Daniel es un joven marcado por traumas infantiles profundos. Vive emocionalmente anestesiado hasta que aparece una entidad desconocida que le ofrece un trato:
olvidar el dolor y purificar su alma… a cambio de cumplir misiones en distintos mundos.
Pero hay una trampa elegante:
no puede borrar su pasado hasta volverse digno de hacerlo.
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El lugar donde el dolor no hace ruido
Capítulo I — El lugar donde el dolor no hace ruido
Daniel aprendió temprano que el silencio podía ser más cruel que los gritos.
No lo entendió de niño. Entonces solo pensaba que las casas debían sonar así: cucharas golpeando platos sin conversación, pasos que evitaban encontrarse, puertas cerrándose con una suavidad demasiado cuidadosa para no despertar algo peor.
El mundo nunca se rompía de golpe.
Se desgastaba lentamente.
A los diez años descubrió que llorar no cambiaba nada.
A los doce dejó de hacerlo.
Después de eso, los días comenzaron a parecer iguales, como páginas repetidas de un libro que nadie quería terminar. Iba a la escuela, volvía, comía lo necesario y dormía lo suficiente para seguir existiendo. No recordaba cuándo había sido la última vez que sintió entusiasmo por algo.
No tristeza.
Eso habría sido demasiado intenso.
Solo vacío.
El vacío era cómodo. No exigía nada.
Esa noche, sin embargo, algo cambió.
Daniel caminaba solo por la calle cuando las luces comenzaron a apagarse una por una detrás de él. No fue inmediato. Primero una lámpara, luego otra, como si la oscuridad avanzara con paciencia.
Pensó que era un corte eléctrico.
Siguió caminando.
El aire se volvió extraño, espeso, como antes de una tormenta. Los sonidos desaparecieron: autos, perros, viento. Incluso sus propios pasos parecían no tocar el suelo.
Entonces se detuvo.
Porque frente a él ya no estaba la calle.
El asfalto terminaba abruptamente en un espacio blanco infinito, sin horizonte ni cielo. No había frío ni calor. No había olor. Era un lugar sin mundo.
Daniel no gritó.
Solo suspiró, cansado.
—Supongo que ya me morí —murmuró.
Una voz respondió detrás de él.
—No exactamente.
No era una voz masculina ni femenina. Tampoco venía de un punto específico. Existía alrededor suyo, como si el espacio hablara.
Daniel no se giró enseguida.
—Si esto es un sueño —dijo—, preferiría despertarme.
—No estás soñando. Tampoco estás muerto. Estás… detenido.
Eso le pareció absurdo, pero nada en su vida reciente tenía demasiado sentido de todos modos.
Finalmente miró atrás.
No vio un cuerpo.
Solo una figura difusa hecha de luz tenue, como si alguien hubiera intentado dibujar una persona y luego hubiera borrado los bordes.
—Daniel —dijo la entidad—. Has vivido cargando recuerdos que tu mente ya no puede sostener.
Él frunció el ceño.
—¿Sos psicólogo o algo así?
La figura pareció inclinarse ligeramente, casi divertida.
—Puedo ofrecerte algo que los humanos no pueden.
Silencio.
—Olvidar.
La palabra cayó pesada.
Daniel sintió algo moverse dentro de su pecho, una reacción vieja, casi olvidada.
—¿Todo?
—El dolor. Las heridas. La culpa. Todo aquello que te mantiene atado.
Por primera vez, dudó.
Olvidar significaba alivio.
También significaba perder lo poco que quedaba de sí mismo.
—¿Y qué querés a cambio? —preguntó finalmente.
La luz se intensificó apenas.
—Trabajo.
Daniel soltó una risa corta y seca.
—Claro. Incluso después de morir hay tareas.
—Atravesarás mundos —continuó la entidad—. Lugares contaminados por deseos, errores y sufrimiento humano. No debes salvarlos. No debes cambiarlos. Solo existir en ellos y cumplir las misiones asignadas.
—¿Y después?
—Serás purificado.
Una pausa.
—Primero el cuerpo.
Luego la mente.
Finalmente el alma.
Daniel bajó la mirada hacia sus manos. No temblaban. Nada en él reaccionaba como debería.
Eso fue lo que lo convenció.
No sentía miedo.
Ni esperanza.
Solo cansancio.
—Si acepto… ¿deja de doler?
La entidad respondió sin dudar.
—Con el tiempo, sí.
Daniel cerró los ojos.
Pensó en recuerdos que no quiso nombrar. En noches largas. En palabras que aún pesaban aunque nadie las repitiera ya.
Exhaló lentamente.
—Está bien —dijo—. Acepto.
El mundo blanco se quebró como vidrio.
La gravedad regresó de golpe.
El aire volvió a sus pulmones con violencia y el suelo desapareció bajo sus pies.
Mientras caía hacia una oscuridad profunda, la voz habló una última vez:
—Primera misión iniciada.
Y por primera vez en años, Daniel sintió algo parecido al miedo.
No por caer.
Sino porque, en algún lugar muy dentro suyo, una parte pequeña y olvidada deseaba sobrevivir.