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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 7: El mapa del Tejedor

Al día siguiente, Min‑jun llegó al liceo diez minutos antes que nadie. Se quedó apoyado en la pared cerca de la taquilla de Seo‑jun, repasando mentalmente lo que diría para cumplir lo de la nota: *“Mañana hablamos”*. Había ensayado tres versiones distintas de la disculpa, cada una con un nivel distinto de torpeza creíble, cada una calculada para reducir la tensión sin revelar nada. Por fuera, sin embargo, era la misma imagen de siempre: cabello revuelto, camisa mal abotonada, mirada perdida en las baldosas del suelo, como si no supiera ni dónde estaba.

Cuando Seo‑jun apareció al final del pasillo con la mochila al hombro, Min‑jun se puso tenso, dio un paso hacia él… y tropezó con su propio pie a propósito, fingiendo un desequilibrio que le hizo chocar suavemente contra la pared.

—¡Ay…! —murmuró, frotándose el hombro con una mueca—. Perdón… no me di cuenta…

Seo‑jun se detuvo frente a él. No lo ayudó a enderezarse como habría hecho antes. No le acarició el pelo. Solo lo miró con esa expresión cansada, mitad tristeza mitad resignación, que ya se le estaba haciendo habitual.

—Buenos días —dijo, simple y cortante, sin más.

Min‑jun sintió que le apretaban el pecho. Bajó la mirada, jugueteó con el borde de su camisa y sacó de la mochila una cajita pequeña envuelta en papel de colores: las galletas extra que su abuela había guardado, con una nota escrita con su letra más desordenada e infantil.

—Toma… para ti. De las que te gustan. Como disculpa por ayer.

Seo‑jun miró la cajita, luego a él. Dudó un segundo antes de tomarla.

—Gracias.

—Sobre lo de ayer… —empezó Min‑jun con la voz temblorosa que usaba para su personaje—, de verdad que mi abuela…

—No importa —lo interrumpió Seo‑jun, sin ánimo de pelear ni de escuchar—. Ya pasó. No hace falta que expliques nada.

Y antes de que Min‑jun pudiera responder nada más, cerró su taquilla, se echó la mochila al hombro y se marchó hacia el aula sin mirar atrás. Min‑jun se quedó solo en el pasillo, con la mano todavía levantada a medias. Por fuera parecía un chico triste y despistado que no entendía por qué su novio se alejaba. Por dentro, su mente ya había archivado el incidente y pasado a lo urgente:

> **Actualización de estado relacional:**

> • Intento de reparación: ejecutado.

> • Efecto: mínimo. Distancia no reducida.

> • Probabilidad de ruptura: **92 % → 93 %**.

> • Conclusión: necesito una acción mayor, sin interrupciones, para revertir la tendencia. Pero primero: amenaza del Tejedor. Prioridad absoluta.

Durante toda la mañana, mantuvo su papel a la perfección: se confundió al leer en voz alta, dejó caer el estuche, se quedó dormido un par de minutos en la clase de ciencias y tuvo que disculparse con el profesor. Nadie sospechó que, mientras fingía mirar por la ventana, estaba trazando en su cabeza un mapa invisible de todos los ataques del Tejedor de Han desde el principio:

> **Ubicaciones y fechas:**

> 1. Mercado de Namdaemun → sureste del Monte Namsan.

> 2. Parque del río Hangang → noroeste.

> 3. Estación de tren → noreste.

> 4. Ataque distracción de ayer a la entrada del bosque → oeste directo.

> **Patrón detectado:** los cuatro puntos forman un arco perfecto alrededor de la montaña. No son ataques aleatorios. Está **triangulando**. Cada incursión le da una medida más de la energía del Santuario. Con una o dos más, calculará la ubicación exacta del cofre de los siete Sellos.

> **Tiempo estimado hasta que lo encuentre:** 72 horas, máximo.

Cuando sonó el recreo, Min‑jun agarró su estómago con ambas manos, puso la cara pálida como una hoja y se acercó a la profesora con voz débil:

—Perdone… me encuentro muy mal… ¿puedo ir a la enfermería un rato?

