Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 11: El corazón de la piedra
El corazón de la piedra
El túnel no tenía fin.
O al menos eso parecía.
Kael había perdido la noción del tiempo. Solo existía el sonido de sus pasos sobre la piedra húmeda, la respiración controlada de Damien a su lado y el latido constante del vínculo entre ambos. La marca en su cuello —ahora unida a la gema de la reliquia— emitía una luz ámbar estable que iluminaba apenas unos metros adelante. Más allá de ese círculo de claridad, la oscuridad era absoluta.
Damien no había soltado su mano desde que dejaron el Espejo de los Juramentos. El contacto era firme, casi doloroso en su intensidad. A través del lazo, Kael sentía todo lo que el alfa intentaba ocultar: el cansancio de las heridas recientes, la alerta constante y una preocupación profunda que no tenía nada que ver con los enemigos que los perseguían.
—Estás temblando —dijo Damien de pronto, sin mirarlo.
Kael no se había dado cuenta. El poder nuevo todavía le resultaba extraño. Corría por sus venas como un segundo sistema sanguíneo, caliente e inquieto, buscando algo que no sabía nombrar.
—No es miedo —respondió en voz baja—. Es… demasiado. Siento cosas que no debería sentir. Presencias. Ecos. Como si las paredes estuvieran vivas.
Damien asintió con lentitud.
—Porque lo están. Estas catacumbas no son solo piedra. Son el resto de un reino que se negó a morir. Cada pasillo, cada cámara, está impregnado de la voluntad de los que eligieron dormir en lugar de ceder. Tu sangre los está llamando. Y ellos… te están respondiendo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Kael. Apretó más la mano de Damien.
Siguieron descendiendo.
El aire se volvió más denso. Más antiguo. En cierto punto el túnel se ensanchó y se transformó en una escalinata circular que bajaba en espiral alrededor de un vacío negro. No había barandas. Solo escalones estrechos tallados en la roca viva. La luz de la marca de Kael apenas alcanzaba a revelar el siguiente tramo.
Damien se detuvo un segundo y miró hacia abajo.
—A partir de aquí el vínculo será nuestra única brújula —dijo—. Si nos separamos aunque sea por un momento, la oscuridad puede confundirnos. He oído historias de vampiros que bajaron solos y nunca encontraron el camino de regreso… ni siquiera con siglos para intentarlo.
Kael sostuvo su mirada.
—Entonces no nos separamos.
Damien esbozó una sonrisa mínima, casi invisible en la penumbra.
—Esa es la primera orden inteligente que has dado desde que te conocí.
Comenzaron a bajar.
Cada escalón resonaba con un eco sordo. Kael podía sentir las presencias antiguas moviéndose a su alrededor, no con cuerpos, sino con atención. Lo observaban. Lo evaluaban. Algunas parecían curiosas. Otras, abiertamente hostiles. Una en particular se mantenía más cerca que las demás, como si reconociera algo en su sangre que las otras no.
A mitad del descenso, Kael se detuvo de golpe. Una oleada de mareo lo atravesó. Imágenes fragmentadas inundaron su mente otra vez: la última reina de pie en ese mismo lugar, rodeada de figuras que ya no tenían rostro. Una promesa susurrada. Un sacrificio. Y un nombre que no logró alcanzar.
Damien lo sostuvo de inmediato, rodeándole la cintura con un brazo.
—¿Otra visión?
Kael asintió, apoyando la frente en el hombro del alfa mientras recuperaba el aliento. El olor de Damien —sándalo, sangre antigua y feromonas densas— lo ancló al presente.
—Ella estuvo aquí —susurró—. La reina. Hizo algo en este lugar. Algo que todavía no está terminado.
Damien no respondió de inmediato. Solo pasó una mano por la espalda de Kael, un gesto posesivo y, al mismo tiempo, extrañamente cuidadoso.
