Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Luna tardó varios minutos en respirar normal.
El taxi avanzaba entre el tráfico de la ciudad. Ella iba en el asiento trasero, con el vestido rojo arrugado, el cabello desordenado y la boca todavía caliente por el beso de Damián.
El chofer la miró por el retrovisor.
—Señorita, ¿quiere que llame a la policía?
Luna parpadeó.
—No, gracias.
Miró hacia atrás por instinto.
El auto de Damián no venía siguiéndola.
Eso la hizo soltar el aire.
No es que quisiera escapar de verdad. Solo se asustó. El Damián de hace un momento parecía otro hombre, uno que podía tragársela viva si seguía dentro de ese auto.
Y, para colmo, el celular que él lanzó por la ventana...
Parecía ser el suyo.
Maravilloso.
—A La Hiedra, por favor.
El chofer asintió.
La Hiedra era un bar famoso en la ciudad. Ruidoso, caro, lleno de gente bonita y problemas caros.
También era de Abril Vega.
Su mejor amiga.
Cuando Abril salió a pagar el taxi y vio a Luna bajarse en ese estado, casi se dobló de la risa.
—¡Miren nada más! La novia fugitiva llegó.
Le echó un brazo encima y la examinó de pies a cabeza.
—Vestido rojo, cara de haber sobrevivido a una guerra y esas marcas... Ay, amiga. ¿Por fin dejaste la etapa de chica artística y sufrida?
Abril le picó una marca en el hombro.
—Ay.
Luna le lanzó una mirada asesina.
Abril sonrió, encantada.
—No me veas así. Para destruir a Mateo no hacía falta que te dejaras como evidencia de crimen.
—Cállate.
—¿Qué? Mi parte salió perfecta. Fotos, video, reporteros. Todo servido.
Eso era cierto.
En cuanto despertó y entendió que había vuelto, Luna contactó a Abril. Las pruebas contra Mateo y Renata no aparecieron por arte de magia. Abril movió contactos, cámaras, gente de bares, escuelas, hospitales. En unas horas armó la bomba.
Abril la llevó hacia adentro.
—Pero explícame algo. ¿Desde cuándo sabías lo de Mateo y Renata? Ayer eras la novia feliz del año. Hoy llegaste con plan de destrucción masiva.
Luna sonrió sin ganas.
Si no hubiera escuchado a Mateo y a su padre en la clínica, tal vez seguiría ciega.
Después de saber la verdad, todo lo raro de esos años encajó.
La propiedad a nombre de Mateo que él dijo que era "premio" para un ejecutivo.
La guardería que visitaba demasiado por supuestas donaciones.
La manía de Renata de poner cámaras en sus espacios, razón por la que Luna casi nunca entraba a su cuarto.
Todo estaba ahí.
Ella simplemente no quería verlo.
—Si alguien no quiere que se sepa, que no lo haga —dijo Luna—. Antes Mateo me tenía los ojos tapados. Hoy desperté.
Abril la miró unos segundos.
Luego le apretó la cara con ambas manos.
—¡Por fin! Te lo dije mil veces. Mateo Morales tenía cara de santo y manos de mujeriego. Si te casabas con él, ibas a sufrir.
—Ya no.
Luna bajó la voz.
—Ya nací otra vez.
Abril no entendió el doble sentido, pero levantó el pulgar.
—Eso. Así se habla.
Le sirvió una copa.
Luna apenas la tomó cuando Abril se inclinó hacia ella con ojos brillantes.
—Entonces... ¿sí te casaste con el demonio Alcázar?
Luna tosió.
La imagen del auto regresó de golpe: los dedos de Damián en su barbilla, su boca, la forma en que la besó como si quisiera castigarla.
La cara se le calentó.
—Nos casamos.
—¿De verdad?
Abril abrió la boca.
—Amiga, te tenías bien guardada. Toda la vida de niña buena y hoy amaneciste rompiendo bodas, tomando empresas y casándote con Damián Alcázar.
Luna bebió un trago para esconder la vergüenza.
—Tal vez me cansé de ser la buena.
Abril bajó la mirada a las marcas de su cuello.
La sonrisa se le volvió peligrosa.
—Entonces esas marcas también son obra del señor demonio.
—Abril...
—¿Qué? Pregunta seria. ¿Qué tal estuvo? ¿Es bueno?
Luna se puso roja hasta las orejas.
La noche anterior le llegó en pedazos: el calor, la fuerza de Damián, su propia voz rota, las sábanas destruidas. Hasta ese momento le temblaban las piernas si caminaba demasiado rápido.
