En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.
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Capítulo 05
El sol de la mañana se filtraba por las persianas de seguridad del ático de Clara, dibujando líneas de luz y sombra sobre los planos extendidos en la mesa de roble. No había dormido más de tres horas, pero la adrenalina era un combustible más potente que cualquier café. La gala de la noche anterior había sido el prólogo; hoy, el libro de la caída de Julián y los Beltrán se empezaría a escribir con tinta indeleble.
Esteban entró en la sala con una tableta en la mano, su rostro reflejaba la seriedad de quien sabe que está a punto de cruzar un punto de no retorno.
—Las cuentas de las empresas fachada de los Beltrán en las Islas Vírgenes han sido congeladas temporalmente por una investigación de "lavado de activos" que enviamos de forma anónima a la fiscalía —informó Esteban, una pequeña sonrisa de satisfacción asomando en sus labios—. Julián está intentando mover fondos para pagar el cargamento que llega al puerto esta noche, pero el sistema le rechaza las firmas.
Clara se levantó, caminando hacia el gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad que ella, y solo ella, gobernaba desde las sombras. Se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la mañana a través de su bata de seda negra.
—¿Y el Ministro? —preguntó ella, su voz era un susurro gélido.
—Ha cumplido su parte —respondió Esteban—. Ha ordenado una inspección sorpresa de Sanidad y Aduanas en el Sector 4 del puerto. Justo donde Julián planeaba descargar la mercancía de los Beltrán. Están atrapados, jefa. Tienen el producto en el agua y no tienen dónde desembarcarlo sin ser arrestados.
Clara cerró los ojos un segundo, saboreando la pequeña victoria. Pero sabía que esto era solo el inicio. Julián era como una rata acorralada: peligroso y dispuesto a morder si no se le asfixiaba adecuadamente.
—No es suficiente, Esteban —dijo ella, girándose con una mirada que habría hecho temblar a hombres más fuertes—. Quiero que Julián sienta que el suelo se desvanece bajo sus pies. Llama a Gabriel. Dile que es hora de que sus "Fantasmas" hagan su aparición. Quiero que el convoy de seguridad privada de Julián sea interceptado. No quiero muertos todavía, solo quiero que pierda su protección. Quiero que se sienta solo.
El teléfono de Clara vibró sobre la mesa. El nombre en la pantalla hizo que su mandíbula se tensara: *Julián*.
Hizo una seña a Esteban para que guardara silencio y contestó.
—¿Sí? —Su voz era monótona, desprovista de cualquier rastro de la furia que la quemaba por dentro.
—¡Clara! —La voz de Julián sonaba frenética, el eco de su arrogancia de la noche anterior se había desvanecido—. Algo está pasando. Las cuentas de la logística... hay un bloqueo. Y el puerto está lleno de federales. ¿Tienes algo que ver con esto?
—¿Yo, Julián? —Clara soltó una risa seca, cargada de una ironía venenosa—. Según tú, yo ya no soy el rostro de Mendoza Logistics. Soy solo una "consultora externa" que se ha vuelto demasiado cautelosa, ¿no? Si tienes problemas con tus nuevos socios, deberías resolverlos con ellos.
—¡No juegues conmigo! —gritó él al otro lado de la línea—. Los Beltrán están furiosos. Creen que los estoy traicionando. Si esto no se soluciona en dos horas, vendrán por mí. ¡Diles que se detengan! Sé que el Ministro te escucha a ti.
—Lo que los Beltrán hagan contigo no es mi problema —respondió Clara, disfrutando de cada miligramo de desesperación en la voz del hombre que había dormido en su cama mientras planeaba su ruina—. Tú elegiste este camino, Julián. Pensaste que el poder era solo sentarse en una silla cara y sonreír a la prensa. El poder real es el que te permite asfixiar a alguien sin siquiera tocarlo. Y tú, cariño, ya no puedes respirar.
Colgó sin esperar respuesta. Se sintió extrañamente vacía por un momento, un eco del amor que alguna vez sintió por él resonando en las paredes de su memoria. Pero el vacío fue rápidamente llenado por el calor de la ambición. Había sido traicionada, sí, pero esa traición le había devuelto la claridad que el romance le había nublado.
Dos horas después, Clara se encontraba en un almacén abandonado a las afueras de la ciudad. El lugar olía a aceite de motor y polvo. Gabriel Silva la esperaba allí, apoyado en su Jeep blindado, jugando con una navaja automática.
—Tu chico está llorando en su oficina —dijo Gabriel al verla llegar—. Mis hombres se encargaron de sus guardaespaldas. Fue fácil, Clara. Eran mercenarios de alquiler, no tenían lealtad. En cuanto vieron a los "Fantasmas", entregaron las llaves y las armas.
—¿Dónde está Julián ahora? —preguntó ella, ajustándose la chaqueta de cuero.
—Está escondido en tu antigua casa de campo. Cree que es el único lugar donde los Beltrán no lo buscarán. Es un estúpido —Gabriel se acercó a ella, su presencia era una presión física que Clara ya no intentaba evitar—. Los Beltrán ya enviaron a un equipo de limpieza hacia allá. Creen que él les robó el dinero de las cuentas bloqueadas.
El corazón de Clara dio un vuelco. No por preocupación por Julián, sino porque si los Beltrán lo mataban ahora, ella perdería la oportunidad de recuperar la información que él había extraído de sus servidores privados.