—Las memorias de la sangre real no se revelan todas de una vez. Te las darán cuando consideren que estás listo… o cuando no les quede más remedio.
Siguieron bajando.
Cuando por fin alcanzaron el final de la escalinata, el vacío se abrió en una caverna tan grande que la luz de la marca de Kael se perdió en ella. El techo desaparecía en la oscuridad. El suelo era de una piedra negra pulida que reflejaba débilmente el resplandor ámbar. En el centro había una estructura circular, como un pozo sin fondo rodeado de columnas rotas.
Damien se tensó al verlo.
—El Corazón de la Piedra —murmuró—. No pensé que seguiría accesible.
Kael dio un paso adelante, atraído por algo que no podía explicar. La gema bajo su marca latía con más fuerza cuanto más se acercaba al pozo.
—¿Qué es?
—El lugar donde los primeros purosangres sellaron su pacto con la oscuridad misma —respondió Damien—. Aquí juraron que su linaje nunca se extinguiría. Y aquí… la última reina rompió parte de ese juramento para proteger lo que quedaba de su sangre.
Antes de que pudiera decir más, la superficie negra del pozo se movió.
No era agua. Era algo más espeso, más vivo. Una presencia inmensa se removió en las profundidades y una voz antigua, distinta a todas las que Kael había escuchado hasta entonces, resonó dentro de su cabeza y de la de Damien al mismo tiempo.
*Al fin llega el último.*
Kael retrocedió por instinto. Damien se interpuso de inmediato, empujándolo detrás de su cuerpo.
La voz volvió a hablar. Esta vez sonaba casi… cansada.
*Hemos esperado tres siglos, sangre de mi sangre. El mundo de arriba se pudre. Los bastardos se multiplican. Los purosangres se diluyen. Y tú… tú traes consigo la llave y la sentencia al mismo tiempo.*
Kael tragó saliva. A través del vínculo sintió la tensión extrema de Damien.
—¿Quién eres? —preguntó en voz alta.
La presencia en el pozo pareció sonreír sin labios.
*Soy el primero que eligió dormir. El que guardó el último fragmento de la voluntad de tu antepasada. Y ahora que has despertado del todo… debo preguntarte, Omega de Sangre Real: ¿viniste a reclamar el trono… o a destruirlo?*
El silencio que siguió fue absoluto.
Kael sintió que el peso de la pregunta se posaba sobre sus hombros. Damien, a su lado, no dijo nada. Solo esperó. A través del vínculo le envió una certeza quieta: *La decisión es tuya. Yo estaré a tu lado en cualquiera de las dos.*
Kael respiró hondo. El poder dentro de él se agitó, respondiendo a la presencia del pozo.
—No vine a reclamar ningún trono —dijo con voz clara—. Vine porque me cazaron. Porque me marcaron. Y porque ahora hay gente allá arriba que prefiere verme muerto antes que libre. No sé qué soy todavía… pero no pienso dejar que nadie más decida por mí.
La presencia guardó silencio unos segundos que se sintieron eternos. Luego, una risa baja y antigua resonó en la caverna.
*Interesante. La misma respuesta que dio ella antes de desaparecer. Tal vez por eso la sangre te eligió.*
El pozo negro se agitó con más fuerza. Algo comenzó a subir desde las profundidades. No era un cuerpo completo. Era una mano esquelética envuelta en sombras, sosteniendo un objeto que brillaba con la misma luz ámbar que la marca de Kael.
Un segundo medallón. Más antiguo. Más oscuro.
*Tómalo*, ordenó la voz. *Es el otro half del sello. Tu antepasada lo dividió para que nadie pudiera usar el poder completo sin el consentimiento de su sangre. Ahora que has despertado… el sello puede volver a unirse. O puede destruirse para siempre.*
Kael miró el objeto. Su sangre cantaba. El poder dentro de él tiraba hacia ese segundo medallón con una fuerza casi dolorosa.
Damien colocó una mano en su hombro.
