Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.
Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.
Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.
Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.
Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.
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capítulo 21
Kim estaba allí sobre el pasto, riendo como si se encontrara en el lugar más seguro del mundo, jugando con una mujer de belleza rara y deslumbrante, envuelta en una luz suave, con cabellos plateados que caían como hilos de luna viva, ojos demasiado profundos para pertenecer a alguien común.
La mujer giraba con Kim, dando vueltas con ella como si bailaran una coreografía antigua, invisible para los demás.
KIM— ¡Tú giras rápido! ¡Pero yo giro más!
— A ver, lobita —respondió la mujer, con la voz como un canto lejano.
El aire alrededor de ellas parecía distinto, más denso, más sagrado. El estómago de Máximo se revolvió.
MONTANA— ¿Quién es esa mujer? —murmuró.
VERÓNICA— ¿Y por qué mi nieta está sola con ella? —completó, alarmada.
Sin pensarlo, Máximo empezó a caminar hacia ellas.
MÁXIMO— ¡Kim! —llamó—. Ven aquí ahora.
La mujer misteriosa alzó los ojos hacia él y simplemente sonrió.
MÁXIMO— Aléjese de ella —ordenó con firmeza, apurando el paso.
Pero antes de que pudiera alcanzarlas, Andreia lo sujetó del brazo.
ANDREIA— No —dijo, con calma absoluta.
Máximo se giró hacia ella, atónito.
MÁXIMO— Andreia, es una desconocida.
ANDREIA— Mi madre jamás le haría daño —respondió Andreia, con la voz firme, los ojos brillando de certeza.
El mundo pareció detenerse. Montana abrió los ojos de par en par. Alister, que acababa de acercarse, reconoció a la mujer.
ALISTER— ¿Selena?
MONTANA— ¿Tu madre? —preguntó, incapaz de creer lo que veía.
VERÓNICA— Andreia… ¿qué estás diciendo?
Yuri, Guilherme y Marcos intercambiaron miradas confusas.
MARCOS— Esperen, esa mujer es…
Como si percibiera las miradas sobre ella, la mujer misteriosa se acercó lentamente. La luz a su alrededor se intensificó, y la luna en el cielo pareció responder, brillando aún con más fuerza.
Caminó hasta el grupo con pasos suaves, mientras Kim corría hacia Andreia y se abrazaba a sus piernas.
KIM— ¡Mamá! ¡Es muy genial! —exclamó—. ¡Y sabe mi nombre sin que yo le diga!
ANDREIA— Claro que lo sabe, mi amor.
SELENA— Mi niña —dijo, y apoyó su frente contra la de Andreia.
Todos quedaron inmóviles. Máximo sintió que el aire le faltaba en los pulmones.
MÁXIMO— Usted es… —comenzó.
— Selena —respondió ella, sonriendo con ternura hacia Andreia—. Su madre. Abuela de la pequeña. Solo eso.
El impacto atravesó al grupo como un relámpago silencioso. Montana retrocedió un paso.
MONTANA— ¿Usted es la Luna? —preguntó, y Selena le dedicó una sonrisa.
VERÓNICA— Entonces era verdad…
YURI— Estamos frente a una diosa…
Kim, ajena a la tensión, jaló la mano de Selena.
KIM— ¿Te vas a quedar en la fiesta conmigo? —preguntó—. ¡Hay pastel!
SELENA— Creo que sí —respondió—. Al fin y al cabo… es mi cumpleaños.
ANDREIA— Feliz cumpleaños, mamá.
SELENA— Gracias, mi estrella más brillante —dijo, acariciándole el rostro.
Máximo lo observaba todo en silencio, dividido entre reverencia y emoción profunda. No sabía cómo reaccionar ante la Luna en persona.
MONTANA— Espero que le agrade la fiesta que preparamos —dijo, y Selena apenas asintió con la cabeza antes de irse junto a Kim.
