Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
NovelToon tiene autorización de Piccola para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: Galletas y disculpas
📖 Capítulo 5: Galletas y disculpas
💬 Verónica — Primera persona
¡Qué grosero! —pienso mientras termino de arreglarme frente al espejo. No puedo creer que me haya llamado así. ¿Quién se cree que es para decirme cosas y luego insultarme? Respiro hondo, intentando sacar esa molestia de mi pecho, y decido que no voy a dejar que arruine mi noche. Tomo mi teléfono, abro mi cuenta de Instagram y subo una foto donde apenas se ven mis rulos ya largos y lisos, brillando bajo la luz de mi habitación. Escribo con una pequeña sonrisa:
✨ Adiós cabello corto, hola mechones largos y suaves. ✨
Justo cuando dejo el teléfono en la mesa de noche, suena de nuevo. Atiendo sin mirar quién es, asumiendo que es mi madre avisándome que ya bajan los invitados.
—¿Ya llegaste? ¿Estás en casa? —su voz suena al otro lado, tensa y urgente.
Frunzo el ceño. Es él.
—Sí, ya estoy en mi casa. Y sí, aquí es la cena, Rafael. Que tengas bonita noche, de verdad. Voy a poner mi celular a cargar porque la batería está bajísima, así que probablemente no lo encuentres después —le digo con calma, intentando despedirme amablemente aunque me haya molestado.
—No cuelgues todavía —escucho cómo suelta un suspiro profundo, como si estuviera conteniéndose—. Necesito… necesito saber que estás bien. Que estás a salvo. Que nadie te ha incomodado.
—Estoy bien, ¿de acuerdo? Todo está tranquilo. No te preocupes —le respondo, y no puedo evitar añadir con un toque de picardía—: Y eso que hace rato dijiste que no te importaba, ¿eh?
—Me importas, idiota —me dice con esa misma brusquedad suya.
Siento cómo se me enciende la cara de coraje.
—¡Y tú eres un grosero! No me insultes —le digo, y cuelgo. Luego lo bloqueo. Pum. Así de fácil.
—Es un imbécil —murmuro para mí misma mientras me termino de poner los aretes—. Un imbécil de primera categoría. ¿Cómo se le ocurre llamarme así? ¿Quién cree que es para hablarme así? Ni siquiera somos nada para que me trate así. Estoy demasiado enojada. Que se le quite.
Bajo las escaleras con la cabeza en alto. La mesa está puesta, con los mejores manteles de mi madre, velas encendidas y un olor delicioso que recorre todo el comedor. Cuando llegan los invitados, mi corazón se relaja de inmediato. El chico que me presentan se llama Santiago, y desde el primer momento en que me sonríe, sé que no tengo nada que temer. Es amable, educado, tiene una risa contagiosa y conversamos durante toda la cena sin ningún momento incómodo.
—La verdad —me confiesa en un momento en que nos quedamos solos en la terraza—, mis padres creen que si nos casamos uniremos dos empresas importantes. Pero yo… yo ya tengo a alguien en mi corazón. Alguien que conocí en la universidad y que no sabe ni que existo para mí. No quiero casarme contigo, Verónica, porque sé que tú tampoco quieres esto. Y no quiero que nos hagamos daño mutuamente.
Le sonrío con alivio, sintiendo que por fin alguien me entendía.
—No te preocupes. Yo tampoco quiero un matrimonio arreglado. Creo que el matrimonio debe ser refugio, no obligación. Debe ser con alguien que elijas cada mañana, no porque te digan que es lo correcto. Quiero casarme por amor, o no casarme en absoluto.
—¿Y tú? ¿Hay alguien en el panorama? —me pregunta con curiosidad.
Suspiro, pensando en Rafael, en lo confuso que todo se sentía con él.
—Hay alguien que… que me hace sentir cosas que no entiendo completamente. Pero también me confunde mucho. A veces es amable y atento, y de repente se vuelve intenso y me dice cosas que no sé cómo tomar. Creo que le falta aprender a expresar lo que siente sin lastimar a quien tiene enfrente. Pero sí, de alguna forma… él está ahí.
—Dile lo que sientes —me aconseja Santiago con calma—. La comunicación es la base de todo. Si no puede escucharte, entonces no es el indicado. No te conformes con alguien que te haga sentir pequeña. Mereces a alguien que te haga sentir grande.
Nos despedimos como amigos, con un abrazo cordial y la promesa de hablar con nuestros padres juntos para que entendieran que no éramos el uno para el otro. Subo a mi habitación sintiéndome ligera, en paz. Me desmaquillo, me pongo mi pijama más cómoda y me meto a la cama antes de que den las once. Estoy agotada. No reviso mi teléfono, no pienso en llamadas perdidas. Solo cierro los ojos y me duermo casi al instante.
A la mañana siguiente me despierto temprano, me alisto rápido para la universidad, meto el celular en la mochila sin siquiera mirar las notificaciones y salgo de casa con tiempo suficiente para llegar tranquila a clase. No sé que me espera al llegar a la entrada de la facultad.
