### Un grano de café para el lobo ruso
Una noche de traición los unió por error: ella, huyendo de una trampa; él, un temido mafioso ruso envenenado por sus enemigos. Al amanecer, ella desapareció dejando atrás una pequeña cadenita con un grano de café.
Lejos de Rusia, comenzó una nueva vida en Estados Unidos, sin imaginar que aquella noche cambiaría su destino para siempre. Mientras ella guarda un secreto capaz de alterar dos mundos, el lobo ruso mueve cielo y tierra para encontrar a la única mujer que logró escapar de sus garras.
Pero cuando sus caminos vuelvan a cruzarse, ¿será el amor más fuerte que la traición o terminarán destruyéndose mutuamente?
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Capítulo 21: El temple del lienzo
El peso de Alekséi no era una amenaza sobre la mesa de corte: era un ancla maciza que detenía el giro caótico del mundo.
Cuando sus labios se abrieron con una avidez ronca sobre la boca de Maira, el aire del taller se saturó de una electricidad casi dolorosa. Sus manos grandes, que habían quebrado gargantas y firmado órdenes de ejecución sin que le temblara un solo tendón, se deslizaban ahora por los costados de la cintura de Maira con una reverencia que parecía rozar el pánico de romperla. Cada yema callosa, cada cicatriz en los nudillos del ruso quemaba a través de la tela fina de la camiseta de algodón.
Maira no se replegó. Clavó los dedos en los hombros anchos de Alekséi, buscando la carne dura bajo el suéter oscuro, obligándolo a inclinarse todavía más hacia ella.
El dolor y la humillación de aquella suite de hotel cinco años atrás no desaparecieron por arte de magia, pero cambiaron de naturaleza: el recuerdo dejó de ser un puñal que la paralizaba y se transformó en la forja que había templado su temple. Ella ya no era la chica indefensa a merced del veneno; era una mujer entera, dueña de cada fibra de su piel, decidiendo voluntariamente abrirle una brecha en la armadura al depredador que había venido a arrodillarse a sus pies.
—Maira... —la voz de Alekséi se quebró contra su cuello, caliente, desesperada, aspirando el aroma a piel limpia y a café tostado que lo volvía loco—. Si no me detienes tú... no tengo fuerzas para apartarme.
Maira enredó los dedos en el cabello castaño oscuro del ruso, levantándole el rostro para obligarlo a mirarla directamente a los ojos. Las pupilas grises de Alekséi estaban dilatadas, oscurecidas por una devoción salvaje que no guardaba una sola gota de falsedad:
—No te voy a detener, Alekséi —susurró ella, con la respiración entrecortada y la mirada firme, oscura y ardiente—. Pero mírame bien. Aquí no hay niebla, ni drogas, ni deudas de sangre. Si me tocas esta noche... es a mí a quien tienes que responder. No a tus leyes, ni a tu culpa. A mí.
El Pakhan de Moscú soltó un gruñido ahogado, una rendición total que le vació los pulmones.
Con una lentitud deliberada, Alekséi deslizó los dedos bajo el borde de la camiseta de tirantes de Maira, subiendo la tela centímetro a centímetro. Sus palmas calientes rozaron la piel de su vientre, deteniéndose apenas una milésima de segundo sobre las estrías tenues, plateadas y hermosas que el nacimiento de León había dejado en el bajo abdomen de la mujer. Alekséi bajó la cabeza y besó esa marca con una delicadeza desgarradora, apoyando la frente contra su carne en una adoración muda que le arrancó a Maira un suspiro hondo desde el fondo del pecho.
No hubo prisas ni violencia ciega.
En mitad de la nave industrial, rodeados por los fardos de lino belga y el murmullo de la lluvia golpeando las cristaleras de hierro, los dos cuerpos se encontraron con la contundencia inevitable de dos elementos primarios. Alekséi despojó su propio torso de la lana negra, dejando al descubierto la extensión de cicatrices de metralla, el tatuaje oscuro del águila en el omóplato y el vendaje médico en el hombro, mostrándose ante ella tan vulnerable como el acero recién salido del fuego.
