1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Capítulo 4: El Arte de la Mentira
La primera mentira fue decir que no sentía nada al tocarlo, que su proximidad era solo un inconveniente necesario de nuestra situación. Pero mientras el sol del Caribe empezaba a filtrarse por las rendijas de ventilación del búnker, me di cuenta de que la mentira más peligrosa era la que me contaba a mí misma.
Alistair se había quedado dormido en la silla frente a los monitores. Incluso en el sueño, su mandíbula estaba apretada, como si estuviera luchando en una guerra interna. Me levanté en silencio, cuidando de no hacer ruido sobre el suelo metálico. El grabador que ocultaba en mi pecho se sentía pesado, un recordatorio constante de mi propia traición.
Me acerqué a la carpeta que seguía sobre la mesa. Quería volver a ver esa nota. Quería convencerme de que era falsa. Pero al abrirla, Alistair abrió los ojos. Fue instantáneo, como si tuviera un sensor de movimiento instalado en el alma.
—¿Buscando algo más que joyas, Sterling? —su voz era ronca, cargada del sueño y de una desconfianza que parecía habernos devuelto a nuestro estado natural.
—Solo quería asegurarme de que no había desaparecido —respondí, cerrando la carpeta de golpe.
Alistair se levantó y se estiró con una gracia felina. Se acercó a la pequeña cafetera del búnker y preparó dos tazas de café negro y fuerte. Me entregó una, y nuestras manos se rozaron por un segundo. Retiré la mía como si me hubiera quemado.
—Tenemos visitas —dijo, señalando una de las pantallas.
Un yate blanco, impecable, se acercaba al muelle de la isla. En la proa, pude reconocer la figura alta y delgada de mi madre, acompañada por Arthur Vane. No venían a rescatarnos; venían a comprobar los daños.
—Tenemos que salir ahí y darles el espectáculo que esperan —dijo Alistair, bebiendo su café de un solo trago—. Recuerda: estamos "unidos contra el mundo". Tómame de la mano, mírame con adoración y, por lo que más quieras, no dejes que tu madre vea que has estado llorando. Ella huele la debilidad a kilómetros.
Salimos del búnker y subimos a la planta principal. El personal de limpieza ya estaba trabajando, recogiendo los cristales y tratando de restaurar la apariencia de normalidad. Salimos al muelle justo cuando el yate atracaba.
Mi madre bajó la pasarela con una elegancia que desafiaba el calor y la situación. Sus ojos recorrieron la mansión, luego a Alistair y finalmente se posaron en mí.
—Elena, querida —dijo, ofreciéndome su mejilla para un beso de aire—. Parece que la noche ha sido... movida.
—Un susto, madre. Unos vándalos o algún grupo radical —respondí, sintiendo la mano de Alistair rodear mi cintura con una firmeza posesiva—. Por suerte, Alistair me mantuvo a salvo.
Arthur Vane miró a su hijo con una mezcla de orgullo y escrutinio.
—¿Y los documentos? —preguntó sin rodeos.
Alistair sonrió, su máscara de arrogancia perfectamente colocada.
—Cenizas, padre. Los quemamos en cuanto oímos el primer disparo. No queda nada que pueda comprometer a las familias.
Mentía con una facilidad que me dio escalofríos. Si podía engañar a su propio padre con esa convicción, ¿qué posibilidades tenía yo de saber cuándo me decía la verdad a mí?
—Bien —dijo Arthur—. Porque la prensa ya sabe que hubo un ataque. Vamos a aprovecharlo. Diremos que fue un intento de secuestro frustrado por la valentía de los herederos. Eso fortalecerá vuestra imagen de pareja poderosa.
Caminamos hacia la casa. Mi madre me apartó un momento del grupo, sus dedos se cerraron sobre mi brazo con una fuerza que me recordó a las garras de un ave de presa.
—¿Has encontrado lo que te pidió tu padre? —susurró, sus ojos fijos en los míos.
Sentí el grabador contra mi piel. La voz de Alistair en el búnker, hablándome de lealtad, resonó en mi cabeza.
—No —mentí, la palabra saliendo de mi boca sin esfuerzo—. Alistair no se separa de mí ni un segundo. Es imposible buscar nada.
Mi madre me miró con desprecio. —Entonces haz que se separe. Usa lo que tienes, Elena. Eres una Sterling; seduce al animal si es necesario para conseguir esa información. No vuelvas a Nueva York con las manos vacías.
Me soltó y siguió caminando, dejándome allí, en mitad del jardín, sintiéndome como el ser más vil de la tierra. Había mentido a Alistair, le había mentido a mi madre y me estaba perdiendo a mí misma en el proceso.