La mujer asintió sin dudar, acostumbrada a sus desmayos frecuentes. Seo‑jun lo miró desde su pupitre, frunció un poco el ceño como si quisiera decir algo… pero al final se giró y siguió hablando con sus amigos. Min‑jun salió del aula caminando lento, encorvado, y en cuanto dobló la esquina del pasillo su postura cambió por completo: paso firme, espalda derecha, mirada de acero. No fue a la enfermería. Tomó la salida trasera y corrió hacia el bosque del Monte Namsan.

Yeo‑wol lo esperaba en la entrada del Santuario, con el ceño fruncido y una tableta de piedra antigua en las manos, sobre la que brillaban puntos de luz roja.

—Llegas. Tienes que ver esto. Anoche, después de que se fuera, encontramos estas marcas de energía en los árboles de todo el perímetro. No son ataques. Son mediciones.

Min‑jun se acercó, pasó una mano por encima de la piedra sin tocarla y asintió con la cabeza, como si hubiera visto lo mismo desde hacía días.

—Lo sé. Lo he calculado esta mañana. No está buscando a ciegas. Usa cada enfrentamiento para calibrar la distancia a la fuente de poder de los Sellos. Si sigue así, pasado mañana tiene la coordenada exacta de esta puerta. Y cuando entre, el cofre de siete estará a su alcance.

—¿Qué propones? —preguntó ella—. ¿Reforzamos todas las barreras al máximo?

Min‑jun negó despacio, analizando el mapa de puntos rojos con los ojos entrecerrados.

—Mala estrategia. Si ponemos más defensa aquí, le confirmamos que esta es la entrada real. Actuará con más cautela, vendrá mejor preparado y terminará entrando igual. La única forma de ganar es hacer que busque en el sitio equivocado. Vamos a darle lo que quiere: una entrada falsa, convincente, cargada de una firma energética casi igual a la del Santuario. Que pierda tiempo, energía y recursos atacando un lugar vacío. Cuando se dé cuenta del engaño, habremos ganado semanas.

Hizo una pausa, ya estructurando el plan paso a paso en su cabeza, con tiempos, roles y márgenes de error.

—Probabilidad de éxito si ejecutamos tal cual: **94 %**. Riesgo de que descubra la trampa: solo 6 %, si cometemos un error en la sincronización.

—¿Y el otro portador? —preguntó Yeo‑wol—. ¿Necesitamos a Ámbar?

—Sí. Su fuerza es indispensable para crear la onda de choque que hará creíble la falsa barrera. Sin él, la energía no será suficientemente intensa y el Tejedor lo notará.

Min‑jun se tocó el brazalete y pronunció las palabras de activación:

—¡Luz de Arirang, despierta!

La luz lo envolvió. Un segundo después, **Jade Blanco** se deslizaba por las copas de los árboles hacia el punto de encuentro que siempre usaban, un claro en la ladera norte de la montaña. Allí lo esperaba **Ámbar Negro**, dando pequeños saltos de impaciencia, con los puños cerrados.

—Llegas. He estado siguiendo las huellas del tipo de la capa por todo el bosque —dijo en cuanto lo vio—. Creo que va a volver a atacar la entrada de oeste en cualquier momento. He estado preparando un golpe cargado para recibirlo.

Jade negó con la cabeza, tranquilo y seguro.

—No lo hagas. Eso es exactamente lo que espera. No viene para entrar. Viene para medir nuestra reacción y afinar su cálculo. Si le mostramos fuerza ahí, le damos la última pieza del mapa.

Ámbar se quedó quieto, confundido.

—Entonces… ¿qué hacemos? ¿Lo dejamos pasar?