🖤 Rafael
Llego a la universidad antes de que salga el sol por completo. No dormí en toda la noche. Cada hora me levantaba a mirar el teléfono, esperando que me desbloqueara, esperando que me llamara, esperando saber que estaba bien. Pero nada. El silencio al otro lado de la línea me pesaba más que cualquier amenaza que alguien pudiera hacerme.
Me recargo contra mi auto, vigilando la entrada con los nervios a flor de piel. Y entonces la veo caminando hacia mí, con su mochila al hombro, mirando hacia el frente como si no hubiera dejado a alguien preocupándose por ella toda la noche. Camino hacia ella con pasos largos y decididos.
—¿Por qué demonios me bloqueaste? —le suelto, sin poder contenerme. Sé que sueno furioso, pero estoy más asustado que enojado—. Estuve toda la noche sin saber si estabas bien. No vuelvas a hacer eso.
Me mira con calma, esa calma que me desarma por completo.
—Buen día —me dice con tono amable pero firme—. Así se saluda, ¿ves? Amanecí muy bien, gracias por preguntar. ¿Y tú? ¿Cómo amaneciste?
—No me cambies el tema —le digo, apretando los dientes para no levantar la voz.
—Porque me insultaste —responde sin dudarlo—. Y si vas a ser grosero conmigo, prefiero no hablar. Así que si esa es tu actitud, mejor ni me acerques. Tú decides.
Respiro hondo, cerrando los ojos un instante. Tiene razón. Sé que la cagué. No debí decirle lo que le dije. Pero la sola idea de que alguien más pudiera tenerla, de que alguien pudiera lastimarla, me sacó de mis casillas por completo.
—Está bien —digo, bajando la voz, suavizando mi expresión—. Lo siento. De verdad, Verónica. No debí hablarte así. Solo… necesitaba saber que estabas bien. ¿Pasó algo anoche? ¿Te presionaron? ¿Ese tipo intentó algo contigo?
Me mira, y sus ojos se suavizan.
—Nada pasó. Santiago es muy amable, muy educado y… él también quiere casarse por amor. Así que nos llevamos bien y le dije a mis padres que no hay ninguna boda en camino. Todo está bien. Ahora sí, me tengo que ir que llego tarde a clase.
Antes de que pueda alejarse, la tomo suavemente del brazo.
—Espera, por favor. Solo… ¿estás segura de que estás bien? —la miro a los ojos, necesitando que me lo confirme—. ¿Te trataron bien en todo momento? Nadie te obligó a hacer algo que no querías, ¿verdad?
—Nadie me obligó a nada. Todo salió mucho mejor de lo que esperaba. De verdad, Rafael, todo está bien. Ahora sí, déjame ir, porfa —me sonríe, y esa sonrisa me desarma por completo.
Suelto su brazo lentamente, y entonces recuerdo lo que traje conmigo. Metí la mano en la bolsa de mi saco y saco una pequeña bolsita de papel estampada con flores sencillas. Se la extiendo con un poco de timidez.
—Espera… toma.
Lo abre con curiosidad y sus ojos se iluminan.
—¿Galletas? ¿Tú las hiciste? —pregunta sorprendida.
Me rasco la nuca, sintiéndome un poco torpe.
—Sí. Anoche… en lugar de dormir me puse a hacerlas. No es gran cosa, solo galletas con chispas de chocolate. No digas nada, por favor, que nadie se entere que sé cocinar —le digo con una media sonrisa.
Prueba una, cierra los ojos un instante y luego me mira con esa alegría que me hace sentir que valió la pena cada minuto sin dormir.
—Están deliciosas. Súper ricas, de verdad. Gracias, Rafael. Eres un encanto cuando no estás siendo gruñón.
Se acerca y me da un abrazo repentino. Es cálido, suave, y me quedo rígido por unos segundos sin saber cómo reaccionar, pero luego… luego la rodeo con mis brazos, dejándome llevar por esa sensación de paz que ella me transmite. Huele a vainilla y a seguridad.
—No… no es nada —murmuro cuando se aparta de mí, sintiendo que me sonrojo—. Solo… llámame cuando salgas de clases, ¿de acuerdo? Aunque estemos enojados, aunque sea para decirme que me odias. Solo necesito saber que llegas bien a casa.
—Está bien, te llamo —sonríe, saca su teléfono, desbloquea la pantalla y me lo muestra—. Y ya te desbloqueé. Así que no te vuelvas a desaparecer ni a insultarme, ¿trato hecho, grandote?
—Trato hecho —asiento, con el corazón latiéndome de una forma que no reconozco.
La veo caminar hacia la entrada de la universidad, con la bolsita de galletas en su mano, y por primera vez en mucho tiempo, siento que las cosas pueden ser sencillas. Solo tengo que aprender a no asustarla con mis miedos. Solo tengo que aprender a confiar. Y tal vez, solo tal vez, ella me enseñe cómo hacerlo.
CONTINUARÁ ✨