Esa noche, se organizó una cena "de reconciliación" en la terraza, ahora protegida por un destacamento de seguridad privada armada hasta los dientes. Los drones de la prensa revoloteaban en la distancia, sus luces rojas pareciendo estrellas malvadas en el cielo nocturno.
Alistair y yo estábamos sentados uno al lado del otro. Bajo la mesa, su mano se apoyaba en mi muslo, un gesto que para los demás era afectuoso, pero que para mí era un recordatorio de su control.
—Lo estás haciendo muy bien —murmuró al oído, mientras los camareros servían el champán—. Casi me creo que me quieres.
—Es el arte de la mentira, Alistair. Me has enseñado bien.
—Cuidado, Elena —dijo, y su voz bajó una octava—. La mentira es un arte, sí. Pero la verdad es una ciencia. Y la ciencia dice que tu pulso se acelera cada vez que te toco. ¿Eso también es parte de la actuación?
Me giré para mirarlo, dispuesta a darle una respuesta mordaz, pero me detuve al ver la expresión en su rostro. No era burla. Era una curiosidad genuina, casi dolorosa. Por un momento, el ruido de la cena, las conspiraciones de nuestros padres y el peligro que nos rodeaba desaparecieron. Solo estábamos nosotros dos, en una isla que era nuestra prisión y nuestro refugio.
—No sé qué es real y qué no —admití, mi voz apenas un susurro que se perdió en el sonido de las olas—. Todo en mi vida ha sido un guion escrito por otros.
Alistair apretó su mano sobre mi pierna, no de forma posesiva, sino solidaria.
—Entonces escribe tu propio guion. Pero hazlo conmigo.
La cena terminó con un brindis por la "Nueva Era de los Sterling y los Vane". Pero mientras alzaba mi copa, mis ojos se encontraron con los de Alistair y supe que estábamos sellando algo mucho más oscuro.
Más tarde, cuando los padres se retiraron a sus respectivos camarotes en el yate y la mansión quedó en relativa calma, Alistair me llamó a su despacho. Estaba de pie frente a un ventanal, con una copa de coñac en la mano.
—Alguien en esta mesa filtró nuestra ubicación al helicóptero —dijo sin rodeos.
—¿Qué? ¿Estás sugiriendo que uno de nuestros padres...?
—O uno de sus asociados más cercanos. Los documentos de los que hablamos... no son los únicos que existen. Hay una copia original en una caja de seguridad en Suiza. Y el código de esa caja está dividido en dos mitades. Una la tiene tu padre. La otra, el mío.
—Por eso nos quieren juntos —comprendí—. No es por la imagen. Quieren que obtengamos la mitad del otro.
—Exacto. Nos han enviado aquí como espías, no como aliados. Tu madre te lo ha pedido hoy, ¿verdad?
No pude sostenerle la mirada. El silencio fue mi confesión.
Alistair dejó la copa en la mesa y se acercó a mí. Su presencia llenaba la habitación, asfixiándome y excitándome al mismo tiempo.
—Aquí es donde el juego se vuelve peligroso, Elena. Podemos seguir siendo sus peones, traicionándonos por una herencia manchada de sangre... o podemos hacer un trato.
—¿Qué tipo de trato?
Alistair se inclinó, sus manos se apoyaron en la mesa a ambos lados de mi cuerpo, atrapándome.
—Un pacto con el diablo —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Tú me das la mitad del código de tu padre, y yo te doy la del mío. Juntos abriremos esa caja y usaremos lo que hay dentro no para salvar sus imperios, sino para quemarlos hasta los cimientos. Seremos libres, Elena. Realmente libres.
Miré a Alistair Vane, el hombre al que se supone que debía odiar, el hombre que me ofrecía la destrucción de todo lo que conocía a cambio de una libertad que me aterraba.
—¿Y qué ganas tú con esto? —pregunté.
Alistair se acercó tanto que sus labios rozaron mi oreja.
—Te gano a ti. Sin apellidos. Sin deudas. Solo tú.
Sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies. El grabador en mi pecho parecía arder. Estaba a punto de cruzar una línea de la que no había retorno.
—Acepto —dije, y en ese momento supe que acababa de vender mi alma.
Alistair no celebró. Solo me tomó por la nuca y me besó. Fue un beso amargo, violento y cargado de una desesperación que me hizo temblar. No era un beso de amor; era el sello de un contrato de guerra.
Era, oficialmente, un pacto con el diablo.