—Al contrario. Le damos una respuesta tan perfecta que crea que ha ganado. Escucha bien, que no hay margen de error. —Jade se puso de frente, hablando con la claridad de quien ya ha vivido la escena mil veces en su cabeza—. Hay un despeñadero en la ladera sur, a dos kilómetros de aquí. Allí montaremos una puerta falsa con una proyección de la energía del Sello de Jade, mezclada con tu fuerza de Ámbar. Pondremos restos de barreras viejas, fragmentos de runas, todo lo necesario para que parezca la entrada real que ha estado buscando. Tú te colocas al frente, fingiendo que defiendes ese lugar con todas tus fuerzas, pero dejando que avance lo suficiente para ver la “puerta”. Yo me quedo oculto controlando la proyección. Cuando él crea que está a punto de romperla, activamos la trampa de luz que te explico: le hará creer que ha roto la barrera y que la entrada se ha cerrado sola para siempre. Se irá pensando que ha fallado por poco, y no volverá a buscar por esta zona en semanas.

Hizo una pausa, mirándolo a los ojos a través del antifaz.

—Duración total de la operación: nueve minutos exactos. Si nos pasamos diez segundos, detecta la falsedad. ¿Crees que puedes seguir el ritmo?

Ámbar sonrió, esa sonrisa confiada que solo salía cuando llevaba el traje.

—Dime cuándo empiezo. Siempre sigo tus planes. Nunca me han fallado.

Se pusieron en marcha. Cada paso, cada segundo, cada nivel de energía lo calculaba Jade al milímetro. Ámbar se colocó en la posición marcada, Jade se ocultó entre las rocas y activó la proyección: una copia casi perfecta del escudo del Santuario, vibrando con la misma firma que la puerta real. A los cuatro minutos exactos, apareció el Tejedor de Han entre los árboles, envuelto en su capa oscura, con la energía oscura zumbando a su alrededor. Vio la luz, vio a Ámbar defendiéndola, y soltó una risita baja y triunfante.

—Por fin… —susurró con esa voz rota y metálica que les helaba la sangre—. Ya te tengo.

Atacó con todo. Ámbar respondió tal como lo habían planeado: opuso resistencia suficiente para parecer real, pero cediendo terreno poco a poco, como si estuviera perdiendo. Jade ajustaba la proyección en tiempo real, subiendo o bajando la intensidad justo lo necesario para que no pareciera trampa. Cuando faltaban veinte segundos para el límite de los nueve minutos, Jade dio la señal silenciosa. Ámbar lanzó el último golpe cargado, la falsa barrera “se rompió” con una explosión de luz espectacular… y en el mismo instante Jade activó el mecanismo de cierre automático: la puerta desapareció, la energía se apagó de golpe, y todo quedó en silencio, como si el propio lugar se hubiera borrado del mapa.

El Tejedor se quedó quieto, gritando de rabia contra la nada, golpeando el aire con los puños. Creyó que había estado a un pelo de conseguirlo. Creyó que la suerte le había dado la espalda. No se le ocurrió ni por un instante que todo había sido un teatro perfecto, calculado al segundo. Después de unos minutos de frustración, se dio la vuelta y desapareció entre las sombras, sin mirar atrás.

Cuando estuvo seguro de que se había ido del todo, Jade salió de su escondite. Ámbar se acercó a él, riendo bajo el casco, dándole una palmada fuerte en la espalda.

—¡Ha funcionado de escándalo! ¡Se lo ha creído todo! Eres un genio, ¿lo sabes? Yo habría salido a pelear de frente y nos habría descubierto en dos minutos.

—Solo fue lógica —respondió Jade, aunque por dentro estaba aliviado—. Ahora tenemos al menos dos semanas de margen para reforzar la entrada real y preparar el siguiente movimiento. Usa ese tiempo para descansar. Sé que tienes entrenamientos fuertes estos días.

Ámbar se quedó un momento callado, sorprendido.

—¿Cómo sabes que tengo entrenamientos fuertes?

Jade se tensó un segundo, justo lo necesario para corregir a tiempo.

—Tu postura. Notas más tensión en los hombros que la semana pasada. Es fácil de ver si prestas atención.

