Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 4: TERCERA LUNA — EL LOBO
El decimoquinto día amaneció gris, con el cielo cubierto de nubes bajas que olían a lluvia próxima y el viento trayendo un olor nuevo del bosque: agrio, salvaje, distinto del aroma a pino y hierba mojada que conocía ya de memoria.
La segunda luna se había cerrado la noche anterior con el clan más tranquilo que nunca. Las trampas seguían funcionando, las lanzas afiladas con cuarzo cortaban como navajas, teníamos carne seca colgada en la entrada de la cueva para días malos, y hasta Rian ya no me miraba como si esperara que me comiera un mamut en cualquier momento. Yo me había acostumbrado a despertar con la sensación de que, por fin, no estaba caminando sobre hielo delgado todo el tiempo.
Me equivoqué.
Estábamos todos fuera esa tarde, aprovechando que todavía no llovía. Kael y Rian afilaban armas al lado del fuego, Turi trenzaba cuerdas nuevas con corteza de sauce, Gorn dormitaba apoyado en su bastón con el único ojo medio cerrado, Lira secaba hierbas medicinales extendidas sobre una piel plana, y Nia jugaba unos pasos más lejos, cerca de los arbustos que bordeaban el claro, hablándole en voz baja a su lagarto de madera tallada como si fuera un compañero de verdad. Mara estaba cerca de ella, remendando una túnica de piel con aguja de hueso, levantando la vista cada dos minutos para comprobar que la niña no se alejara demasiado.
Yo estaba sentado en una piedra, repasando los nudos de una trampa nueva, cuando el pelo de mis brazos se erizó de golpe.
No sé por qué. No hubo ruido, no hubo crujido de ramas, nada. Solo una sensación fría en la espalda, la misma que sentía en Seúl cuando caminaba por una calle oscura a las dos de la mañana y sabía que alguien venía detrás. Levanté la cabeza justo a tiempo para verlo salir de entre los arbustos.
Era un lobo. No de los pequeños que cazábamos en las trampas. Este era enorme, casi del tamaño de un ciervo joven, pelaje gris oscuro con manchas negras por el lomo, los colmillos amarillos y afilados que le salían de la boca incluso cerrada. Caminaba lento, encorvado, la pata trasera derecha levantada un poco del suelo, y sus ojos amarillos estaban clavados solo en una cosa: Nia.
No ladró. No gruñó. Solo se lanzó.
Todo pasó en menos tiempo del que tardo en respirar.
Vi a Mara soltar la aguja y el cuero, levantarse de un salto sin pensarlo, y ponerse delante de su hija antes que el animal llegara. No tenía arma. No tenía tiempo de agarrar nada. Solo extendió el brazo izquierdo como un escudo, interponiéndolo entre los dientes del lobo y el cuerpo pequeño de Nia.
El lobo mordió con toda su fuerza.
Escuchamos el crujido seco del hueso rompiéndose antes que el grito de Mara.
Ella no cayó. Se quedó de pie, apretando los dientes para no gritar más fuerte, empujando al animal con el otro brazo para mantenerlo alejado de la niña, que se había quedado paralizada del susto, el lagarto de madera caído al suelo. Kael y Rian reaccionaron entonces, cogieron sus lanzas y corrieron gritando, con la rabia en la cara pintada de rojo. El lobo soltó a Mara de golpe, se giró para defenderse, y una de las lanzas de Rian le clavó en el costado, honda, roja. Aulló, un sonido agudo y desgarrador que hizo temblar las hojas, y salió corriendo de vuelta al bosque, cojeando más fuerte que antes, dejando un rastro de sangre oscura por la hierba.
Nadie fue a perseguirlo.
Todos nos arremolinamos alrededor de Mara, que por fin se dejó caer de rodillas en el suelo, el brazo izquierdo colgando de una forma que no era natural, la piel ya hinchándose y poniéndose morada alrededor de las marcas de los dientes. Nia se tiró encima de ella llorando, abrazándole la cintura sin atreverse a tocarle el brazo, repitiendo mamá mamá mamá como una letanía. Kael se agachó a su lado, la cara dura como siempre, pero vi cómo le temblaban los dedos al acercarlos a la herida sin atreverse a tocarla. Rian golpeó el suelo con el puño, furioso consigo mismo por no haber visto al animal antes. Lira corrió a buscar sus hierbas, las manos temblando.
