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Lazos De Hierro Y Terciopelo

Lazos De Hierro Y Terciopelo

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:839
Nilai: 5
nombre de autor: luisanyelis

trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas

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Capítulo 4: El Territorio Marcado

Tres meses después de la gala, la rutina universitaria se había convertido en un campo de batalla silencioso. Ethan, de 18 años, ya era una leyenda urbana en el campus de la Universidad de Saint George. Sus notas eran perfectas, pero su reputación era la de un hombre de hielo. Se decía que no hablaba con nadie que no tuviera un apellido de al menos tres generaciones de riqueza, y que sus guardaespaldas, que siempre esperaban en la entrada de la facultad de negocios, tenían órdenes de no dejar que nadie se acercara a más de un metro de él.

Sin embargo, el verdadero foco de su atención no eran los libros, sino el edificio de Artes y Humanidades, donde Elena, de 17 años, cursaba su último año preparatorio antes de entrar a la carrera de Diseño.

Era una mañana fría de noviembre. La niebla se arrastraba entre los edificios góticos de la universidad. Elena salía de su clase de historia del arte, cargando una carpeta de bocetos. Llevaba una chaqueta de terciopelo burdeos, una bufanda de lana gris y unos vaqueros ajustados que resaltaban su figura. Su cabello rubio cenizo estaba desordenado por el viento, dándole un aire bohemio que atraía demasiadas miradas.

—¡Elena! —llamó una voz masculina.

Era Marcos, un compañero de clase, un chico de aspecto sencillo, hijo de un arquitecto famoso pero sin la malicia de la élite. Corrió hacia ella con un libro en la mano.

—Te olvidaste esto en el salón. Es tu cuaderno de bocetos.

Elena sonrió, agradecida.

—Gracias, Marcos. No sé qué habría hecho si lo pierdo, tiene todos mis diseños para el proyecto final.

—Son increíbles, por cierto —dijo Marcos, algo nervioso por la cercanía—. Tienes un talento natural. Me preguntaba si… bueno, si querías ir a la cafetería del centro a tomar un café y hablar sobre el examen de mañana.

Elena estaba a punto de responder cuando sintió ese cambio en la presión del aire. No necesitaba girarse para saber quién era. El motor del Range Rover negro de Ethan se detuvo a pocos metros, en una zona donde estaba estrictamente prohibido estacionar. Pero las reglas no se aplicaban a un Steelwood.

Ethan bajó del coche. Vestía un abrigo largo de lana negra sobre un traje gris oscuro. Sus ojos verdes escanearon la escena con una frialdad quirúrgica. Caminó hacia ellos con la elegancia de un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene a dónde ir.

—Elena —dijo Ethan. No saludó a Marcos, ni siquiera reconoció su existencia como ser humano. Su voz era un trueno contenido.

—Ethan, todavía me queda una hora de clase —respondió ella, intentando mantener la compostura frente a su compañero, que ya empezaba a palidecer.

—La clase se canceló por la niebla, Elena. Te enviaron un correo hace diez minutos —mintió Ethan con una naturalidad asombrosa (él mismo había hecho que su secretaria llamara a la decana para “sugerir” el fin de las actividades temprano)—. Vamos. Tenemos una cita con el joyero para ajustar el anillo.

Marcos carraspeó, intentando ser valiente.

—Solo estábamos hablando del examen, señor Steelwood…

Ethan finalmente dirigió su mirada hacia el chico. Fue una mirada de un segundo, pero cargada de tal desprecio que Marcos dio un paso atrás de forma instintiva.

—Ella no necesita estudiar con extraños. Ella tiene tutores privados. Y tú —Ethan dio un paso más hacia él, bajando el tono— tienes clase de estructuras en cinco minutos. Sugiero que no llegues tarde si quieres mantener tu beca.

El chico no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se despidió torpemente y se alejó casi corriendo.

Elena estalló en cuanto el chico estuvo fuera de oído.

—¡Eres imposible! ¡Estaba siendo amable! No puedes ir por la vida amenazando a cada persona que me dirige la palabra.

Ethan la tomó del brazo, no con fuerza, pero sí con una firmeza que no permitía discusión. La guio hacia el coche mientras abría la puerta del copiloto.

—Amable es una palabra que los hombres usan cuando quieren otra cosa, Elena. Y yo no voy a permitir que un muerto de hambre toque tus cuadernos o tu mano.

—¡Es un compañero de clase! —gritó ella una vez dentro del vehículo—. ¡Me asfixias! A veces siento que vivo en una cárcel de cristal donde tú eres el único guardia.

