¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Cuando el dinero no alcanza
Nyssa Johnson había aprendido a estirar el dinero.
Lo que todavía no había aprendido era cómo estirar un sueldo que ya no existía antes de llegar a sus manos.
Aquella mañana estaba sentada a la mesa de la cocina, con varias facturas desparramadas delante de ella y la calculadora del teléfono abierta.
Sumó los números una vez.
Después otra.
El resultado no cambió.
—Mierda…
Se pasó las manos por la cara y dejó caer la cabeza hacia atrás.
El alquiler estaba atrasado. La financiera llevaba días reclamando el pago. Debía dinero en la farmacia y, la tarde anterior, una empleada del hospital le había explicado que necesitaba regularizar parte de la cuenta para garantizar la continuidad de la internación de su madre.
No le habían dicho que fueran a echarla de inmediato, pero Nyssa había escuchado suficiente para entender que la situación era grave.
Su madre necesitaba cuidados constantes. No podía llevársela a casa y fingir que todo estaría bien. No tenía los recursos, los medicamentos ni los conocimientos necesarios para atenderla.
Y, aun así, el dinero seguía siendo un problema.
Como si la enfermedad no fuera suficiente.
Nyssa miró la hora y se levantó de golpe. Ale tenía que desayunar antes de ir a la escuela.
Preparó dos tostadas, calentó un poco de leche y dejó todo sobre la mesa.
—¡Ale! ¡A levantarse!
—Cinco minutos más…
—Te doy dos.
—¡Eso no es justo!
—La vida tampoco, cariño. Arriba.
El pequeño apareció poco después, arrastrando los pies y frotándose los ojos.
Nyssa le sonrió mientras le servía la leche.
—Hoy tenemos una prueba de matemáticas —anunció él.
—¿Y estudiaste?
Ale se quedó callado.
Ella alzó una ceja.
—Alejandro Johnson.
—¡Sí estudié! Un poquito.
Nyssa soltó una carcajada.
—Bueno, entonces espero que ese poquito te alcance.
Lo ayudó a preparar la mochila y revisó que llevara los cuadernos necesarios. Cuando terminó, lo acompañó hasta la puerta, donde la vecina que solía llevarlo a la escuela ya los esperaba.
Ale la abrazó por la cintura.
—¿Vas a venir a buscarme hoy?
Nyssa le acarició la mejilla.
—Voy a intentarlo, mi amor.
—Siempre decís eso.
La culpa le apretó el pecho.
—Lo sé. Y voy a hacer todo lo posible para estar.
Ale aceptó la respuesta con la resignación de un niño que empezaba a acostumbrarse a las ausencias de su hermana.
Cuando se marchó, Nyssa se quedó mirando la puerta cerrada unos segundos.
Después recogió las tazas y se preparó para ir a trabajar.
No había desayunado.
No tenía hambre, se dijo.
Era mentira.
En el restaurante, las cosas tampoco mejoraban.
Nyssa llevaba dos turnos seguidos y había conseguido comer únicamente las sobras que el personal podía llevarse al final de la jornada. Un poco de pasta, media porción de pollo y pan del día anterior.
No se quejaba.
La comida era comida, y en casa podía preparar algo para Ale sin tener que gastar lo poco que quedaba en la despensa.
—¿No vas a llevarte nada más? —preguntó una compañera mientras guardaba los recipientes.
Nyssa negó con la cabeza.
—Con esto me alcanza.
—Estás demasiado flaca.
—Siempre fui así.
—No, querida. Siempre fuiste alta y flaca. Ahora parecés un fantasma con uniforme.
Nyssa rio, aunque sabía que su compañera no estaba del todo equivocada.
Había perdido peso. Dormía mal, se alimentaba peor y vivía con una tensión constante que le impedía relajarse incluso cuando llegaba a casa.
Pero no podía darse el lujo de enfermarse.
Si ella faltaba al trabajo, nadie pagaba las cuentas.
Y si nadie pagaba las cuentas, su madre podía perder el acceso a los cuidados que necesitaba.
Así de sencillo.
Así de cruel.
Al salir del restaurante, Nyssa se detuvo frente a la puerta.
La calle estaba oscura y el aire frío le rozaba las piernas. Podía tomar el camino habitual hasta la parada del autobús, pero llevaba varios días evitando esa ruta.
El prestamista conocía su dirección.
Sabía dónde trabajaba.
Y, después de aquella visita, Nyssa había comenzado a mirar por encima del hombro cada vez que alguien caminaba demasiado cerca.
No quería vivir con miedo.
Pero lo tenía.
Recordaba perfectamente la forma en que aquel hombre le había sujetado la mejilla, la tranquilidad con la que había insinuado que podía cobrarle de otra manera y la expresión de su rostro cuando ella le pidió más tiempo.
Desde entonces, cada golpe en la puerta le aceleraba el corazón.
Cada automóvil que reducía la velocidad cerca de ella le provocaba un escalofrío.
Y cada vez que tenía que regresar sola a casa, se preguntaba si volvería a encontrarlo esperándola.
Nyssa sacó el teléfono y llamó a su compañera.
—¿Podés quedarte conmigo un momento?
—Claro. ¿Qué pasó?