Yo me quedé quieto dos segundos, mirando el brazo de Mara, y supe exactamente qué era. Fractura cerrada del radio y el cúbito, en la parte baja del antebrazo, desplazada. Si lo dejaban así, como estaban acostumbrados a hacer —atarlo con cualquier cosa y esperar que los espíritus lo arreglaran— el hueso pegaría torcido. Nunca más podría levantar una lanza bien, nunca podría cargar agua, nunca podría tejer, nunca podría abrazar fuerte a Nia sin dolor. Se quedaría lisiada para siempre.
—Aparte —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Todos se giraron hacia mí. Mara tenía los ojos llenos de lágrimas que no se dejaba caer, la cara blanca como la ceniza por el dolor, y cuando me vio acercarme con las manos extendidas, frunció el ceño e intentó apartar el brazo, haciendo un ruido ahogado de dolor en la garganta.
—No te acerques, extraño —dijo, entre dientes apretados—. No me toques. Lo arreglaré con las hierbas. Ya me he roto cosas antes.
—Esta vez no —le respondí, sin detenerme—. El hueso está roto y torcido. Si lo atas así, te quedará doblado para siempre. No podrás cazar, no podrás cargar a Nia, no podrás hacer nada de lo que haces ahora. Déjame arreglártelo. Ahora. Antes de que se hinche más.
Me miró con odio, con desconfianza, con todo el desprecio que me había tenido desde el primer día. Luego miró su brazo, miró a Nia que lloraba a su lado, y finalmente levantó la vista hacia Kael. Él asintió una sola vez, lento.
—Hazlo —dijo.
Mara cerró los ojos con fuerza y apretó los labios, pero no se volvió a mover.
Le pedí a Lira que me trajera cuatro ramas de sauce lo más rectas que pudiera encontrar, musgo suave del río, las cuerdas más fuertes que habíamos hecho y una piel pequeña cortada en tiras anchas. Le pedí a Rian y a Kael que la sujetaran del hombro y de la muñeca, sin apretar, solo para que no se moviera de golpe cuando yo enderezara el hueso. Gorn se había despertado ya, se quedó de pie a un lado, observando en silencio, sin interrumpir.
—Esto va a doler mucho —le dije a Mara, agachándome a su lado, hablándole bajito para que solo ella me oyera—. Aguanta cinco segundos. Solo cinco. Si te mueves, sale mal.
Ella no me miró. Asintió con la cabeza, apretó tanto la mano libre que los nudillos se le pusieron blancos, y escupió un trozo de madera que se había puesto entre los dientes para no gritar.
Conté hasta tres en mi cabeza. Alineé el antebrazo con el hombro, sentí la punta del hueso desplazado bajo mis dedos, y tiré con movimiento firme, rápido y constante, hasta que sentí el pequeño chasquido suave de las piezas volviendo a su lugar.
Mara soltó un grito ahogado, tan fuerte que se le quebró la voz, y todo su cuerpo se tensó como una cuerda de arco. Pero no se movió. Ni un centímetro.
Cinco segundos. Exactos.
Cuando solté, el brazo ya colgaba recto otra vez. No perfecto, pero lo suficientemente bien para que pegara derecho sin dejar secuelas. Rápidamente puse musgo suave alrededor de la zona para amortiguar, coloqué las cuatro ramas como férulas —dos por cada lado, más largas que la fractura para cubrir también la muñeca y el codo— y las até con las tiras de piel y las cuerdas, firmes pero no tan apretadas que cortaran la circulación. Me detuve cada poco para preguntarle si sentía cosquilleo en los dedos, para asegurarme de que no le había cortado la sangre.
Todo el proceso duró menos de diez minutos. Cuando terminé, me senté en el suelo a mi lado, sudando frío, el corazón latiéndome en los oídos como si hubiera corrido una carrera. Mara tenía la cara empapada de sudor, los ojos rojos, pero no había llorado ni una sola lágrima delante de nadie. Levantó despacio la mano derecha, tocó las férulas con cuidado, y luego movió los dedos del brazo herido. Lentamente. Uno por uno.
No dolió tanto como esperaba. Lo vi en su cara.
