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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

Gael Luján dormía profundamente, boca abajo sobre la cama.

Una esquina del edredón se le había resbalado durante la noche y dejaba al descubierto uno de sus hombros. Bajo la luz de la mañana, las heridas en su piel resultaban imposibles de ignorar.

Los betas no tienen glándula. Si un alfa quiere impregnar a uno con su aroma, no puede marcarlo como a un omega; solo le queda morder una y otra vez la carne de la nuca.

Y aquel beta dormido había llevado la peor parte. Las mordidas bajaban hasta la curva del hombro, profundas, enrojecidas. Incluso dormido fruncía un poco el ceño por la hinchazón que le palpitaba detrás del cuello.

No parecía que su alfa lo hubiera tratado con demasiado cuidado.

Adrián Ferrer ya se había duchado y vestido. Se acercó a la cama, contempló al joven que seguía dormido y frunció apenas el entrecejo.

Luego abrió la mano sobre él a propósito.

El bozal de contención cayó sobre el hombro desnudo de Gael. El frío del metal lo arrancó del sueño.

El dormitorio estaba saturado de un aroma seco y elegante, madera blanca bajo una ráfaga invernal. Gael parpadeó, desorientado. Un sonido somnoliento se le escapó de la garganta.

—¿Mm…?

En cuanto reconoció al hombre de pie junto a la cama, se incorporó de golpe. Debió haberse levantado antes que Adrián.

El movimiento tiró de los músculos de su cintura. Tenía el cuerpo tan adolorido que apenas consiguió mantenerse sentado. Aspiró en silencio y soportó la punzada.

—Perdón. Me quedé dormido.

Adrián no estaba de buen humor. Su celo alfa —el rut— todavía no terminaba, y la necesidad insatisfecha lo volvía irritable.

—El bozal —le recordó, lacónico.

Gael se mordió el labio y tanteó las sábanas hasta encontrar el dispositivo. Durante el rut, un alfa debía llevar un bozal de contención para salir; Adrián detestaba sentirse restringido.

Gael ya lo había acompañado durante tres periodos de rut y empezaba a conocer sus cambios de carácter. Para conseguir que se pusiera el bozal, había que tratarlo con mucha paciencia.

Lo miró con cautela.

—Está bien.

Se arrodilló sobre el colchón y se acercó. Ajustó la pieza sobre la parte inferior del rostro de Adrián, pasó las correas detrás de sus orejas y abrochó la hebilla.

El temperamento de un alfa en rut era difícil. La noche anterior, Adrián no había logrado calmar el exceso de feromonas; tener que ponerse el bozal en cuanto amanecía solo empeoraba su humor.

Gael evitó mirarlo a los ojos. Se concentró en el rostro a medio cubrir: el puente alto de la nariz, los labios delgados y rojizos que todavía quedaban a la vista.

—Adri… señor Ferrer, ya quedó.

Solo podía llamarlo por su nombre en la cama, durante el rut. El resto del tiempo, Gael debía dirigirse a él como todos los demás: señor Ferrer.

Entre ellos existía una intimidad extraña, hecha de cuerpos demasiado cercanos y dos personas que apenas se conocían.

Cuando terminó, Gael se apartó de nuevo. Creyó que el rubor de su cara pasaría inadvertido, pero en los ojos de Adrián apareció una sombra de impaciencia.

Adrián parecía incapaz de tolerar la cercanía ajena. Como alfa clase S, poseía una agresividad desmedida; sus feromonas podían lastimar a cualquiera que se aproximara demasiado. Por eso no podía recurrir a un omega durante el rut. Además, odiaba llevar en la piel el aroma de otra persona.

Al menos aquel beta no olía a nadie más. Era dócil, barato y siempre estaba disponible.

Adrián se colocó frente al espejo y se ajustó la corbata. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, impecable; sus facciones severas exhibían toda la fuerza de un alfa clase S.

Gael permanecía de rodillas en la cama, abrazado al edredón. Miraba sin pestañear el reflejo de Adrián: hermoso, distante, de un metro noventa y con un cuerpo trabajado durante años. A su lado, Gael parecía todavía más pequeño.

Su mirada era demasiado evidente. Ningún alfa habría podido ignorar unos ojos tan tímidos y, al mismo tiempo, tan llenos de amor.

