Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Capítulo 20
La puerta cerrada para el señor Montenegro
A la mañana siguiente, Alejandro se vistió con especial cuidado.
Quería llegar al Hotel KS World en su mejor estado: impecable, sereno, seguro de sí mismo.
Al entrar en el vestíbulo, notó la diferencia de inmediato.
Había estado allí el año anterior y recordaba lo que había pensado:
«Desorganizado. Sin nada que valga la pena.»
Ahora parecía otro lugar. Tenía la calidad y la atención de un hotel de primera.
Valeria debía de saber dirigir.
No era una rival que pudiera subestimar.
Después de preguntar varias veces, Andrés encontró al secretario administrativo de la gerente.
—Él es el director general del Grupo Montenegro. Quiere hablar con la señorita Duarte. ¿Podría avisarle?
—Lo siento. La señorita Duarte no recibe visitas sin cita.
El hombre fue cortés.
Andrés frunció el ceño.
—¿Incluso el señor Montenegro necesita una cita?
—¿Por qué no?
—¡Usted…!
A Andrés le dieron ganas de presentar una queja.
Alejandro se acercó.
—Si pido una cita hoy, ¿cuándo podría verla?
—Está muy ocupada. No sabría decirle. Quizá podría volver mañana.
Andrés se puso rojo.
Alejandro lo sujetó por el brazo.
—Basta. Pide la cita.
Estaba irritado, pero perder los estribos no le daría una solución.
De vuelta en el auto, Andrés golpeó la ventanilla.
—¡Qué descaro! Estamos en Santa Aurelia, no en Puerto Claro. ¿Esa mujer no teme ganarse su enemistad? Aquí no le conviene.
—Volveremos mañana.
Alejandro cerró los ojos y se recostó.
—¿No oyó lo que dijo? Seguro mañana hace lo mismo.
—Entonces volveremos pasado mañana. Tengo que verla.
Aflojó la corbata.
—Los Rivas no pueden seguir esperando. Si esto continúa, van a quebrar.
* * *
Volvió temprano al día siguiente.
No lo recibieron.
Al tercer día obtuvo la misma respuesta.
Era uno de los empresarios más importantes del país. Lo habían reconocido entre los diez jóvenes más destacados de su generación. Había acompañado al jefe de Gobierno en visitas oficiales y recibido honores en el extranjero.
En su país, su nombre bastaba para abrir casi cualquier puerta.
Pero Valeria Duarte lo dejaba esperando sin darle la menor importancia.
Era insoportable.
* * *
La lluvia caía sin prisa cuando Valeria llegó al trabajo, de buen humor.
Llevaba un vestido negro de doble botonadura, de corte impecable, y tacones altos. Unos pendientes de oro en forma de rosa completaban el conjunto.
—¡Nuestra jefa es increíble! —murmuró una empleada.
—Desde que llegó, las mujeres esperan a ver qué se pone y los hombres esperan a verla a ella. Hasta trabajamos con más ganas.
—Nadie va a discutir que es la heredera más hermosa, ¿verdad?
Desde que González se había marchado, todos los departamentos trabajaban con atención. Nadie quería quedar mal frente a la nueva gerente.
En menos de dos semanas, el hotel había pasado de la apatía a la actividad.
Valeria sabía que primero tenía que poner orden dentro. Después podría competir fuera.
En su oficina, habló por teléfono con Mateo.
—Montenegro inyectó una cantidad importante de dinero en el negocio de los Rivas —le informó él—. Perdieron casi todos los pedidos por las noticias. El dinero les dio un poco de aire.
Valeria se quitó los zapatos y se masajeó un tobillo.
—Era de esperar. Alejandro no iba a dejar caer a la familia de la mujer que ama. Lo engañan y, encima, corre a pagar sus problemas. Qué manera de hacer el ridículo.
Sonrió con frialdad.
—Pero una reputación destruida no se arregla con dinero. Lo que está haciendo es sostener algo que ya no puede recuperarse. No va a cambiar el resultado.
—Él también sabe de negocios, Vale. Seguro entiende eso. Pero ahora no tiene una mejor manera de ganar tiempo.
