Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: No te irás nunca de aquí.
El interior del castillo era tan inmenso como imponente. Pasillos de piedra negra se extendían hacia todas las direcciones, con techos tan altos que se perdían en las sombras, iluminados únicamente por llamas oscuras que flotaban en el aire, ardiendo sin consumirse, proyectando reflejos rojizos sobre las paredes adornadas con esculturas de criaturas aladas y símbolos antiguos grabados en la roca. El suelo estaba cubierto por alfombras gruesas, de tejidos pesados y colores profundos, que amortiguaban cada paso de Lucien, haciéndolo parecer deslizarse más que caminar.
Yo seguía entre sus brazos, con la cabeza apoyada contra su pecho, escuchando ese latido poderoso que marcaba el ritmo de todo lo que existía aquí. Cada vez que respiraba, su olor me envolvía: humo, metal caliente, algo salvaje y profundamente masculino que se me metía en los sentidos, confundiéndome, haciéndome olvidar poco a poco el miedo inicial para dejar paso a esa mezcla peligrosa de deseo y fascinación que ya se había apoderado de mí.
No hablaba, no me soltaba, caminaba con paso firme y decidido, como si conociera cada rincón de aquel lugar —cosa que sin duda era cierta— y como si el único propósito de su existencia en ese momento fuera llevarme hasta donde él quería que estuviera.
Al final de uno de los pasillos más largos, se detuvo frente a unas puertas dobles, hechas de un material oscuro y brillante, incrustado con piedras que brillaban con luz propia, roja y profunda. Las abrió con un solo empujón, sin esfuerzo, y entró conmigo dentro.
La habitación era enorme, mucho más grande que cualquier lugar donde hubiera vivido en mi vida anterior. Las paredes eran de la misma piedra negra, pero suaves, pulidas como el cristal. En el centro había una cama inmensa, con columnas altas y cortinas de tela espesa y oscura, cubierta de mantas y pieles que parecían suaves y cálidas. Había muebles tallados en madera oscura y metal, mesas con objetos extraños, libros de portadas duras y antiguas, y en un rincón, una especie de hogar donde ardía fuego negro, calentando el ambiente sin llegar a ser agobiante.
Lucien caminó hasta el centro de la estancia y solo entonces me bajó, depositándome sobre mis propios pies, pero sin apartarse de mí. Sus manos se quedaron apoyadas en mis hombros, grandes, calientes, cubriéndolos por completo, manteniéndome cerca, a una distancia donde podía sentir cada calor que emanaba su cuerpo.
Miré a mi alrededor, asombrada por la belleza extraña y lujosa del lugar, pero también invadida por una sensación de encierro. Todo era hermoso, sí, todo parecía estar hecho para que estuviera cómoda, pero no había ventanas, no había salida que no fuera la puerta que él acababa de cerrar y que ahora se alzaba sólida y pesada tras nosotros.
—¿Este es mi cuarto? —pregunté, bajando la vista hacia mis manos, que temblaban levemente.
—Es tu refugio —corrigió él, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo grave que me recorrió la espalda—. Es el lugar más seguro de todo el Abismo. Aquí nadie puede tocarte, nadie puede acercarse, nadie puede hacerte daño. Solo yo.
Levanté la mirada para encontrármelo ya muy cerca, sus ojos brillando con esa intensidad devoradora que siempre tenía cuando me miraba. Sus dedos se deslizaron desde mis hombros, bajando por mis brazos, hasta llegar a mis manos, que tomó entre las suyas. Eran manos grandes, ásperas, marcadas por siglos de batallas y poder, pero que al cerrarse sobre las mías lo hacían con una contención sorprendente, como si tuviera miedo de romperme solo con apretar demasiado.
—Lucien… —empecé a decir, sintiendo que tenía que preguntarlo, que necesitaba saberlo, aunque ya me temía la respuesta—. ¿Cuánto tiempo me quedaré aquí? ¿Hasta que encuentres la forma de enviarme de vuelta? ¿O hasta que te aburras de mí?
Una sombra cruzó su rostro, y en un segundo, esa expresión de fascinación se transformó en algo más oscuro, más intenso, casi furioso. Apretó mis manos con más fuerza, no haciéndome daño, pero dejándome muy clara su respuesta antes siquiera de que hablara.
—¿Enviarte de vuelta? —repitió, y su voz bajó de tono, volviéndose peligrosa, cargada de esa obsesión que ya conocía—. ¿De vuelta a qué? ¿A un mundo donde eras invisible, donde nadie te veía, donde vivías sin nada que te hiciera sentir viva? ¿Crees que te he encontrado, que te he tomado para mí, solo para dejarte ir de nuevo?
