En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 5
El crujido de las ramas secas bajo sus pies era el único sonido que acompañaba el caminar de Mei en la fresca mañana del día siguiente. El sol apenas lograba romper la densa neblina matutina que se asentaba sobre el suelo del bosque, creando un ambiente místico, casi irreal. Tras haber descubierto las papas silvestres y los arándanos, Mei comprendió que el territorio de la Tribu de la Roca era una mina de oro biológica que nadie se había molestado en explotar adecuadamente por falta de observación científica.
Hoy, sin embargo, su objetivo no era recolectar carbohidratos. Mientras ordenaba la cueva la tarde anterior, había recordado, a través de los fragmentos de memoria de la antigua Lin Mei, que la temporada de frío extremo —lo que los nativos llamaban "La Luna Blanca"— estaba a solo unas semanas de distancia. En las novelas de este género y en la cruda realidad histórica de su propio mundo, el invierno en una sociedad primitiva no solo significaba hambre; significaba neumonía, infecciones respiratorias y fiebres que borraban del mapa a comunidades enteras, especialmente a las crías y a las hembras físicamente más débiles.
—Si no preparo un botiquín de primeros auxilios básico, una simple gripe me mandará a la tumba antes de que pueda ver cómo es este mundo en primavera —se dijo Mei en voz alta, ajustando el amarre de su calabaza vacía a la cintura.
Con los ojos entornados y la mente enfocada, comenzó a escanear el sotobosque. Su cabello negro, limpio y ondeante, se movía al compás de sus pasos, destellando como seda oscura bajo los escasos rayos de luz que atravesaban el dosel arbóreo. Su piel pálida parecía brillar con luz propia en la penumbra forestal. Ya no quedaba rastro de la chica encorvada y perezosa; se movía con la ligereza y la gracia de una investigadora de campo en su hábitat natural.
No tardó mucho en encontrar lo que buscaba. Al pie de un sauce colosal, cuyas raíces se hundían en un arroyo subterráneo, divisó una densa alfombra de plantas de hojas lanceoladas y pequeñas flores blancas.
—Menta arvensis y... ¡vaya, sauce blanco! —exclamó Mei, arrodillándose sobre el musgo húmedo.
Sus dedos se movieron con precisión botánica. Utilizando su lasca de piedra afilada, cortó la corteza de las ramas jóvenes del sauce con sumo cuidado para no matar al árbol. Sabía perfectamente que la corteza de sauce contiene salicina, el precursor natural del ácido acetilsalicílico, más conocido en el mundo moderno como aspirina. Era el analgésico y antitérmico por excelencia de la antigüedad. Junto a las hojas de menta, que servían para descongestionar y bajar la fiebre, ya tenía la base para un potente remedio contra los males del invierno.
Mientras depositaba la corteza y las hojas en su cuenco de madera, una repentina ráfaga de viento cruzó el claro, agitando las hojas de los árboles.
El instinto de su cuerpo de bestia, ahora mucho más afilado debido a la limpieza y a la desintoxicación del veneno, se activó de inmediato. El aire trajo consigo un aroma denso, embriagador y sumamente masculino. Olía a sol de sabana, a madera quemada y a la inconfundible y peligrosa presencia de un gran felino. No era el olor rudo y terroso de los osos de su tribu; este aroma poseía una majestuosidad inherente que hacía que la sangre en sus venas vibrara de una forma extraña.
Mei se congeló en su sitio, con la lasca de piedra aún en la mano. Despacio, irguió la espalda y giró la cabeza hacia la densa maleza a su izquierda.
A unos diez pasos de ella, las hojas de un enorme arbusto de helechos se apartaron sin hacer el menor ruido. Desde las sombras emergió una figura que dejó a Mei sin aliento por un breve segundo, poniendo a prueba todo su autocontrol de mujer moderna.
Era un macho. Pero no un macho cualquiera. Su altura superaba fácilmente los dos metros, con una contextura física que hacía que el robusto Boran pareciera tosco y desproporcionado. Sus hombros eran anchos como las puertas de una cabaña, y sus músculos se deslizaban bajo una piel de un tono dorado sutil, decorada con un par de cicatrices de garras en el pecho que solo acentuaban su letalidad. Tenía una melena salvaje de cabello rubio oscuro con reflejos dorados que caía sobre sus hombros, y unas facciones tan talladas y perfectas que parecían esculpidas por el artista más exigente. Pero lo más impactante eran sus ojos: dos gemas de color ámbar felino, con pupilas que se dilataban y contraían mientras la devoraban con la mirada.
Era Kaelen. El líder de la Tribu del León.
A diferencia del día anterior, donde la había observado desde las alturas del árbol, hoy Kaelen había decidido presentarse formalmente. No podía soportar pasar otro día observándola desde las sombras; el aroma herbal de la hembra mezclado con la pureza de su piel lo había perseguido en sus sueños durante toda la noche.
Kaelen dio un paso adelante, sus garras retráctiles presionando suavemente la tierra blanda. Su mirada bajó por la cascada de cabello negro de Mei, se detuvo en su rostro impecable de porcelana y luego bajó hacia sus manos limpias. El león sintió un rugido de pura satisfacción en su pecho. Los rumores de la Tribu de la Roca eran ciertos: la hembra que llamaban "fea y perezosa" se había transformado en la criatura más deslumbrante que sus ojos de depredador hubieran visto jamás. Pero lo que más le fascinaba no era solo su belleza física, sino la calma absoluta que emanaba de ella. Cualquier otra hembra ya habría gritado de miedo o se habría encogido intentando parecer sumisa ante un león alfa. Mei solo lo observaba con una mezcla de curiosidad científica y cautela.
