Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 16. La Mentira que Ofrecía Salvarla
El regreso al palacio fue silencioso.
Demasiado silencioso.
Después de recuperar a Isolde, descubrir la verdadera naturaleza de la deuda y enterarse de que toda la historia de Aurelia estaba construida sobre secretos, nadie parecía especialmente inclinado a conversar.
Excepto Fulgor.
Fulgor había decidido que aquel era el momento ideal para perseguir una mariposa.
—No entiendo cómo puede estar tan tranquilo.
—Porque es un dragón —respondió Basilio.
—Esa respuesta ya no me sirve.
—Entonces porque es Fulgor.
—Eso sí tiene sentido.
Celeste caminaba junto a Damián mientras los primeros rayos del amanecer iluminaban el camino.
—Estás pensando demasiado.
—Siempre pienso demasiado.
—No. Esta vez estás peor.
—Gracias por el apoyo emocional.
—Es uno de mis talentos.
—No lo es.
—Lo sé.
Por detrás, Elena avanzaba junto a Isolde.
Todavía hablaban poco.
Habían perdido demasiados años.
A veces las palabras tardaban en alcanzar aquello que el corazón ya había comprendido.
Damián observó a ambas durante un instante.
Luego apartó la mirada.
Celeste lo notó.
Como siempre.
—Todavía no le has dicho.
—No.
—Deberías hacerlo.
—Lo sé.
—Antes de que la Corte lo haga.
—Lo sé.
—Y...
—Si repites una cuarta vez "lo sé", empezaré a sospechar que no lo sabes.
Damián bufó.
Lamentablemente, ella tenía razón.
Llegaron al palacio cerca del mediodía.
La reina los esperaba.
Y por la expresión de la soberana, las noticias no habían mejorado durante su ausencia.
—Majestad.
—Lord Umbra.
—Esa cara significa problemas.
—Varias categorías de problemas.
—Excelente.
La reina los condujo hacia las antiguas escaleras ocultas bajo el trono.
Aquellas que la Primera Promesa les había mostrado.
El descenso resultó incómodo.
Y largo.
Y cada vez más inquietante.
Las paredes estaban cubiertas por símbolos antiguos.
Algunas inscripciones parecían haber sido raspadas deliberadamente.
Otras estaban ocultas bajo capas de pintura más reciente.
—¿Alguien intentó borrar esto? —preguntó Celeste.
—Durante siglos —respondió la reina.
—Eso parece una mala señal.
—Porque lo es.
Finalmente llegaron a una sala inmensa.
Todos se quedaron inmóviles.
Retratos gigantescos cubrían las paredes.
Decenas.
Tal vez cientos.
Reyes.
Reinas.
Fundadores.
Gobernantes olvidados.
Todos observando desde sus marcos dorados.
—No.
—Sí —dijo Basilio.
—Odio cuando tengo razón.
—Yo también los odio un poco.
—Gracias.
En el centro de la sala descansaba un enorme libro encadenado sobre un pedestal de piedra.
Su cubierta era negra.
Antigua.
Y claramente mágica.
La inscripción grabada sobre el metal decía:
Registro del Primer Pacto.
El silencio se hizo absoluto.
—Bueno —murmuró Damián.
—No.
—Bueno.
—No empieces.
—Ya empecé.
La reina se acercó al pedestal.
—Aquí comenzó todo.
—Eso tampoco me tranquiliza.
—No debería.
Entonces ocurrió.
Uno de los retratos abrió los ojos.
Celeste desenfundó la espada inmediatamente.
Damián cerró los suyos.
—Lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Que los retratos iban a hablar.
Un segundo retrato abrió los ojos.
Luego un tercero.
Después diez.
Y finalmente toda la sala despertó.
Las figuras dentro de las pinturas observaron a los intrusos.
Como jueces antiguos.
Como fantasmas con demasiado tiempo libre.
Uno de ellos habló.
—La estabilidad debe preservarse.
Otro respondió.
—La verdad destruye reinos.
Un tercero añadió:
—El silencio protege al pueblo.
—No me agradan estas personas —dijo Basilio.
—Están muertas desde hace siglos.
—Mi opinión permanece.
Celeste avanzó un paso.
—¿Quiénes son?
La respuesta llegó desde todos los retratos al mismo tiempo.
—Los fundadores.
La temperatura pareció descender.
Los rostros observaban.
Esperaban.
Juzgaban.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Del reflejo metálico del Registro emergió otra figura.