Dio un paso más, reduciendo la distancia hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban, hasta que sentí el calor de su pecho contra el mío. Se inclinó hacia mí, y sus palabras cayeron sobre mí como una sentencia irrevocable, firme, absoluta:
—Escúchame bien, Isabela, porque esto es algo que grabaré en tu piel, en tu mente y en tu alma si hace falta: No te irás nunca de aquí.
Se quedó en silencio un momento, dejando que esas palabras se asentaran, que entendiera todo lo que significaban. Sus ojos recorrían mi rostro, mis labios, mis ojos, como si estuviera reclamando cada parte de mí con la mirada.
—Caíste en mis dominios —continuó, más bajo, más intenso—, cruzaste las fronteras de mi mundo y viniste a mí, justo cuando yo creía que nada podría cambiar jamás. Desde el primer instante en que te vi, supe que eras mía. Y lo que es mío… nunca lo devuelvo. Lo cuido, lo protejo, lo guardo para mí solo. Y te guardaré aquí, en este castillo, en este abismo, donde nadie más pueda encontrarte, donde nadie más pueda verte, donde nadie más pueda tocarte.
—¿Me tienes prisionera, entonces? —pregunté, y esta vez mi voz se quebró un poco, mezcla de miedo y esa extraña desesperación que me invadía—. ¿Soy solo una cosa que encontraste y de la que decidiste quedarte?
Él negó con la cabeza lentamente, y una de sus manos subió hasta mi rostro, acariciando mi mejilla con la yema de sus dedos, con una ternura que contrastaba brutalmente con la dureza de sus palabras.
—Si fueras solo una cosa, ya te habría usado y desechado —respondió con total franqueza, sin ocultar su naturaleza—. Si fueras solo una prisionera, estarías en una celda oscura, encadenada y olvidada. Pero tú… tú eres distinta. Eres lo único que me importa. Eres lo único que quiero ver, lo único que quiero escuchar, lo único que quiero tener cerca.
Se inclinó aún más, hasta que sus labios rozaron mi oreja, enviando escalofríos por todo mi cuerpo.
—No te tengo encerrada porque quiera quitarte libertad, pequeña humana… te tengo aquí porque no soportaría ni un segundo la idea de que pudieras alejarte de mí. Porque si te fueras, si cruzaras de nuevo las fronteras de este mundo… yo te buscaría. Te buscaría por todos los rincones de la existencia, derrumbaría reinos, destruiría mundos si hiciera falta, solo para traerte de vuelta. Porque ahora que te tengo… no te irás nunca de aquí. Y tampoco te irás nunca de mí.
Se separó lo suficiente para mirarme a los ojos, y vi en ellos la verdad absoluta, la promesa hecha amenaza y hecho amor al mismo tiempo. No estaba mintiendo. No estaba exagerando. Él era así: intenso, absoluto, posesivo hasta la locura. Y yo, que había llegado aquí sin nada, que no tenía a nadie ni nada, me di cuenta de que, en el fondo, en ese lugar oscuro y profundo, esas palabras que debían haberme aterrado… me hacían sentir algo que nunca había sentido en mi vida: que era importante, que era deseada, que era todo para alguien.
Lucien sonrió al ver mi expresión, al ver que entendía, al ver que mi miedo se mezclaba con ese lazo que ya nos unía.
—Aquí tendrás todo lo que necesites —dijo, señalando la habitación, el fuego, las comodidades que me rodeaban—. Ropa, comida, objetos, lo que sea que desees. Solo tienes que pedirlo. Pero recuerda esto, Isabela: cada cosa que tengas, cada paso que des, cada respiro que tomes… es porque yo lo permito. Y todo lo que eres, todo lo que tienes… es mío.
Se acercó de nuevo, y esta vez, sus labios rozaron los míos, suave, lento, una caricia que prometía mucho más.
—Descansa ahora —murmuró contra mi boca—. Estás a salvo. Estás conmigo. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, tendrás que volver a estar sola.
Se enderezó, dio media vuelta y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez, sus ojos brillando en la penumbra.
—Y recuerda: No te irás nunca de aquí. Ni en cuerpo, ni en mente, ni en alma.
La puerta se cerró tras él con un sonido pesado y definitivo, dejándome sola en aquella habitación inmensa, rodeada de lujo y seguridad, pero atada por una promesa que era también una cadena. Me quedé parada en el mismo sitio, tocando mis propios labios, todavía sintiendo el roce de los suyos, todavía escuchando sus palabras resonando en mi cabeza.
Sabía que tenía razón. Había renacido en el Abismo, sí. Pero más que eso… había renacido en él. Y ahora, comprendía con una certeza que me helaba y me encendía a la vez: tampoco yo quería irme.