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Tras Los Lentes

Tras Los Lentes

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Pamela Calcumil

Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.

Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.

Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.

Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.

Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.

Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.

NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5

El jueves llegó sin aviso.

Ana marcó la agenda, envió los mails, dejó todo listo en la carpeta azul. Como siempre.

Dmitri no le habló en todo el día.

A las 6:03 PM ella se puso el saco, agarró la cartera y se levantó.

Él salió de su oficina justo cuando ella pasaba.

Traje negro. Corbata negra. Reloj de acero. Olía a algo caro y amargo.

Se quedaron parados frente a frente, un segundo de más.

—¿Se va? —preguntó él.

—Sí, señor. Mi horario terminó.

Él asintió. Miró su mano en la correa de la cartera. Sus nudillos blancos.

—Que tenga buena noche, Asistente B.

—Igualmente, señor Volkov.

Pasó a su lado. El perfume de él se le quedó pegado al saco gris.

No se giró.

*9:40 PM. Restaurante Arbat 13.*

Mesa privada. Velas bajas. Vino caro que no tocó.

Dmitri estaba solo.

Frente a él, una silla vacía. Impecable. Servida como si alguien fuera a sentarse.

Los inversores cancelaron hace seis horas. Infarto de un tío. Algo creíble.

Él lo sabía desde las 3 PM. Aun así vino.

Cortó el steak. No lo probó.

El mozo se acercó. —¿Desea que retire el cubierto de más, señor?

—No —dijo seco—. Déjelo.

Tomó un sorbo de agua. Miró la puerta.

Nadie entró.

Sacó el teléfono. Abrió el chat interno.

`Beltrán, Ana. Última conexión: 18:04`

Escribió: `¿Ya cenaste?`

Borró.

Escribió: `La cena se canceló.`

Borró.

Apagó la pantalla.

—Cuenta —le dijo al mozo.

*10:55 PM. Departamento de Ana.*

Chico. Frío. Dos ambientes.

Masha estaba en la cocina haciendo fideos.

—¿Cómo estuvo? —preguntó sin mirar.

—Normal —dijo Ana, colgando el saco gris.

Mintió.

Porque cuando se quitó los lentes para lavar la cara, se quedó mirándose al espejo empañado mucho tiempo.

La chica del sábado había desaparecido. Y eso dolía más de lo que quería admitir.

*Viernes. 7:40 AM.*

Dmitri llegó antes que ella.

Estaba sentado en su escritorio. Sin saco. Mangas arremangadas. Un café frío al lado.

Cuando Ana entró, él levantó la vista.

Ojeras. Mandíbula tensa.

Ella dejó los papeles. Sin decir nada.

—Tarde —dijo él.

—Son las siete cuarenta y dos, señor.

—Llegas siete cuarenta y uno.

Ana apretó la mandíbula. Por primera vez en meses.

—Anotado.

Se fue a su escritorio.

*11:14 AM.*

El intercom sonó.

—Adentro.

Entró.

Él estaba de pie. Muy cerca del escritorio. Tan cerca que ella tuvo que detenerse en seco para no chocarlo.

—El sábado —dijo, sin preámbulos—.

Ana levantó la vista por detrás de los lentes. Esperó.

—Nada de eso se repite —dijo él. Cada palabra cortada—. Ni el vestido. Ni las cenas. Ni... —no terminó.

Ana entendió.

—Entendido, señor.

Él la miró. Buscó algo en su cara. La chica que se rió en el auto. La que le sostuvo la mirada frente a Orlov.

No la encontró. Solo encontró a Asistente B.

Frustración. Pura.

—Puede irse.

Ella se giró.

—Ana.

Se congeló.

Era la primera vez que decía su nombre sin "Asistente" delante.

No se dio vuelta.

—Sí, señor?

Silencio. Largo.

—Nada —dijo al final—. Váyase.

Ella salió.

Cuando la puerta se cerró, Dmitri se pasó las dos manos por el pelo. Cerró los ojos.

Porque lo que quería decir era: _El sábado me volviste loco. Y tengo miedo de que si te vuelvo a ver así, no me controle._

Y en vez de eso, la echó.

Se sentó. Abrió el cajón de abajo.

Ahí estaban las balerinas negras, talla 38. Todavía con un poco de nieve seca en la suela.

Las agarró. Las sostuvo un segundo.

Y las volvió a guardar.

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