Mateo soltó una risa suave.
—A veces pienso que, si ustedes se hubieran querido de verdad, podrían haberse quedado con todo. Serían una pareja imposible de detener.
Valeria sacó una barra de chocolate del cajón y partió un trozo.
—Como pareja no tenemos futuro. Como enemigos, sí.
Terminó la llamada.
Poco después, Tomás entró con cara de fastidio.
—¡Volvió Alejandro! Otra vez. ¡Con esa insistencia debería vender seguros!
Valeria siguió firmando documentos, sin alzar la vista.
—Por la mujer que ama está dispuesto a aguantar lo que sea. Hay que reconocerle la paciencia.
Tomás creyó oír algo de amargura bajo el tono indiferente.
Quizá se lo estaba imaginando.
—Voy a bajar yo. Esta vez lo saco de una vez por todas.
—No. Hazlo subir.
Tomás la miró, sorprendido.
—¿Qué?
Valeria tapó la pluma.
—Después de tantas visitas, lo menos que puedo hacer es concederle un poco de atención al director del Grupo Montenegro.
Se inclinó hacia delante y estiró los pies.
Tomás se acercó y se arrodilló sobre una rodilla para ayudarla a ponerse los tacones.
—Busca en el restaurante o en la cafetería a una empleada que tenga buena presencia y sepa expresarse. Necesito encargarle algo.
Unos quince minutos después, Tomás volvió con una mesera.
—Buenos días, señorita Duarte.
La joven inclinó la cabeza, nerviosa.
—Tranquila. Solo voy a pedirte un favor. Y tendrás una recompensa.
Valeria le sonrió.
La muchacha se sonrojó.
—No necesito una recompensa. Me encanta cómo trabaja. ¡Usted es mi ejemplo!
Así que, además, era admiradora suya.
Valeria la observó y asintió.
—Bien. Tenemos una talla parecida. Tomás, búscale uno de mis conjuntos y unos zapatos.
—Claro…
Él salió, sin entender nada.
—¿Qué quiere que haga? —preguntó la joven.
Valeria sonrió con picardía.
—Alejandro Montenegro viene a reunirse conmigo. No tengo ganas de verlo. Vas a hablar con él en mi lugar.
A la mesera se le aflojaron las piernas.
—No tengas miedo. Voy a observar todo por las cámaras. Llevarás un audífono inalámbrico. Solo tienes que repetir lo que yo te diga.
Valeria inclinó la cabeza.
—Y actuar con naturalidad.
* * *
Después de tantas visitas, Alejandro por fin consiguió que Valeria aceptara recibirlo.
Su rostro seguía sereno, pero por dentro sentía una inquietud difícil de explicar.
El secretario administrativo los llevó hacia los elevadores. Varias empleadas se volvieron al verlo pasar.
Andrés estaba a punto de pulsar el botón cuando el hombre lo detuvo.
—Ese elevador es exclusivo de la señorita Duarte. Ustedes deben usar otro.
Andrés puso los ojos en blanco.
—Qué importante se cree.
A Alejandro no le pareció extraño. Él también tenía un elevador privado en su empresa.
Subieron hacia el piso cuarenta, donde estaba la oficina.
El elevador se detuvo en el treinta.
—Por aquí, por favor —indicó el secretario.
—Todavía no llegamos. ¿La oficina no está en el cuarenta? —preguntó Andrés.
—Sí. Pero este elevador solo llega al treinta.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Los otros cinco elevadores también terminan aquí. El único que llega hasta arriba es el de la gerente. Sin su autorización, no pueden usarlo. Para llegar a la oficina les queda una sola opción.
Las escaleras.
Andrés estalló.
—¡¿Así reciben a sus invitados?! ¡Esto es una falta de respeto!
—Cumplo las instrucciones de la señorita Duarte. Si prefieren marcharse, puedo acompañarlos a la salida.
El hombre no mostró ninguna emoción.
Alejandro apretó los labios y contuvo la rabia.
—Subiremos.
Salió del elevador y caminó hacia la escalera.
¿Valeria creía que iba a rendirse por unas cuantas dificultades?
Alejandro Montenegro no pensaba retroceder.