Cuando la tomó sobre el manto improvisado de lino crudo que cubría la mesa de madera, Maira sintió el calor telúrico de la fiera envolviéndola por completo: un fuego lento, denso y posesivo que borraba el invierno de Paterson, los inviernos de San Petersburgo y las noches solitarias frente a las máquinas de coser. Cada gemido de ella era una orden tácita para el gigante; cada roce de sus uñas cortas sobre la espalda de Alekséi arrancaba un temblor en los músculos del ruso, fundiendo el frío de la estepa en la tierra fértil de la que ella jamás había renegado.
A las cinco y media de la madrugada, la penumbra del taller comenzó a disolverse en una claridad lechosa que entraba por las claraboyas.
Maira despertó con la mejilla apoyada sobre el pecho desnudo de Alekséi.
El hombre estaba despierto. Tenía un brazo descomunal rodeando los hombros de ella, cubriéndola con el abrigo de paño camel y una pieza de lana virgen, mientras sus dedos acariciaban con una cadencia hipnótica la curvatura de su cadera. El latido sordo, potente y regular del corazón del ruso retumbaba contra el oído de Maira como un tambor de guerra en reposo.
Al sentir que ella se movía, Alekséi detuvo la mano, inclinando apenas el mentón:
—¿Te lastimé? —preguntó él en un susurro cavernoso, con una cautela casi conmovedora en un hombre de su envergadura.
Maira apoyó la barbilla en su esternón y lo miró desde abajo. Una media sonrisa perezosa, teñida de una satisfacción indomable, curvó sus labios hinchados:
—Ni en tus mejores sueños, Volkov. Pesas como un cargamento de plomo, pero tus modales han mejorado bastante desde nuestro primer encuentro.
Alekséi soltó una exhalación baja que hizo vibrar su pecho, dejando escapar una risa áspera que le iluminó los ojos grises con una juventud insólita. Levantó la mano derecha y apartó con cuidado un mechón negro que le caía a Maira sobre la frente:
—Tengo un ejército de instructores en Rusia, ptichka... pero tú eres la única que logró enseñarme a respirar sin esperar una puñalada.
El sonido suave de unos pasos pequeños sobre la tarima del piso de arriba rompió la intimidad del momento.
León acababa de levantarse. El crujido rítmico del pasillo del segundo piso anunció que el niño avanzaba hacia la cocina a buscar su vaso de agua matinal.
Maira se incorporó de un salto ágil, recogiéndose la camiseta y abrochándose los vaqueros con la rapidez de quien ha tenido que criar a un hijo sola:
—Muévete, lobo. Si León baja y te ve tirado sobre mi mesa de corte con la espalda al aire, te va a poner una sanción técnica por desorden en el taller.
Alekséi sonrió con calma, poniéndose de pie con esa soltura atlética que desafiaba su tamaño. Se calzó los pantalones y el suéter negro sin una sola queja por el hombro herido, sacudiendo las hebras de lino que se le habían pegado a la lana.
Antes de que Maira subiera el primer peldaño de la escalera de caracol, Alekséi la tomó suavemente de la muñeca.
La atrajo hacia sí, acortando el espacio hasta que sus respiraciones volvieron a chocar, y depositó un beso lento, firme y posesivo sobre sus labios:
—El lunes a las nueve de la mañana, los abogados del consorcio marítimo van a presentarse en este despacho —dijo él en un tono profesional que no lograba ocultar el fuego de sus ojos—. No para comprar tu firma, Maira. Vienen a formalizar el contrato de suministro exclusivo de chalecos para toda la flota civil y de seguridad de la costa este. Tú fijas el precio por yarda. Tú dictas los plazos de entrega.
Maira alzó una ceja, midiendo la seriedad de la propuesta:
—¿Y tú qué ganas con eso, señor Volkov?
Alekséi deslizó la yema del pulgar por la pequeña montura de platino que brillaba sobre el escote de ella, rozando la cápsula con el grano de café:
—Gano el derecho de sentarme en tu mesa a comer pizza fría... y la certeza de que nadie en esta ciudad olvidará jamás quién es la dueña del hombre que manda en el puerto.
Maira sostuvo su mirada durante tres segundos densos, sintiendo el corazón ensanchársele con una fuerza nueva:
—Trato hecho, ruso. Ahora sube a lavarte la cara, que el café ya debe estar hirviendo y hoy te toca a ti cortar el pan.