano hacia el documento.
Mónica dudó. Sus ojos se movieron rápidamente entre Julián y yo. Al final, me entregó el papel. Era una transferencia de poder total sobre mis acciones personales. No era para "proteger ahorros", era para que Julián y ella pudieran vaciar mis cuentas personales y huir si las cosas se ponían feas.
En ese momento, el oficial de justicia se acercó.
—Señor Rossi, debe abandonar el despacho. Vamos a proceder al cierre.
—¡Un momento! —gritó Julián.
Aproveché la distracción. Mientras Julián discutía con el oficial, deslicé el documento sobre la mesa, cerca de donde el oficial estaba colocando los sellos de lacre.
—¡Cuidado! —exclamé, "tropezando" accidentalmente y tirando mi bolso, lo que provocó que el documento de Mónica se mezclara con los papeles que el oficial estaba metiendo en una caja de evidencias—. ¡Oh, qué torpe soy!
—¡No! —gritó Mónica, lanzándose a recuperar el papel, pero el oficial fue más rápido y cerró la caja con una grapa metálica.
—Esto ahora es evidencia, señorita. Si es un documento importante, tendrá que solicitarlo a través del juez de instrucción —dijo el hombre con firmeza.
Mónica se quedó helada. Acababa de perder el documento que le habría dado el control de mi fortuna, y lo que es peor, ese documento ahora estaba en manos de la ley, demostrando que intentaron hacer un movimiento de acciones ilegal durante un embargo.
—¿Valeria, qué has hecho? —susurró Mónica, su voz temblando de rabia contenida.
—Lo siento, Mónica. Estoy tan nerviosa... mis manos no dejan de temblar —dije, mirándola fijamente a los ojos. Vi cómo sus pupilas se dilataban. Ella lo sabía. Sabía que no había sido un accidente.
Julián, ciego por su propio pánico, no se dio cuenta del juego. Solo vio que habían perdido el papel.
—¡Maldita sea! —Julián me tomó del brazo, pero esta vez su agarre fue interrumpido—. Vámonos de aquí. No podemos hacer nada más. Mónica, llama al coche. Nos vamos al piso franco. Valeria, vienes con nosotros. No te voy a dejar sola para que metas la pata otra vez.
—Pero Julián, mis cosas en la mansión...
—¡He dicho que vienes con nosotros! —me gritó frente a todos.
Salimos del edificio bajo una lluvia de flashes de los paparazzi. Julián ocultaba su rostro, Mónica caminaba con la cabeza alta y una furia asesina, y yo caminaba detrás, con la cabeza baja, ocultando la sonrisa que amenazaba con romper mi máscara.
Al subir al coche, mi teléfono vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Era un mensaje de Damián.
"He visto la salida. Los oficiales me han informado del 'accidente' con el documento. Brillante. Estás entrando en el nido de la víbora ahora. No comas nada que no hayas preparado tú misma. Te sigo de cerca."
El coche arrancó, alejándonos de los restos de la Constructora Rossi. Miré por la ventana trasera y vi a Damián de pie en la acera opuesta, observando cómo el coche se alejaba.
Julián estaba sentado a mi izquierda, maldiciendo en voz baja. Mónica a mi derecha, en un silencio sepulcral que era mucho más peligroso que cualquier grito. Estábamos yendo al piso franco. Un apartamento blindado en las afueras donde ellos se sentían seguros, pero que para mí sería el lugar donde los vería devorarse el uno al otro.
—Te vas a arrepentir de haber venido hoy, Valeria —susurró Mónica tan bajo que Julián no pudo oírla.
—Oh, Mónica —respondí en el mismo tono—, no tienes idea de cuánto tiempo he estado esperando este viaje.