¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 3
Leyla
Cuatro meses antes
El aula de Marketing olía a café recalentado y a esa ansiedad particular del primer día de semestre: la mezcla de personas que no se conocen todavía pero ya están compitiendo sin saber exactamente por qué. Yo llegué diez minutos antes de la hora, ocupé un asiento junto a la ventana y saqué mi cuaderno. No porque esperara que el profesor dijera algo tan urgente que no pudiera esperar a que empezara a decirlo, sino porque la alternativa era mirar el reloj, y mirar el reloj el primer día de semestre es la forma más rápida de entrar en pánico existencial.
Estaba acomodando los lápices por tamaño —un hábito que sé que es absurdo y que no voy a abandonar— cuando llegó Allen.
La conocía desde la preparatoria. O más exactamente: Allen había decidido conocerme desde la preparatoria, que no es lo mismo. Yo no había tenido mucho que ver en ese proceso. Un día estaba sentada sola en la cafetería con mi bandeja y mis apuntes, y al día siguiente tenía a una chica sentada frente a mí con la confianza de quien lleva meses compartiendo ese espacio, explicándome con gran detalle por qué el profesor de literatura tenía un problema con ella de índole personal y no académica. No la conocía de antes. No me había preguntado si quería escucharla. Simplemente estaba ahí, y siguió estando ahí, y con el tiempo dejé de preguntarme cuándo se iba a ir porque la respuesta era evidente.
Allen no se iba.
Ese día entró al aula como entraba a todos los sitios: con la certeza de que llegaba exactamente cuando tenía que llegar. Llevaba el cabello negro lacio recogido en un nudo alto que no era un moño sino algo más descuidado e intencional al mismo tiempo, una mochila colgada de un solo hombro que parecía estar a punto de desintegrarse, y una expresión que evaluaba el aula entera en el tiempo que tardó en cruzar el umbral.
Me vio. Sonrió como si no se hubiera esperado encontrarme ahí, cosa que era imposible dado que le había dicho el día anterior exactamente dónde iba a sentarme.
—Llegué —anunció, dejándose caer en el asiento a mi lado con la energía de alguien que acaba de terminar una carrera larga.
—Lo noto —dije.
—El café de la máquina del primer piso tiene algo raro. No te lo tomes.
—No tenía intención de tomarme el café de la máquina del primer piso.
—Bien. —Se acomodó en el asiento, sacó un cuaderno que tenía el aspecto de haber sobrevivido una guerra menor, y lo abrió en una página aleatoria—. ¿Crees que el profesor va a pasar lista o le da igual quién viene?
—No lo sé, Allen. Acabo de llegar igual que tú.
—Es que si no pasa lista podría irme a buscar un café decente y volver antes de que empiece lo importante.
—El café puede esperar —dije.
Ella me miró como si acabara de decir algo en un idioma que entendía pero con el que no estaba de acuerdo filosóficamente. Luego suspiró, se recostó en la silla, y empezó a hacer un dibujo en el margen del cuaderno que no tenía relación con ninguna de las dos cosas que acabábamos de decir.
Eso era Allen. Podía estar en tres lugares al mismo tiempo y en ninguno del todo, y de alguna manera eso hacía que siempre fuera la persona más presente en cualquier habitación en la que estuviera.
El aula fue llenándose despacio. El profesor llegó con dos minutos de retraso —el tipo exacto de retraso que indica que lo hizo a propósito para que todos estuviéramos sentados cuando entrara— y empezó a hablar de los objetivos del semestre con el tono de alguien que llevaba muchos años hablando de los objetivos del semestre. Yo tomé notas. Allen dibujó. El mundo funcionó según lo esperado.
Hasta que, veinte minutos después de empezada la clase, la puerta se abrió.
No fue dramático. La puerta se abrió, el profesor levantó la vista, y un chico entró con la particular incomodidad de quien llega tarde a un lugar donde todavía no conoce a nadie. Llevaba una mochila oscura colgada de ambos hombros y tenía el cabello de un color rojizo, oscuro en las raíces, recortado de una manera que era o muy descuidada o muy calculada, y desde donde yo estaba era difícil distinguir.
El profesor le señaló el asiento vacío dos lugares a mi derecha.
El chico fue hacia allá sin apresurarse. Se sentó. Sacó un cuaderno. Y en el momento exacto en que lo hizo, antes de que yo tuviera tiempo de volver la vista hacia el frente, me miró.
No fue una mirada de presentación. No fue la mirada casual del tipo que uno intercambia con el desconocido que acaba de sentarse cerca. Fue una mirada breve, directa, que duró exactamente el tiempo necesario para registrar en su mente que existes, y luego se fue. Sin sonrisa. Sin gesto.
Volví mi atención al profesor.
A mi izquierda, Allen dejó de dibujar.
La clase terminó con una lista de lecturas que el profesor describió como "orientativas" y que tenían todo el aspecto de ser obligatorias. Cogí mis cosas con calma. Allen cogió las suyas con la velocidad de alguien que lleva un rato esperando que esto terminara.
—¿Tienes hambre? —pregunté.
—Siempre tengo hambre —dijo Allen.
Salimos al pasillo. El chico del cabello rojizo salió detrás de nosotras, y Allen, sin girarse del todo, dijo en voz baja:
—Se llama Logan. Le pregunté a la chica que estaba a su lado mientras tú tomabas notas con esa concentración tuya que da un poco de miedo.
—Mis notas no dan miedo. Dije ya de camino a una mesa vacía en la cafetería con la bandeja en las manos.
—Tus notas son perfectas y eso, Leyla, desde afuera, da miedo. Llegó hace poco. Viene de otro país, no le preguntó de cuál. Parece mayor que nosotras y aparentemente no suele hablar mucho.
—Tiene cara de tener más años, Quizás simplemente es así —Nos sentamos—. Hay personas que no son muy sociables. y en ese momento Logan recogió su pedido de la barra y se giró buscando dónde sentarse.
Sus ojos —verdes, lo vi desde aquí, un verde que tiraba hacia gris en los bordes— recorrieron la cafetería con una rapidez que aterrizaron en nosotras durante un segundo.
Allen levantó la mano. Un gesto pequeño, casi casual.
Yo no dije nada, porque no me preguntó.
Logan cruzó la cafetería y se acercó a nuestra mesa.
—Logan —dijo Allen cuando llegó, con la confianza de quien lleva años conociéndolo—. Siéntate aquí si quieres, todavía sobra sitio.
Él la miró un segundo. Luego me miró a mí. Luego volvió a mirarla a ella.
—Gracias —dijo. Y se sentó.
Su voz era más grave de lo que yo había anticipado, y tenía un acento que no era del todo español pero tampoco era exactamente extranjero, sino algo entremedio, como alguien que ha vivido en suficientes sitios distintos como para que ninguno le haya ganado del todo. Dejó la bandeja, se acomodó en la silla, y durante un momento los tres estuvimos en silencio con esa incomodidad propia de las personas que no se conocen pero que han aceptado compartir un espacio.
Allen lo resolvió de la manera en que Allen resuelve siempre las cosas: empezando a hablar.
—Primera semana —dijo, más como constatación que como pregunta—. ¿Cómo vas?
—Bien —dijo Logan.
—¿Viniste de lejos?
Hizo una pausa breve.