Adrián levantó la vista y lo encontró a través del espejo.

—¿Qué miras?

Gael bajó la cabeza, avergonzado.

—Nada. Yo…

—Las heridas están peor de lo normal. Atiéndelas tú mismo.

La frase era demasiado íntima. Gael se puso rojo hasta las orejas. Se refugió en un extremo de la cama sin decir palabra y, al bajar, se enredó con el edredón. Trató de cubrirse con torpeza mientras recogía del suelo la ropa rota.

Adrián no prestó atención a su vergüenza. Tenía prisa por llegar a la oficina y aprovechar la tregua de su rut para resolver asuntos del Grupo Ferrer.

—Volveré a las nueve de la noche. Reserva ese tiempo para mí.

Gael entendió perfectamente lo que significaba.

—Sí. Lo sé.

La puerta se cerró sin estrépito.

El piso estaba frío bajo sus pies descalzos. Gael consiguió ponerse la ropa y, antes de salir, sacó sábanas limpias del clóset y cambió toda la cama. A Adrián no le gustaba que nadie entrara en su dormitorio. Gael conocía bien el procedimiento y, por lo general, tampoco se le permitía pasar ahí la noche. Lo de la víspera había sido una excepción.

Después de dejar la habitación impecable, salió a toda prisa. Él también tenía que llegar al trabajo. Agradeció haber reunido fuerzas para bañarse y limpiarse la noche anterior; de no haberlo hecho, esa mañana el dolor entre las piernas habría sido todavía más difícil de soportar y habría tenido que perder tiempo en otra ducha.

Regresó al pequeño cuarto de huéspedes que ocupaba al final del pasillo, en la planta baja. Sacó una vieja caja de galletas donde guardaba hilos y agujas y cosió con cuidado la tela desgarrada.

En los documentos era el esposo de Adrián Ferrer. Solo en los documentos. Gael sabía que no tenía derecho a pedirle nada más.

Extendió la prenda sobre su cuerpo para revisarla. Las puntadas quedaban por dentro y apenas se notaban desde fuera.

—Ya está —murmuró—. Aunque se ensució un poco. La lavaré esta noche y podré usarla mañana.

Estaba muerto de sueño, pero la residencia de los Ferrer quedaba lejos del centro y no podía demorarse más.

Su habitación estaba aislada en el extremo de la casa. Para salir por la puerta principal tenía que cruzar la sala y soportar las miradas extrañas del mayordomo y del personal doméstico. Casi siempre prefería rodear buena parte de la propiedad, escabullirse por la puerta lateral y caminar hasta la estación de Ecobici más cercana.

El sol de verano ya caía con fuerza a esa hora. Gael avanzaba más despacio que de costumbre. La nuca le latía, tenía las piernas pesadas y cada paso le recordaba la noche anterior.

Se había acostado demasiado tarde. Además, el cuerpo de un beta resentía la exposición prolongada a las feromonas de un alfa. Se masajeó el cuello para despejarse. En la pastelería había mucho que preparar antes de abrir, y llegar tarde significaba un descuento en el sueldo.

Primero tomó una Ecobici, después abordó una unidad del Metrobús y al final caminó unas cuantas calles. Cuando el letrero de Azúcar Nube apareció frente a él, soltó el aire con alivio.

La pastelería abría a las diez y media. Gael llegó jadeando a las nueve en punto, justo a tiempo.

Era el primer empleado en presentarse. Encendió una por una las máquinas, lavó y cortó los ingredientes, revisó la crema y comenzó a hornear las bases para los pasteles del día.

Azúcar Nube era bastante conocida en Ciudad de México. Había empezado como un negocio económico de barrio, pero desde principios de ese año recibía cada vez más pedidos para fiestas privadas y eventos de lujo.

Gael era repostero certificado. La familia Ferrer jamás habría aprobado que el esposo de su heredero se pasara el día vendiendo pasteles. Les parecía indigno de su apellido.

Pero Gael necesitaba dinero. Siempre había alguien en su familia dispuesto a exigirle un poco más.

Cuando Tomás Vega entró al local, varias bases ya se enfriaban sobre las rejillas y Gael revisaba la lista de pan dulce encargado para esa mañana.

