Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Papá, mamá, Leo… otra vez
El desayuno transcurrió como en un sueño del que no quería despertar.
Escuchaba sus voces, veía sus gestos, y por momentos me daba la impresión de que cualquier instante todo se desvanecería: que la mesa se volvería polvo, que sus risas se apagarían… que volvería a esa habitación fría, sola, muriéndome poco a poco. Pero no. Mi padre me pasó la mermelada; mi madre me sirvió más café; Leo me empujó el codo con cariño para que probara su pan tostado. Todo era real. Estaban vivos.
—Estás muy callada, hija —dijo papá, dejando el periódico a un lado y mirándome con esos ojos amables que tanto extrañé—. ¿De verdad te sientes bien? Llegaste corriendo como si te persiguieran.
Tragué antes de responder.
—Solo… me asusté un momento. Nada importante.
—¿Algo con Ariana? —preguntó mamá, limpiándose las manos en el delantal—. La vi llamándote cuando salías. Parecía preocupada.
Apreté la taza entre mis manos. El nombre me supo a hiel.
—No. Todo bien. Solo necesitaba venir a casa.
—Aquí siempre tienes tu lugar —dijo Leo, sonriendo—. Aunque no tengas ningún susto.
Le devolví la sonrisa, pero me dolió. Él no sabía. No sabía que en diez años su risa se apagaría entre llamas, que no llegaría a cumplir los dieciocho, que su nombre quedaría reducido a una nota en un periódico que nadie investigó de verdad.
Me levanté y los abracé a todos, uno por uno. A papá, fuerte y seguro; a mamá, cálida y tierna; a Leo, que me devolvió el abrazo sin entender por qué apretaba tanto.
—Los quiero —susurré, y la voz se me quebró—. Mucho.
—Nosotros también, Laurita —dijo mamá, acariciándome el cabello—. ¿Qué te pasa hoy? Parece que nos has echado de menos muchísimo.
—Es que sí —respondí, y esta vez las lágrimas no fueron fingidas—. Muchísimo.
Subí a mi habitación. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, dejando que las lágrimas brotaran libremente. Miré todo: mi cama con las sábanas que mamá escogió, mis libros ordenados en la estantería, la foto de los tres en la playa, sonriendo, sin saber lo que el destino les tenía guardado.
Me senté en el borde de la cama y respiré hondo. Tenía que calmarme. Tenía que pensar con claridad.
Si me dejaba llevar solo por el miedo, no lograría nada. Si les decía lo que sé, nadie me creería. “Laura, estás cansada”, “fue un sueño muy vívido”, “Ariana es una buena chica, no digas esas cosas”. Eso dirían. Y mientras ellos dudaban, el tiempo pasaba. El plan de ellos seguía adelante.
No podía avisarles. Tenía que protegerlos desde donde no pudieran verme. Tenía que adelantarme.
Cerré los puños hasta que las uñas me clavaron en las palmas.
—Nadie va a tocarles —dije en voz baja, mirando la foto de mi familia—. No dejaré que nadie les haga daño. Pero para eso… necesito poder. El mismo poder que los protege a ellos.
Pensé en ella. En Ariana. En su risa. En la confianza ciega que todos tenían en ella. Y pensé en quien estaba detrás.
Don Álvaro Betancourt.
El hombre influyente, respetado, el que podía hacer que la verdad se perdiera entre papeles y silencios. El padre de Ariana. Si él estaba de mi lado… nadie podría callarme. Nadie podría decir que no era cierto.
La idea me heló la sangre. No era lo que soñé ser. No era lo que mi familia querría que fuera. Pero no había otro camino.
—Seré su amante —susurré, y las palabras me quemaron la boca—. Entraré en su vida, ganaré su confianza… y cuando sea el momento, usaré su propia fuerza para derribarlos a todos. Ariana, Manuel… y cualquiera que les ayude.
Me levanté, me lavé la cara, me miré al espejo. Ya no había lágrimas en mis ojos. Solo determinación.
Bajé las escaleras. Mamá estaba en la sala, arreglando unas flores.
—¿Ya te vas? —preguntó al verme con la mochila al hombro.
—Sí. Tengo que volver a la universidad.
—¿Segura? —se acercó y me acomodó el cuello de la blusa—. No tienes que ir si no quieres.
Le tomé la mano.
—Tengo que ir, mamá. Hay cosas que debo hacer. Y no quiero perder tiempo.
Me besó en la frente.
—Ten cuidado, hija. Y recuerda: aquí estaremos siempre.
Asentí y salí. Caminé hacia la parada del autobús, con la cabeza alta, con el corazón firme. Sabía hacia dónde iba. Sabía lo que me esperaba.
Cuando el autobús llegó, subí y me senté junto a la ventana. La ciudad pasaba de largo, ajena a todo. Nadie sabía que una mujer que ya había muerto regresaba para cambiarlo todo. Nadie sabía que la venganza acababa de empezar.
Miré hacia adelante.
—Ariana —susurré—. Tú no sabes quién soy ahora. Pero vas a saberlo. Muy pronto.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