Ethan arrancó el motor y se giró hacia ella. El espacio del Range Rover se sentía cargado de una energía eléctrica.

—No es una cárcel, es protección. El mundo fuera de estos cristales es sucio, Elena. Y tú eres demasiado pura para entender que ese chico te miraba como si fueras un trofeo que quería robar.

—¿Y tú no me miras así? —lo desafió ella, con lágrimas de rabia en los ojos—. Me miras como si fuera una de tus empresas. “Propiedad de Ethan Steelwood”.

Ethan se acercó, atrapándola contra el respaldo del asiento. Su mano subió hasta su cuello, sus dedos largos y cálidos rodeando su garganta con una delicadeza posesiva.

—Te miro como si fueras mi vida entera, Elena. Y sí, eres mi propiedad. Pero no como una empresa que se vende. Eres la parte de mí que me mantiene humano. Si alguien te toca, es como si me arrancaran la piel. ¿Entiendes ahora por qué no puedo ser “amable”?

Elena suspiró, su rabia empezando a disolverse ante la intensidad de la devoción de él. Odiaba aceptarlo, pero esa oscuridad de Ethan era lo que la hacía sentirse más segura que en cualquier otro lugar.

Esa misma tarde, después de la tensa mañana, Elena decidió poner a prueba los límites de Ethan. Estaban en el ático de él, un espacio ultra moderno de dos pisos con paredes de vidrio que daban a toda la bahía. Ethan estaba en su escritorio, rodeado de pantallas de trading y documentos legales. A sus 18 años, manejaba el flujo de caja de tres continentes.

Elena estaba tumbada en el sofá de cuero blanco, aburrida.

—Ethan… quiero comer fresas con chocolate blanco. Pero las que traen de la granja del norte. Y quiero que las prepares tú.

Ethan ni siquiera levantó la vista. Su mente estaba en una fusión de empresas en Londres.

—Elena, llama al servicio de la casa. O dile a Leo que vaya a buscarlas. Estoy cerrando un trato de cincuenta millones.

—No. Quiero que tú dejes de ser el “Gran CEO” por diez minutos y lo hagas por mí. Dijiste que soy tu prioridad, ¿no? Pruébalo. Si no, llamaré a mi papá y le diré que me siento descuidada.

Ethan se detuvo. El sonido de las teclas cesó. Se reclinó en su silla de cuero, frotándose las sienes. Sabía que Elena lo estaba provocando, pero también sabía que ella era la única persona que podía detener el tiempo en su mundo.

—Eres una manipuladora —dijo él, levantándose y caminando hacia la cocina de concepto abierto.

—Soy tu prometida —corrigió ella con una sonrisa triunfante, siguiéndolo.

Ella se sentó en la isla de la cocina mientras observaba a Ethan. Verlo así, con la camisa blanca remangada hasta los codos, exponiendo sus antebrazos fuertes, mientras lavaba las fresas con una precisión casi militar, era una imagen que la fascinaba.

—¿Sabes? —dijo ella, tomando una fresa y metiéndosela en la boca— A veces me pregunto qué pasaría si un día decido que ya no quiero este matrimonio. Que quiero irme a estudiar a París, sola.

Ethan se congeló con el cuchillo en la mano. Se giró lentamente hacia ella. Su mirada no era de enojo, sino de algo mucho más profundo y oscuro: una determinación inamovible.

—Irías a París —dijo él con voz gélida—. Y yo compraría el edificio de al lado de tu universidad. Compraría la cafetería donde desayunas y el apartamento donde duermes. Te seguiría a cada rincón del mundo, Elena. Porque no existe un mundo donde tú y yo no estemos en la misma habitación.

Elena sintió un escalofrío. No era una amenaza vacía; era la realidad de su vida.

—Eso suena a obsesión, Ethan.

—Llamalo como quieras —respondió él, acercándose a ella y poniéndole una fresa bañada en chocolate blanco en los labios—. Yo lo llamo destino. Ahora come y cállate, antes de que decida que la mejor forma de que no te vayas a París es encerrarte en esta casa y tirar la llave al océano.

Ella mordió la fresa, mirando esos ojos verdes que la devoraban. Sabía que, aunque a veces peleaban, estaban unidos por algo mucho más fuerte que un contrato. Estaban unidos por una necesidad mutua de pertenecerse, una adicción que a sus 18 años apenas estaban empezando a comprender.

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Mirna Lobo
que triste que un niño de su edad tenga que hacerse el fuerte por lo riguroso de su educación 😞
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