Pasaron los días siguientes, del dieciséis al veintiuno, y yo fui el que se ocupó de ella. Cada mañana le cambiaba el vendaje, le revisaba la hinchazón, le ajustaba las férulas un poco más flojas según bajaba la inflamación. Lira me ayudaba a preparar una infusión de corteza de sauce y flores de amargo para el dolor —lo mismo que la aspirina, me di cuenta, solo que natural— que le dábamos tres veces al día, y que le hacía soportar las noches mejor. Como no podía usar el brazo izquierdo, le ayudaba a comer, a recoger el pelo, a levantarse y caminar sin cargar peso. Al principio lo hacía en silencio, ella mirando hacia otro lado, sin darme las gracias, sin hablarme más que lo estrictamente necesario. Pero con los días, la tensión entre los dos se fue rompiendo.
El decimonoveno día, mientras le cambiaba el vendaje cerca del río, me habló de verdad por primera vez sin llamarme extraño.
—Yo pensaba que te habías equivocado —dijo, mirando cómo sus dedos se movían ya casi con normalidad, sin dolor—. Cuando me rompí la pierna de niña, el curandero del clan viejo me la ató mal. Caminé cojeando tres inviernos hasta que se arregló sola. Temía que me pasara lo mismo. Que no podría cuidar de Nia.
—Nunca te pasaría —le respondí, atando el nudo final de la piel con cuidado—. Tú eres la más fuerte de todos nosotros. Incluso más que Kael, aunque no se lo digas.
Soltó una risa corta, seca, casi un suspiro, la primera vez que la oí reír de verdad desde que yo llegué.
—No se lo digas a nadie —dijo, mirándome por el rabillo del ojo—. Tienen que creer que soy dura.
El último día de la tercera luna, el veintiuno, nos encontramos solos fuera de la cueva, mientras los demás habían ido a revisar las trampas río abajo. Se quitó las férulas ella sola, movió el brazo en círculos, lo levantó por encima de la cabeza, apretó el puño con fuerza. No le dolía. No estaba torcido. Estaba bien.
Se giró hacia mí, metió la mano en el cinturón de piel que llevaba siempre, y sacó un cuchillo pequeño de piedra negra, con el mango tallado en forma de cabeza de lobo, afilado tanto que brillaba con la luz del atardecer. Era su cuchillo. El que usaba para todo: para cortar carne, para desollar animales, para defenderse. Nunca se lo había visto prestar a nadie.
Me lo extendió.
—Para ti —dijo, y su voz no tenía ni un ápice de la desconfianza de antes—. Lo hice yo misma, hace dos inviernos. Corta mejor que cualquier lanza. Te lo mereces.
Lo cogí de su mano. Era pesado, sólido, perfecto. Lo apreté, y sentí que era el regalo más importante que me habían dado en toda mi vida, más incluso que el colgante de Turi. Porque de Mara, la mujer que me había odiado desde el primer segundo, que había querido echarme al río sin darme una oportunidad… esto no era solo un cuchillo. Era su forma de decirme que ya pertenecía. Que ya no era el extraño.
Cuando el sol se ocultó esa noche, cerrando la tercera luna, me senté al lado del fuego con el cuchillo en el regazo y el colgante de lobo contra el pecho. Quedaban cuatro lunas. Había salvado a Nia, había doblado la comida del clan, había curado el brazo de Mara para que no quedara lisiada. Cada día que pasaba, me costaba más recordar cómo era el sonido de los coches en Seúl, cómo sabía el café caliente por las mañanas, cómo se sentía tener un teléfono en el bolsillo.
Lira se sentó a mi lado como siempre, me dio un trozo de carne asada y me miró el cuchillo nuevo, sonriendo.
—Mara nunca le da sus cosas a nadie —me dijo, bajito—. Ni siquiera a Rian. Eres de los nuestros ahora, Ha-jun. De verdad.
No le respondí. No hacía falta.
A lo lejos, en el bosque, escuchamos un aullido largo y solitario, la última despedida del lobo herido que habíamos atacado —al día siguiente lo encontraríamos muerto cerca del río, la pata rota hacía días, desesperado por hambre, por eso se había atrevido a acercarse a nosotros. No era un monstruo. Solo un animal que había tenido mala suerte, igual que yo al principio.
Cerré los ojos un momento, escuchando el crujir del fuego, las risas de Nia y Turi jugando, la voz baja de Kael contándole a Rian cómo afilar mejor la nueva lanza.
Por primera vez desde que caí por esa azotea, no me sentí como si estuviera viviendo en un sueño del que tenía que despertar.
Me sentí como en casa.