—Una hembra sola en los límites del territorio no debería estar jugando con cortezas de árboles —habló Kaelen. Su voz no era un grito como las de los osos; era un barítono profundo, un ronroneo bajo y aterciopelado que vibró directamente en el pecho de Mei, haciéndola tragar saliva con discreción.
Mei se levantó despacio, manteniendo la piedra afilada en su mano derecha, no como una amenaza directa, sino como una declaración de que no se entregaría fácilmente a ningún depredador. Sostuvo la mirada ámbar del gigante sin pestañear.
—No estoy jugando —respondió Mei, su voz firme, clara y carente del tono chillón o sumiso de las nativas—. Estoy recolectando medicina para el invierno. Y que yo sepa, este lado del bosque sigue perteneciendo a la Tribu de la Roca. Tú no hueles a oso.
Kaelen arqueó una ceja, una sonrisa perezosa y sumamente atractiva dibujándose en sus labios, revelando por un segundo la punta de sus afilados colmillos blancos. La audacia de la hembra lo encendía por completo.
—Tienes buen olfato, pequeña flor —dijo Kaelen, dando dos pasos más hacia ella, reduciendo la distancia de seguridad. Mei dio un paso atrás, manteniendo la brecha, lo que hizo que el león soltara una risilla baja—. Soy Kaelen, líder de la Tribu del León. Estoy de visita en tu aldea. Ayer te vi cavando en la tierra, y hoy te encuentro cortando ramas. Eres una hembra muy extraña, Lin Mei.
Mei frunció levemente el ceño al escuchar su nombre en los labios de un extranjero. "Así que el chisme de mi existencia ya llegó a los visitantes", pensó con ironía.
—Si sabes quién soy, también debes saber que la tribu me considera una paria —replicó Mei, cruzándose de brazos sin soltar su piedra—. No deberías perder el tiempo hablando con la hembra perezosa de los osos, gran líder de los leones. Ve a la plaza central, Talia y las demás estarán encantadas de recibir tu atención.
Kaelen detuvo sus pasos, sus ojos ámbar brillando con una intensidad peligrosa pero magnética. Dio una profunda bocanada de aire, llenando sus pulmones con el aroma de Mei, y sacudió la cabeza con desdén.
—Esas hembras de la plaza huelen a grasa de carne vieja y a desesperación —escupió Kaelen, su tono cargado de una soberbia real—. Se adornan con pieles finas pero sus mentes están vacías. Tú, en cambio... hueles a primavera, a hierba fresca y a misterio. Un verdadero líder no busca una carga para su nido, busca una compañera que sea fuerte. Y tú, pequeña flor, tienes unos ojos que dicen que puedes gobernar el invierno si te lo propones.
Las palabras del león, directas, salvajes y desprovistas de los juegos de manipulación a los que Mei estaba acostumbrada a estudiar en la sociología humana, la tomaron por sorpresa. Sintió un ligero calor subir por sus mejillas, pero se obligó a mantener la compostura.
—Tus palabras son muy dulces, Kaelen, pero no me interesan los halagos de los machos —dijo Mei, tomando su cuenco de madera y preparándose para dar por terminada la conversación—. Tengo mucho trabajo que hacer antes de que se oculte el sol. Si me disculpas...
Mei intentó pasar por su lado, pero con la velocidad de un rayo, Kaelen se interpusió en su camino. No la tocó; respetaba demasiado las leyes de las hembras como para forzarla físicamente, pero su imponente cuerpo de dos metros bloqueó por completo el sendero. El calor que desprendía su piel era como el de una fogata encendida, envolviéndola por completo.
Bajó la cabeza hasta quedar a pocos centímetros de la oreja de Mei. Ella pudo sentir su respiración cálida contra su piel de porcelana, lo que provocó que un escalofrío involuntario recorriera su espina dorsal.
—Puedes huir hoy, Lin Mei —susurró el león, su voz como un ronroneo posesivo que prometía tormentas—. Pero los leones nunca dejamos ir una presa que ha hecho temblar nuestro instinto. Te observaré en la tribu. Y cuando te des cuenta de que los osos son demasiado torpes para proteger una joya como tú, yo estaré esperando para llevarte a mi nido.
Mei dio un paso atrás, mirándolo con fijeza, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. No por miedo, sino por la intensa energía que ese macho emanaba. Sin decir una palabra más, lo rodeó dando un rodeo amplio por la maleza y caminó a paso rápido hacia el sendero que subía a su cueva.
Kaelen no la siguió. Se quedó de pie en el claro del bosque, observando cómo la cascada de cabello negro desaparecía entre los árboles. Se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos acelerados de su propio corazón. El líder de los leones, el guerrero invicto que jamás había doblado la rodilla ante nadie, sonrió con una determinación feroz.
Había encontrado a su reina, y no importaba que tuviera que desafiar a toda la Tribu de la Roca; esa hembra de plata sería suya, y de nadie más.
zorra ? ¿ q animal ?