Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
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El heredero
Damien
El silencio siempre fue mi primer maestro.
No el tipo de silencio vacío… sino el que observa, el que escucha, el que aprende.
Tenía ocho años cuando entendí que hablar era un lujo que los Bloodworth no podían permitirse.
La mansión era enorme. Fría. Impecable. Cada pasillo parecía diseñado para recordar quién eras… y qué pasaría si olvidabas tu lugar.
Esa noche, como muchas otras, estaba de pie junto a la pared del despacho principal.
Invisible.
Así era como mi padre quería que fuera.
—Escucha más de lo que hablas —me había dicho una vez—. Los hombres revelan más cuando creen que nadie los está observando.
Y yo obedecía.
Siempre lo hacía.
Desde mi posición, veía todo.
Hombres importantes. Decisiones peligrosas. Negocios que no se firmaban con tinta… sino con sangre.
Mi padre estaba sentado al centro, imponente, con esa presencia que hacía que todos bajaran la voz sin necesidad de órdenes.
Bloodworth.
Ese nombre pesaba más que cualquier arma en la habitación.
—Un apellido no es solo un nombre —me dijo esa misma noche, sin mirarme directamente—. Es una advertencia.
Tragué saliva, pero no hablé.
—Llevarlo significa poder… pero también responsabilidad. Si lo ensucias…
Entonces levantó la mirada hacia uno de los hombres arrodillados frente a él.
—…lo pagas.
El hombre temblaba.
Había cometido un error. Uno imperdonable.
Traición.
Yo no entendía todos los detalles en ese momento.
Pero entendía lo suficiente.
El miedo en su voz.
El desprecio en la mirada de mi padre.
La tensión en el aire.
—Por favor… —suplicó el hombre—. Fue un error—
El disparo resonó seco.
Directo.
Final.
No parpadeé.
No me moví.
No dije nada.
Pero algo dentro de mí…
Cambió.
Mi padre giró ligeramente el rostro hacia mí.
—Observa bien, Damien.
Mis ojos se fijaron en el cuerpo sin vida.
—Esto es lo que le pasa a quienes olvidan quiénes son.
Asentí.
Y en ese momento dejé de ser un niño.
—
A los doce años ya no necesitaba que me dijeran que guardara silencio.
Ya lo hacía por instinto.
Ya entendía.
El mundo no era un lugar para sentir.
Era un lugar para sobrevivir.
Esa noche…
Todo se confirmó.
Recuerdo el sonido primero.
Explosiones.
Gritos.
Disparos.
La mansión dejó de ser un símbolo de poder… y se convirtió en un campo de guerra.
—¡MUÉVETE! —la voz de mi padre fue lo único claro en medio del caos.
Corrí.
O lo intenté.
El dolor en mi costado me hizo tropezar. No sé cuándo me alcanzó la bala, solo sé que la sangre ya estaba ahí.
Caliente.
Pegajosa.
Real.
—¡Levántate! —su mano me sujetó con fuerza, obligándome a seguir.
Todo ardía.
Las paredes. Los muebles. Los cuerpos.
Nuestros hombres caían.
Los suyos avanzaban.
Demasiados.
Demasiado rápido.
—¿Quiénes son…? —logré decir, con la respiración rota.
Mi padre no respondió de inmediato. Disparó. Derribó a uno. Luego a otro.
Su expresión… no era miedo.
Era furia.
—Traidores —escupió finalmente.
Pero yo vi algo más.
Algo que nunca le había visto antes.
Error.
Nos rodearon.
El sonido de los disparos se volvió ensordecedor.
Uno de ellos se lanzó hacia nosotros. Mi padre lo neutralizó, pero otro disparo resonó.
Y entonces—
Su cuerpo se tensó.
Lo vi.
La sangre.
Demasiada.
—Padre—
Me empujó contra la pared.
—Escúchame.
Su voz era más baja ahora. Más urgente.
El mundo seguía ardiendo a nuestro alrededor, pero en ese momento… solo éramos él y yo.
—No confíes en nadie.
Tragué saliva.
—Padre…
—Nadie —repitió, sujetándome con más fuerza—. El amor… es una debilidad.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Te hace lento. Te hace estúpido. Te hace morir.
Negué levemente, sin querer aceptarlo.
—No—
—Mírame —ordenó.
Lo hice.
—Sobrevive.
Su voz ya no era fuerte.
Pero pesaba más que cualquier grito.
—Sobrevive… y recuerda quién eres.
Otro disparo.
Su cuerpo se sacudió.
Mis manos se mancharon de su sangre.
—Padre—
No respondió.
Sus ojos… dejaron de verme.
Y en ese instante…
Todo dentro de mí se rompió.
O tal vez…
Se reconstruyó.
No lloré.
No grité.
No hice nada.
Solo lo dejé caer.
Y me levanté.
Con la herida abierta.
Con la sangre corriendo.
Con el mundo ardiendo a mi alrededor.
Pero con algo nuevo en el pecho.
Algo frío.
Algo firme.
Algo eterno.
Miré los cuerpos.
Las llamas.
La destrucción.
Y lo entendí.
No era el final.
Era el comienzo.
Apreté los dientes.
Y lo juré.
No en voz alta.
No hacía falta.
Lo juré con sangre.
Con odio.
Con cada latido que me quedaba.
Los encontraría.
A todos.
Y los haría pagar.
Porque el apellido Bloodworth no muere.
Renace.
Y cuando lo hace…
Arrasa con todo.
Y esta vez…
Yo sería quien encendiera el fuego.