—No pueden matarlo. No todavía —dijo ella con urgencia—. Necesito los códigos de acceso que él cambió. Si muere, Mendoza Logistics queda bloqueada legalmente por meses. Gabriel, tenemos que llegar antes que ellos.
Gabriel sonrió, una expresión que era mitad admiración y mitad peligro.
—Siempre pensando en el negocio, incluso cuando tu ex está a punto de convertirse en abono para el jardín. Me gustas así, Clara. Directa y despiadada.
—Súbete al coche, Gabriel —ordenó ella, ignorando el cumplido y el tono sugerente—. Esteban, quédate aquí y monitorea las frecuencias de la policía. Si algo sale mal, borra todo lo que hay en este servidor.
El trayecto hacia la casa de campo fue un silencio tenso, solo roto por el rugido del motor. Clara conducía, sus manos apretando el volante con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. A su lado, Gabriel la observaba con una intensidad que la hacía sentir incómoda y viva al mismo tiempo.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de todo esto? —dijo Gabriel de repente, rompiendo el silencio—. Que ese tipo tuvo lo que yo siempre quise y lo tiró a la basura por un poco de dinero de los Beltrán.
Clara no lo miró. No quería ver la verdad en sus ojos.
—¿Y qué es lo que "siempre quisiste", Gabriel? ¿Mi imperio?
—No —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que rozó la oreja de Clara—. El imperio puedo construirlo yo solo. Lo que yo quería era la mujer que es capaz de dirigirlo. Pero tú siempre estuviste demasiado ciega con ese idiota para darte cuenta de quién estaba realmente a tu nivel.
Clara sintió un nudo en la garganta. La vulnerabilidad de la noche anterior en el balcón amenazaba con volver.
—Este no es el momento para esto, Gabriel. Estamos yendo a una zona de guerra.
—Es el momento perfecto —replicó él—. Porque después de hoy, ya no habrá máscaras. Ni para ti, ni para mí.
Llegaron a la propiedad justo cuando el sol comenzaba a declinar, tiñendo el cielo de un naranja violento. Una camioneta negra estaba estacionada frente a la entrada principal. Los hombres de los Beltrán ya estaban dentro.
Clara sacó su Sig Sauer del compartimento de la puerta. Revisó el cargador con un movimiento experto, su rostro transformándose en la máscara de "La Sombra". El miedo se había ido; solo quedaba la precisión.
—Entramos por la parte de atrás —instruyó ella—. Tú te encargas de los dos que están en la puerta. Yo voy por Julián. Si alguien se interpone, no dudes.
—Nunca dudo, jefa —dijo Gabriel, bajando del coche con la agilidad de un depredador.
El intercambio de disparos fue breve y sordo, silenciado por los supresores. Clara se movió a través de la casa que una vez fue su refugio, viendo los cristales rotos y los muebles volcados. En la biblioteca, encontró a Julián. Estaba de rodillas, con el rostro ensangrentado y un cañón de una pistola presionando su sien. Un sicario de los Beltrán lo sujetaba por el cabello.
—¡Sueltalo! —gritó Clara, su voz resonando con una autoridad que detuvo el tiempo en la habitación.
El sicario se giró, sorprendido de ver a la "débil empresaria" apuntándole con una calma aterradora. Antes de que pudiera reaccionar, una bala disparada por Gabriel desde la puerta le atravesó el cráneo, salpicando a Julián de sangre.
Julián cayó al suelo, sollozando, temblando como una hoja. Miró a Clara con ojos suplicantes.
—¡Clara! ¡Me salvaste! Sabía que me amabas, sabía que no podías dejar que me hicieran esto...
Clara caminó hacia él, sus tacones resonando contra el parqué con una cadencia mortal. Se detuvo frente a él y, sin decir una palabra, le propinó una bofetada que lo lanzó de nuevo al suelo.
—No te confundas, Julián —dijo ella, inclinándose para que él pudiera ver la oscuridad absoluta en sus ojos—. No te salvé porque te ame. Te salvé porque eres de mi propiedad, y nadie destruye lo que es mío antes de que yo termine de usarlo.
Gabriel entró en la habitación, limpiando su arma con un pañuelo. Miró a Julián con desprecio y luego a Clara con una chispa de deseo mal disimulado.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó Gabriel.
Clara miró a Julián, que seguía llorando en el suelo, la viva imagen de la miseria humana. Sentía asco, pero también una satisfacción embriagadora. Había recuperado el control. El juego del poder estaba en sus manos nuevamente, y esta vez, no habría piedad para nadie.
—Llévalo al sótano del almacén —ordenó Clara—. Necesito esos códigos. Y después... después dejaré que tú decidas qué hacer con los restos.
Salió de la casa sin mirar atrás, sintiendo el aire fresco de la noche en su rostro. La traición había sido el catalizador de su renacimiento. Había tomado decisiones audaces, había recuperado su terreno y había demostrado que "La Sombra" era más poderosa que nunca. Pero mientras caminaba hacia su coche, sintió la mirada de Gabriel clavada en su espalda. Sabía que la alianza con él era un fuego que podía calentarla o consumirla. Y por primera vez en su vida, Clara Mendoza estaba dispuesta a jugar con el fuego solo para ver qué tan brillante podía ser el incendio.