—Nada. Solo… ¿podés acompañarme hasta la parada?
Hubo un breve silencio.
—¿Es por el tipo que fue a tu casa?
Nyssa cerró los ojos.
No le había contado todos los detalles, pero su compañera había notado el miedo en su rostro cuando llegó al trabajo al día siguiente.
—Sí.
—Nyssa, tenés que denunciarlo.
—¿Y qué les digo? ¿Que debo dinero y que me amenazó? ¿Y si aparece mientras estoy en el hospital? ¿Y si se acerca a Ale?
—No podés dejar que te haga esto.
—No estoy dejando que haga nada.
Su respuesta salió más brusca de lo que pretendía.
Nyssa se frotó la frente.
—Perdón. Estoy cansada.
—Lo sé, cariño. Voy para allá.
Cuando su compañera llegó, Nyssa sintió una vergonzosa oleada de alivio.
No debería necesitar que alguien la acompañara para caminar unas pocas calles.
Pero aquella noche lo necesitaba.
Durante el trayecto hablaron de cosas sin importancia. Del trabajo, de un cliente insoportable, de una serie que su compañera estaba viendo.
Nyssa agradeció que no le hiciera más preguntas.
Al llegar a su edificio, se despidió de ella y subió rápidamente las escaleras.
Revisó el pasillo antes de abrir la puerta.
Vacío.
Entró, cerró con llave y apoyó la espalda contra la madera.
Solo entonces respiró con normalidad.
Ale estaba sentado en el suelo, dibujando con los lápices de colores que ella le había comprado meses atrás.
—¡Nyssa!
Corrió a abrazarla.
Ella dejó el bolso y lo levantó en brazos, aunque los músculos le dolieron por el esfuerzo.
—¿Cómo estuvo mi chico?
—Bien. Saqué un ocho en la prueba.
Nyssa abrió los ojos.
—¿Un ocho? ¡Ale, eso es buenísimo!
—La señorita dijo que si estudio más puedo sacar diez.
—Entonces vamos a estudiar más.
Ale sonrió y volvió a su dibujo.
Nyssa fue a la cocina. Había una pequeña porción de comida en la heladera, suficiente para él.
La calentó, lo sentó a la mesa y esperó a que terminara de cenar.
—¿Vos no comés? —preguntó el niño.
—Comí en el trabajo.
Ale la miró fijamente.
Nyssa suspiró.
—¿Qué pasa ahora?
Él partió un pedazo de pan y se lo tendió.
—Tomá. Para después.
Ella sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
Aceptó el pan y le revolvió el cabello.
—Gracias, mi amor.
Cuando Ale terminó, lo ayudó a lavarse los dientes y lo acostó. Se quedó a su lado hasta que se durmió, escuchando su respiración tranquila.
Después fue a la cocina y abrió la heladera.
Vacía, salvo por una botella de agua, un poco de leche y los ingredientes que había reservado para el desayuno de su hermano.
Nyssa cerró la puerta.
No iba a quitarle comida a Ale.
No iba a permitir que su hermano pasara hambre por culpa de una situación que ni siquiera podía comprender.
Se sentó a la mesa con el teléfono en la mano y abrió el mensaje del hospital.
La fecha límite para regularizar el pago se acercaba.
Intentó llamar a la oficina administrativa, pero ya estaba cerrada.
Volvió a revisar su cuenta bancaria.
Ciento ochenta y tres.
Ni siquiera alcanzaba para cubrir una parte importante de la deuda.
Nyssa dejó el teléfono sobre la mesa y se cubrió el rostro.
Lloró sin hacer ruido, con los hombros temblándole y el estómago vacío.
No sabía qué más hacer.
Había trabajado hasta que le dolían las piernas. Había renunciado a estudiar, a salir, a comprarse ropa, a intentar ser modelo. Había aprendido a vivir con lo mínimo y a fingir que no le faltaba nada.
¿Y para qué?
Las cuentas seguían acumulándose.
Su madre seguía enferma.
Y ahora tenía miedo de salir de su propia casa.
Nyssa levantó la cabeza cuando escuchó a Ale moverse en el dormitorio. Se secó las lágrimas rápidamente y esperó hasta comprobar que seguía dormido.
Después volvió a mirar el teléfono.
Pensó en pedir otro préstamo.
La idea le revolvió el estómago. Sabía que solo estaría cavando un agujero más profundo, pero no conseguía encontrar otra salida.
Necesitaba dinero.
Mucho más del que podía ganar trabajando tres empleos.
Y lo necesitaba pronto.
Nyssa apoyó los codos sobre la mesa y apretó los labios, intentando controlar el temblor de sus manos.
No quería caridad.
No quería deberle nada a nadie.
Solo quería que su madre recibiera los cuidados que necesitaba, que Ale pudiera seguir yendo a la escuela sin preocuparse por los problemas de los adultos y que, alguna vez, ella pudiera dormir una noche entera sin despertarse aterrorizada.
No pedía una vida perfecta.
Solo una oportunidad para dejar de sentir que todo estaba a punto de derrumbarse.
Y, por primera vez, Nyssa empezó a preguntarse cuánto más podría soportar antes de que su propia fuerza dejara de ser suficiente.