—Vaya… —rio Ámbar, negando con la cabeza—. No se te escapa nada, compañero. Bueno, me retiro. Mañana será otro día.

Se separaron como siempre, cada uno por su lado. Min‑jun recuperó su ropa de diario, se relajó los hombros, borró toda señal de inteligencia de su rostro y volvió caminando hacia el liceo justo cuando sonaba la última campana del día.

Encontró a Seo‑jun apoyado en la verja de salida, hablando con sus amigos del equipo de baloncesto. Cuando lo vio acercarse, se despidió de ellos y se quedó esperándolo, solo. Min‑jun notó que el corazón se le aceleraba. Por un segundo se atrevió a pensar: *“quizás por fin vamos a hablar de verdad”*.

Se acercó, jugueteando con las correas de su mochila, con la mirada baja.

—Oye… sobre lo de la nota… ¿hablamos ahora? Podemos ir caminando juntos hasta tu casa si quieres…

Seo‑jun lo miró. No había enfado en su cara. Solo una especie de cansancio viejo, como si ya hubiera tenido esa misma conversación mil veces en su cabeza y siempre terminara igual.

—No hace falta, Min‑jun —dijo, suave pero firme—. De verdad. Ya me he acostumbrado. Siempre tienes algo más importante que hacer. Siempre hay una emergencia, una abuela enferma, un mareo, una cosa u otra. Está bien. No tienes que darme explicaciones.

—Pero yo quiero —insistió Min‑jun, y por un segundo su voz sonó tan real, tan desesperada, que casi se delataba a sí mismo—. De verdad que quiero…

—No. Olvídalo. —Seo‑jun se echó la mochila al hombro y le dedicó una sonrisa débil, vacía—. Tengo que ir al entrenamiento. Cuídate.

Y se marchó, sin mirar atrás, sin esperar a que Min‑jun dijera nada más. El chico se quedó solo en la verja, viendo cómo su figura se alejaba por la acera, y sintió que todo el frío del mundo se metía dentro de su pecho. Tenía el poder de salvar una ciudad, de engañar a un villano milenario, de diseñar trampas que nadie veía venir… pero no tenía ni la más mínima idea de cómo detener a la persona que más quería de irse poco a poco.

Esa noche, en su habitación, sacó el cuaderno oculto de debajo del colchón. Escribió con su letra ordenada y precisa, sin omitir nada:

> **Informe 7:**

> • Objetivo principal: ocultar ubicación real del Santuario → ✔️CUMPLIDO.

> • Trampa falsa ejecutada: 9 minutos 02 segundos. Dentro del margen.

> • Tiempo ganado: ~14 días.

> • Estado del Tejedor: engañado, no sospecha.

> • Estado relacional:

> ◦ Intento de conversación → rechazado con amabilidad.

> ◦ Frase clave registrada: *“ya me he acostumbrado”*.

> ◦ Nivel de distancia: **alto**.

> ◦ Probabilidad de ruptura: **93 % → 95 %**.

> • Conclusión: por muy bien que lo haga como guardián, si no cambio algo radical pronto, para el capítulo 19 no quedará nada que salvar entre nosotros.

> • Problema sin solución lógica aparente: no puedo decirle la verdad sin matarlo. Y no puedo seguir mintiendo sin perderlo.

Cerró el cuaderno, lo escondió y miró por la ventana hacia las luces de Seúl. En algún lugar de la ciudad, el Tejedor de Han ya planeaba su próximo movimiento, creyendo que sabía dónde estaba el Santuario. En otro, Seo‑jun corría en la cancha del gimnasio, intentando olvidar con el baloncesto al chico que nunca estaba cuando lo necesitaba.

Y Min‑jun, en medio de todo, seguía siendo dos personas a la vez: el chico torpe que todos querían cuidar, y el genio estratégico que mantenía a salvo a todos… excepto, tal vez, a sí mismo.

La cuenta atrás había empezado. Y ya nadie, ni siquiera él, sabía si llegaría a tiempo para ganar ambas batallas.

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**FIN DEL CAPÍTULO 7

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