Su primera vez había sido imposible de olvidar.
—No me acuerdo.
—Mentira.
—No me acuerdo.
—Ajá.
Abril le quitó la copa de la mano y la dejó sobre la barra.
—Ya. No pienses. Te voy a llevar a experimentar la vida. Celebremos que sobreviviste a Mateo, a Renata y a la primera noche como mujer casada.
—Eso suena peligroso.
—Eso suena necesario.
Media hora después, Luna se miró en el espejo y no supo si reír o llorar.
Abril la había metido en un vestido negro de cuero, strapless, ajustado al cuerpo como una segunda piel. La cintura se veía mínima, las piernas largas y blancas quedaban al descubierto, y en el muslo llevaba una enredadera pintada que aparecía y desaparecía cuando caminaba.
Ojos ahumados.
Labios rojos.
Cabello suelto.
La mujer del espejo no parecía Luna Salcedo.
Parecía una mala decisión con tacones.
Abril la rodeó, fascinada.
—Cariño, escondías esto debajo de vestidos de niña triste. Si yo fuera hombre, ya estaría pidiendo perdón por mis pecados.
Luna la miró.
—Abril, pareces acosadora.
—No, no, no. Soy una mujer con excelente gusto y hambre visual.
—Qué horror.
—Qué belleza. Vámonos.
Luna dudó.
—Acabo de tomar Grupo Rivas. Si alguien me reconoce así, van a usarlo contra mí.
Abril chasqueó la lengua.
—Si no te hubiera vestido yo, ni yo te reconocería. Mira, si alguien te reconoce, dejo de tomar un mes.
Luna levantó la mano.
—Trato.
Abril se quedó quieta.
—Aceptaste demasiado rápido.
—Tú lo dijiste.
Luna sonrió.
En su vida anterior, Abril terminó con problemas de salud por beber demasiado. Si podía aprovechar cualquier excusa para hacerla dejar el alcohol, lo haría.
Abril soltó una carcajada y le dio un golpe suave en el hombro.
—Me gusta esta versión tuya. La vida es para vivirla, mi amor.
La noche cayó con una llovizna fina.
Dentro de La Hiedra, la música golpeaba el pecho y las luces recorrían la pista. Cuando Luna y Abril entraron, varias conversaciones murieron a la mitad.
Dos mujeres demasiado llamativas.
Demasiado seguras.
Demasiado peligrosas para hombres que creían tener suerte.
Las miradas se pegaron a ellas.
Copas olvidadas.
Novias ignoradas.
Sonrisas demasiado obvias.
Luna sintió el peso de esos ojos y no le gustó.
En una esquina oscura, apartada del ruido, Damián levantó un vaso de whisky.
Héctor Cruz, sentado frente a él, lo miraba con una mezcla de lástima y burla.
—Jefe, con todo respeto, tu pequeña mentirosa no cambia.
Damián bebió.
No contestó.
Héctor suspiró.
—No lo entiendo. Si tú quieres mujeres, aparecen más rápido que meseros. Y tú llevas años guardándote por Luna Salcedo, que ni siquiera te agradece.
Damián dejó el vaso sobre la mesa.
Héctor siguió, porque no apreciaba mucho su vida.
—El mundo está lleno de bellezas. Tú te empeñas en colgarte de la misma rama seca. Es un desperdicio.
Damián volvió a beber.
Héctor giró el vaso entre los dedos y de pronto se detuvo.
—Oh.
Sus ojos se fueron a la pista.
Dos mujeres bailaban entre las luces. Una de negro, con piernas larguísimas y boca roja. La otra con una seguridad descarada que partía cuellos.
Héctor le dio un golpecito a Damián.
—Mira eso. De lejos, noventa puntos mínimo.
Damián ni volteó.
¿Noventa? ¿Cien?
Le daba igual.
Héctor se tapó la cara.
—Si no te interesan, voy yo.
Damián levantó por fin la vista.
—Esto es La Hiedra.
Héctor soltó una risa.
—Mi mujer es muy comprensiva. Si quiero, hasta me ayuda a escoger.
—Jugar con fuego quema.
—Eso es lo divertido.
Héctor volvió a mirar la pista.
—Te lo digo en serio. Están tremendas. Mira cómo todos los hombres quieren saltarles encima. Si tu pequeña mentirosa tuviera una décima parte de eso, por lo menos justificaría que estés aquí bebiendo como viudo.
Damián miró.
