El Hospital Bernet siempre ha sido un lugar de segundas oportunidades… pero también de secretos que nunca sanaron.
Después de años lejos, Claudia Borges regresa para trabajar como interina, acompañada de su pequeña hija. Todos creen que la niña es hija de Agustín Murillo, su novio fallecido en un accidente.
Todos… menos alguien.
El doctor Osmán Bernet, hermano gemelo de Agustín, carga con un estigma que no merece: fue señalado como el villano de la historia, el que “arruinó” la relación de su hermano, el que siempre estuvo un paso detrás. Pero solo él conoce la verdad… o parte de ella.
Porque aquella noche en que Agustín la abandonó enferma, fue Osmán quien la cuidó.
Fue Osmán quien la sostuvo bajo el agua tibia.
Fue Osmán quien escuchó su llanto, su fiebre, su ruego…
Y fue a él a quien Claudia entregó su cuerpo sin saber que no era Agustín.
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Sentimientos...
Minutos antes…
—¿Qué sucedió?
Osmán seguía el auto de Manuel y lo vio detenerse con brusquedad.
Ese imbécil… ¿no sabe que ella está herida?
El joven también se detuvo y, cuando el otro vehículo retomó la marcha, volvió a seguirlo. No sabía que Claudia había sonreído unos instantes antes, ni que esa sonrisa se fue apagando poco a poco, hasta que terminó desmayándose.
Los siguió hasta el hospital y vio a Manuel correr en busca de atención.
—Maldición…
Por suerte, notó que ella no se movía. Bajó con prisa y corrió hacia el auto; al abrir la puerta, la vio desmayada.
—Ese bastardo no pudo llevarla.
Osmán la cargó en brazos hasta encontrar una camilla. Su preocupación se centró en la sangre que manchaba su ropa.
—¡Osmán…! —Manuel se quedó paralizado frente a la camilla vacía que había conseguido—.
¿Esto sucedió cuando frenaste de esa manera?. ¿No es así?
—¿Nos seguiste?
Ahora era Manuel quien los seguía, pero Osmán no se detuvo; corría hacia urgencias para revisar la herida.
—Por supuesto que la seguía… a ella, no a ti.
En ese momento se dio cuenta de que era la segunda vez que la salvaba por seguirla.
—¿Quién te has creído? —Manuel intentó detenerlo.
—¡Suéltame! Claudia me necesita.
Osmán cerró las cortinas del cubículo y, al revisar la herida, confirmó lo peor: era grave. El desmayo había sido provocado por la pérdida de sangre.
—Necesito sangre O negativo… llévenla al quirófano.
Silvia, trae a la doctora mientras yo me pongo la bata… prepárenla para volver a limpiar la herida, está totalmente expuesta.
Cuando Osmán salió, lo vio allí.
¡Pum!
Un golpe impactó en el rostro de Manuel.
—Eres un imbécil… Bernet agitó su mano después del golpe lanzado, si a él le dolió a Manuel aún más.
No te debo explicaciones... Manuel se limpió la sangre de su nariz.
Pero el doctor Bernet no perdió más tiempo y corrió a cambiarse. Creyó que Murillo se iría, pero seguía ahí.
—Lárgate de aquí…
Está vez, no se detuvo. Entró directo al quirófano.
Una vez con los guantes puestos, se encargó de limpiar la herida de Claudia. Los enfermeros colocaron la vía por donde comenzó a pasar la sangre.
Claudia luchaba por su vida, por seguir en este mundo junto a su hija, mientras que Patrick luchaba por sacarla del hospital.
—¿Cómo es posible que ella esté trabajando aquí? ¿Cómo no me di cuenta de que era ella?
Los gritos los recibió su secretaria.
—Señor, usted mismo aceptó esa ficha… dijo que ella era buena.
—Debiste haber leído bien ese nombre. Claudia Borges… ¿acaso existen dos en este mundo?
—Por supuesto que no. No la asocié con ella, se lo juro…
—No jures nada.
El hombre lanzó el expediente sobre el escritorio.
—No quiero que trabaje más aquí. Despídela de inmediato.
—No podemos, señor. Tiene licencia médica; resultó herida de bala.
—Eso no importa. Paga lo que tengas que pagar. Saca a esa mujer de aquí. Fue Claudia quien provocó el accidente donde murió mi hijo.