—Si lo unes —dijo en voz muy baja—, el poder que sentirás será mucho mayor que el de hace unas horas. Puede que no puedas controlarlo. Y cada antiguo que todavía duerme lo sentirá.
—Y si lo destruyo?
—Entonces el linaje real se cerrará para siempre. No habrá más Omegas de Sangre Real. Y el poder que ahora tienes se desvanecerá con el tiempo.
Kael cerró los ojos. A través del vínculo sintió la honestidad brutal de Damien. No estaba intentando influir en su decisión. Solo le daba la verdad.
Las voces de los perseguidores llegaron de pronto desde lo alto de la escalinata. Lejanas todavía, pero cada vez más claras. Habían encontrado el camino.
Kael abrió los ojos. Miró el medallón que la mano esquelética le ofrecía. Luego miró a Damien.
—No voy a destruirlo —dijo—. Pero tampoco voy a usarlo todavía. No hasta que sepa exactamente qué implica.
Extendió la mano y tomó el segundo medallón.
En el instante en que sus dedos lo tocaron, una descarga de poder lo atravesó. Más profunda que la anterior. Más antigua. Por un segundo vio el rostro de la última reina con total claridad… y ella lo miraba como si ya supiera lo que iba a decidir.
La mano esquelética se disolvió. El pozo volvió a quedarse quieto.
La voz antigua habló una última vez, más suave:
*Entonces guarda ambos sellos, Sangre Real. Y elige con cuidado cuándo unirlos. Porque el día que lo hagas… el mundo de arriba y el de abajo cambiarán. Y no habrá marcha atrás.*
Kael apretó el segundo medallón contra su pecho. La gema que ya tenía bajo la marca resonó en respuesta, como si reconociera a su otra mitad.
Damien lo estudió en silencio. Luego asintió una sola vez.
—Tenemos que movernos. Ya están demasiado cerca.
Kael guardó el medallón en el interior de su camisa, pegado a la piel. El contacto era frío y, al mismo tiempo, reconfortante.
Juntos se alejaron del Corazón de la Piedra, buscando un pasaje lateral que Damien parecía conocer solo por instinto. Detrás de ellos, el sonido de perseguidores bajando la escalinata se hacía más nítido.
Mientras corrían otra vez hacia la oscuridad, Kael sintió que el segundo medallón latía al mismo ritmo que su corazón… y que el vínculo con Damien se había vuelto todavía más profundo.
Ya no había forma de fingir que podía escapar de todo esto.
Y, por primera vez, una parte de él ya no quería hacerlo.
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Más adelante, en un pasaje estrecho donde apenas podían avanzar uno detrás del otro, Damien se detuvo de pronto. Escuchó. A través del vínculo, Kael sintió la oleada de hostilidad que el alfa percibía.
—No son solo soldados esta vez —murmuró Damien—. Trajeron a uno de los viejos de la Casa Draven. Alguien que todavía recuerda cómo se saboreaba la sangre real.
Kael apretó los puños. El poder dentro de él respondió de inmediato, caliente y listo.
Damien se giró y lo tomó del rostro con ambas manos.
—Escúchame. Si llegamos a un punto en el que no hay salida… usa el poder. No lo contengas. Yo absorberé lo que pueda a través del vínculo para que no te consuma. Pero no dudes.
Kael asintió.
Damien apoyó la frente contra la suya un segundo. El gesto fue breve, intenso, casi desesperado.
—No pienso perderte. Ni siquiera contra los antiguos.
Antes de que Kael pudiera responder, una voz fría y poderosa resonó desde el final del pasaje que acababan de dejar atrás:
—Príncipe Voss. Omega de Sangre Real. El juego de las catacumbas termina aquí.
Damien se colocó frente a Kael, colmillos al descubierto, el poder oscuro de su linaje llenando el estrecho túnel.
Kael sintió los dos medallones latir al unísono contra su pecho.
Y supo que la verdadera prueba… todavía no había comenzado.