Solo una vez.
Su rostro cambió.
La mujer de negro giró bajo la luz. El cabello, la boca, los ojos, la forma en que levantó la mano para apartar a Abril de un tipo que se acercaba demasiado.
Luna.
Crac.
El vaso se rompió en su mano.
El ambiente alrededor de Damián se volvió helado.
—Maldita sea.
Héctor abrió los ojos, feliz como si hubiera descubierto un milagro.
—¿Te gustó?
Damián no respondió.
Héctor se puso de pie.
—Déjamelo a mí.
En la pista, Luna jaló a Abril.
—Vamos a un privado. Si seguimos bailando, alguno de esos tipos va a venir a pegarse como chicle.
Abril miró alrededor.
—Sí. Hoy salimos para divertirnos nosotras, no para darle show gratis a estos hombres.
La Hiedra era su territorio. En minutos, tenían el privado más lujoso.
Abril le pasó a Luna un antifaz de medio rostro.
—Póntelo. Hagamos fiesta de máscaras.
También era por protección. Si alguien de Grupo Rivas la reconocía, el chisme podía ensuciar el día siguiente.
La música subió.
La puerta del privado se abrió.
Entraron dos hombres con máscara.
Altos. Más de metro ochenta y cinco. Traje oscuro, piernas largas, cuerpos de esos que no necesitan hablar para llamar la atención.
Abril aplaudió.
—Llegaron. Cariño, tú escoges primero.
Luna se quedó tiesa.
—¿Escoger qué?
—Uno.
—Abril, dijiste fiesta de máscaras, no catálogo de hombres.
—Ay, no seas aburrida. Si no escoges, escojo por ti.
Abril señaló al de la izquierda.
—Ese.
El hombre de la izquierda caminó directo... y pasó de largo frente a Luna.
Se sentó junto a Abril.
Apenas cayó en el sofá, la rodeó por la cintura y la atrajo hacia él. Abril soltó una risa, nada sorprendida.
Luna los miró.
—Claro.
Su noche de amigas acababa de ser secuestrada por dos hombres con máscara.
El sofá se hundió a su lado.
Luna giró con cautela.
El otro hombre se había sentado demasiado cerca.
Ella se movió un poco, tomó una botella y la puso frente a él.
—Tú toma. No me molestes.
La actitud de despacharlo como mesero hizo que el hombre se quedara quieto.
Luego el aire se enfrió.
Luna sintió un escalofrío.
Ese tipo de presión...
Solo la había sentido en Damián.
Volvió la cabeza despacio.
Un hombre de club no tenía esa presencia.
No así.
Él tomó la botella con dedos largos y se sirvió una copa con una elegancia casi insolente.
La luz era mala, pero Luna vio algo.
En el anular derecho tenía una marca tenue.
Una línea casi invisible.
El corazón de Luna dio un golpe.
Esa tarde, cuando Damián le sujetó la barbilla, también vio una marca parecida en su dedo.
No.
Imposible.
Damián Alcázar no vendría a La Hiedra a hacerse pasar por acompañante de bar.
¿Verdad?
Luna lo miró fijo, intentando atravesar la máscara con los ojos.
El hombre bebió de un trago.
La forma en que dejó el vaso sobre la mesa fue tranquila, elegante, arrogante.
Demasiado familiar.
Sí.
Era Damián.
Y Damián estaba furioso.
La maldita mujer lo miraba como si jamás hubiera visto un hombre. ¿Tanto le gustaba el tipo con máscara? ¿O al ver a Abril riendo con Héctor también quería probar?
Se sirvió otra copa.
La bebió.
—Basta.
Luna le tomó la muñeca de pronto.
Quería ver la marca.
Confirmarlo.
Antes de acercarse, Abril le gritó desde el otro sofá:
—Amiga, si lo dejas seguir bebiendo, aunque sea de esos que aguantan todo, lo vas a tumbar.
Luna cerró los ojos un segundo.
Abril se estaba riendo de ella.
¿Quién invitaba a un hombre a un privado solo para verlo tomar?
Pero Luna no estaba jugando.
Necesitaba saber si ese hombre era Damián.
El hombre enmascarado bajó la mirada a la mano de Luna sobre su muñeca.
Sus ojos, detrás de la máscara, se clavaron en ella como los de un halcón.
Damián pensó una sola cosa.
Esta mujer no pudo aguantarse.
Ya quiere tocar a otro hombre.
En ese momento, ni siquiera consideró que el "otro hombre" era él mismo.