Gritó y se encerró en su oficina. El hombre seguía con la misma cantaleta, culpándola de aquella desgracia.
Mientras tanto, Claudia permanecía en una camilla, en manos del mejor doctor del hospital.
Osmán terminó de suturar la herida y miró a Silvia.
—He terminado. Ahora la llevaremos a la misma sala donde estuvo antes.
La doctora lo observó desconcertada; su mirada reflejaba confusión.
—¿Por qué se preocupa tanto por ella? La doctora Borges es solo una compañera más de trabajo.
—Silvia, ven conmigo —ordenó.
—Como diga, señor… pero ¿puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
Osmán no lo vio venir.
—Ella significa algo para ti.
Al hacer la pregunta, la voz de Silvia flaqueó.
—Te das cuenta de que no eres la persona indicada para hacer esa pregunta. No hablemos de esto frente a ella.
Bernet avanzó empujando la camilla.
—¡Sí le importa! —insistió Silvia, mirando su espalda—. Por eso no quiere hablar.
Nunca lo había visto así. Mientras suturaba la herida, sudaba y sus manos temblaban. Entonces lo entendió: le importaba ella.
Las horas transcurrieron con normalidad, una tarde ajetreada en urgencias.
Y con la ausencia de Osmán, los médicos tuvieron aún más trabajo.
Él no dejó sola a Claudia; se quedó a su lado.
No sé por qué te seguí aquel día… ni por qué lo hice hoy. Solo sé que no quiero verte así. Quiero que vuelvas, que regreses a ser la competencia. Todo aquí es tan aburrido sin tu presencia.
La luz iluminaba su mirada incandescente.
Llevo días preguntándome qué pasará si te enteras de todo.
Fue una traición de Agustín, pero también fue mi culpa por callar y quedarme.
Jamás pensé que aquel día podría pasar algo tan lindo.
Osmán disfrutó cada momento y, si su padre no la hubiera alejado de allí, quizá la habría buscado para decirle toda la verdad.
Natalia es muy hermosa… se parece a mí y a mi madre.
Le devolviste sentido a mi vida, una vida que creía arruinada. Y como se lo dije a mi padre, no voy a permitir que se metan contigo ni con ella. Eres su madre… y ella sufriría si te pierde.
Osmán era un hombre que nunca mostró sus sentimientos. Su padre siempre prefirió a su hermano; su madre fue la única que lo comprendió, pero murió, y desde entonces se sentía solo.
Creía que lo que sentía era únicamente porque ella era la madre de Natalia.
Se perdió tanto en sus pensamientos que terminó quedándose dormido en el sofá frente a la cama de Claudia.
Cuando Silvia llegó, lo encontró exhausto.
—Ha trabajado demasiado últimamente…
Se acercó y le acarició la mejilla.
—Corazón, ve a descansar. Hoy era tu día libre —susurró.
—Mmm… El joven abrió los ojos con pesadez.
—No quiero ir a casa…
Su mirada volvió a posarse sobre su paciente.
—No ha despertado. Es mejor así.
Era evidente que Osmán estaba agotado: había doblado guardia y ese era su día de descanso.
—Silvia, ¿puedes cuidarla un rato? No tardaré mucho.
—¿No te irás a casa? Osmán, por favor, piensa en ti…
Los ojos de la doctora ardieron.
—Sé que me veo cansado… y lo estoy. Pero necesito saber que ella está bien.
—¿Por qué te preocupa tanto?
Un dolor punzante atravesó el pecho de Silvia.
—Te lo contaré… ella era mi cuñada, la novia de mi hermano. Mi padre no la quiere en absoluto, y a esta hora ya debe saber que trabaja aquí. Sin embargo, no sabe que está herida. No puedo permitir que intente nada contra ella. Osmán también quiso creer lo que dijo, pero sus sentimientos van más allá de eso.
—Comprendo… —respondió Silvia con sinceridad—. Cuenta conmigo. La cuidaré y te ayudaré en lo que pueda.
Era también su manera de enseñarle que podía confiar en ella.
Osmán sabía que podía contar con Silvia.
Con eso, salió del lugar.
los padres nunca deben tener favoritos 😭😭😭😭😭😭