En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 5 EL COLOR ROJO EN LAS VENAS
El último mes se me había pasado volando entre cajas, listas interminables y risas compartidas. Mireya y Cristal no me dejaban sola ni un instante: juntas llenamos el maletero de ropa cómoda para viajes, perfumes que me recordaran a casa, y hasta nos aseguramos de no olvidar nada importante, revisando todo tres veces. Mireya era de esas mujeres que viven la vida con pasión, sin miedos ni medias tintas, y junto a Cristal formaban esa pareja que parecía estar hecha de la misma energía. Me decían que íbamos a vivir la mejor temporada de nuestras vidas, que recorreríamos el mundo y que yo brillaría más que nadie. Y yo les creía.
La temporada comenzaba oficialmente el seis de marzo en Austria. Una semana antes, llegamos a la sede central de Ferrari en Maranello. El aire allí olía a aceite, a metal pulido y a historia. Las puertas de cristal se abrían hacia unos pasillos amplios llenos de fotografías de campeonatos, de pilotos legendarios y de trofeos que brillaban bajo las luces. Cuando entré a la sala de reuniones donde todo el equipo estaba reunido, sentí que el corazón se me salía del pecho: no solo estaban los jefes de equipo, sino ingenieros, diseñadores, mecánicos, especialistas en estrategia, todo el engranaje que hace posible que un coche corra y gane.
Al frente, junto a una mesa de madera larga, estaba la mujer que dirigía la operación: Elena Moretti, directora técnica. Llevaba puesta la chaqueta roja de Ferrari, con el escudo bordado en el pecho, y sus ojos grises recorrían a todos con una mezcla de autoridad y respeto.
—Escuchen bien —dijo con voz firme, clara, que se escuchaba en todo el salón—. Aquí nadie trabaja solo. La Fórmula 1 no es solo velocidad en la pista; es precisión, confianza y trabajo en equipo desde que se diseña el tornillo más pequeño hasta que se cruza la línea de meta. Cada uno de ustedes es indispensable. Y esta temporada tenemos una nueva incorporación.
Hizo una pausa y me miró con un gesto de la mano.
—Ven acércate, Mara.
Di unos pasos adelante, sintiendo cientos de miradas sobre mí, pero con la cabeza en alto.
—Hola a todos —dije con voz segura, aunque las manos me temblaban levemente a los costados—. Antes que nada… estoy sin palabras. Crecí viendo a mi papá, a mi abuelo y a toda mi familia dedicarse a esto, y hoy estar aquí, con ustedes, viendo a nuestros monoplazas tan cerca… todavía no me lo creo. Espero hacer un trabajo impecable y estar a la altura de este equipo.
Carlos Sainz, que estaba junto a Charles Leclerc, sonrió y asintió.
—Cuéntanos un poco más —dijo Carlos con esa calidez que lo caracterizaba—. ¿Qué sabemos de ti? ¿Qué traes a la mesa?
—Tengo el récord de cambio de neumáticos —respondí con orgullo—: puedo hacer el cambio completo en poco más de cinco segundos. Conozco al detalle cada pieza del motor, cada ajuste de suspensión, cada señal que debe enviarse desde el muro de boxes. También estoy capacitada para trabajar en el puesto de control, comunicándome con ustedes en la pista, dándoles la información exacta en el momento justo. No me limitó a una sola cosa: quiero aprender de todo y aportar todo lo que sé.
Charles Leclerc asintió con una sonrisa sincera.
—Eso es lo que nos gusta escuchar —dijo—. Bienvenida, Mara. Estamos encantados de que estés con nosotros.
Elena Moretti volvió a tomar la palabra, su tono ahora más serio.
—Antes de seguir, repasamos las reglas fundamentales que nadie puede olvidar. Aquí no hay lugar para errores ni para distracciones. Y una de las más importantes: ningún miembro del equipo puede tener relaciones sentimentales ni vínculos comprometedores con pilotos ni personal de escuderías rivales. Si eso ocurre, se considera una falta de lealtad, una posible filtración de información y motivo de despido inmediato. Las reglas son las reglas. Si hay algo, que sea fuera del deporte, pero nunca cruzando las líneas que nos separan de los demás. ¿Entendido?
—Entendido —respondimos todos al unísono.
Al terminar la reunión, nos dirigimos al área de entrenamiento y a los talleres donde estaban los monoplazas listos para la temporada. Me entregaron mi uniforme: pantalón rojo, camiseta negra con el logo de Ferrari en el pecho, guantes especiales y calzado reforzado. Me sentí parte de ellos al instante.
El equipo de mecánicos con el que trabajaría estaba formado por hombres grandes, de manos manchadas de grasa y miradas amables. Ahí estaban Luca, el jefe de mecánicos, Marco, Giovanni, Alessandro y Tomás. Al principio me miraron con curiosidad, pero nada de hostilidad.
—Vamos a ver de qué estás hecha —me dijo Luca con una media sonrisa—. Tú te encargas de las ruedas traseras primero. Tiempos buenos y coordinación, eso es lo que importa.
Me puse en posición, agarré la pistola neumática y esperé la señal.
—¡Acción!
Me moví con la agilidad que había practicado mil veces: quitar, cambiar, ajustar, asegurar.
—¡Siete segundos! —gritó Marco—. No está mal, pero podemos bajarlo más.
—Vuelta —dijo Luca—. Concéntrate en el movimiento fluido, no en la fuerza bruta.
Lo intenté de nuevo, esta vez con más calma y precisión.
—¡Cinco segundos! —exclamó Giovanni sorprendido—. ¡Muy bien, chica! Eso es ritmo.
—Tienes buena mano —me dijo Alessandro dándome una palmada suave en el hombro—. No te apresures, confía en lo que haces. Aquí todos te vamos a apoyar.
—Gracias —les dije sonriendo—. Aprendo rápido y me gusta darlo todo.
—Eso se nota —añadió Tomás—. Y te respaldamos. Aquí nadie te va a poner trabas. Trabajamos todos al mismo objetivo.
Luego me pusieron en la zona de parada, donde el coche se detiene justo en la línea de boxes. El gato hidráulico se levanta el vehículo en un segundo, y ahí es donde todo ocurre. Lo hice tal como me enseñaron: señal clara, posición firme, revisión rápida de seguridad.
—Perfecta ejecución —dijo Elena que nos observaba desde lejos—. Muy bien.
Ensayo tras ensayo, día tras día, hasta que llegó el momento de partir hacia Austria. El viaje fue largo, pero lleno de nervios y emoción. Al llegar al circuito de Spielberg, me quedé un momento fuera de las instalaciones antes de entrar del todo. El sol brillaba sobre la estructura metálica, y el aire ya empezaba a oler a gasolina y a la tensión de la carrera. Iba vestida con mi pantalón y camiseta de Ferrari, la chaqueta atada a la cintura, cuando escuché una voz a mi lado.
—¿Nerviosa?
Me giré y era Carlos Sainz, con esa sonrisa tranquila que lo caracteriza.
—¿Se nota tanto? —dije soltando una risa nerviosa.
—Un poco —respondió él—. Pero es normal. La primera vez siempre te hace sentir así. ¿Vamos juntos? Pasamos por el control de identificación y entramos.
Caminamos lado a lado mientras revisaban nuestras credenciales.
—¿Cuántos años tienes, Mara? —me preguntó de repente.
—Veintiuno —respondí.
—¿Veintiuno? —repitió mirándome con respeto—. Eres muy joven para estar aquí, en este puesto. Pero si llegaste hasta aquí es porque te lo has ganado. No tengas miedo de demostrarlo.