Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 5
Capítulo 5: La primera orden del Alpha
El desayuno de Silver Crown nunca era solo desayuno.
Era un tribunal con café, fruta cortada y cubiertos de plata.
Celeste lo sabía desde hacía dos años. En la mesa larga del comedor principal, cada lugar marcaba rango. Inés a la derecha del asiento del Alpha ausente. Mayores invitados cerca del centro. Familias afiliadas según utilidad. Los de menor rango de pie, sirviendo, fingiendo que no escuchaban.
Esa mañana, por primera vez, Celeste no estaba de pie junto a la pared.
Damián había ordenado que pusieran un plato para ella a tres sillas de él.
No a su lado.
No como Luna.
Pero sentada.
La diferencia bastó para que el comedor oliera a resentimiento.
Bianca removía su café con una lentitud calculada. Marcela no dejaba de mirar el anillo de Celeste. Inés comía como si nada pudiera tocarla.
Damián no probó bocado.
Tenía frente a él una tableta con registros de la casa. Sus ojos recorrían nombres, horarios, permisos negados, salidas canceladas a la Clínica Santa Luna. Cada página oscurecía más su scent.
Celeste mantenía las manos sobre el regazo.
La comida le daba náuseas.
No por hambre. Por cercanía.
El hilo invisible de la noche anterior seguía ahí, más tenue bajo la luz de la mañana, pero vivo. Cuando Damián movía la mano, algo en su piel respondía. Cuando respiraba, su garganta recordaba el cedro oscuro.
*No mires.*
Su loba sonaba molesta.
Celeste obedeció.
Una sirviente joven entró corriendo al comedor con el rostro pálido.
—Señora Valcárcel...
Inés dejó la taza sobre el plato.
—Habla.
La muchacha tragó saliva.
—Falta el broche antiguo de la Luna. El de plata con ónix. Estaba en la vitrina del corredor norte.
El silencio cayó limpio.
Demasiado limpio.
Celeste supo antes de que la miraran.
Bianca fue la primera.
—Qué extraño —murmuró—. Anoche alguien estuvo en el ala norte.
Damián no levantó la vista de la tableta.
—¿Insinúas algo?
Bianca bajó los ojos con falsa humildad.
—No, Alpha. Solo recordé que Celeste pasó por ahí.
Marcela suspiró.
—Mi niña jamás tomaría algo que no le pertenece. Aunque, claro, ha vivido tanta presión...
Celeste abrió la aplicación de notas.
No robé nada.
No mostró la pantalla.
Todavía no.
Inés miró a la encargada de servicio.
—Revisen sus habitaciones.
Damián dejó la tableta.
—No.
Una sola palabra.
La encargada se congeló.
Inés sostuvo la mirada de su hijo.
—Es un objeto de la Luna anterior. Tiene valor histórico para la manada.
—Entonces lo investigaremos como un asunto de manada, no como un espectáculo.
Elder Arturo, sentado al otro lado de la mesa, apoyó los dedos en el bastón.
—La transparencia protege a los inocentes.
Damián giró lentamente hacia él.
—La transparencia no empieza culpando a una mujer sin prueba.
El comedor se llenó de aromas agrios. Miedo. Anticipación. Mentira.
Celeste los percibió fragmentados, como vidrios de colores. Su loba empujó contra el bloqueo, atraída por la tensión.
La sirviente volvió con dos guerreros. Uno llevaba una pequeña caja envuelta en tela blanca.
Inés palideció lo justo.
—¿Dónde estaba?
El guerrero miró a Celeste.
—En el cajón inferior de la habitación asignada a la señora Marín.
Bianca se llevó una mano a la boca.
—Celeste...
La palabra salió dulce. Victoriosa.
Damián se levantó.
Todas las sillas parecieron hacerse pequeñas.
—Pon la caja sobre la mesa.
El guerrero obedeció.
Damián no la abrió.
Primero miró a Celeste.
—¿Puedo?
La pregunta atravesó el comedor más fuerte que cualquier orden.
Celeste entendió. El cajón era suyo. La acusación era contra ella. Abrir la caja sin pedirle permiso habría sido otra forma de tratarla como objeto.
Ella asintió.
Damián retiró la tela.
El broche de plata apareció bajo la luz.
También apareció otra cosa: un hilo rubio, largo, atrapado en el cierre de ónix.
Bianca dejó de respirar.
El aroma a azúcar quemada se volvió ácido.
Damián lo olió.
Todos los lobos de rango alto lo olieron.
—Interesante —dijo él.
Bianca se puso de pie.
—Yo no...
Damián levantó una mano.
No gritó.
No necesitó moverse.
—Siéntate.
El Alpha comando atravesó el comedor.
Bianca cayó de nuevo en la silla como si sus rodillas hubieran sido cortadas. Un jadeo colectivo recorrió la mesa. Marcela se aferró al mantel. La sirviente que había traído la acusación inclinó el cuello hasta casi tocarse el pecho.
Celeste sintió el golpe de la orden en los huesos.
No iba dirigido a ella.
Aun así, su cuerpo lo reconoció. La presión quiso empujarla hacia abajo, pero el hilo en su pecho se tensó al mismo tiempo, como si algo en su interior se negara a aceptar un comando que no era para su voluntad.
Damián la miró de reojo.
Vio la resistencia.
Y retiró el peso de su aura apenas un grado.
—Tú —dijo a la sirviente.
La muchacha tembló.
—Mírame.
Ella levantó los ojos contra su instinto.
—¿Quién te dio la caja?
El comando seguía en la voz, precisa, fría.
La servant lloró antes de hablar.
—Señorita Bianca.
Bianca hizo un sonido ahogado.
—Mentira.
—Silencio —ordenó Damián.
La boca de Bianca se cerró de golpe. Sus ojos se llenaron de lágrimas furiosas.
Marcela se puso de pie.
—Alpha, mi hija no merece esta humillación.
Damián la miró.
El aire le arrancó la voz antes de que pudiera seguir.
—Tu hija intentó culpar a mi esposa de robar un objeto sagrado de esta manada.
Mi esposa.
Otra vez.
Celeste no bajó la mirada.
Pero por dentro, algo se movió. No gratitud. No perdón.
Una certeza fría.
Damián Valcárcel sabía usar su poder.
Y por primera vez en dos años, ese poder no estaba aplastándola a ella.
Elder Arturo golpeó el suelo con el bastón.
—El uso del Alpha comando en una disputa doméstica puede ser considerado excesivo.
Damián tomó el broche, lo dejó frente al Elder y sonrió sin calidez.
—Entonces registre también que una futura investigación revisará por qué una disputa doméstica usó un símbolo de la Luna anterior para incriminar a una mujer bajo protección de esta casa.
Arturo no respondió.
Celeste escribió en su teléfono y levantó la pantalla hacia Damián.
La sirviente no actuó sola.
Damián leyó.
El comedor entero esperó su reacción.
—Lo sé —dijo él.
Luego miró a Bianca.
—Y voy a saber quién creyó que mi ausencia seguía siendo permiso.
El silencio que siguió supo a sangre antes de la mordida.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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