Una Celeste hecha de cristal blanco.
Perfecta.
Brillante.
Inquietante.
—Oh, vamos —murmuró Damián.
—¿Ahora también hacen copias?
—La Corte es insistente.
La Celeste de cristal sonrió.
Luego habló directamente a la verdadera.
—Podemos salvarlos.
Silencio.
—No me interesa.
—Podemos proteger a Elena.
No hubo respuesta.
—Podemos proteger a Isolde.
Celeste permaneció inmóvil.
—Podemos proteger a Damián.
La sala quedó completamente quieta.
Incluso Damián dejó de hacer comentarios.
El reflejo continuó.
—Solo debes permitir que ciertas verdades permanezcan ocultas.
Los retratos asintieron.
—La estabilidad es necesaria.
—La paz exige sacrificios.
—La verdad es peligrosa.
La falsa Celeste extendió una mano.
—Nadie tiene que sufrir.
Por una fracción de segundo, la tentación fue real.
Porque habría sido fácil.
Terriblemente fácil.
Ocultar nombres.
Ocultar culpables.
Ocultar dolor.
Y seguir adelante.
La falsa Celeste sonrió.
Creía haber ganado.
Fue un error.
Porque la verdadera Celeste levantó lentamente la espada.
—Claro que lo pensé.
Los retratos quedaron en silencio.
—Sería maravilloso que nadie sufriera.
La copia observó atentamente.
—Entonces acepta.
Celeste negó con la cabeza.
—Pero eso no existe.
Silencio.
—Las personas sufren.
La voz de Celeste era firme.
Clara.
—Las personas se equivocan.
Pierden cosas.
Rompen cosas.
Fracasan.
Damián sonrió ligeramente.
Aquello sonaba dolorosamente familiar.
—No soy luz porque nunca dude.
Los retratos comenzaron a inquietarse.
Las grietas aparecieron sobre la superficie del reflejo.
—Soy luz porque, incluso dudando, elijo no apartar la mirada.
La espada descendió.
El reflejo explotó en miles de fragmentos.
Toda la sala tembló.
El Registro se abrió de golpe.
Las páginas comenzaron a pasar solas.
Una.
Dos.
Diez.
Cien.
Y finalmente se detuvieron.
Sobre una única entrada.
Todos se acercaron.
El texto era antiguo.
Difícil de leer.
Pero perfectamente claro.
Elena fue la primera en comprender.
—No...
Damián leyó la línea central.
Y sintió que se le helaba la sangre.
La primera cerradura no había sido ofrecida.
Había sido tomada.
La joven Umbra utilizada para crear el sello nunca había aceptado.
La habían convertido en sacrificio contra su voluntad.
El silencio dentro de la sala fue absoluto.
Incluso los retratos parecían incapaces de responder.
La mentira fundacional de Aurelia acababa de quedar expuesta.
Entonces las paredes comenzaron a agrietarse.
—Eso tampoco es bueno.
—No —dijo Basilio.
—¿Por qué nunca es bueno?
Los espejos ocultos detrás de los retratos explotaron.
Docenas de figuras blancas surgieron al mismo tiempo.
La Corte contraatacaba.
—¡Ahora! —gritó la reina.
Todo ocurrió a la vez.
Isolde invocó raíces oscuras adornadas por flores negras.
Elena lanzó llamaradas plateadas.
Celeste se abrió paso entre los reflejos.
Damián extendió las sombras por toda la sala.
Y desde algún lugar sobre sus cabezas se escuchó un rugido familiar.
Todos levantaron la vista.
Fulgor había encontrado un balcón.
Y también una roca.
Nadie sabía de dónde había salido la roca.
Nadie quiso preguntar.
El dragón la dejó caer sobre tres reflejos al mismo tiempo.
—¿Está usando una roca como arma? —preguntó la reina.
—Roca de apoyo moral —corrigió Basilio.
—No quiero saber más.
Mientras la Corte se desmoronaba, Damián observó el Registro abierto.
Las páginas.
Los nombres.
Las mentiras.
Y comprendió algo.
No bastaba con descubrir la verdad.
Tenían que mostrarla.
A todo el reino.
Y ya sabía exactamente cómo hacerlo.
Los espejos de la Corte habían sido utilizados durante años para ocultar.
Ahora servirían para revelar.
La batalla aún no había terminado.
Pero por primera vez, la verdad tenía una oportunidad de ser escuchada.