Alrededor, la música volvió a sonar, como si el mundo entero hubiera aceptado aquella revelación sin cuestionarla. Las linternas volvieron a brillar, las risas regresaron, pero nada era igual. Por primera vez, la Luna estaba literalmente entre ellos.
El bosque poco a poco recuperaba el silencio tras la fiesta. Las linternas se apagaban, los invitados se marchaban, y solo el resplandor de la luna permanecía entre los árboles.
Máximo estaba sentado sobre un tronco, con Kim dormida en sus brazos, protegiéndola como si aquel fuera su lugar natural. Andreia observaba la escena desde cierta distancia, con el corazón apretado y cálido al mismo tiempo.
Selena le tocó el hombro.
SELENA— Caminemos un poco.
Las dos se alejaron entre los troncos antiguos, bajo la luz plateada de la luna. El aire estaba sereno, casi sagrado.
ANDREIA— Mamá… —comenzó, vacilante—. No sé cuándo contarle la verdad a Kim. Sobre Máximo. Sobre que él es su padre.
Selena la miró con dulzura.
SELENA— ¿Qué te detiene?
ANDREIA— El miedo —confesó—. Miedo de arruinar lo que tienen. Ella confía en él, se ríe con él… se duerme en sus brazos. ¿Y si, cuando lo sepa, todo cambia?
SELENA— Cambiar no significa romper —respondió—. Tú no mentiste. Tú protegiste.
ANDREIA— ¿Pero hasta cuándo eso es protección y cuándo se vuelve mi propio miedo?
SELENA— Esa pregunta ya demuestra que estás más cerca de la respuesta de lo que imaginas.
Caminaron en silencio unos instantes, hasta que Selena habló de nuevo:
SELENA— Kim percibe las verdades antes de escucharlas. Ya reconoce a Máximo como alguien importante. Quizá más de lo que ella misma entiende.
ANDREIA— A veces creo que ella lo quiere más que a mí —murmuró, medio en broma, medio dolida.
SELENA— Imposible —respondió, sonriendo—. Pero entiende: Kim no solo te necesitará a ti. Ni solo a él. Los necesitará a los dos.
ANDREIA— ¿Por qué?
SELENA— Porque su camino no será sencillo —explicó—. Fuerzas que aún duermen van a despertar. Y cuando eso ocurra, ella necesitará raíces fuertes. Un padre que le enseñe a permanecer. Y una madre que le enseñe a volar.
ANDREIA— Solo quiero protegerla.
SELENA— Y lo seguirás haciendo —respondió—. Pero proteger no es esconder la verdad. Es preparar para ella.
ANDREIA— Entonces, ¿crees que debo contarle?
SELENA— Creo que debes contarle cuando tu corazón deje de temblar de miedo y empiece a temblar de amor.
ANDREIA— Tengo miedo de equivocarme.
SELENA— Te vas a equivocar —dijo con ternura—. Como toda madre que ama. Pero Kim nunca dudará de esto: que siempre fue amada.
Después, Selena apoyó su frente en la de su hija.
SELENA— No tardes demasiado —aconsejó—. Máximo ya es padre, aunque no lo sepa. Y Kim ya lo reconoce, aunque no lo nombre. La verdad no creará algo nuevo… solo le dará forma a lo que ya existe.
Regresaron al claro. Máximo levantó la mirada cuando las vio, acomodando a Kim en sus brazos.
MÁXIMO— No se despertó —murmuró—. Ni con el ruido.
ANDREIA— El día fue agotador y divertido. Le encantó conocer a su abuela.
SELENA— Debo irme. Cuídalas —le dijo a Máximo.
MÁXIMO— Siempre —respondió él, sin vacilar.
Selena sonrió, lanzó una última mirada a su hija y desapareció entre los árboles.
Andreia se quedó allí, contemplando a Máximo y a Kim, sintiendo que, tarde o temprano, la verdad tendría que ser dicha. Porque el futuro se acercaba, y su hija los necesitaría a los dos.