—Otra vez llegaste primero —dijo Tomás mientras dejaba la mochila y se ponía el uniforme—. Habíamos acordado turnarnos para abrir cada semana. Mariano el Miserias solo te carga la mano a ti porque sabe que no protestas.

—Déjalo. Paga un bono por abrir todo el mes. No lo hago gratis.

Gael pegó la lista de pedidos en la puerta del refrigerador.

Tomás lo miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—Ochocientos pesos al mes. ¿Qué haces con ochocientos pesos en esta ciudad? Se está aprovechando de ti.

Mariano Soto sabía que Gael obedecía y le cargaba trabajo sin el menor escrúpulo. Por suerte, los reposteros recibían una comisión por cada pieza especial, y Gael obtenía la mayor parte de sus ingresos de los pedidos personalizados.

Tomás lo observó con una frustración nacida del cariño.

—Eres demasiado blando. Si sigues así, todo el mundo te va a pisotear.

Tomás confundía la causa con la consecuencia. Gael no sufría abusos por ser dócil; se había vuelto dócil después de soportarlos toda la vida.

Gael bajó la mirada. Sabía que Tomás se preocupaba de verdad por él.

—Si vuelve a ponerme en el turno de apertura la próxima semana, me negaré.

Por una parte, ese mes ya le había dado dinero a Bruno y los Luján deberían dejarlo en paz durante unos días. Por otra…

Al pensar en Adrián, sintió que se le calentaban las mejillas. El rut había empezado hacía poco y Gael apenas podía seguirle el ritmo.

Le dolía la cintura con solo estar de pie, y preparar postres significaba pasar horas inclinado sobre una mesa. Necesitaba descansar.

La expresión de Tomás se relajó un poco. Tras vacilar, añadió:

—Por lo menos pídele a tu alfa que te traiga estos días. No importa cuánto trabajo tenga, puede encontrar un rato para llevar a su pareja. Solo serían un par de mañanas.

Cuando alguien quería de verdad, encontraba tiempo para cuidar a la persona que amaba. Tomás no sentía ninguna simpatía por el alfa de Gael. Con los pocos datos que su amigo dejaba escapar, se había formado la imagen de un esposo frío y negligente.

Adrián nunca le preguntaba a Gael por su empleo. Probablemente no le interesaba. Era mejor así: si alguna vez investigaba, Gael no sabría cómo explicarle la situación.

¿Qué podía decir? ¿Que, aunque Adrián ya había entregado a los Luján una suma enorme y una casa de campo en el Estado de México, su familia seguía sin tener suficiente y siempre encontraba una razón nueva para pedir dinero?

Adrián ya lo despreciaba bastante. Gael no necesitaba encontrar más burla y desdén en sus ojos. Nadie quería que la persona a la que amaba lo mirara de esa manera.

—Se lo preguntaré cuando vuelva a casa —respondió, sin levantar la cabeza.

Era evidente que no pensaba seguir el consejo. Tomás suspiró y decidió no insistir.

Gael trató de consolarlo con torpeza.

—De verdad estoy bien. Te prometo que la próxima semana pediré unos días libres.

Mariano era el dueño y casi nunca aparecía antes de la tarde. Había pocos pedidos por la mañana, así que solo programaba a Gael y Tomás. Aquellas horas solían ser las más tranquilas de la jornada.

Ese día debían preparar una mousse de caramelo. Había que remover el almíbar sin descanso, pero Gael apenas había empezado cuando los brazos le pesaron tanto que le costaba levantarlos.

No sabía por qué todo su cuerpo llevaba dos días adolorido. Apretó los labios y concentró la mirada en el caramelo que espesaba dentro del cazo.

Una vez le había preparado a Adrián un flan de caramelo. Recordaba que él lo había elogiado y había dicho que estaba delicioso.

Quizá solo lo dijo porque estaba de buen humor. Aun así, Gael conservaba esas palabras como algo precioso. La noche anterior, Adrián también le había dicho que su cuerpo desprendía un aroma dulce. Su voz había sonado mucho más amable que por la mañana.

Entre un pedido y otro, Gael preparó un flan de caramelo individual y lo dejó enfriar en el refrigerador.

Cerró la puerta con una ilusión pequeña, casi infantil.

Tal vez, si seguían compartiendo los días de aquella manera, Adrián terminaría queriéndolo un poco.

gael

adrian

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